En la oficina
A Fernando le encantó que lo llamaran de esa forma: mi cielo.
La explicación que le dio Ximena le gustó tanto que se encargaría de mantener viva esa sensación cuando la cargaba dormida en sus brazos.
Sin embargo, esa felicidad se veía un poco opacada con la confusión al no entender qué tendría que hacer él en una reunión con Nathe.
Además, ¿por qué Ximena lo había llamado «querido» cuando habló con él en la mañana?
Era la primera vez en su vida que se sentía celoso; no sabía cómo manejar eso, pero en el fondo lo hacía feliz, porque sabía que Ximena era especial, diferente a cualquier relación que pudiera haber tenido en el pasado.
Sí había salido con algunas chicas, pero nunca de forma formal; con ella lo deseaba.
—¿Quieres ser mi novia? —dijo apresurado, una vez llegaron a la playa cercana al restaurante.
Fue ella la que quedó sorprendida; sus ojos brillaron y no pudo disimular la inmensa sonrisa en su rostro. Se sentía exultante con esas palabras.
Fer la miraba, esperando la respuesta que no lograba salir por tanta felicidad. Sin poder hablar, ella decidió lanzarse a sus brazos y besarlo como si no hubiera nadie más cerca. Esperaba que con ese beso entendiera las palabras que no le salían.
Al separarse, él mantenía esa sonrisa que la derretía al verla; estiró su mano y le besó los nudillos.
—Supongo que eso significa un «sí» —comentó con diversión y ella asintió enérgicamente.
—¡Sí, mi cielo! ¡Sí quiero ser tu novia y no dejarte nunca! —gritó con fuerza, llamando la atención de algunas personas que pasaban cerca y que no evitaron sonreír al verlos. Algunos, incluso, los aplaudieron cuando se besaron de nuevo.
—Me muero por hacerte el amor —le susurró él al oído, provocando en ella un sonrojo y que se mordiera el labio.
—Pero debo trabajar —se lamentó, pero la sonrisa cargada de picardía que le regaló su novio solo despertó su interés.
—Te acompaño, te ayudo y tengo una idea que hará de la tarde de trabajo algo mucho mejor —dijo con seguridad. Ximena se puso ansiosa, un calor la recorrió por completo y le fue imposible negarse.
Fer no conocía la oficina de Ximena; las veces que la había recogido, se quedó esperándola afuera o en la recepción. Apenas él llegaba a recogerla, ella salía lo más rápido posible, dejando atrás todo lo que tuviera que ver con el trabajo y se concentraba en ellos dos.
En ese momento llegaba como su novio oficial, agarrados de la mano, sin importar lo que los demás pensaran de la abogada a la que nunca le conocieron una pareja o pretendiente. Varios compañeros se quedaron viéndolos algunos segundos y después volvían su atención a sus labores.
—¿Vamos primero a la oficina de Sam? —le preguntó ella y estuvo de acuerdo.
—Hace mucho no la veo y quiero verla cómo anda de embarazada —comentó, divertido, porque su novia le había contado lo consentida que andaba.
Ximena no se aguantó la emoción, lo jaló con prisa hasta la oficina y no esperó a que les diera permiso de entrar, así que abrió la puerta de un solo empujón.
—¡Tengo novio! ¡Fer me lo acaba de pedir! —avisó y Sam rio con incomodidad.
—Estoy segura de que el juez Williams debe estar muy feliz por ti —comenta y en ese momento Ximena fue consciente de que su amiga estaba en una videollamada de trabajo. Sintió el sonrojo en sus mejillas y Sam le dio la vuelta a la pantalla para que pudieran verse.
—Felicitaciones por su noviazgo, abogada Miller —dijo el juez, con diversión, y esta le agradeció, avergonzada.
Fernando era el más divertido con toda la situación, pero se quedó en silencio. Cuando Ximena tuvo la intención de salir de la oficina, Sam la detuvo con un ademán.
—Bueno, señor, la próxima semana me comunico con usted, después de tener toda la información que me ha solicitado —dijo Sam y se despidió.
—Espero su llamada, abogada White, sígase cuidando, que queremos un bebé sano —se despidió el juez y acabaron la videollamada.
Sam se levantó de la silla; con su pancita de cuatro meses caminó con cuidado, como si pisara huevos. Ximena rio ante la exageración de su amiga, quien todavía podía usar su ropa regular debido al tamaño de su vientre.
—Sí, sé que parezco un pato, pero siento que, si camino normal o hago una mala fuerza, el bebé se me va a salir o algo malo le va a pasar —dijo con voz queda. Ximena la entendió, porque los últimos cinco meses no habían sido buenos en temas de salud para Sam.
—Más bien, ven acá y danos un abrazo —le animó. Fer la tomó de la mano, atrayéndola hacia ellos y la apretó contra su pecho con cuidado, haciéndola reír.
—Felicitaciones —les dijo, todavía abrazados. Al separarse un poco, miró fijo a Fer, quien le prestó atención, así su mirada lo pusiera nervioso—. Te estabas demorando. ¡Se estaban demorando! —corrigió al caer en cuenta de que su amiga también podía haberle pedido la formalización de la relación.
—Es mi primera vez, debes comprender a esta pobre alma que no sabe de noviazgos —responde él con victimismo. Xime volteó los ojos y sonrió.
—Y no te ilusiones mucho por seguirlo intentando, porque algo me dice que será la primera y única vez —le dijo Sam mientras miraba a una sonrojada Ximena.
—¿Tú lo crees? —le preguntó él, pero con la vista fija en su novia, haciéndola sentir nerviosa—, porque yo también lo creo.
Ximena rio, pero lo miró con un interrogante en su cara; todo parecía irreal, demasiado bueno para ser cierto.
Cubrió su boca con las manos y cerró los ojos, en un intento por controlar las emociones del momento.
¿En qué momento todo se hizo tan intenso?
¿Alguna vez se había sentido tan enamorada?
Ni siquiera con Roman, quien en una época vio como el amor de su vida.
Qué equivocada estaba. Cada cosa que Fernando hacía con y para ella hacía que se adueñara de un trozo cada vez más grande de su corazón.
—Tortolitos, más bien, vayan a pasar la tarde juntos —propuso San con picardía y les guiñó un ojo.
—Primero debo hacer algo en la oficina y te tomaré la palabra —contestó ella y le guiñó de vuelta.
Se despidieron; Fer halagó a la embarazada, esperando que se tranquilizara, y la acompañó de vuelta a su silla.
—Xime —la llamó antes de que salieran—, en dos semanas tengo control, pero Leon no puede ir conmigo, tiene un viaje que no pudo correr —dudó.
—Claro que te acompaño. —Le lanzó un beso desde la puerta y Sam sonrió.
Al entrar a la oficina de Ximena, la actitud de Fernando cambió y la puso alerta; estaba muy callado y no le quitaba los ojos de encima.
Ella intentó disimular su inquietud al concentrarse en unos documentos que tenía sobre el escritorio y algunos correos pendientes; sin embargo, esa mirada sobre ella la tenía ansiosa.
Al terminar de leer un correo recibido, no pudo evitar sonreír; todo apuntaba a que lograría lo que llevaba meses buscando para el juicio de Donna, que sería la siguiente semana.
De repente, escuchó cómo le ponían seguro a la puerta, levantó la mirada y se encontró a su novio caminando hacia ella con mirada felina. Se sintió como un pequeño siervo atrapado. Rio, nerviosa por lo que Fer pensaba hacer, aunque su imaginación estaba muy bien encaminada.
Él llegó con calma al escritorio, cerró el portátil y lo dejó sobre una de las sillas, recogió los documentos con calma e hizo lo mismo con estos.
Ella tragó saliva al ver el espacio despejado y lo miró mientras aprisionaba su labio inferior con sus dientes.
Llegó a su lado y, sin dejarla levantar de la silla, empezó a besarla lento, pero en pocos segundos la intensidad del beso aumentó.
Ximena se levantó sin que sus bocas se separaran; él la aferró por las caderas, haciendo que unos latigazos de corriente le recorrieran la parte baja de su abdomen.
Definitivamente, fue una buena elección de vestuario para este día , pensó divertida y muy excitada. Sonrió contra los labios masculinos, que se torcieron en una sonrisa curiosa.
Lo atrajo hacia su cuerpo, con las manos presionando su nuca, como si sus labios se pudieran fusionar.
Ella sintió el borde del escritorio contra sus piernas y las manos de él subiendo su vestido con prisa; acarició sus muslos.
Ximena gimió y tuvo que recordar en dónde estaba para controlar el volumen.
No quería que los demás trabajadores en el piso se enteraran de que estaba cumpliendo una de sus fantasías.
Su centro estaba humedecido y palpitaba ansioso por atención; un dedo de él se coló entre la tela de sus bragas y soltó un gruñido al sentir cómo se empapaba. Ella suspiró.
El pulgar trazó círculos sobre su hinchado clítoris e introdujo dos dedos, con una lentitud ardorosa, y los movió de forma lenta y ondulante. Mismas ondas que hizo la espalda de Ximena ante todas las sensaciones.
Los dedos aceleraron, mientras que ella se aferró al escritorio y echó su espalda hacia atrás, dándole más acceso a su cuerpo.
Apretó sus labios para no emitir ningún sonido fuerte y tragó saliva cuando la dejó de tocar para quitarle la pequeña prenda que le impedía un acceso total a su entrepierna.
Levantó los pies entaconados para salirse de la braga atrapada en sus piernas; no alcanzó a sacarla cuando Fer la levantó por las caderas y la sentó de piernas abiertas sobre el escritorio.
Se sentó en la silla, levantó la falda y se perdió debajo de esta.
El contacto de su lengua con su piel sensible la hizo estremecer.
Él no dejó de frotar su clítoris con prisa, al tiempo que lamía y succionaba su vagina con esmero.
Ximena se mordió las mejillas por dentro y enredó una de sus manos en ese cabello corto y desordenado.
Sus piernas temblaron, su abdomen se contrajo y estalló directo en su boca. Fernando la saboreó y bebió cada gota.
—Te necesito —dijo ella con un gemido ahogado y lo jaló para besarlo. Movió con prisa sus manos hacia el pantalón y, con una destreza que la sorprendió, desabrochó su cinturón y botones, bajó su ropa y liberó su erección.
Ella rodeó sus caderas con sus piernas, sentía cómo sus sexos se tocaban, clavó sus tacones en sus nalgas y empujó para hacerlo entrar en ella con una sola estocada.
Gimieron uno contra el otro, ahogando sus sonidos, pero no la excitación.
Fernando empezó a moverse adentro y afuera, al tiempo que ella movía sus caderas con movimientos cadenciosos.
Ximena se acostó sobre el escritorio, no soltó las piernas de las caderas de su novio; estaba tan excitada que tuvo que morder su puño, encorvó la espalda. Su respiración era agitada y entrecortada, hasta que los espasmos de su liberación la dejaron sin fuerza, con sus piernas como gelatina.
Fernando siguió taladrando un poco más hasta alcanzar su liberación y caer rendido encima del cuerpo desmadejado de Ximena.
—Eso estuvo… —dijo ella sin terminar, porque no encontraba la palabra que describiera lo placentero que había sido. Además, el lugar y las circunstancias hicieron que la adrenalina le agregara un toque distinto.
—Había soñado con hacer esto desde hace mucho —confesó él y ella rio.
—Espero que se repita… —comentó ella y él respondió con sus cejas moviéndose de arriba abajo—. Aunque también espero que me dejes trabajar —dijo con picardía.