Firma de autógrafos
Fernando llegó a su apartamento sin poder respirar. No podía creer lo que sucedía. Tenía rabia con Ximena, pero estaba haciendo su mayor esfuerzo por contenerse y no actuar con impulsividad; por eso prefirió irse y dejarla sola. No quería decir o hacer algo de lo que después se arrepintiera.
Solo ella sabía la verdad, pero tampoco creo que fuera ella quien llevara la noticia a la prensa, por lo que debió ser un descuido con la información que tenía para llevar el caso . Como fuera, ahora estaba expuesto ante la sociedad. ¡Mi mamá está siendo expuesta y juzgada!
Tomó un vaso de agua, intentando calmarse, y, aunque en un momento pensó que Ximena lo seguiría, agradeció que no lo hiciera, porque no quería explotar con ella.
Sacó su celular del bolsillo y revisó si tenía alguna llamada o mensaje de su mamá. Al comprobarlo, la llamó de vuelta para saber cómo se encontraba.
No contestó ninguna de las llamadas que le hizo.
Fernando caminaba como un león enjaulado, daba vueltas y pensaba cómo podía solucionarlo todo; sin embargo, lo que más lo inquietaba era que su mamá no apareciera. Siguió con los intentos de comunicación, pero fueron en vano.
Encendió el televisor en su habitación, revisando lo que decían al respecto en diferentes canales. El chisme se mantenía constante de canal en canal; eso sí, ningún medio contaba con una foto suya. Eso lo tranquilizó un poco.
Llamó a la casa de Donna; la ama de llaves fue quien contestó y se escuchaba tan conmocionada como él. No supo contestar las preguntas que él le hizo; solo dejaba en evidencia su confusión.
—¿Cómo se encuentra mi mamá? —le preguntó y la mujer hizo un sonido de extrañeza.
—Señor Martin, su mamá salió a un corto viaje a Michigan. Creo que la invitaron a un pequeño evento y ella no vio inconveniente en asistir, mucho menos después de que supo que usted se había ido con la señorita Miller —explicó ella.
—Cuando hable con ella, por favor, dígale que la he estado llamando y que me llame urgente —solicitó. No tenían de qué más hablar, se despidieron y se dejó caer en la cama.
Por un lado, sintió calma al saber que su madre no estaba aguantando todo ese suceso en Los Ángeles; de hecho, tenía la esperanza de que estuviera tan enfocada en el evento que no supiera lo que pasaba.
Se quedó mirando al techo, con la cabeza hecha un lío de pensar en todo, recordar lo vivido con Ximena y cómo se sentía respecto a ella en ese preciso instante.
Se quedó dormido en cualquier momento, pero no fue una buena noche. No pudo negar que su chica de cabello y ojos oscuros, con cuerpo de infarto y sonrisa hermosa, le hizo mucha falta.
Al despertar en la madrugada, no dejaba de sentirse mal por la forma en la que había reaccionado cuando estaban juntos; se levantó, se alistó y preparó el desayuno. Salió directo a pedirle perdón, pero después de insistir en su puerta, no recibió respuesta.
—¡Ximena, por favor, abre! —gritó con angustia de solo pensar que ella no lo quisiera volver a ver. Se le hizo un vacío en el pecho.
Insistió.
Nada.
Bajó a la recepción del edificio y le pidió al vigilante que la llamara por el intercomunicador, pero este le informó que ella había salido muy temprano, con prisa y «se veía muy agotada». Fernando no tuvo más que asentir y devolverse a su apartamento, sintiéndose la mayor mierda del universo.
Intentó concentrarse en revisar algunas fotografías que debía entregar para el fin de semana.
Escuchaba música, buscando la forma de distraerse.
Su celular sonó y ni miró quién lo llamaba, esperando que fuera su mamá o Ximena; sin embargo, su estado de ánimo cambió por completo al escuchar la voz del otro lado.
—Fernando, recuerda que mañana tienes que estar a las once en la librería «Johnson’s Brothers»; ahora te envío la dirección por mensaje —le dijo Steven, su editor.
—Hola, Steven, estoy bien. Gracias por preguntar —contestó con ironía y lo escuchó chasquear en la línea.
—Sí, sí, hola. Recuerda llegar con tiempo —dijo con prisa y se escuchó cómo discutía con alguien—. Mañana nos vemos. Todo ya está listo. Cualquier cosa, me llamas. Buenas tardes. —Colgó.
Respiró profundo y frotó su frente para controlar la frustración del momento. Pensaba en Ximena y esperaba poder hablar con ella, porque esperaba tenerla a su lado en ese evento; además, sería una sorpresa para ella, ya que no conocía nada de esa faceta que mantenía secreta. Todo era un desastre.
La llamó, pero ni siquiera el teléfono timbró, sino que lo envió de una vez al buzón de voz. Eso aumentó sus nervios. ¿Y si ella no quería saber nada más de él por haber reaccionado como un completo idiota?
El día se hizo más lento de lo imaginado; fue una tortura. Cada sonido en el pasillo lo hacía correr hacia la puerta, con la esperanza de encontrarla, pero nada. Solo se encontró de frente con vecinos que ni conocía u otros con los que solo interactuó pocas veces.
Se le apretó el pecho cuando llegó la medianoche y Ximena no había llegado a su apartamento. La volvió a llamar, pero seguía sin timbrar. Se obligó a ir a la cama para dormir, solo porque tenía un compromiso importante al otro día.
En la mañana volvió a buscarla, pero la respuesta fue la misma que el día anterior. Las ganas de llorar se acrecentaron en su interior; sentía que las cosas no hacían más que empeorar: los chismes en la prensa, su mamá que no aparecía y Ximena que no quería saber de él.
Salió con más tiempo del necesario hacia la librería, ubicada en el centro de la ciudad. Frente a las puertas del lugar vio un tablero en la entrada con la leyenda «Firma de autógrafos de Ikhathuni . Hoy 11:00 a.m.»
Sonrió, tomó una fotografía del lugar y entró.
Después de que Fernando salió furioso de su apartamento, Ximena empezó a enviar correos a los canales de televisión que compartían «El chisme del año», aunque tampoco era mucho lo que podía conseguir un domingo en la noche.
Ningún canal le dio respuesta. El cansancio la venció, pero pasó una pésima noche, con pesadillas y sueños incómodos.
Se despertó en la madrugada y, en vez de intentar dormir de nuevo, se levantó, se alistó y salió del apartamento.
Quería aprovechar el día al máximo, ya que debía pasar por el juzgado para revisar el avance de algunos procesos, en especial la demanda de divorcio de Donna.
Como no se llegó a una conciliación, todo quedaba en manos del juez.
No quería usar la carta bajo la manga de «el hijo de Donna», pero como dejó de ser un secreto, eso se volvía un punto a favor para el proceso.
En la confesión inicial y cuando Brandon Wilson entabló la demanda, dejó muy claro que no hubo hijos de su unión y por eso reclamaba la parte que «libremente le pertenecía».
Ya no solo deseaba conseguir salvar a Donna de tener que darle nada a ese oportunista y demostrar que mentía, sino que deseaba con todas sus fuerzas demostrar el fraude del que había sido víctima treinta años atrás.
Estaba segura de que, después de todo ese tiempo, el hombre había decidido volver, porque ya no le quedaba ni un centavo. Solo necesitaba comprobarlo.
Entre correos, idas y venidas entre oficinas del juzgado y correr de un lado para otro, el día laboral llegó a su final.
El celular lo tuvo apagado todo el día y, con lo ocupada que estuvo, no sacó tiempo de revisarlo.
Cuando lo sacó de su bolso y lo encendió, no esperó ver tantas llamadas perdidas de Fernando; un vacío se le hizo en el estómago y le nació el miedo al pensar que le dijera algo incómodo.
Se quedó pensando si debía devolverle la llamada, pero antes de tomar una decisión, una llamada de Sam captó toda su atención.
No se sentía bien y tenía miedo de que algo pasara con su bebé; de nuevo estaba sola, porque Leon estaba de viaje.
Su plan de trabajar al máximo y hacer todos los viajes necesarios antes del nacimiento del bebé y estar disponible para su esposa no estaba saliendo como esperaban.
Sam no quería estar sola. Sin dudarlo, Ximena se fue para su casa a cuidarla y monitorear su tensión y temperatura, como le pidió el médico.
No supo en qué momento su celular se apagó, no tenía su cargador y el de Sam no era compatible. Se quedó desconectada y sin posibilidad de contactarse con Fer.
El día anterior fue agotador y la noche no se quedó atrás, así que se durmió al lado de Sam, quien se encontraba más tranquila al tenerla a su lado. Ninguna dejó una alarma activada para despertar temprano, entonces despertaron después de las nueve de la mañana.
Ximena preparó algo para que desayunaran; conversaron de uno de los tantos casos que llevaban en el bufete, hasta que la puerta se abrió y entró Leon, que corrió a los brazos de su esposa y la observaba como si fuera un espejismo.
—¿Estás bien? ¿Están bien? —Le tocaba el vientre casi plano a Sam—. Llamé al doctor Smith y cuando me dijo que estabas en casa controlándote por una complicación, tomé el primer avión de vuelta —comentó sin soltarla y a su esposa se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Perdón, son las hormonas —se excusó y Leon la abrazó más fuerte.
—Ximena, gracias por no dejarla sola. —Le regaló una sonrisa sincera.
—Sabes que pueden contar conmigo. Claro que la cuidaré siempre —contestó ella y le guiñó un ojo a su amiga.
Hablaron un poco más y contestaron todas las preguntas que Leon tenía para hacerles. Finalmente, decidió dejarlos solos y tranquilos. Necesitaban privacidad y estar juntos.
Ximena no solía tomarse días libres, mucho menos después de haber estado afuera algunos días, pero su cuerpo se lo pedía a gritos. No sabía si su cansancio era más mental o físicamente.
Subió a su auto y arrancó sin afán. Cuando iba por el centro de la ciudad, le llamó la atención la larga fila que había frente a una librería que no parecía ser muy grande. Eran muchos niños con sus padres y adolescentes emocionados.
La curiosidad fue tanta que se detuvo en una zona permitida cercana.
Esa parecía ser la oportunidad de disfrutar de uno de los tantos eventos que la ciudad ofrecía y a los que nunca asistía por estar concentrada en su trabajo.
Bajó del auto y caminó directo a la fila, para averiguar qué hacían todos allí.
—Hola, perdón la molestia… —Saludó a una chica de unos quince años.
—¿Hola? —contestó, extrañada.
—¿Qué está pasando acá? ¿Qué evento es este? —preguntó, señalando la fila de gente. La chica le estiró el brazo y le mostró el libro que tenía en la mano.
— Ikhathuni , mi escritor y artista favorito está firmando autógrafos, como celebración de su nuevo libro «Ojos marrones».
Ximena miró la portada y se le hizo un nudo en la garganta al reconocer el parecido de ese dibujo con el que Fernando le había hecho tiempo atrás.
—¿ Ikhathuni ? —preguntó, confundida, y la chica se rio.
—Significa «historieta» en zulú —explicó, pero con eso no aclaró ninguna duda, entonces siguió explicando—.
Es el escritor de allá adentro, y, aunque no sabemos su nombre real, porque siempre lo ha mantenido como un misterio, sí lo conocemos por su pseudónimo —dice.
Ximena se apresuró con prisa a la ventana.
Yo sí sé su nombre… ¿Ese es otro de los misterios de Fer?, se preguntó al verlo firmar libros.
No sabía qué pensar ante lo que veía, pero se sentía emocionada. No quería dejarse ver, así que se escondió detrás de la chica que le explicaba. Apenas pasó uno de los trabajadores de la librería, ofreciendo los libros, se fue detrás de él.
Sorprendida con el talento de «Ikhathuni », sonrió y terminó comprando todos los diferentes libros publicados y disponibles en la librería.
No se sabía quién estaba más feliz, si ella por tener todos los libros que Fer había escrito e ilustrado o el hombre, ante la venta de varios cientos de dólares.
Regresó a la fila junto a la chica, que ya estaba por entrar, y le pidió el favor de que los llevara para hacerlos firmar y que dijera que eran para una amiga o prima, no importaba, solo los quería autografiados para darle la sorpresa a él, cuando también tuviera buenas noticias de lo de Donna y, obviamente, al pasársele el mal genio con ella.
La chica le hizo el favor y, como agradecimiento, le regaló el libro que le hacía falta para completar su colección.
Mientras ella sonreía y afuera esperaba ansiosa a que Fer terminara de firmar esa montaña de libros, uno tras otro.
Antes de que la chica saliera, se tomó una foto con Fer y salió con una sonrisa tan grande que era contagiosa.
Al entregarle todos sus libros, Ximena se sintió poseedora de un gran tesoro.
Volvió a su auto antes de ser descubierta por Fer y se fue directo a su apartamento; necesitaba descansar un poco y, para hablar con él, debía esperar a que volviera de la firma, porque no pensaba interrumpirlo en su trabajo.
Al llegar al edificio, el vigilante le informó que Fer la había estado buscando con insistencia. Subió a su apartamento para cargar su celular y se fue a la habitación para empezar la lectura de sus nuevos libros.
Revisó el lanzamiento «Ojos marrones» y no pudo evitar la sonrisa al empezar a leerlo y ver que era la historia de un chico medio intenso que se enamora de su vecina y empieza a hacer una secuencia de actividades con las que sabía que ella se sentiría incómoda al principio, pero que después eso la ayudaría a sanar su corazón.
Disfrutó de los dibujos en los que la protagonista usaba ropa y accesorios iguales a los suyos.
Sin embargo, el cansancio le ganó y se quedó dormida.