La despedida de soltera
Fernando escuchó el susurro nervioso de Ximena. Le enterneció verla así ante la noticia de la habitación en la que se quedarían juntos. No era la primera vez que dormían en una misma cama, pero sí era la primera vez en la que sentía unas ganas incesantes de besarla y tenerla en sus brazos.
Entendía la incomodidad; todo lo que pasó en el día fue una sobrecarga de emociones. No pensaba presionarla y solo estaría a su lado, esperando a que fuera ella quien tomara la iniciativa de acercarse, en especial con lo que acababa de suceder con su ex.
Entraron a la habitación que les indicaron. Era la más alejada del resto de habitaciones y solo pensar la razón de esa asignación lo hizo sonrojar.
Ximena permanecía en silencio, solo sonreía y caminó al baño, donde demoró algunos minutos, mientras que él buscaba dentro de la maleta algún pijama para ponerse y esperarla recostado en la cama. Escuchó la ducha y a Ximena tarareando las canciones que sonaban en su celular.
Él admiraba la rapidez con la que ella se sobreponía a las cosas que le pasaban. No estaba seguro, pero creía que ella siempre intentaba verles el lado positivo a las cosas, sin importar cuánto lo hubiesen afectado.
—¿Fer? —lo llamó con duda—. ¿Puedes hacerme un favor?
—Dime, chiquita. ¿Qué necesitas?
—No traje mi pijama. ¿Puedes alcanzármelo? Está en mi maleta, en el bolsillo de la izquierda —pidió con timidez desde la puerta del baño entreabierta.
Se levantó con prisa y tragó saliva al tener en sus manos un pequeño conjunto de puntos blancos, sobre un fondo color vino y encaje negro por todo el borde. De solo imaginársela con eso puesto, se vio en la necesidad de tomar aire y controlar todas las sensaciones dentro de su pantalón.
Fue a la puerta del baño, golpeó suave y Ximena le abrió la puerta, escondiéndose detrás de esta, ocultando su cuerpo desnudo. Lo que no se dio cuenta fue que el espejo en la pared interna mostraba el reflejo completo de su cuerpo desnudo.
Fernando cerró los ojos y giró su rostro.
—Gracias —dijo Ximena y cerró la puerta tras recibir el conjunto.
—Con gusto. —Fer contuvo la respiración y caminó de vuelta a la cama.
Creo que debo darme una ducha , concluyó al recordar la imagen femenina.
Ximena salió del baño con su pijama de puntos y corrió hacia la cama, donde se metió de un solo salto y se cubrió con las cobijas.
Fer se rio con natural diversión. Ninguno de los dos sabía cómo reaccionar, así que, para evitar que la incomodidad aumentara, fue el momento de que él se fuera al baño. Con agilidad se perdió tras la puerta.
Empezó a bañarse; esperaba que el agua caliente lo ayudara a relajar, pero los recuerdos del día no se lo permitían. Abrió la llave del agua fría y esta salió tan rápido que mojó todo su cuerpo, haciéndolo estremecer. Fue consciente de cada centímetro de piel erizada.
Salió de la ducha, secó su cuerpo y se envolvió en una toalla mientras lavaba sus dientes y ya después se pondría el pantalón del pijama. Respiró profundo y se preparó mentalmente para salir del baño y encontrarse de nuevo con Ximena. Cualquier cosa podía pasar al tenerla al lado.
Todo estaba en silencio y cuando llegó a la cama lo entendió.
Sonrió al verla dormir, abrazada a la almohada, con una pierna por fuera de las cobijas y en la que el short que usaba deja ver su perfecta pierna color canela torneada y medio glúteo redondeado y terso.
Tragó con fuerza y sacudió la cabeza, en un intento por alejar esos pensamientos, pero no era fácil, en especial con la culpable en frente.
Ximena, me estás volviendo loco . Le dio una última mirada y se acostó bajo las cobijas, conservando la distancia entre ellos.
Intentó consolar el sueño, pero era imposible; se quedó acostado boca arriba, con las manos tras la cabeza y con la vista fija en el techo. Todo parecía una dulce tortura, porque, aunque los pensamientos y recuerdos no lo dejaban en paz, no había ningún otro lugar en el que quisiera estar.
La escuchó reírse entre sueños y decir la palabra «chiquito», lo que aceleró su corazón.
Ni hablar cuando se giró y cambió la almohada por el cuerpo de su acompañante.
Fernando inhaló y exhaló en repetidas ocasiones, como si repitiera un mantra en el que el olor de Ximena le daba la tranquilidad que necesitaba para quedarse dormido.
Por su lado, ella se sentía igual a cuando soñó que lo besaba.
De nuevo estaba sumida entre nubes suaves y cálidas que se amoldaban a la perfección a su cuerpo.
Un bostezo la hizo salir de su ensoñación y, al abrir los ojos con calma, se encontró apoyada en el pecho desnudo de Fer.
Miró de arriba abajo su cuerpo, asegurándose de que seguía dormido.
Giró su rostro hacia la ventana y el sol se colaba por las uniones de la cortina; ya era de mañana y se había quedado dormida sin tener esa conversación pendiente con el hombre que la sostenía.
¿En serio te quedas dormida con este monumento al lado?, se reprendió con la mirada fija en el torso tonificado de Fer. Esa no es la forma de perder oportunidades », se lamentó.
No supo si para bien o para mal, pero alguien golpeó a la puerta y tuvo que dejar de pensar.
Cuando la puerta se abrió y apareció una acelerada Allison, cualquier rastro de tranquilidad desapareció en segundos.
Su prima la necesitaba para solucionar un problema con la torta del matrimonio; después ya tendría que dedicarse a terminar los detalles para la despedida de soltera en la noche.
Todo era un caos.
A Fernando se lo llevó Eric; le hacía el favor de alejarlo de esa «noviezilla» inquieta que no paraba de hablar de la boda. Él se rio al ver cómo Allison sacaba a Ximena a empujones hacia el baño para que se alistara a la velocidad del rayo y poderse ir.
—Supongo que nos vemos por la noche —se despidió Xime de un obediente Fernando que caminaba tras el novio.
—Seguro, chiquita. —Sonrió y le guiñó un ojo.
—Ahora sí, cuéntame qué pasó anoche —preguntó Allison de forma sugestiva.
—No pasó nada —respondió Ximena y se ganó una mirada cargada de incredulidad—. De verdad, no pasó nada, porque acá su servidora —se señaló, burlándose de sí misma—, se quedó dormida. —Allison soltó una carcajada que la hizo sentir mal al principio, pero después no pudo evitar unírsele.
El inconveniente de la torta del matrimonio lo pudieron resolver rápidamente. Salieron de la pastelería y se fueron para un restaurante, donde se encontraron con las chicas de la despedida.
—¿En qué momento planearon esto? —preguntó Ximena, un poco confundida.
—Anoche todas nos conectamos y solo faltaste tú. Supongo que tuviste una noche muy ajetreada —comentó Nicol con picardía y todas se le unieron con miradas y gestos. Las mejillas de la aludida se pusieron carmesí y su prima tuvo que contener la carcajada ante lo divertido que le parecía el momento.
—Bueno, chicas, yo las dejo. Me arreglaré para esta noche y ustedes organicen todo —se despidió Allison. Se veía relajada, pero en su interior luchaba con su instinto controlador. Tenía fe en su prima y amigas con la organización de la celebración.
Todas se despidieron, las primas se abrazaron con fuerza y, después de que la novia se fuera, Ximena se puso al tanto de lo que habían planeado las demás.
Vestido corto con brillantes, cabello suelto, maquillaje llamativo y la mejor actitud fue la indumentaria para pasar una excelente noche. Contrataron una limusina para que las transportara toda la noche, ya que cambiarían de lugares de celebración. Recogieron a la novia y le vendaron los ojos.
—Primer destino, ¡Italia!
Se detuvieron en el restaurante donde tenían la reservación; esa era la celebración calmada, ya que las esperaban las demás mujeres de las familias: mamás, tías, abuelas, etc.
Intercambiaron regalos entre todas, como una forma de compartir la felicidad, y le dieron los mejores deseos a la pareja de futuros esposos.
Cenaron todas juntas, pasaron un momento agradable y ya después seguía la celebración de las damas.
De nuevo, la novia quedó con los ojos vendados.
En la limusina tomaron champaña y algunos cócteles, que no demoraron en empezar a hacer efecto. La felicidad y la desinhibición aumentaban con cada gota de alcohol. La música fuerte no las dejaba ni escucharse entre ellas y bailaron por turnos en el cielo raso.
—Segunda parada, ¡Francia! —gritó Ximena al llegar a la casa de Allison y Eric. Cuando a esta le quitaron la venda, las miró confundida.
—¿Qué hacemos acá? —preguntó, al tiempo que Nicola sacaba un pequeño ataúd de madera de detrás de su espalda.
—Vamos a hacer un entierro —contestó y, agarrándola de la mano, la arrastró al jardín.
Hicieron un pequeño hoyo en la esquina más alejada y llenaron la caja con regalos para la feliz pareja, los cuales no podrían desenterrar hasta dentro de cinco años: condones, una botella de vino, un juego de lencería, pañales de bebé, un peluche de conejo y varias fotos de la pareja.
Allison no se quedó con las ganas de saber de dónde habían sacado la idea y pronto supo que esa era una de las tradiciones en Francia.
Era poner toda la fe para que dentro de cinco años la pareja fuera todavía más feliz que cuando se casaban y que varios aspectos de su vida estuvieran funcionando a la perfección.
—Saben que esos condones estarán caducados en cinco años, ¿no? —preguntó divertida.
—Claro que sí, no esperamos que los uses, pero es nuestro deseo que sigan teniendo una vida sexual muy activa —le aclaró una de sus amigas y le hizo una mueca divertida.
Las carcajadas, las bromas, los comentarios con doble sentido y la alegría no se hicieron esperar.
Comieron algunos pasabocas, brindaron con más champaña.
Salieron de la casa y de nuevo la venda tapó los ojos de Allison. Subieron a la limusina y se encaminaron a su último destino.
—Última parada, ¡Escocia!
Llegaron a un pub irlandés. Normalmente, siempre estaba lleno de hombres; eran pocas las mujeres que iban, así que tener un grupo de damas de honor era destacable. Allison llevaba un frasco colgado al cuello y la llevaron adentro sin decirle nada.
El lugar era perfecto para la tradición escocesa; Ximena le quitó la venda a su prima y Nicol le puso un velo de juguete en la cabeza.
Les divirtió ver tan confundida a la novia, aunque esta con rapidez supo lo que estaba por suceder y les regaló una mirada alarmada.
Miró alrededor, a los hombres que la observaban atentos.
—¿De verdad quieren que me bese con extraños? O sea, no están mal, pero… —comentó divertida.
—Tranquilízate, que Eric nos dio permiso para esto —le explicó y Allison la miró, sorprendida.
Sonrió y en el fondo supo que esa tradición había sido idea de su propio novio.
Una vez la vieron en una película y no solo fue divertida, sino que a él le pareció la oportunidad perfecta para despedir la soltería sin que después hubiera arrepentimientos por no «probar» más cosas.
Ella lo había mirado incrédula, pero él insistió en que no tendría problema con hacerlo; al final, era una tradición que en su familia se había hecho algunas generaciones atrás y se perdió cuando emigraron a América.
Allison lo dejó pasar, no creía que lo dijera de verdad, pero al verse en ese pub, con el frasco que decía «venta de besos» y en velo, pudo constatar la veracidad de sus palabras—.
Además, van a ser besos fugaces —insistió Ximena y le guiñó un ojo.
—¡Bueno, señores, alisten sus monedas y besos rápidos! —gritó Allison e hizo un además de advertencia.
No alcanzó a decirlo cuando un chico echó una moneda y le dio un beso rápido. Todas se carcajearon y las mejillas de la novia se sonrojaron.
Empezó a caminar por las mesas, recibía el dinero y los besos, además de las arengas de felicitación por la boda. Esa tradición escocesa era una forma de desear suerte y prosperidad al matrimonio.
Cuando Allison llegó al fondo del pub, Eric se levantó de una silla y depositó una manotada de monedas en el frasco.
—¡Listo, señores, se ha acabado su oportunidad! ¡Ahora me toca a mí! ¡Para siempre!
No esperaba tener a su novio en la despedida, pero le encantó tenerlo a su lado y ver la forma en la que la observaba, con total amor y devoción. Ella sonrió, todas sonrieron al verlos y él la besó como si no la viera hace mucho tiempo.
Todos aplaudieron, cantaron, gritaron, saltaron y bebieron y rieron. La alegría de la pareja era contagiosa y el ambiente era festivo.
Ximena se dio cuenta de que ahí estaban los chicos celebrando la despedida de soltero de Eric, pero no vio a Fernando por ningún lado.
Estaba emocionada de ver a su prima tan feliz; resplandecía de amor.
Se recostó en una columna y se entretuvo mirando a todos tan alegres.
Conocidos y desconocidos festejaban a la feliz pareja.
—¿También debo pagar por un beso de tan hermosa mujer? —dijo una voz detrás de ella, sacándola de un susto de su ensoñación. Volteó para ver a Fernando y lo encontró con una sonrisa ladeada y una ceja levantada. Se veía sexi.
—No. —No alcanzó a contestar nada más, cuando los labios de él ya estaban contra los suyos y de nuevo sintió derretirse en sus brazos. Suspiró contra su boca y cada roce de su cuerpo hizo que pequeñas corrientes la recorrieran por completo.
—¿Quieres irte de acá? —preguntó con voz ronca y excitada.
Ella asintió.