Quítate la ropa
A Fernando le dolía la mano de tantas firmas, pero estaba gratamente sorprendido por la cantidad de jóvenes que asistieron a su evento. No lograba acostumbrarse.
Estiró su mano un poco, mientras Steven se acercaba a felicitarlo y le dio un informe rápido de la acogida que había tenido su último libro. Estaba más que sorprendido, porque fue un libro que hizo en tiempo récord y lo tenía sin palabras la agilidad con la que la editorial lo hizo realidad.
Su musa de inspiración, sobraba decir que era su hermosa vecina, esa que le robó el aire desde el primer momento en el que la vio y a quien debía pedirle perdón por su mal comportamiento.
Se encontraba sumido en sus pensamientos cuando una llamada lo obligó a regresar a la realidad. Sacó con prisa el teléfono de su bolsillo y, al ver que era su madre, su corazón dio un salto errático.
—¡Mamá, ¿en dónde estás?! —le preguntó, angustiado.
—Ay, por Dios, tesoro, no es para tanto.
—Se rio—. Acabo de llegar a la casa y en la entrada había un montón de paparazis; a Greg le tocó dejarme adentro y se fue a hacerlos retirar de la casa —explica y el corazón de él se aceleró de pensar que esa sería la forma en la que su mamá se enterara de todo lo que estaba pasando.
—¡Ya voy para allá! —Colgó la llamada, sin darle tiempo de replicar.
Agradeció a los de la librería, se despidió de Steven, pero al verlo afanado y preocupado, se ofreció a llevarlo.
Fer no desaprovechó la oportunidad y tampoco llevaría a un desconocido a la casa de su madre.
Steven ya había estado en varias ocasiones, pero sin entrar, entonces no sabía quién era la mamá que vivía en esa casa.
Durante todo el camino hablaron de lo exitosa que fue la firma de autógrafos y Steven también le informó que estaba en la planeación de algunos eventos similares. Fer intentó seguirle la corriente, pero tenía su cabeza ocupada con su mamá y concentrada en las páginas de chismes.
Como era de esperarse, ya estaba publicada una nota corta en la que anunciaban que Donna Martin había regresado a la casa y que se negaba a dar declaraciones respecto a la información filtrada hace algunos días. Bufó y volteó los ojos.
Llegaron a la casa y ya no quedaba periodista ni fotógrafo alguno. Entraron tras ser recibidos y, mientras bajaba del auto, Donna apareció en las escaleras de entrada, dejándose ver sin darle tiempo a Steven de retirarse.
—¡Hola, tesoro! —saludó, emocionada, y fue hacia él para darle un fuerte abrazo.
Fer escuchó detrás de él un portazo del auto y unos pasos. Frunció el ceño y esperó la reacción de Steven.
—¡Oh, por Dios! ¡¿Tu mamá es Donna Martin?
! —gritó, dejando en evidencia la sorpresa que le producía el verlos—.
¿Eres tú el hijo del que han hablado en televisión todos estos días?
—Fer tragó saliva, porque su representante acaba de soltarlo todo, sin anestesia.
Le dio una mala mirada y este se dio cuenta de que la había embarrado con su comentario. Ya no había marcha atrás.
Fernando se soltó del abrazo de su madre y esta lo miró, confundida, pero antes de decirle algo, Steven se acercó para saludarla y empezó a halagarla por su carrera artística. Estaban tan entretenidos, hablando, que no se dieron cuenta del momento en el que Fer los entró empujados a la casa.
Conversaron tanto, que no se dieron cuenta en qué momento pasó el tiempo, hasta que los llamaron para almorzar.
La mesa del comedor no fue impedimento para que siguieran hablando de la carrera profesional de Donna. Steven sorprendía con esa faceta desconocida por Fer. Nunca lo había visto hablar sin descanso de cosas que no fueran trabajo.
Cuando, por fin, se fue Steven, madre e hijo ya podían hablar.
Él tenía el corazón acelerado, sus manos le sudaban y no sabía cómo decirle a su madre lo que había pasado en su ausencia; mucho menos estaba preparado para explicarle que la información se había filtrado, posiblemente, gracias a un descuido de su abogada, esa misma a la que seguía como idiota enamorado.
—¿Ahora sí me explicarás por qué Steven hizo ese comentario al verme? —preguntó—. También necesito que me expliques qué fue eso de que te fuiste con la abogada para su casa familiar. ¿Hay algo que quieras decirme? —Lo miró con picardía.
¡Mierda! Llegó la hora. Tragó saliva y respiró profundo antes de contestar.
—Ximena necesitaba un novio falso, así que me ofrecí a ir con ella, pero estando allá las cosas cambiaron y pasaron a ser más que una amistad —comentó con las mejillas sonrosadas y ella sonrió con satisfacción, pero no dijo nada—, entonces volvimos juntos como pareja, aunque sin ponerle nombre a la relación —empezó a divagar, pensando en todo—, el caso es que, al llegar de nuevo a Los Ángeles, nos recibió la noticia de que ya saben que tienes un hijo y eso desató chismes en todos lados y suposiciones.
Ximena era la única que sabía la verdad…
—dijo, preocupado, y la vio fruncir el ceño. Ella lo interrumpió antes de continuar.
—¿Qué hiciste, Fernando? —preguntó con seriedad y él sintió que lo regañaba.
—La culpé por lo que pasó. —Desvió la mirada y sintió un golpe en el hombro.
—¡¿Eres idiota?! ¡Por Dios, Fernando! ¿Cómo la vas a acusar de semejante cosa? —lo reprendió, haciéndolo sentir mucho peor de lo que ya se sentía en los últimos días.
—Sé que pudo ser un descuido de ella y la he buscado para pedirle perdón, pero no quiere saber nada de mí. —Se le apretó el nudo en el pecho.
—¡No fue ella! ¡Fui yo y jamás pensé que fueras a reaccionar de esta forma! ¡Dios! —le gritó, frustrada, y se frotó la frente.
—¡¿Por qué diablos ibas a decirlo?! ¡¿Por qué no me dijiste?! —Se sentía confundido. No entendía nada.
—Porque me cansé de que estés siempre en las sombras, porque el mundo merece conocer al hermoso hijo que tengo y que lo es todo para mí, así como también sé que, con todo lo del divorcio, el hecho de que aparezcas le ayuda a Ximena para ganarle en las mentiras a Brandon y ¡porque quiero compartir con mi hijo el poco éxito que me queda, sin que esté encerrado en una habitación viendo a través de una pantalla lo que sucede con su mamá!
—dijo con frustración y la voz entrecortada. Se puso a llorar.
Fer la abrazó con fuerza y no pudo evitar que algunas lágrimas se le resbalaran por las mejillas.
—Debes arreglar las cosas con Ximena, se te nota que estás enamorado, como jamás te había visto —dijo contra su pecho y él asintió. Estaba confundido, pero arreglar las cosas con Ximena era lo único que tenía claro.
—Lo sé. La verdad es que no la quiero perder por lo imbécil que fui —dijo con rabia hacia sí mismo. Su mamá se despegó de su cuerpo, acarició su rostro con el mayor cuidado y lo llevó hasta su habitación, donde sacó un álbum de fotos que él nunca había visto.
Algunas fotos de los dos en la playa, cuando era muy pequeño, y, aunque estaban juntos, también estaba Victoria, su mamá, ante la sociedad.
—La extraño, ¿sabes? —dijo, refiriéndose a su amiga y asistente. Seis años pasaron desde que un cáncer de seno le ganó la batalla y la perdieron de sus vidas.
—Yo también. Fue nuestra familia —susurró y ella sintió.
—Ahora, sí. Cuéntame qué es lo que han dicho los medios, porque yo envié un comunicado muy sencillo, no tenía tantos detalles, solo informaba de la existencia de mi hijo y que esperaba que respetaran mi decisión de hacerlo, así como también el hecho de haberte tenido tanto tiempo oculto.
Solo tenía mis razones claras y no les concernían —dijo, pensativa, y torció la boca.
—Parece que sí recibieron el mensaje, pero no las instrucciones. —Le mostró en internet algunos fragmentos publicados del chisme y, ya que ella estaba más que acostumbrada a la forma de actuar de los medios, no se veía afectada, más allá de una mueca.
Fer se quedó un poco más de tiempo con ella, hasta que vio la hora e hizo cálculos esperanzados de que Ximena estaría por llegar del trabajo, si no es que ya habría llegado. Se despidió de su mamá y el taxi solicitado ya lo esperaba afuera.
El destino parecía estar de su lado, el camino estaba descongestionado, así que llegó en poco tiempo a su edificio. Pagó la carrera y entró corriendo al ver que la luz de la sala de Ximena estaba encendida. Saludó al vigilante cuando casi las puertas del ascensor estaban por cerrarse.
Al llegar a su piso, dio vueltas entre las puertas de sus apartamentos; buscaba el valor que se le fue en el momento en que pensó la posibilidad de que no le respondiera y siguiera ofendida con él.
Respiró profundo y escuchó que sonaba música en el interior del apartamento.
Decidió no timbrar, sino golpear la puerta con sus nudillos y cruzó los dedos para que ella le abriera.
De repente la puerta se abrió, pero quedó paralizado, confundido y sintió su pecho apretado, como nunca lo había sentido.
—¿Doctor? —preguntó y no pudo dejar de mirarle la camisa abierta, notándosele su abdomen de «hombre perfecto». Tragó saliva.
—Eres el vecino, ¿verdad? —le dijo, como si no lograra acordarse de él, del todo, siendo que la cena que compartieron solo fue unas noches atrás.
—¡Ve quitándote la ropa, que ya voy para allá! —gritó Ximena desde su habitación y Fer sintió como si le lanzaran un balde de agua fría por encima.
Se giró y huyó.