Llamar a la policía
Ximena abrió los ojos; los tenía hinchados de tanto dormir. Se levantó de la cama y buscó su celular para verificar la hora. Apenas la vio, su estómago le recordó que no había almorzado y ya era la hora de la cena.
Con unas esperanzas que murieron al abrir la despensa y encontrarla vacía, como ya era costumbre, exhaló con fuerza y hambre. Solo tenía media caja de leche y tres huevos. No se le apetecía.
—¡¿Por qué soy tan descuidada con la comida?! —se reprendió en voz alta y frotó su rostro con sus manos.
Volvió a la habitación, se puso sus zapatos para ir por algo a algún negocio cercano. Su estómago le estaba pasando cuentos por el estrés de los últimos días y no haberse alimentado bien.
Pasó frente al apartamento de Fer y, aunque le daba un poco de miedo timbrar y que siguiera molesto con ella, lo hizo, pero nadie atendió la puerta; tampoco se escuchaban ruidos en el interior.
Supuso que no había llegado de la firma de autógrafos o cualquier otra cosa que tuviera que hacer ese día. Suspiró y siguió hasta el ascensor.
El vigilante le confirmó que Fer no había llegado.
Salió del edificio y se fue caminando, sintiendo el clima fresco de la tarde sobre su rostro y piernas.
Recordó lo poco que alcanzó a leer del libro antes de dormirse y se convenció de que iba haciendo caras por la calle mientras recordaba momentos específicos entre ellos.
Una bocina de un auto la alarmó, dio un respingo y, con el corazón latiendo a toda marcha, se dio cuenta de que se había pasado la calle sin mirar si venían autos.
El conductor del auto le soltó una prosa de groserías y ella no respondió nada, porque se las merecía al poner en riesgo su vida de esa forma.
Al otro lado de la calle miró en dónde estaba; al parecer, caminó más de lo que esperaba, unas siete cuadras de su apartamento. En la otra esquina vio un café bistro llamativo y al que no había ido nunca. En esta ocasión cruzó con cuidado y fue directo al lugar.
Una chica muy amable la atendió y en poco tiempo tuvo sobre su mesa una deliciosa lasaña, con soda saborizada. Estaba tan rica que la comió con calma, degustando cada bocado. Definitivamente, volvería a ese lugar, no solo por la comida, también por la atención y el ambiente.
Al terminar, se acercó a la caja para pagar la comida y pidió un café para tomar de camino a su apartamento. Parecía que todas las horas que durmió no fueron suficientes y necesitaba trabajar para reponer algo del día de inasistencia a la oficina.
Un chico con gran destreza manejando la máquina de café espresso le entregó su vaso.
Verlo prepararlo fue todo un espectáculo.
Agradecida, se despidió y fue directo a la puerta.
Se acordó de Sam y sacó su celular para llamarla, buscó el contacto, pero antes de marcarle chocó con alguien y pegó un grito ante el contacto del café caliente sobre su ropa.
—Au, au, au, au —se quejó y soplaba su mano, que fue la que se llevó la mayor quemada.
—Duele —dijo el hombre que estaba de espalda y se giró para mirarla.
—¿Josh? ¡Qué pena! —se disculpó, porque también lo había quemado.
Ella estaba llena de café en la ropa, la mano, las piernas, y él tenía una mancha inmensa en su espalda. No parecía que fuera un vaso de café, sino un jarro.
—Ximena, ¿te quemaste mucho? Déjame ver. —Agarró su mano, le quitó el vaso que seguía sosteniendo y lo dejó en el borde de la ventana del bistro .
—Tranquilo, creo que no fue nada. Me da vergüenza contigo, mira no más cómo te dejé. —Hizo una mueca y se asomó por detrás de su cuerpo para volver a ver la mancha.
—No fue nada… Mmmm, ya no alcanzo a ir y volver a casa —susurró él, pero ella lo escuchó—. Supongo que tendré que ir así a la reunión que tengo dentro de hora y media —comentó para sí mismo.
Ximena escuchaba toda su diatriba y se sentía más avergonzada con cada segundo que pasaba.
—Déjame solucionarlo. De verdad me siento mal.
Eso me pasa por no mirar al frente cuando voy por la calle —comentó y el reclamo no fue solo por ese choque, sino por el atropello del que se libró minutos atrás—.
Mi casa queda cerca, tengo lavadora y secadora, entonces en menos de una hora estarás listo para ir a tu compromiso.
—Le hizo ojitos de súplica y sonrió, a la espera de una respuesta con la que dejara de sentirse tan mal.
—No quiero incomodar…, pero aceptaré tu oferta. Además, mientras la camisa está lista, podemos conversar un buen rato y te reviso las quemadas —dijo un poco sugerente y le guiñó un ojo. No supo qué hacer, solo rio, nerviosa.
—Vamos, así estarás listo pronto y yo me dedico a trabajar —comentó, cambiando de tema e intentando dejarle claro que solo le interesaba solucionar el tema de la camisa.
Durante todo el camino a casa se fueron hablando de trabajo y ella conservó su distancia; no quería darle una idea errada de lo que pudiera pasar entre ellos.
Era consciente de que le gustaba; ya notaba con claridad la forma en la que la miraba, pero a ella solo le parecía un médico atractivo y agradable, pero nada más.
Al llegar al edificio, Ximena levantó la vista hacia el apartamento de Fer; quería ver si había alguna luz encendida, pero seguía igual que al salir. Torció la boca y siguió su camino junto a Josh.
En el ascensor ella sentía su mirada encima, pero lo ignoró y aprovechó para sacar su celular y escribirle a Sam. Quería saber que todo estuviera bien con su amiga y el bebé. Ya lo quería como a un sobrino y no deseaba que nada malo le pasara.
Xime:
¿Cómo estás, Sam? ¿Cómo siguen?
Sam:
Mucho mejor, amiga. Gracias por cuidarnos. Leon me está cuidando como si fuera de porcelana.
Xime:
Me alegra saber eso. Además, no es para menos.
Cuídate y hablamos mañana.
Sam:
Igualmente, Ahora no es que te vayas a poner a trabajar… yo te conozco.
Xime:
Jajajajaja. Chao.
Sam:
¡Lo sabía! Jajajaja. Chao.
Guardó el teléfono en su bolsillo de camino a la puerta de su apartamento. Abrió y le pidió que la esperara en la sala.
—Iré a cambiarme y te traigo algo para que te pongas mientras lavo la camisa, ¿está bien? —le preguntó de camino a su habitación.
—Perfecto, acá te espero. —Le guiñó un ojo.
Fue a su armario y sacó ropa para cambiarse; después buscó algo que le pudiera prestar a Josh, pero no encontraba nada que le pudiese servir.
No es que fuera la más delgada, pero era evidente que el doctor se ejercitaba lo suficiente como para que su masa muscular reventara su prenda más grande.
Organizó un poco el desorden que se le hacía en la búsqueda mientras pensaba qué otra opción tenía.
Recordó la bata de baño que permanecía colgada tras la puerta y que ya era parte de la decoración inútil del baño.
—¡¿Te importa que te preste una bata de baño?! —gritó desde la habitación y esperó la respuesta.
—¡No hay problema! —respondió Josh.
Ximena corrió al baño a buscarla y de paso llevó su ropa para cambiarse con prisa, no sin antes necesitar limpiarse un poco; se sentía pegajosa y el café sobre la ropa se estaba secando, haciéndola sentir acartonada.
Humedeció una toalla pequeña y comenzó a limpiar la piel untada.
—¡Ve quitándote la ropa, que ya voy para allá! —gritó para que cuando saliera no fuera más que entregarle la bata, recibir la camisa y ponerla a lavar.
Se puso un vestido blanco, corto y vaporoso. Acomodó un poco su cabello y salió directo para recibirle la camisa a Josh. Le tendió la bata y contuvo una carcajada al verlo con ella puesta. Le quedaba apretadísima sobre su abdomen marcado, dejándolo casi expuesto.
Metió la camisa a lavar y volvió con su visitante inesperado.
—¿De qué es la reunión que tienes ahora? —preguntó, curiosa, porque sabía que vivía al otro lado de la ciudad y era raro verlo por ahí, más a esa hora.
—Hay un proyecto médico en el que quisiera participar y el principal inversionista vive cerca de acá —comentó y ella se sintió interesada—. Como te podrás imaginar, estoy ansioso y por eso me vine con antelación. —Sonrió un poco avergonzado.
—No eres el único que lo hace. No te sientas mal —lo tranquilizó.
Mientras el ciclo de lavado terminaba, aprovechó para sacarle más información sobre el proyecto. Cuando la lavadora se detuvo, corrió para meterla en la secadora. La espera fue corta. La estiró con la mano, aprovechando que seguía caliente, y se la alcanzó.
—Me has salvado —agradeció este y ella le sonrió en respuesta.
—Era lo mínimo que podía hacer. —Le restó importancia con un levantamiento de hombros.
Josh miró la hora en su reloj y se apresuró a la puerta; estaba sobre el tiempo y, si tardaba más, de nada le serviría haber salido con antelación de su casa. Podía perder la oportunidad que tanto lo ilusionaba.
—Ximena, me encantó verte, así fuera en estas circunstancias. Quería saber si podemos verte este fin de semana. Recuerda que tenemos una invitación pendiente. —Esperó su respuesta. Ella sonrió y negó.
—Lo siento, pero estoy saliendo con alguien —respondió y vio la decepción marcarse en el rostro masculino.
— Wow , pues afortunado él… —comentó, cabizbajo.
—Gracias, de hecho, tú lo conoces —dijo ella. Josh frunció el ceño e hizo una mueca.
—No me digas que es tu vecino. —Abrió los ojos y ella fue la que frunció el ceño.
—Sí, es Fernando, ¿por qué?
—Creo que la cagué hace un rato. —Frotó su nuca con la mano, dejando ver sus nervios.
—¿De qué hablas? —Sintió un nudo en su pecho.
—Él vino mientras estabas en la habitación y me vio sin camisa. —Los ojos de Ximena casi se saltan de su sitio y se sintió un poco mareada—. Lo siento, te juro que, de haberlo sabido, no habría abierto la puerta. Ahora entiendo por qué se fue de esa forma…
—Tranquilo, no es tu culpa. —Intentó sonreírle, pero le salió una mueca—. Más bien, vete ya a tu reunión. ¡Éxitos!
—Gracias y, nuevamente, lo siento —dijo avergonzado; ella negó, intentando que no se sintiera mal. Las puertas del ascensor se abrieron, él entró y, apenas se cerraron, ella corrió a la puerta de Fer, donde se pegó al timbre.
¿En qué momento pasó eso? ¿Cómo es que no escuché cuando él fue al apartamento?
¡Seguro imaginó cosas que no son! Los pensamientos la bombardearon y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Todo empeoró cuando recordó cómo le pidió a Josh que se quitara la ropa.
Algo en su interior le decía que ese fue el momento en el que Fer estuvo en su apartamento.
No había otra razón para que se hubiera ido sin decirle o esperarla.
—¡Fernando, abre la puerta! ¡Por favor! ¡No es lo que te imaginas! ¡Abre! —gritó, desesperada. Algunos vecinos se asomaron a las puertas de sus apartamentos para ver qué era lo que sucedía en el corredor.
No les prestó atención y siguió gritando para que le abriera, hasta que subió el vigilante, que avergonzado se acercó a ella.
—Señorita Ximena, por favor, no siga o tendré que llamar a la policía —le dijo. En ese momento era lo que a ella menos le importaba. Sus lágrimas bajaban por sus mejillas y no entendía en qué momento todo se había ido al carajo.
—Haga lo que deba hacer —respondió y siguió timbrando con insistencia—. ¡Fernando!
—Debo llamarlos —insistió el vigilante, y de repente la puerta se abrió.
—No será necesario… Tranquilo —comenta Fer, tranquilizando al vigilante, y abrió más la puerta para que ella entrara a su apartamento.
Ximena se sentía aterrada, como nunca en su vida. Le daba pánico que, por un malentendido, las cosas entre ellos estuvieran por irse al bote de la basura. Intentó acallar sus sollozos y controlar su respiración.
Fernando cerró la puerta a su espalda y ella pudo notar que también había estado llorando. Tenía los ojos rojos e hinchados.
—¿A qué viniste? Debiste quedarte con el doctorcito… —dijo con resentimiento—. Él es el hombre perfecto, que cumple con todos los requisitos de tu lista, así que no entiendo qué haces acá —comentó y sus ojos se volvieron a humedecer.
—¿Có-cómo sabes de la lista? —tartamudeó—. Yo la boté… Fue un error —comentó y él frunció el ceño.
—Vuelve con él —repitió con seriedad, pero ella lo interrumpió antes de que siguiera.
—¡Maldita sea, Fernando! ¡Deja de decir que me vaya con Josh, él no me interesa!
—gritó, furiosa. Fernando calló, prestando atención.
Respiró profundo—. Sí, estaba buscando al hombre perfecto, creyendo que iba a encontrarlo basándome en unas características que me parecían las correctas, las indicadas, pero después me di cuenta de que mi hombre perfecto es ese que era más imperfecto, que rompía el esquema por completo de lo que buscaba y que se metió en mi corazón, en mi piel, en mi mente y en mi alma como jamás imaginé que me pasaría y de una forma en la que no me di cuenta, sino hasta que ya estaba enamorada hasta los huesos.
—Se limpió una lágrima que bajaba por su mejilla.
—¿Qué hacía en tu apartamento? —le pregunto, más calmado.
—Compré un café y al salir me choqué con él, ambos nos manchamos y quemamos; tenía una reunión cerca y me ofrecí a lavarle la camisa —explicó.
Sabía que todo sonaba como una excusa mala, pero esperaba que le creyera, porque no era más que la verdad. Fernando la miró con ojos entrecerrados y estiró su mano para agarrar la de ella.
—¡Aush! —se quejó y él se asustó, bajó la mirada y notó la mano enrojecida. Sin decir nada más, la agarró del antebrazo y la llevó a su habitación, abrió un cajón y sacó una crema especial para quemaduras. La sentó en su cama y empezó a aplicarla sobre el área roja—. Gracias.
—¿Dónde más te quemaste? —le preguntó con ternura y, mientras mordía su labio inferior, levantó un poco su vestido para mostrarle sus piernas enrojecidas.
Fer sonrió y empezó a aplicar la crema con cuidado. El tacto de sus dedos con su piel la hizo sentir que ardía, pero no de forma dolorosa. Ya no sentía dolor en sus quemaduras. Respiró hondo y suspiró, llamando la atención de Fer, quien dejó la crema a un lado y se fijó en sus ojos.
—Te extraño, ¿sabes? Cuando lo vi en tu apartamento, casi sin camisa, sentí que te había perdido por haber reaccionado como lo hice el otro día. —Apretó su boca, controlando el nudo en su garganta.
—Pero no pasó nada. Solo tengo ojos y corazón para ti —confesó y sonrió al verlo sonreír.
—Fui a disculparme por cómo reaccioné con lo de la prensa. Fue mi mamá quien dio la información —aclara, avergonzado.
Ximena se acercó a él, acunó su rostro en sus manos y con sumo cuidado lo besó. Empezaron lento, como si dejaran salir todo el amor contenido. Poco a poco el beso se intensificó, hasta que tuvieron que separarse para tomar aire.
—Te amo, chiquita —confesó y sonrieron.
Retomaron el beso y en pocos minutos la ropa estaba en el suelo y ellos hacían el amor, como si fuera la primera vez. Ese era su lugar.