La lista del amor (y otros desastres) La misma chica
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La misma chica

Ximena ya había confirmado la cita con Nathe para cuatro días después de su almuerzo, así que llamó a Donna. Esta le contestó con más emoción de la esperada; no la dejó hablar, sino que la felicitó por el noviazgo con su hijo.

—No te imaginas la ilusión que tenía de que mi hijo al fin se enamorara de una buena chica y, creo que no pudo haberlo hecho mejor —dijo y Ximena sonrió.

—Ay, Donna, no es para tanto —expresó con vergüenza.

—No, no, no. Claro que sí, es para tanto —la joven rio, porque le encantaba escucharla tan enérgica—. Bueno, pero sospecho que la llamada no es para que hablemos de ustedes.

—Es verdad. El juicio ha sido programado para dentro de una semana y antes de eso necesito que nos reunamos, ya sea para almorzar o cenar y que no sea una reunión aburrida en mi oficina —propuso.

Donna se puso ansiosa a la voz de la fecha del juicio y Ximena se dedicó a explicarle todo lo que tenía planeado para que se tranquilizara y dejara todo en sus manos.

En las últimas noches, Ximena había llegado tarde del trabajo, todo por dejar las cosas listas antes de juicio y que nada se le escapara. Llegó a su apartamento; los ojos se le cerraban del cansancio, sentía las piernas pesadas y, ni hablar, el deseo que tenía de mandar a volar los zapatos.

Las luces del apartamento de Fer estaban apagadas; lo dio por dormido, entonces no lo molestó, sino que siguió a su apartamento.

Fue directo a su habitación, dejó el maletín, no se molestó en sacar su teléfono, se quitó los zapatos y estiró los dedos.

Muy lindos los tacones y todo, pero después de muchas horas usándolos, no los quería ni ver.

Entró al baño y se demoró poco; casi se queda dormida de pie mientras lavaba sus dientes. Se quitó la ropa y la dejó en el suelo junto a la puerta del baño; se quedó en braga y buscó un pijama de vestido, ligero y fresco para una noche calurosa más.

Todo parecía hacerlo por inercia; los ojos los tenía más cerrados que abiertos, se metió en la cama y pegó un grito de susto. Su corazón se agitó.

—Soy yo, soy yo… —dijo Fer, con voz adormilada.

—Casi me matas —comentó ella con la mano en el pecho, como si intentara atajar a su corazón. Respiró profundo, intentando controlar su respiración.

—Perdón, chiquita. —Se arrodilló sobre la cama y se acercó a ella para tranquilizarla—. No pensé que llegarías tan tarde. —Pasó su mano por la mejilla femenina y la sintió sonreír.

—Bésame y durmamos abrazados; estas noches sin ti han sido largas —pidió con voz cansada y consentida.

La besó con ternura, llenó su cara de besos, la enredó en sus brazos y, con la cabeza sobre su pecho, Ximena se quedó dormida en pocos segundos. De nuevo se sintió en el cielo… su cielo.

De la misma forma en la que se quedó dormida, la despertó en la mañana. Se sentía protegida, amada y cuidada como nadie lo había hecho jamás, aparte de su mamá.

Un ataque de besos en la frente y punta de la nariz dio paso a que los besos empezaran un recorrido por su cuello, clavículas y dejó unas mordidas en sus hombros.

Ella se derritió al ver esa mirada ardiente y penetrante que le regalaba Fernando cuando le quitaba el pijama y quedaba desnuda ante sus ojos, usando solo una pequeña braga de encaje blanco.

Cada vez que hacían el amor, se sentía como la primera vez, igual de especial: llena de expectativas, mariposas en el estómago y el corazón acelerado.

En la tarde tendrían la reunión con Nathe y, aunque a Fernando no le encantaba la idea de que ella tuviera contacto con el chico con el que su novia tuvo su primer beso y que fue su amor de infancia, tuvo que hacerse a la idea después de que ella le explicara mil veces su corta historia, incluyendo la cita en la que hicieron las paces.

Además, Nathe había sido de gran ayuda con el caso de Donna.

—Chiquita, ¿y si mejor nos quedamos acá? —le preguntó al verla salir del baño tras darse una ducha.

—¡Cielo! Sabes que no nos podemos quedar.

La reunión es importante y también debo ir a la oficina para revisarlo todo y que no se me olvide nada —dijo, ansiosa por el juicio que se acercaba.

En especial, la angustiaba el solo imaginar a Donna frente a Brandon desde su noche de bodas y Fernando vería a su padre biológico, por primera vez.

—Cierto… —comenta, aburrido, e hizo un puchero; ella sonrió, se acercó a él y lo besó—. Al menos, déjame prepararte el desayuno.

Asintió con gusto; aunque poco a poco había aprendido a desenvolverse en la cocina —nada muy especial—, siempre prefería que fuera él quien cocinara, no solo por hacer una labor que a ella no le gustaba, sino por su sazón. ¡Benditas las mujeres que le enseñaron!

—Eso ni se pregunta. Sabes que me encanta comer todo lo tuyo —comentó con picardía, haciéndolo estallar en una carcajada corta y caminó hacia ella como cazador a su presa.

—Ah, ¿sí? —Ella salió corriendo hacia el baño y se escondió tras la puerta, desde donde no podía dejar de reír.

—Se me hará tarde y no me quiero tener que bañar de nuevo —se excusó.

—No puedes jugar así con esta pobre y casta alma —bromeó. Ximena se asomó por la puerta y lo miró con una ceja levantada.

—Ahora sí, una de vaqueros, porque de castidad… —comentó con ironía y le miró la entrepierna, donde vio una ligera protuberancia; él lo notó y dio la vuelta hacia la puerta, con una sonrisa en el rostro.

—¡Mejor me voy a cocinar o entraré a ese baño para que me enseñes la de vaqueros! —gritó, alejándose hacia el comedor.

Cuando Ximena salió de la habitación, lo encontró con todo preparado, pero no la sintió llegar, por estar concentrado en el celular. Ella se acercó lento y le llamó la atención lo serio que estaba. Pasó por su espalda para servirse un vaso de agua y al escucharla, Fer dio un respingo.

—No te sentí llegar —se excusó.

—¿Pasa algo? —le preguntó y negó, pero no muy convencido.

—Me están pidiendo una sesión de fotos para hoy, ahora en la mañana —explica y ella no entendió por qué se notaba incómodo, cuando era algo de trabajo—, pero es con la modelo con la que me viste el día que te mudaste. —La miró, a la espera de un comentario al respecto.

Ximena hizo memoria: era una rubia en ropa interior, con una camisa de él puesta. Sintió una leve presión en la boca del estómago, pero controló sus emociones y actuó con cabeza fría.

—¿La chica de la que te escapaste y metiste a mi apartamento al otro día de haberme pasado a vivir a este edificio? —le preguntó y él tragó saliva.

—Ella…

Ximena frunció el ceño, porque se sentía un poco confundida; imaginó que, al haberse escondido de ella, lo más lógico sería que no quisiera volver a saber de él.

—No entiendo. Creí que te odiaría.

—No, solo es intensa… —Levantó una ceja al no comprender lo que intentaba decirle.

—¿Intensa? ¿Qué significa que es intensa? —preguntó con seriedad. Él soltó el aire con fuerza.

—Nos conocemos hace muchos años, hemos trabajado en varias sesiones juntos y también… —Traga saliva.

—Tenían sexo —completó ella y él asintió. Ximena no sabía qué decir al respecto—. ¿Entonces? —preguntó con la mayor calma posible, aunque en su interior sentía los celos carcomiéndola. Una cosa eran Lety y Nicky, pero esto era diferente.

—Chiquita, te juro que es algo del pasado; de hecho, desde que tú llegaste no me he vuelto a ver con ella. Si no quieres que haga la sesión, la cancelo y ya —propuso con prisa.

—No te voy a decir qué hacer o no en tu trabajo.

Creo en ti y en lo que tenemos, sé que no va a pasar nada, pero estoy segura de que lo va a intentar —esbozó una sonrisa falsa—, así que depende de ti y de la forma en la que dejes las cosas claras.

No es por nada, pero tener un estudio de fotografía dentro de tu apartamento, donde está tu habitación, con tu cama y donde, seguramente, ya pasaron muchas cosas entre ustedes dos, no es algo que ayude a poner límites y tampoco me llena de emoción —admitió y salió de la cocina.

—Chiquita, no te vayas —pidió.

—No tengo hambre, lo siento. Tengo que ir a la oficina.

—Fernando entendió que estaba molesta y que debía darle su espacio para tranquilizarse.

Ximena lo agradeció; necesitaba estar sola y alejarse.

Puede que estuviera exagerando, pero esa molestia no la dejaba.

El estudio en el apartamento era algo que no le agradaba en absoluto.

De la misma forma que él le había dicho en el pasado que sus fotografías podían dar una idea errada, ahora ella sentía que pasaba lo mismo con la locación del trabajo de su novio. Respiró profundo, recogió su maletín y salió del apartamento, dejándolo con el desayuno servido en la mesa del comedor.

—Te amo. No olvides la reunión en la tarde —se despidió ella y cerró la puerta, antes de que él le dijera algo.

Fernando se quedó con un nudo en el pecho y otro en la garganta.

No le gustaba ver así a su novia, porque sabía que había hecho el esfuerzo por no dejarse afectar con la situación, pero la conocía bien y supo que al contarle sobre Claire debió sentir lo mismo —o más— que él cuando ella le contó sobre Nathe, y eso que solo fue un beso a los ocho años.

¡Mierda! Golpeó su frente con su mano. Alcanzó a ver por la ventana cómo el auto de ella salía del edificio y se encaminaba a su trabajo. Respiró profundo; tampoco tenía hambre, pero no deseaba botar la comida, así que, con resignación, se sentó a comerse todo lo que preparó.

Miró la hora y ya era momento de alistarse, porque Claire no demoraba en llegar; tampoco podían extenderse en la sesión, ya que tenía el almuerzo con Ximena, y ese no pensaba perdérselo por nada del mundo.

En su apartamento, mientras alistaba la cámara, el trípode, las luces y el set , sonó el intercomunicador; era el vigilante, anunciando la llegada de la chica.

—Hola, Claire. Bienvenida —la saludó y ella se acercó a besarle la mejilla.

—Demasiado tiempo sin saber de ti —dijo con un tono coqueto y Fer tragó saliva.

—He estado ocupado y no has necesitado más fotos. —Levantó los hombros, restándole importancia.

Le dio la espalda para ir por la cámara y terminar de arreglar la exposición a la luz, además del ángulo de las fotos, aprovechando que ya estaba ahí. De repente, sintió que lo tomaba por la espalda, tan rápido, que no le dio tiempo de reaccionar y mordió el lóbulo de su oreja.

—Si quieres, empezamos por tu habitación y después venimos a la sala —susurró con sensualidad sobre su oreja y pasó las manos por el pecho masculino.

Fernando logró removerse de su agarre y se alejó unos metros; tenía el corazón agitado y las palabras de su novia se repetían en bucle en su cabeza. Era como si Ximena hubiese podido ver el futuro en una bola de cristal. Sabía que Claire iba a intentar algo con él y eso lo hizo sentir mucho peor.

—¿Se puede saber qué carajos estás haciendo? —le recriminó.

—Ay, cariño. No te las vengas a dar de santito, porque sabes que podemos hacer diabluras. Mira que ya la hemos pasado muy bien en otras ocasiones —contestó sensual, caminando hacia él y lo tomó con fuerza del cuello de su camisa, lo acercó a ella y lo besó con posesividad.