La lista del amor (y otros desastres) Sí fue real #2
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Sí fue real #2

Llegó el día de la boda y, como la tradición dictaba que los novios no pasaran la noche juntos, Ximena y Fernando tampoco lo hicieron. Ambas primas se acompañaron y sirvió para que la novia llevara mejor la ansiedad preboda.

Todas las chicas se encontraron en la casa de los Miller; ahí se celebraría la ceremonia, aprovechando el hermoso y gran jardín trasero, ese mismo que durante toda la semana les había dado la bienvenida.

Fue la locación elegida por Allison, porque desde pequeña jugaban e idealizaban ese lugar como el indicado para unir sus vidas con su amor verdadero.

Faltaban siete horas para la boda, pero la decoración del lugar empezó desde muy temprano en la mañana.

Mientras las damas y madres hacían una relajante sesión de spa, las peinaban, maquillaban y arreglaban las uñas.

Era un batallón de damas y estilistas. Después llegó el momento de los vestidos y de ser parte del séquito que acompañaría a los novios en el altar.

Ximena se puso su vestido verde oscuro con tirantes delgados, escote de medio corazón, cintura ceñida y falda larga con abertura en la pierna izquierda.

Se miró al espejo, se puso sus aretes de perlas, una pulsera delicada, con una pequeña perla en el centro, y todo combinaba perfectamente con su peinado recogido y labial borgoña.

Suspiró al pensar en la cara que Fernando pondría al verla; le hacía mucha ilusión, porque se sentía hermosa, imponente y así mismo esperaba que él la viera.

Salió de su habitación de vuelta al lugar en donde su prima y sus mamás estaban reunidas.

Al ver a Allison con su vestido de novia, completamente arreglada, no pudo contener las lágrimas de la emoción.

Agradeció que el maquillaje fuera a prueba de agua o, como dijo la estilista: «a prueba de lágrimas».

El cielo estaba iluminado, los invitados en sus asientos, los chicos y el novio listos en el jardín.

Cuando las damas de honor entraron, captaron toda la atención, pero el que más le importaba a Ximena era ese chico de cabello desordenado que la miraba con sus ojos azules profundos, con una sonrisa ladeada y que mordía su labio, sintiéndose orgulloso de la chica que llegaba a su lado y a la que le confesaba que la echó de menos esa noche.

—Ni en mis mejores sueños te pareces a la diosa que veo en este momento. —Acomodó un mechón del cabello de ella detrás de su oreja. Antes de acercarse de nuevo a besarlo, Nicol llamó su atención para que se ubicara en su lugar para la entrada de Allison.

Sonó la marcha nupcial y amé verle la cara a Eric cuando vio entrar a su novia.

Cuando Allison llegó bajo el arco de flores, un sollozo llamó la atención de Ximena y varias damas. Voltearon y la mamá de la chica de blanco era la más emocionada de toda la ceremonia; su hermana la consolaba frotando una mano en su espalda.

Todos respiraron profundo, como si fuera algo coordinado, en especial los felices novios y el sacerdote, quien no demoró en empezar con el discurso, recordándoles la importancia del matrimonio y más cosas a las que Ximena no prestó mucha atención, ya que la mayor parte del tiempo estuvo intercambiando miradas y sonrisas furtivas con Fer.

En definitiva, ni en el más loco de sus sueños alcanzó a imaginar que él sería quien la acompañara a conocer a su familia, mucho menos que lo que empezó como una mentira ahora fuera una realidad.

¿ En qué momento ese hombre coqueto y descarado, que me estresaba con solo mirarlo, se convirtió en alguien tan importante?

, se preguntó en el preciso momento en el que sus miradas se cruzaron y engancharon por completo.

Él le guiñó un ojo y ella sonrió antes de volver su atención a los novios, todo con tal de no reírse de las muecas disimuladas que este le hacía.

—¿Alguien se opone a esta unión? Si es así, entonces que hable ahora o que calle para siempre —dijo el sacerdote y Allison giró con mirada asesina hacia los invitados.

—Más vale que nadie se atreva —bromeó, pero conservó su voz seria, generando una carcajada nerviosa en todos.

Dijeron sus votos, intercambiaron argollas y se tomaron de las manos el resto del tiempo.

Apenas acabó la ceremonia, los esposos se dieron un beso que hizo sonrojar a más de uno y fueron dirigidos hacia otra parte del jardín, donde la decoración cambiaba: llena de luces, ramas de flores y hojas diminutas daban un aire rústico; manteles y bandejas de estilo envejecido daban un aire vintage al lugar.

Ximena nunca había visto tan feliz a su tío, pero era de entenderse, ya que su única hija se veía radiante después de haberse casado. Hizo el brindis de forma tan conmovedora que varios de los invitados soltaron algunas lágrimas y Allison lo abrazó con fuerza.

Después de los típicos protocolos, empezó la fiesta.

La música sonaba fuerte, los cócteles y el licor iban de mesa en mesa, haciendo que la alegría aumentara en todos.

Fer estaba sentado a su lado, rozó su dedo con disimulo por la abertura del vestido, llevándola a suspirar, y se obligó a disimular para que las damas e invitados de la mesa no se dieran cuenta del juego que tenían los dos.

Una de las damas contaba una anécdota mientras ellos rozaban sus piernas bajo la mesa e intercambiaban sonrisas cargadas de picardía.

Ella lo sintió acercarse para decirle algo al oído y ese solo movimiento erizó cada vello de su espalda, mientras la recorría una corriente.

—Deberíamos escaparnos un momento —sugirió con voz ronca—, ese vestido me tiene loco y muero por quitártelo. —Ximena se sonrojó y lo miró a los ojos, luchando con la tentación que despertó su propuesta. Mordió su labio y regresó el rostro hacia sus compañeros de mesa.

—Nos disculpamos con ustedes, iremos a bailar un rato —anunció y tomó a Fer de la mano para irse a la pista de baile ubicada en el centro del espacio.

—¿De verdad vamos a bailar? —preguntó con frustración y ella asintió, conteniendo la risa que la cara decepcionada de Fer le despertó.

—Solo será un momento y que no seamos evidentes —le susurró al oído y mordió el lóbulo de su oreja.

No alcanzaron a bailar una canción completa, porque la fricción de sus cuerpos aumentó exponencialmente el deseo; se escabulleron con prisa al interior de la casa y corrieron hasta su habitación.

Ximena no alcanzó a cerrar la puerta cuando Fernando la aprisionó contra esta.

Sus bocas no se dieron tregua. Ella, con manos ágiles, soltó su cinturón, bajó la cremallera y liberó su erección.

Por la abertura del vestido él deslizó sus manos, lo subió sobre su cadera y las aferró por los glúteos.

Ella envolvió sus piernas en su cadera, con sus tacones presionó sus nalgas y con destreza corrió a un lado la pequeña braga y entró en ella.

Jadearon y se entregaron al placer de forma apresurada, ansiosa y demasiado excitante.

Sus paredes femeninas se contrajeron, sus pies presionaron con más fuerza, haciéndolo ir más profundo con cada embestida.

La mandíbula de Fer se tensó y soltó un gruñido sexi que abandonó su garganta.

Sus piernas temblaron y juntos se liberaron.

La bajó con cuidado y besó su frente; ella recostó su cabeza contra su pecho, a la espera de que su respiración volviera a la normalidad y sus piernas se estabilizaran. Al separarse de él, vio cómo le dejó despeinado el cabello y se rio avergonzada.

—Perdón… —dijo mientras le pasaba los dedos por el cabello, intentando acomodarlo. Él sonrió.

—Yo sí tuve cuidado con tu peinado. —Tomó uno de los mechones sueltos y lo acomodó detrás de su oreja—. No queremos que nos descubran —comentó, coqueto, y le guiñó un ojo.

Ximena lo besó profundamente. Fue al baño a limpiarse y arreglarse la ropa para volver a la fiesta.

Al salir del baño, lo encontró pensativo y preocupado; se le acercó para saber lo que le pasaba. Estaba tan concentrado que no se dio cuenta del momento en el que ella salió del baño y se le acercó, así que pegó un salto cuando se le sentó al lado.

—¿Pasa algo? —le preguntó ella, tomando su mano con cuidado. Él sonrió.

—No quiero que lo tomes a mal, pero… —respiró profundo—, no nos hemos cuidado… —dejó el comentario a medias. Ella negó y se acercó a besarlo.

—Tranquilo. —La miró, confundido—. Yo tengo el dispositivo. Sí me imagino embarazada, pero no así; cuando pase será planeado —aseguró y vio cómo la mirada masculina se relajaba.

—Perdón por ser tan descuidado. —Ella negó.

—Mi error por no contarte. —Hizo un puchero que lo hizo reír. Fer tomó su rostro y se acercó para darle un beso corto, tranquilo y cargado de amor.

—Hora de volver a la fiesta —dijo y con una gran sonrisa ella asintió.

La fiesta acabó en la madrugada; estaban tan cansados que no más fue llegar a la habitación y quitarse los trajes para quedarse profundamente dormidos, uno en los brazos del otro.

Ese día volverían a Los Ángeles.