La lista del amor (y otros desastres) Despertar a tu lado
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Despertar a tu lado

Ximena despertó lento ante el calor y resguardo de los brazos de Fer.

Recordó lo sucedido la noche anterior y agradeció al cielo que esa angustia que había sentido al pensar que lo perdía solo quedara como un mal recuerdo, opacado por uno mucho más especial y bonito: escucharlo decirle «Te amo».

En ese momento se sintió enloquecer de felicidad; no fue capaz de decir nada, solo corresponderle con un beso de total entrega.

Ese hombre que decía no creer en el amor estaba perdidamente enamorado de ella y recibía con gusto las expresiones de afecto que ella le daba.

Mantuvo sus ojos cerrados hasta que un beso en su cuello la hizo estremecer.

—¿En qué piensas, chiquita? Estás sonriendo con los ojos cerrados —preguntó, curioso, y la apretó más contra su cuerpo.

—Tramposo —se quejó, risueña—, ¿cuánto tiempo llevas viéndome dormir? —preguntó. Ella no alcanzó a contestar, porque un bostezo la interrumpió.

—No tanto. Como veinte minutos, que se han hecho cortos para contemplar tu belleza —susurró en su oído y lamió el lóbulo de su oreja. Un escalofrío la recorrió.

—No hagas eso —pidió en un jadeo. Sus estómagos se coordinaron para sonar al tiempo y recordarles que debían comer. Ximena se giró en sus brazos, quedó de frente a él—. Será mejor que salgamos a desayunar y después me voy a trabajar. —Hizo un puchero.

—Perfecto, pero con una condición… —dijo coqueto.

—¿Cuál? —respondió con picardía.

—Nos vamos a bañar juntos, porque hay que economizar agua. —Le guiñó un ojo y ella soltó una risa ansiosa por la propuesta.

—No creo mucho en ese método de ahorro, pero, dejando eso de lado, me parece una buena idea.

—Mordió su labio y, antes de decir algo más, Fer se levantó de la cama, caminó hasta su lado y con un solo movimiento le quitó la sábana, dejándola desnuda ante sus ojos.

Ahora fue su turno de morderse el labio.

Se agachó y la levantó en brazos; ella se empezó a reír y a gritar como loca.

Al llegar al baño, la bajó con cuidado. Entraron a la ducha y sus cuerpos se atrajeron como imanes; recorrieron sus cuerpos con sus manos y empezaron a besarse con pasión mientras el agua caía sobre sus espaldas.

Terminó aprisionada contra la baldosa fría, contrastando con el calor de su cuerpo; sus piernas se aferraron a sus caderas y él entró, llenándola.

Ximena nunca se había sentido adicta a nada, pero esta nueva adicción era algo que no deseaba combatir.

Clavó sus uñas en esos fuertes hombros cuando la liberación fue inminente.

Su orgasmo la hizo jadear en el oído de Fernando y esto fue combustible para que sus arremetidas se fortalecieran y la siguiera alcanzando el clímax.

—No quiero ir a trabajar —se lamentó abrazada a su cuerpo, haciéndolo reír.

—Quédate conmigo todo el día en la cama —sugirió, coqueto y, aunque se sentía muy tentada, tenía que rechazarlo.

—No puedo, ayer tuve el día libre y hoy debo revisar algunas cosas importantes —dijo, separándose de él—, sabes a lo que me refiero. —Él asintió al comprender que se refería al caso de su mamá.

Terminaron de bañarse y, al salir, mientras ella secaba su cuerpo, él la observaba con intensidad.

—¿Cómo sigues de las quemaduras? —Ya no sentía dolor y las había olvidado por completo.

—Ya no me acordaba —admitió con una sonrisa y extendió su brazo hacia él. Se miró las piernas—. Esa crema es muy buena —aseguró, sorprendida, y lo besó con rapidez—. Gracias, chiquito.

Fernando se rio.

—¿No habíamos quedado en que me cambiarías de apodo? —preguntó sugerente.

—No se me ocurre nada todavía. —Se hizo la pensativa, pero en realidad estaba definiendo si darle la sorpresa de que ya sabía lo de sus libros. Mordió su labio y lo observó con atención—. Se me ocurre uno, pero no sé si te guste.

—Desde que no sea «chiquitico», no tengo problema —bromeó, haciéndola carcajear.

—Se me ocurre algo como… « Ikhathuni » —sus ojos se abrieron, tragó saliva y la miró con incredulidad—, se me hace que te va bien —dijo y sonrió nerviosa ante su reacción.

—¿Có-cómo lo supiste?

—¡Apúrate que tenemos que ir a mi apartamento! —Lo agarró de la mano y salieron del baño. Sentía la adrenalina corriendo por su cuerpo.

Ella levantó su vestido que estaba en el suelo junto a la cama; no entendió cómo llegó su ropa interior debajo de esta, pero se vistió con prisa; en su casa se cambiaría. De hecho, si no fuera porque tenía que salir al pasillo, ni siquiera se pondría su vestido amarillo.

—Apúrate, apúrate, apúrate —lo acosó mientras él buscaba su ropa en el armario. Se rio y se puso lo primero que encontró: una camiseta blanca y un jean.

Al llegar a su lado, la vio con la braga en su mano, frunció el ceño y mordió su labio inferior. Ahora fue Ximena la que movió sus cejas de forma sugerente mientras agitaba la prenda.

—Oh, no. No seas así, porque tú fuiste la que dijo que se debe ir a trabajar y ahora sí te pones a coquetearme y tentar a esta alma pura, casta e inocente —bromeó, haciéndose la víctima y ella soltó una carcajada ante tal descripción.

—Qué pena con usted, señor casto, pero lo necesito ya mismo yendo a mi apartamento, porque le tengo una sorpresa. Espero que le guste tanto como me gustó a mí —pidió, siguiéndole el juego.

Fer la miró con ansiedad, pero también se notaba nervioso por lo que ella tenía para mostrarle. Caminaba lento, así que ella lo agarró de la mano y lo llevó arrastrando a su apartamento.

Al entrar, le pidió que la esperara en la sala y con prisa se fue a su habitación. Se dirigió al tocador, en donde había dejado un cofre grande de madera, con todos los libros en su interior. Eran su tesoro y merecían que los guardara como tal.

Levantó el cofre; pesaba un poco, pero nada que le impidiera cargarlo.

Respiró profundo, estaba ansiosa ante la reacción que tendría Fernando al ver lo que tenía en su poder.

Caminó con sigilo, iba descalza y no hacía ruido; al verlo se rio, porque él no dejaba de mover su pierna derecha.

Al verla, se levantó con prisa para ayudarla y dejó el cobre sobre la mesa de centro.

—Ábrelo —le pidió ante su mirada de confusión. Se sentó en el sofá para seguir las instrucciones, mientras ella lo observaba de pie a su lado.

Xime pudo ver cómo la sorpresa y la confusión se apoderaban de su rostro; en sus ojos había un brillo especial, que resplandecía más y más al ver cada uno de sus libros.

Fer levantó la mirada para verla y, antes de que pudiera decirle algo, la jaló hacia su cuerpo, haciéndola quedar sentada sobre sus piernas y acunó su cuerpo.

—¿De dónde los sacaste? ¿Cómo sabes que soy yo? ¿No piensas explicarme? —preguntó una tras otra, sin dejarla hablar. Ella rio y tomó su rostro entre sus manos, esperando a que se calmara.

—No me has dejado contestar y ya me estás reclamando.

—Frunció el ceño con falsa molestia—. ¿Cómo lo supe?

Por coincidencia, ayer al salir de la casa de Sam me llamó la atención una gran fila frente a una librería; cuando vi que era una firma de autógrafos, me dio curiosidad y bajé a ver cómo era, porque nunca he asistido a una.

Cuando te vi al hombre de mi vida ahí firmando libros, mi corazón casi se me sale del pecho.

—Él la miró de una forma que hizo acelerar su corazón—.

¡Necesitaba tenerlos todos y firmados! —Rio y parece que en su cabeza algo hizo un clic, porque la miró con ojos entrecerrados.

—¡Tú eres la prima Ximena que estaba obsesionada conmigo, pero que no había podido ir a la firma de autógrafos y era cuestión de vida o muerte el tenerlos todos firmados! —gritó y ella soltó una carcajada al escuchar la excusa que puso la chica que le ayudó.

—¿Cómo sabes?

—Fue la única persona que me hizo firmar todos mis libros. —Ella rio—. Eres la culpable de que me duela la mano —se lamentó y la puso sobre su muslo descubierto—. Vas a tener que indemnizarme de alguna forma especial —comentó con coquetería y deslizó la mano bajo el vestido.

—¿La de «Ojos marrones» soy yo? —Él asintió—. Me encantó.

Lo besó.

En ese momento ya no le importaba llegar tarde al trabajo; su tacto le hizo olvidar todo lo demás, solo existían los dos.

Fernando gruñó al darse cuenta de que todavía seguía sin nada bajo el vestido.

Apretó su nalga con fuerza, haciéndola jadear.

Ese fue el detonante para que ella terminara a horcajadas, con la falda en las caderas y su humedad latente, esperando por él.

Hicieron el amor con la prisa que el deseo les exigía en ese momento; necesitaban sentirse y demostrarse de todas las formas posibles lo que se despertaba en el otro.

Ximena terminó con el vestido amontonado en su cintura, Fernando sin camiseta y con el pantalón en los tobillos.

Se rieron, pero se quedaron recostados un rato, mientras su respiración se les regulaba.

El celular de Ximena empezó a sonar, una notificación tras otra. Era momento de volver a la realidad; se levantó, ni siquiera se arregló el vestido y así fue hasta su habitación a buscarlo.

Al abrir su correo, encontró un mensaje importante en el que le informaban que el proceso de Donna Martin y Brandon Wilson se había adelantado. Se le hizo un vacío en el pecho.

—Chiquita, ¿todo bien? —le preguntó Fer desde la puerta de la habitación. Asintió, pero su cara no transmitía esa tranquilidad.

—El caso en el juzgado se adelantó —contestó con seriedad mientras buscaba la ropa que se pondría.

Fernando se sentó en la cama y ella aprovechó para enviar algunos mensajes.

—Ahora que se sabe la verdad, ¿qué va a pasar? ¿Es bueno o malo para mi mamá? —preguntó, preocupado. Ximena se le acercó, tomó su rostro en sus manos y lo besó con ternura.

—Amo cómo amas a tu mamá y quiero que estés tranquilo, porque están en buenas manos —comentó, calmándolo, y una sonrisa pícara se marcó en su rostro.

—¿Qué estás tramando? —inquirió con curiosidad y entrecerró los ojos.

—No te diré, porque no es algo seguro, pero, si lo logro, será la mejor sorpresa que les puedo dar. —Cruzó los dedos, porque ese plan sería lo mejor que les podía pasar.

Sus estómagos sonaron al tiempo, recordándoles que no habían comido nada para reponer la energía gastada desde la noche. Fer propuso preparar algo, pero ella no lo dejó. No quería que cocinara, solo deseaba salir con él a comer a algún lugar.

Se alistaron rápidamente y salieron del apartamento, agarrados de la mano.

Hace tanto tiempo no vivía algo así, que se sintió como una quinceañera feliz y enamorada.

El corazón le latía de prisa, las mariposas en su estómago estaban revolucionadas y la sonrisa en su rostro era innegable cada vez que lo veía.

—Deja de mirarme así, me intimidas —dijo, mientras caminaban hacia el ascensor y ella rio, cubriéndose la cara.

—Es que no logro comprender cómo fue que mi vecino entrometido, fastidioso, intenso, un poco atrevido, de cabello desordenado y muy guapo, se ganó mi corazón y ahora me hace muy feliz… No entiendo —cuestionó como si hablara de cualquier otra cosa.

Esos ojos azules se fijaron en ella con una intensidad que la hizo sonrojar. Le regaló esa sonrisa ladeada que la dejaba desarmada. En menos de un segundo la estaba besando hasta robarle el aliento y hacerla suspirar.

—Yo tampoco entiendo cómo es que mi nueva vecina, seria, hermosa, trabajadora, amable, centrada, con pésima suerte para los hombres —ella rio—, un cuerpo de infarto y un carisma especial, pudo fijarse en mí. —Levantó los hombros, como si no entendiera nada.

El ascensor llegó; en ningún momento soltaron sus manos, así que cuando las puertas se abrieron en el primer piso y el vigilante los vio, solo los miró con complicidad y una sonrisa que la hizo sonrojar.