La lista del amor (y otros desastres) Sí fue real
58%

Sí fue real

Ximena despertó lento; recordaba lo sucedido en la noche, pero no sabía si había sido un sueño o la realidad. De lo que sí estaba segura era del dolor de cabeza por culpa de los cócteles y la champaña de la celebración.

Un pequeño rayo de luz se filtró por las cortinas y quedó sobre sus ojos; soltó un quejido y no quiso abrirlos; ya era suficiente ese color rojizo que notaba por la luz sobre sus párpados. Una mano la jaló contra un torso caliente y suave y su rostro quedó cubierto por la sobresábana.

Abrió los ojos y, al verse entre los brazos de Fer, no pudo evitar sonreír, aunque fue una mueca extraña por culpa del dolor.

—Buenos días, chiquita —susurró y besó su frente, haciéndola suspirar.

—Buenos días, chiquito. —Se rio, porque en ese momento supo que ese apodo no le iba en absoluto, pero recordó que cuando se lo dijo por primera vez lo hizo como reacción inmediata ante Roman.

—Vamos a tener que pensar en otro apodo —comentó pensativo y ella volvió a reír.

—Después pensaremos en eso. Ahora quiero algo para el dolor de cabeza —murmuró avergonzada y él la miró con picardía.

—Conozco el remedio perfecto para el dolor de cabeza —sugirió coqueto.

¡Hombres!, pensó divertida. Siempre creen que su pene es la cura para todo malestar.

—Ah, ¿sí?

—Definitivamente… Seré tu enfermero. —Guiñó un ojo y se levantó de la cama. Cerró el espacio por el que se colaba la luz.

Caminó desnudo por la habitación y ella no se perdió ni un solo instante de esa muestra; mordió su labio y tragó saliva al tenerlo en frente. Fernando agarró las cobijas y las jaló de un solo movimiento, dejándola expuesta ante sus ojos.

Ella sonrió con picardía y disfrutó al ver cómo la entrepierna masculina reaccionaba ante su imagen desnuda.

Se acomodó mejor en la cama y recogió sus piernas, dejando en evidencia el brillo por la humedad en su centro.

Fer se subió a la cama y se acomodó entre esas piernas femeninas que se abrieron para hacerle espacio.

Besó su muslo y subió lentamente, hasta llegar a su monte de Venus. Ximena palpitaba y se humedecía más con cada beso y roce. La lengua de Fer tocó su clítoris, llevándola a gemir profundo. Estaba sensible y muy excitada.

Su espalda se curvó con el paso de esa lengua por sus pliegues y, aunque intentó mirarlo mientras la complacía, su cuerpo en éxtasis la obligó a mirar al cielo y cerrar los ojos, como si con eso pudiera controlar el arrebato de razón y placer.

Sus piernas temblaron y ese dedo índice que hace un instante estaba en su cadera, se deslizó de arriba abajo en su vulva y entró, moviéndose con libertad.

Se agarró con fuerza de la sábana, como si pudiera caerse en cualquier momento en un espiral sin retorno.

Otro dedo entró a hacer compañía y Fer los movió con ondulaciones, al igual que su lengua, llevando a Ximena de forma irremediable y cálida hacia la liberación.

Quedó arrodillado sobre la cama, en medio de esas largas y temblorosas piernas que amaba admirar. Sus ojos se ahogaron en deseo. Se limpió la comisura de sus labios con sus dedos y los lamió, como si no deseara perder una sola gota de ella.

—Deliciosa… —Se acercó a besarla—. ¿Te está pasando el dolor de cabeza?

—preguntó con picardía. Ximena asintió y no aguantó más tiempo sin besarlo; lo agarró del cuello y lo jaló sobre ella, hasta que sus bocas se encontraron.

Sintió su sabor en su boca y gimió ahogado.

Envolvió sus piernas alrededor de su cintura y atrajo la erección a su centro.

—¿Por qué tan ansiosa? —murmuró sobre sus labios. Él estaba igual o peor que ella, pero quería ir al límite.

—Necesito corroborar que lo de anoche no fue un sueño —respondió con sus ojos nublados en deseo.

—Tenlo por seguro que no fue un sueño —afirmó él y de un solo movimiento entró en ella. Un gemido gutural lo abandonó y fue tan excitante que, presionando con sus piernas la cadera masculina, lo llevó más a su fondo.

Se sentía llena.

Con movimientos ondulantes llevó cada estocada, más profundo; ella se agarraba con fuerza de sus hombros y el placer sentido se prolongaba mucho más.

Aumentó la velocidad y sus caderas se movieron a un mismo compás.

El deseo presionaba para salir, hasta que el orgasmo la arrolló y lo ahogó contra la boca de Fer.

Ximena quedó debilitada sobre la cama, pero los movimientos de él prolongaban su placer. Mientras se recomponía, con la respiración agitada y mordiendo su labio por la excitación que le producía verlo moverse adentro y afuera.

Recuperó fuerzas y con un rápido movimiento se giraron, quedando ella a horcajadas sobre él.

Bajó lento y los dos gimieron al reconocerse milímetro a milímetro.

Empezó a rotar su cadera en círculos, mientras que Fer apretó sus senos a dos manos y jugueteaba con sus duros pezones.

Él levantó el torso, la agarró por la cintura con una de sus manos y con la otra se sostuvo en la cama.

Su boca aprisionó esos pezones femeninos que le apuntaban y chupó de ellos como un sediento en un oasis en medio del desierto.

Ximena echó su cabeza hacia atrás, le dio mayor acceso a su pecho, pero no dejó de mover su cadera con desenfreno.

Fer se sentó y acomodó las largas piernas de su chica alrededor de sus caderas; quedaron frente a frente. Ella lo abrazó, él la agarró de las nalgas y danzaron sin perder el ritmo que el deseo, sus cuerpos y la respiración extasiada les exigía.

Aumentó la velocidad, sintió aumentar su placer en su abdomen bajo; Fernando apretó sus caderas con fuerza y tensó su mandíbula.

Ambos estaban cerca de llegar a ese lugar que sus cuerpos les prometían.

Ella llevó sus manos a la nuca de él y acercó su rostro para besarlo, con la respiración entrecortada.

Ahogaron sus gemidos al alcanzar el clímax y ella le mordió el labio mientras detenía lentamente el movimiento de su cadera.

Ximena echó su cuerpo hacia atrás; quedó acostada entre las piernas de Fernando.

Lo miró con picardía y, sin salirse de su interior, él empezó a recorrer con su mano todo su pecho, dándole una suave y relajante caricia.

Ella desenredó las piernas de su cadera y se acomodó con calma.

Él salió de su interior y se acostó a su lado, con la respiración errática y esa sonrisa que a ella tanto le gustaba.

—¿Se te quitó el dolor de cabeza? —susurró y arrastró su nariz contra la suave mejilla.

—Había olvidado que me dolía —respondió.

Rio y giró su cuerpo para quedar de frente a él—.

Contigo me siento como si estuviera entre las nubes —lo miró a los ojos y sonrió—, una vez soñé que te besaba —confesó.

Fernando levantó una ceja y sonrió de medio lado—.

Fue el día que me quedé dormida en tu apartamento —dijo con vergüenza y se cubrió medio rostro con la mano.

—¿Era conmigo con quien soñabas? —preguntó con emoción. Saber que era él lo hizo sentir exorbitante de felicidad. Ximena lo miró sin entender. De repente abrió sus ojos al hacer conjeturas rápidas.

—¿Te besé? —Él le asintió y ella giró su rostro completo contra la almohada.

—Ay, ¡qué vergüenza! —ahogó la voz contra la tela—. Estaba segura de que había sido un sueño. —Rio y él giró su rostro para que él lo mirara.

—Nada de vergüenza. En este momento me haces el hombre más feliz del mundo. ¡Era yo el de tu sueño y no un imbécil de esos con los que saliste! —comentó emocionado y se acercó a besarla.

Unos golpes en la puerta los obligaron a separarse y los trajeron de vuelta para que recordaran el lugar en el que estaban.

—Si ya acabaron, bajen a desayunar —dijo la señora Miller y se rio, alejándose. Las mejillas de la pareja se sonrojaron.

—¿Puedo quedarme el resto de la semana acá? —preguntó avergonzado y ella negó mientras se carcajeaba.

—Si no salimos, vendrá a sacarnos —aseguró.

Ya no tenía sentido ocultar lo que habían hecho, así que entraron a la ducha juntos y, aunque no volvieron a hacer el amor, sí se acariciaron, lavaron el uno al otro y se besaron hasta perder la razón.

Debían alistarse para un día más en familia.

—¡¿Me estás diciendo que están juntos de verdad?! —gritó Allison mientras estaban junto a una mesa llena de pasabocas en el jardín de la casa familiar.

—¡Cállate que te van a escuchar! —la reprendió Ximena y esta tapó su boca como una niña pequeña.

—Perdón, perdón…, pero es que de verdad me emociona mucho. —Dio algunos saltitos, al tiempo que engullía un pasaboca con salchichas.

—Deja de comer de esa forma, que el vestido no te va a cerrar —dijo jocosa, pero su prima la miró con el ceño fruncido y devolvió el pasaboca que ya tenía listo para comerse.

—Creo que estoy ansiosa —se excusó. Ximena la abrazó.

—Todo saldrá genial. Ya verás. ¡Te casas con el amor de tu vida!

Eric se acercó a ellas; su cara de idiota enamorado al mirar a Allison hizo reír a Ximena, hasta que vio su reflejo en uno de los vidrios de la casa y vio la misma mirada en Fernando, que la observaba desde el otro lado.

Se acabó el descanso que se tomaban y siguieron con la dinámica de preguntas sobre los novios. Si no sabían la respuesta correcta, debían cumplir con la penitencia que a los otros se les ocurriera.

¿De dónde sacó mi prima tanta actividad en familia?

, se preguntó cada vez que la novia salía con una propuesta nueva.

Aunque no podía negar que la semana estaba siendo algo diferente, divertida, perfecta para cambiar de ambiente y recargar energías para volver al trabajo.

A eso sumarle que dormía con el mejor hombre, la besaba, hacían el amor y despertaba abrazando su cuerpo.

De solo pensar que en dos días estarían de vuelta en Los Ángeles a su vida de siempre, sentía que su cuerpo se contraía, en especial cuando temía si al volver las cosas serían como antes.