La lista del amor (y otros desastres) Locos
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Locos

Salieron del pub como si fueran un par de ladrones, sin decir nada y sin dejarse ver: ágiles y fugaces. El frío de la noche impactó contra su cuerpo. Ximena sintió un escalofrío que llegó a marearla y Fernando lo notó, así que la agarró con fuerza de la cintura.

—¿Todo bien? —preguntó, sonriente, y ella asintió, pero entrecerró los ojos.

—Todo perfecto. —Le devolvió la sonrisa y no aguantó más las ganas de volverlo a besar.

Se separaron para respirar y, al detenerse un taxi cerca, no se hicieron esperar y corrieron mientras le hacían la señal de «pare».

—¿A dónde los llevo? —preguntó el conductor y ambos se miraron sin saber.

—Llévenos a un hotel cerca —propuso ella y él sonrió.

—Uy, honestamente, no creo que consigan hospedaje a esta hora y, menos, en estos días —respondió el hombre y se ganó las miradas curiosas de ambos.

—¿En ningún hotel? —preguntó Fer con incredulidad.

—En ninguno. Esta semana hay un congreso internacional muy importante y las noticias informaron que la ciudad está con el 100% de ocupación —informó y los observó por encima del hombre, esperando que le dijeran un nuevo lugar de destino.

Ximena respiró profundo y le pidió que los llevara a la casa. De algo tenía que servir estar en la habitación al final del pasillo , pensó mientras mordía su labio.

Por todo el camino se fueron agarrados de la mano, pero se notaban los nervios; cada uno miraba por una ventana, como si la oscuridad de la noche fuera lo más interesante.

No era tan tarde como para que no hubiera gente en las calles; de hecho, la cantidad de personas confirmaba lo que el taxista les había dicho. Había mucha más gente de lo normal.

El dedo pulgar de Fer hacía círculos en el dorso de la mano femenina y ese roce le generaba corrientes pequeñas que recorrían su cuerpo.

Sintió su mirada sobre ella, se giró y se encontró con esos ojos profundos en los que, últimamente, se perdía con frecuencia y se preguntó cómo era que no se había dado cuenta de lo evidente.

—¿Qué tal la despedida? —le preguntó ella con curiosidad de saber lo que los chicos habían planeado.

—Estuvo bien, aunque ya estaba aburrido de escuchar a Eric hablando de Allison —contestó burlón y volteó los ojos.

Ambos rieron.

—La verdad es que sí se ven muy enamorados —comentó ella y Fer asintió. No había razón para no estar de acuerdo.

—Pero no hablemos de otros —pidió y eso hizo que el corazón de Ximena diera un salto errático.

Iba a contestar, pero el conductor los interrumpió; ya habían llegado a su destino. Fernando pagó con prisa y corrió para abrirle la puerta a su chica, para que bajara.

—Muchas gracias, caballero —dijo con jocosidad, pero también sorpresa.

—Con todo el gusto, bella dama —le siguió el juego.

La tomó de la mano y besó su dorso. Ella suspiró, haciéndolo sonreír.

Entraron a la casa, intentaron no hacer ruido, pensaban que los Miller ya dormían, pero no fue más que llegar a la puerta de su habitación y Ximena escuchó como su mamá le reclamaba algo a su padre.

—¿Qué pasa? —preguntó Fer.

—Ya vengo —se excusó y fue a ver a sus padres.

La puerta de la habitación se cerró a su espalda y sintió el aire pesado. Caminó a la habitación de sus padres, golpeó la puerta y su mamá no demoró en abrirla. La miró, confundida.

—¿Ya acabó la despedida?

—Solamente, no me sentía bien y me adelanté —mintió y su mamá negó—. ¿Puedo saber por qué discuten? —preguntó mientras entraba a la habitación.

La cama estaba cubierta por, al menos, cinco vestidos de fiesta; su padre estaba acostado bajo las cobijas y se notaba abrumado con los vestidos.

—¡Tu papá no me ayuda a elegir el vestido para la boda de Allison! —se quejó.

—Pero con todos te ves preciosa —se defendió el pobre.

—¡¿De verdad está peleando por eso?! —les preguntó divertida y disfrutando de verlos comportarse como adolescentes enamorados.

Al final terminó ayudándole a su madre a escoger el vestido que usaría ese día. Se los midió todos. La actitud de su padre cambió notoriamente; pasó a disfrutar del desfile; ya su hija se encargaría de la parte abrumadora.

Ximena miró el reloj y cada segundo que pasaba solo la hacía desear que esa vez no fuera Fer quien se quedara dormido. Aunque sabía que, si así pasaba, se lo tenía merecido.

—Descansen. Los amo —se despidió de ellos, que ya estaban listos para dormir. Los besó en la frente y corrió de vuelta a su habitación.

Abrió la puerta con calma. Solo había una luz tenue de las lámparas de las mesas de noche, la cama seguía tendida, como la dejaron en la mañana, y todo estaba silencioso.

Tragó saliva al imaginar que Fer se había ido de la habitación, aburrido de esperarla.

Se sintió mal; lo que menos deseaba era que él pensara que no deseaba estar con él.

Caminó hacia la puerta de la habitación; iría a buscarlo y, si era necesario, lo traería de vuelta a rastras. Escuchó el sonido del agua en el baño, detuvo sus pasos y sonrió. Respiró profundo… Iría por él.

Fernando había entrado a la habitación, esperando que nada malo sucediera con los padres de Ximena.

Encendió las luces de la habitación y, antes de acostarse para esperarla, prefirió hacerlo en la silla del tocador.

No deseaba sentirse tan cómodo que pudiera llegar a dormirse.

Sacó su celular y buscó en internet la información del congreso del que les habló el taxista.

Después de leer lo suficiente, le envió un mensaje a su madre, avisándole del viaje. No le contestó; ya estaría dormida.

Se sintió el olor del alcohol que tomó en la despedida; no era mucho, pero Sam le echó por encima medio vaso de cerveza. No quería estar así cuando ella volviera, así que darse una ducha parecía ser la mejor idea.

En el cuarto de baño no solo estaba la ducha, también se encontraba una cómoda y amplia tina.

Parecía que lo llamaba y quién era él para negarse a una espera mucho más amena y relajante.

Se llenó más rápido de lo esperado, tenía varios puntos de entrada de agua; aplicó algunas sales de baño que encontró y rápidamente se llenó de espuma.

No fue más que entrar al agua y cerrar los ojos para perder la noción del tiempo. El recuerdo de los besos de Ximena y la temperatura del agua lo hicieron relajar y pensar mil cosas con ella.

Cuando la puerta del baño se abrió y ella entró, todo el aire de sus pulmones lo abandonó; tenía ante sus ojos la visión más perfecta que pudo imaginar alguna vez.

Una bata de satén cubría su cuerpo; sus piernas largas se movían lento, sus pies en punta, su cabello suelto y con esas ondas que la dotaban de frescura y naturalidad.

Se veía tímida, pero también decidida. Cuando llegó junto a la tina, soltó el nudo de su bata y cayó al piso.

Desnuda ante sus ojos, con las mejillas sonrojadas, pero con la mirada fija en él.

Fernando estiró su mano para ayudarla a entrar a su lado.

Ximena sentía su corazón a punto de salirse, sus mejillas calientes, su respiración entrecortada; pero el contacto con la piel de Fer la colmó de una tranquilidad embriagadora. La forma en la que la miraba le dio toda la confianza y seguridad que necesitaba para lo que hacía.

El agua cubrió su cuerpo, dejó sus clavículas, cuello y rostro por fuera. Se acercó a él como una felina acechando a su presa. Las manos de Fer en su cintura la atrajeron a su cuerpo. Suspiró y quedó sentada sobre sus muslos estirados. Su pene rozó su entrada y el calor de sus cuerpos aumentó.

—Me traes loco —susurró cerca de su rostro. La miró con intensidad. Ella rodeó su cuello y fundieron sus labios en un beso cargado de deseo. Con cada segundo, la desesperación por ir más allá y sentirse, aumentaba.

Las manos masculinas aferraron con fuerza los glúteos de ella y su centro palpitó ansioso, anhelando sentirlo dentro. Con un movimiento de cadera empezó a descender, sintiendo cómo todas sus terminaciones nerviosas reaccionaban ante su dureza.

Gimieron suave y ella tomó el control de los movimientos, mientras que él besaba su cuello, pecho y senos.

—Esto es irreal —susurró ella, antes de encoger su cuerpo sobre el pecho masculino y liberar un orgasmo que la tomó por sorpresa.

—Esto es real —la corrigió, con palabras cargadas de sentido.

Lo miró a los ojos y mordió su labio. Fer recorrió su columna con un dedo, haciéndola estremecer. De nuevo empezó a mover sus caderas, con mayor intensidad. Él la tomó de la cintura, siguiendo el ritmo de las acometidas, y la jaló más hacia él, haciéndose ir más profundo.

Gemidos roncos y suaves de su parte excitaron aún más a Ximena, que aumentó la contención en su interior, llevándola al límite. Enterró sus uñas en sus hombros.

—Espérame —susurró él en su oído y apresuró más los movimientos de sus caderas. La abrazó con fuerza contra su pecho y los dos se liberaron en un profundo orgasmo que los dejó desmadejados entre el agua.

—Gracias —dijo ella en un susurro y besó con ternura su pecho.

—¿Por qué? —preguntó confundido, pero sin dejar de acariciar su espalda de arriba abajo.

—Por ser el intenso que se quiso quedar en mi vida. —Fer sonrió y ella apoyó su cabeza en su pecho—. También estoy loca por ti. Perdón por no haberlo notado antes —se disculpó y él la apretó más entre sus brazos.

—No hay nada que perdonar. —Dejó un beso en su cabeza.

Se quedaron durante un tiempo dentro de la tina. Se besaron, acariciaron sus cuerpos. Las manos femeninas recorrieron con lentitud y esmero el cuerpo masculino, como si lo estuvieran grabando centímetro a centímetro bajo sus dedos.

Los labios de Fer sabían a miel, su cuerpo era el pecado que estaba dispuesta a cometer todos los días y sus ojos eran el océano que la abrazaba al mirarla.

Salieron del agua cuando esta ya estaba enfriándose, secaron sus cuerpos y era tanto el deseo que los envolvía que no alcanzaron a salir del baño cuando ella ya estaba lanzándose de nuevo a sus brazos.

Envolvió sus piernas en la cintura de Fer y se adueñó de su boca, reclamando cada rincón con su lengua, de la misma forma que él lo hacía con la de ella.

Con Ximena en brazos, corrió como pudo las cobijas, abriendo el paso para sus cuerpos. Se dejaron caer en la cama y fue el turno de que él marcara el ritmo que los llevaría a la locura.