Trufas y chocolate
Fernando jamás había sido brusco o agresivo con una mujer; sin embargo, en ese instante le importaba una mierda lo que Claire pudiera pensar de él.
La agarró con fuerza por los brazos y la alejó de su cuerpo.
No la soltaba, porque temía que volviera a pegársele.
La confusión en los ojos de la chica era evidente y Fernando supo que en parte tenía la culpa, por no dejar las cosas claras desde el inicio.
—Tengo novia y la amo —le dijo. Respiró profundo y, al verla sonreír con picardía, empezó a sentir su sangre hervir. Se sentía parado frente a una pared que estaba por caerle encima.
—Yo no le diré nada…
Los ojos de Fer casi se saltan de sus órbitas; escucharla hablar con ese cinismo lo tomó por sorpresa. No la dejó decir nada más y la llevó hacia la puerta de su apartamento.
—No dirás nada, porque acá no pasará nada y, por si todavía no te ha quedado claro, no volverá a suceder nada entre nosotros.
Nada. No te quiero volver a ver y, si de verdad necesitas las fotografías, ahí están Michell o Leal, pero conmigo, nunca más —le dijo con total seriedad y sintiéndose frustrado por haber sido tan imbécil.
—Pero, ¡¿qué carajos te pasa?! —le reclamó; estaba muy exaltada, empeorando el ánimo de él—.
¡Tú no eres así! ¡Siempre nos divertíamos!
¿Quién es la mosquita muerta que te conquistó?
—espetó con ironía, llevando al límite la paciencia de Fernando, que no iba a tolerar que se refirieran así de su novia.
—Esa «mosquita muerta» —hizo las comillas con sus dedos—, es más mujer que tú y que cualquiera que pueda haber pasado por mi cama, no porque utilice su belleza para conseguir lo que desea, tampoco se aprovecha de las circunstancias, recurriendo al engaño o a mentiras; usa su cerebro, su sencillez, su respeto y su sororidad para demostrar lo que es en verdad ser una persona valiosa.
Con ella estuve, estoy y estaré dispuesto a abrir mi corazón y darle lo mejor de mí, eso que nadie más había logrado conseguir —respiró profundo—, porque ella jamás sería capaz de hacerle daño a otra mujer y tener el descaro de creer que las cosas se tapan solo con no decirlas, como si al no hablar de ellas, no hubiesen sucedido.
—Sentía una culpabilidad inmensa, pero también un amor por su novia, mucho más grande que el de esa mañana.
Si los ojos de Claire pudieran lanzar llamas, Fernando estaría quemándose en unas brasas infernales.
Todo su cuerpo vibraba de rabia, aunque él no la había tratado mal, sino que se concentró en halagar a Ximena; sí dijo palabras que le calaron fuertemente, porque se había comportado de forma aprovechada y ventajosa.
Fernando no alcanzó a detenerla; alzó su mano y la estampó en su mejilla. El golpe fue sonoro y la piel le quedó ardiente.
—¡Eres un maldito! ¡Desgraciado! —gritó de camino al ascensor.
Antes de cerrar la puerta de su apartamento, pudo ver las cabezas de varios vecinos, asomados por sus puertas, atentos a lo que acababa de pasar.
Tragó saliva, se sintió avergonzado con el espectáculo que había ofrecido, hizo un asentimiento como despedida y excusa. Antes de cerrar la puerta, la vecina de Ximena interrumpió:
—Un poco de hielo —señaló la mejilla—. Lindas palabras sobre tu novia. ¡Así se hace! —lo felicitó la mujer y le guiñó un ojo antes de cerrar su puerta.
Fer sonrió ante esas palabras y el consejo, al cual hizo caso de inmediato. Sacó del dispensador el hielo suficiente para llenar una bolsa que llevó con prisa a su mejilla. No lograba entender de dónde le salió tanta fuerza a Claire; aunque no era su primera cachetada, sí era la más dolorosa.
Intentaba tranquilizarse; necesitaba su cabeza fría para saber qué hacer a continuación.
No lograba quitarse de la cabeza la mirada de decepción y dolor que le regaló Ximena antes de irse, como tampoco lograba olvidar ese sentimiento de rechazo que lo invadió cuando Claire se le acercó por la espalda y besó su oreja.
Un escalofrío recorrió su espalda y sacudió su cuerpo, alejando la sensación. Ese beso se sintió ajeno y asfixiante, a diferencia de cuando era Ximena la que lo hacía.
Miró a su alrededor, detuvo sus ojos en la cámara, el trípode y las luces. Tragó el nudo en su garganta y sacó el celular de su bolsillo. Había tomado una decisión.
El timbre sonó tanto que casi se da por vencido cuando una voz varonil lo sacó de sus pensamientos.
—¿A qué debo el milagro de que seas tú quien me llame? —preguntó Steve, asombrado.
—Necesito un favor urgente. Consígueme un estudio para trabajar fuera de mi apartamento, preferiblemente que sea cerca de casa, sin que sea un problema con mi privacidad, pero lo más importante es que lo necesito para hoy mismo —solicitó con ansiedad.
—¿Pasó algo en el apartamento? —preguntó, confundido.
—Claire… —Con esa sola palabra, Steve comprendió y suspiró.
—En más de una ocasión te dije que ella sería un grano en el culo y no quisiste escuchar —dijo con seriedad. Fer volteó los ojos.
—Lo sé, no necesito que me lo repitas —repuso con fastidio—, además, en ese momento no tenía por qué darte la razón.
—Solo por curiosidad… ¿Volvió a pedirte una sesión de fotos solo para tener la excusa de verse y tener sexo? —preguntó y Fer contestó con un sonido afirmativo.
—¿Cómo sabes que lo había hecho antes? —preguntó confundido, porque si de algo estaba seguro, era de que no hablaba a escondidas con nadie sobre su intimidad; entonces saber que Steve estaba tan informado lo hizo sentir extraño.
—Bueno, porque soy tu representante y era muy obvio lo que pasaba entre ustedes cuando se veían, pero, en especial, porque en varias ocasiones, al menos tres, ella te hizo la misma solicitud y esas fotos se usaron mucho tiempo después, lo que no ameritaba la urgencia con que las solicitó —explicó y Fernando bufó al ver lo ciego y pendejo que había sido con ella—.
Realmente, no fue tan difícil atar cabos.
—¡Aaaagh! Me voy a solucionar las cosas con mi novia y, por favor, te encargo lo del estudio. Por ahora tendré clausurado mi apartamento; volveré a las fotos y a mis historias hasta estar en la nueva locación.
—Suerte con Ximena y ya mismo me pongo en la búsqueda. Adiós.
—Adiós…
Se volvió a bañar, cambió su ropa por algo más formal; solo quería salir corriendo tras Ximena, tomarla en sus brazos, apretarla con fuerza y prometerle que nunca más pasaría algo igual. Prefería perderlo todo antes de perderla a ella.
Pidió un taxi y salió a la calle a esperarlo. Apenas se detuvo frente al edificio, corrió a su interior, pero antes de ir con su novia solicitó hacer una parada previa, así lo desviara un poco del camino.
Mientras el auto hacía el recorrido, el teléfono empezó a sonar, un mensaje tras otro; lo sacó y el remitente era Steve, que le enviaba fotos de algunos estudios disponibles en la ciudad. Sonrió ante la eficiencia del hombre.
Fernando:
Ya reviso y tú eliges uno dentro de los que me gusten.
Steve:
Perfecto… Más te vale que te guste el que elija y no andes después soltando indirectas.
Fernando se rio por ese mensaje; tenía razón.
A medias. Le gustaba molestarlo cuando era Steve quien elegía, pero la verdad era que nunca lo había desilusionado, ni en su trabajo ni con su amistad, que, aunque no era la mejor, desde que se conocieron, se habían forjado una confianza y compañerismo que no había logrado con nadie más.
Revisó con prisa las veinte fotos que le envió y seleccionó sus tres favoritas. Las reenvió y dejó todo en sus manos.
El taxista lo llamó al detenerse frente al café bistro en que Ximena se quemó la vez del malentendido y al que volvieron en varias oportunidades para crear sus propios recuerdos.
Ese lugar le encantó a ella desde que lo conoció por error y se convirtió en clienta frecuente, arrastrándolo a él consigo.
Se bajó con prisa mientras el taxi lo esperaba frente a la acera; miró la vitrina de vidrio de lado a lado, atiborrada de todos los postres posibles y los mostrarios de cómo se verían empacados de forma especial.
Entre todo eso, unas trufas de red velvet captaron su atención; las recubría chocolate blanco y amargo.
Justo lo que le gustaba a su chica de ojos marrones.
Sin dudarlo, pidió una caja decorativa llena de las trufas, pagó mientras las empacaban. Demoró muy poco en la compra y el taxista se lo agradeció.
Ximena no lograba concentrarse en su trabajo; las dos últimas horas en su oficina se las dedicó en vano a unos casos nuevos que llegaron al bufete, además de intentar dejar todo listo para dentro de tres días.
Releyó por cuarta vez el correo que tenía abierto en la pantalla, por mucho más tiempo del que debía, hasta que su secretaria llamó.
—Señorita Miller, el señor Fernando se encuentra acá en la recepción —dijo Tamara.
El corazón de Ximena dio un salto abrupto, casi se le sale del pecho al enterarse de que su novio estaba mucho tiempo antes de lo esperado. No pudo evitar pensar que algo había sucedido. Eso sí, se sintió feliz de saber que no seguía en su apartamento con Claire.
Deseaba verlo, pero, por otro lado, sentía que debía hacerlo esperar; estaba en horario laboral y no podía salir corriendo ante él apenas apareciera, así que decidió pedirle a Tamara que estaba ocupada y todavía no lo podía atender.
Saberlo en la sala de espera le dio la tranquilidad que no había tenido en toda la mañana; la concentración volvió de un plumazo y empezó a sacar todos los pendientes con agilidad.
Hizo algunas pausas ante la curiosidad de saber qué hacía Fer mientras la esperaba, llamó a Tamara y, tras pedirle que no dijera que era ella, le preguntó por su novio y si la seguía esperando después de haber llegado una hora atrás.
Recibió un sonido afirmativo, aunque también la chica le susurró que era cruel con él, pero también le dio la razón al afirmar que de vez en cuando tocaba ser así con los hombres o se volvían unos brutos inconscientes de las cosas que hacían mal.
Continuó trabajando un poco más, hasta que alguien tocó a su puerta.
Se le aceleró el corazón al pensar que era él; pasó sus manos por su cabello, acomodándolo; alisó su ropa y pidió que entrara; sin embargo, se llevó una desilusión al ver que quien entraba era Tamara, quien pareció leerle la mente y se disculpó.
—Acá le mandan esto —dijo con complicidad y le extendió una caja dorada decorada—. Permiso. —Le guiñó un ojo y salió de la oficina.
Más que la caja, lo que captó la atención de Ximena fue una pequeña tarjeta sobre la caja, agarrada con el lazo que la rodeaba.
Al abrirla, se encontró con un dibujo hecho a mano en el que salía su versión en caricatura, con el rostro acunado en las manos de un chico muy parecido a Fernando.
Ambos mirándose con amor. En la parte de abajo aparecía la frase:
Perdón, mi chica de ojos marrones. Te juro que estos ojos solo están hechos para que te reflejes en ellos.
Te amo.
Los ojos se le llenaron de lágrimas de emoción; la tarjeta la dejó en el borde del marco de una fotografía con su mamá, que reposaba como pieza importante de su escritorio.
Al abrir la caja, la boca se le hizo agua; no aguantó más y tomó una de las trufas, llevándosela a la boca.
Gimió de placer y pensó en compartirlas con él.
No llamó a Tamara, sino que salió de su oficina hacia la sala de espera.
—Chiquita —dijo Fer al verla y se levantó de la silla. Ximena sonrió, pero esa sonrisa se borró al ver la marca rojiza en su mejilla.
—¡¿Qué te pasó?! —exclamó y se apresuró para revisarlo—. ¿Quién te golpeó? —preguntó con voz débil.