Celos
Había pasado una semana desde que estaban juntos de nuevo; Ximena llegaba del trabajo y no quería dejarlo ir a su apartamento.
No quería perder la oportunidad de estar con él, cenar juntos, leer sus libros recostada en su pecho mientras él revisaba fotografías de su trabajo y, cuando terminaba, le acariciaba el cabello, dejándola al borde del sueño.
De nuevo la llevaba alzada a su habitación; la sensación de tibias y cómodas nubes no se acababa. La dejó sobre su cama y, antes de que se alejara, lo abrazó con fuerza y lo hizo acostar a su lado.
—Eres mi cielo —dijo entredormida y él se acomodó mejor a su lado, abrazándola contra su pecho, y se quedaron dormidos.
El celular de Ximena sonó, anunciándole que debía levantarse.
Esa alarma se había convertido en algo que odiaba desde que estaba con Fernando y amanecía a su lado.
Bostezó y abrió los ojos con parsimonia; al no verlo a su lado, se enderezó en la cama y miró por toda la habitación, como si pudiera encontrarlo en cualquier esquina. En el baño tampoco estaba.
Se levantó de la cama, buscó sus pantuflas y salió a buscarlo por el apartamento, pero no estaba en ninguna parte. De repente, escuchó algunas risas en el pasillo y las reconoció de inmediato. Volteó los ojos.
—Ay, Nicky o Lety —dijo, mientras hacía muecas de fastidio y fue a la cocina.
¿Celosa?, se preguntó, y, aunque no le gustara aceptarlo, sí se sentía celosa de las modelitos esas.
No era porque pensara que se lo fueran a quitar, sino que le molestaba mucho la forma en la que lo trataban.
Ella no era de las que se pasara de cariñosa con personas que no fueran su pareja.
Siempre guarda una distancia prudente. Pero esas chicas parecían que faltaron a esa clase.
Bebió un vaso de agua y se fue hasta la puerta de su apartamento para asomarse. La puerta de él estaba abierta, así que se escuchaban todos los ruidos del interior.
Volvió a la cocina para preparar el desayuno, aunque tenía su cabeza embotada por las risitas del otro lado del pasillo, que tumbó una olla, haciendo un gran estruendo. Fernando no demoró en aparecer, preocupado.
—Chiquita, ¿estás bien? —Caminó hacia ella.
—Sí, no pasa nada —respondió con seriedad, mientras recogía el reguero que se hizo en un instante.
Le dio la espalda para regresar a la estufa y preparar, así fueran unos huevos con tostadas y café. Fer se le acercó por la espalda.
—¿Está todo bien? Estás rara —preguntó, sigiloso.
—Sí, solo estresada por el trabajo que tengo pendiente —contestó. Intentaba sonar convincente.
Le daba vergüenza saber que se sentía celosa como una adolescente; mucho menos pensaba admitírselo a él.
Tampoco deseaba decirle que su amiguita le caía como una patada al hígado, en especial cuando se ponía tan melosa.
¡Que se guarde sus cariños para su novia!
Suspiró con fuerza, sintió como si sus orejas echaran vapor.
Odiaba sentirse de esa forma. Y, bueno, tampoco era una completa mentira que el trabajo pendiente no la estresara un poco.
—Deberías volver, te están esperando —le dijo al escuchar cómo lo llamaba, ya fuera Nicky o Leti. Fer la tomó por el lado y la giró hacia él, pegándola a su cuerpo. Tomó un mechón de su cabello y lo puso detrás de su oreja.
—¿Estás celosa? —preguntó con una sonrisa contenida.
—¿Debería estarlo? —Levantó una ceja, con seriedad.
—Nicky solo vino temprano, porque necesita unas fotos para un proyecto nuevo —explicó.
—¡Fer, baby! ¡Ya estoy lista! —gritó Nicky. Ximena lo agarró de la mano y lo llevó a la salida.
Al llegar a la puerta, al otro lado del pasillo se asomó la señorita con una bata de seda abierta y con un diminuto conjunto de ropa interior debajo. Ximena respiró profundo y miró a Fernando, que estaba como si nada.
¡Perfecto!
—Ve. Yo me voy a arreglar y me voy a trabajar. —No le dio tiempo de decirle nada, le cerró la puerta y ella se fue directo a su habitación. Necesitaba una ducha, urgente.
Respira profundo… Es parte de su trabajo… No pasa nada malo… Te tienes que acostumbrar…
—¡Aaaaah! ¡Que vaya a decirle « baby » a otro! —Bufó y se metió a la ducha.
Al final no se preparó nada de desayuno; en el camino compraría algo; ya la conocían en la cafetería cercana del bufete. Lo importante era salir del edificio y poder enfriar su mente.
Se vistió con un vestido rojo de mangas cortas, entallado a la cintura y con la falda suelta en corte A hasta la mitad de sus muslos, escote en V, una cadena delicada, sandalias plateadas de tacón y arregló su cabello en ondas.
Necesitaba verse y sentirse guapa, más que cualquier modelito en ropa interior y actitud coqueta.
El día era soleado, entonces completó su vestuario con unas gafas oscuras.
Al salir hacia el ascensor, su celular empezó a sonar, al tiempo que Fernando salió a despedirla tras haberla escuchado, pero estaba tan molesta que no le prestó atención.
Tenía mal genio por verlo tan relajado cuando otra mujer lo trataba de forma tan cariñosa; siempre le había molestado eso de ella, pero ahora que estaban juntos, mucho más.
—Chiquita, ¿ya te vas? —le preguntó y ella asintió mientras buscaba su teléfono dentro de su maletín.
No reconoció el número en la pantalla, pero contestó. No solían llamarla números desconocidos, pero, finalmente, la información estaba en su tarjeta de presentación.
—¿Aló? —contestó, intentando ignorar a Fer, quien parecía muy atento a la llamada.
—Hola, Xime, hablas con Nathe. Te estoy llamando de mi número de trabajo. —Eso explicaba que no lo tuviera guardado.
—¡Hola, querido! Qué bueno escucharte. —Fernando carraspeó y ella contuvo la risa. Tal vez así entendiera lo feo que se sentía cuando el cariño iba para otro.
—Quería saber si nos podemos ver para almorzar y aprovecho para contarte algo que seguro te va a gustar.
—¡Buenísimo! Nos vemos para almorzar en el Restaurante El Porto. ¿Te parece? —Le hacía mucha ilusión lo que Nathe tuviera para decirle, porque era uno de los contactos que la estaba ayudando con el caso de Donna.
—¡Perfecto! Ten una buena mañana.
—Igualmente. Nos vemos. —Terminó la llamada y guardó el celular.
Levantó la mirada y se encontró a Fer con la mandíbula tensa, los ojos entrecerrados y una actitud muy distinta a la de minutos antes.
—¿Todo bien? —le preguntó y ella tuvo que contener la risa al verlo celoso.
—Sí, ya me voy a trabajar y tengo un compromiso a la hora del almuerzo —contestó y se acercó para besarlo de prisa en los labios.
Caminó hacia el ascensor y Fer la siguió. Apretó el botón y las puertas se abrieron para que entrara. Antes de que se cerraran, él las detuvo.
—¿Desayunaste? —Buscaba pretextos para armar conversación.
—No, ahora compro algo cerca de la oficina.
—¿Nos podemos ver para almorzar? —Ella levantó una ceja y negó.
—No, baby —hizo énfasis en la palabra, pronunciándola con la misma entonación melosa de su amiguita—, almorzaré con Nathe.
—El rostro de Fer se tensó, pero antes de que preguntara algo más, la voz estridente y fastidiosa de Nicky se hizo escuchar, llamándolo como solía hacerlo.
Cuando él se echó hacia atrás para prestarle atención, Ximena aprovechó para cerrar las puertas e irse.
Se sintió avergonzada por esos comportamientos tan infantiles, pero también se rio. De alguna forma macabra se sintió bien al ver que no era la única celosa y esperaba que con lo que le dijo al final, él entendiera el mensaje.
Tal como lo había pensado, se detuvo en la cafetería en el camino, compró algo para desayunar y pidió las galletas que tanto le encantaban a Sam.
Llevaba dos días de haber vuelto al trabajo; la anemia y los malestares estaban controlados; sin embargo, todos en la oficina la trataban como si fuera una muñeca de porcelana que podía romperse con cualquier cosa. Lo que no imaginó fue que le gustara tanto. Estaba en modo faraona.
—¿Cómo está la futura mamá más bella del mundo? —la saludó al entrar a su oficina y Sam sonrió ampliamente—. Te traje las galletas que tanto te gustan y un café descafeinado helado. —Le mostró la bolsa y esta estiró la mano para recibirla.
—Me voy a engordar de más con el embarazo. —Hizo un puchero, pero metió la mano con prisa, sacó una galleta y le dio un buen mordisco. Gimió de placer.
—No te ves muy triste con tantas atenciones. —Sam rio.
—Mejor vete a trabajar, que queda muy poco para el juicio de los padres de tu novio. —Le hizo un además para que se retirara y Ximena se fue riendo.
¿Sí somos novios? Hasta el momento no hemos hablado de eso , pensó y quedó confundida.
No lo había pensado; estaban juntos, pero lo suyo no tenía un nombre establecido.
No tuvo tanto tiempo para martirizarse con eso; el trabajo la ocupó rápido, alejando todo pensamiento ocioso y concentrándose en que las cosas salieran de la mejor manera posible.
La mañana se pasó en un abrir y cerrar de ojos; cuando vio la hora, se levantó con prisa de su escritorio, tomó su maletín y su celular, para salir rumbo al restaurante para encontrarse con Nathe.
Condujo lo más a prisa permitido y, al llegar, ya la esperaba su colega en la puerta. Se saludaron con un gran abrazo y un mesero los dirigió hasta una mesa en el rincón, donde tuvieran la privacidad que necesitaban para hablar.
La información que él tenía para darle la hacía feliz; levantó la copa con su bebida, él hizo lo mismo, listos para brindar.
—Salud —dijeron al tiempo, pero antes de continuar, alguien le quitó la copa de su mano, la puso sobre la mesa y le giró la silla.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó a Fernando, que la miraba con preocupación.
—Vine porque sabía que estarías acá y no quiero que las cosas entre los dos estén mal —dijo, mirándola fijo.
Ella estaba un poco avergonzada; varias personas de mesas vecinas los miraban con atención—.
Sé que te molestó que me fuera con Nicky en la mañana y que no hago nada cuando me trata de forma cariñosa…
excesivamente cariñosa —corrigió, sin prestarle atención a nadie más—.
Además, cuando escuché que te verías con otro para almorzar, me sentí fatal.
—Giró hacia Nathe y este se estaba divirtiendo en grande con la escena para la que tenía primera fila.
—¿Quién te ayudó a darte cuenta? —Xime entrecerró sus ojos—. ¿Tu mamá? —Asintió.
—Creo que los dejo para que hablen. —Nathe se levantó de su silla—. Me encantó verte y quedamos pendientes para reunirnos de nuevo. Dejo todo pago, guapa. —Le guiñó un ojo, ella asintió y se retiró.
«¿Guapa?» Oh, sí, estaba preciosa y Fer odió que otro se lo dijera.
—¿Qué es eso de volverse a reunir? No, no, no —se quejó Fer mientras se levantaba, tomó su maletín y salieron del restaurante.
Bueno, Fernando celoso era romántico, un poco posesivo, pero no en un mal sentido, sino de esos que necesitaban demostrar su amor y eso le sentó más que bien a Ximena.
—Cielo, tranquilo. En la próxima reunión estarás presente junto a tu mamá. —Se detuvo.