La lista del amor (y otros desastres) Rumbo a Ashland
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Rumbo a Ashland

—Mis padres llevan treinta y cinco años de feliz matrimonio, tengo tres hermanos, la mayor y los mellizos, que son los bebés de la casa, eso que ya tienen veinte años —dijo Josh, divertido.

—¿Y por qué alguien tan buen partido está soltero? —preguntó Sam y Ximena la miró con ojos muy abiertos ante la impertinencia de su pregunta.

—Porque espero a la indicada —comentó risueño y le guiñó un ojo a la anfitriona al terminar la frase. Ella sintió su cara enrojecida por la vergüenza y notó la incomodidad de Fernando.

Cada cosa que decían, cada movimiento que hacían, cada reacción, la veía con ojos más críticos, intentando descifrar qué tan cierto era lo que Sam le había dicho hace un momento.

¿De verdad Fernando está interesado en mí? Porque puede ser su instinto protector y Sam lo está confundiendo . Se quedó sumida en sus pensamientos hasta que su amiga la trajo de vuelta a la realidad, agitando su mano frente a sus ojos.

—¿Se puede saber en quién estás pensando? —le susurró con picardía y la otra le devolvió una mirada asesina.

—En nadie —dijo seria—, solo pienso en lo que me hace falta por empacar para mi viaje de mañana —contestó en lo que pensó que sería voz baja, solo para que la escuchara su amiga, pero se equivocó.

—¿Viajarás? —preguntó Josh, visiblemente interesado, y Fer volteó los ojos, lo que la hizo contener una risa.

—Sí, mañana tengo que estar en el aeropuerto a las ocho. El próximo fin de semana se casa mi prima, pero debo estar antes para todos los eventos previos; además, soy una de las damas de honor —le explicó con una falsa sonrisa de emoción.

—Uhm, supongo que debo esperar para verte de nuevo —comentó sin vergüenza alguna, haciéndola sonreír incómoda, y Fernando se levantó de la silla, con la excusa de ir al baño.

Pasaron algunos minutos y él no volvía; la única razón por la que Ximena no iba a su habitación a buscarlo era porque los demás seguían en la sala de su apartamento y no podía dejarlos solos.

Hablaban entretenidos, pero, por más que lo intentara, no lograba concentrarse del todo en la conversación, porque su mente estaba pendiente de Fernando.

Mientras tanto, él no lograba entender qué hacía el médico en el apartamento de Ximena, porque ella no le había comentado que tuviera un invitado y tampoco le comentó nada sobre haberlo conocido.

No le agradaba la forma en la que la miraba, cómo se reía ante lo que contaba ella y, además, con las preguntas que le había hecho lo único que consiguió fue dejar en evidencia que era «don Perfecto», seguro, atrayendo más la atención de ella hacia él.

Es todo lo que ella tenía anotado en su lista; recordarlo le dolió.

No estaba dispuesto a quedarse de brazos cruzados y volverla a ver saliendo con otro imbécil, pero tampoco pensaba ir hacia ella y decirle que lo traía loco, que no dejaba de pensar en ella. Solo sentía la necesidad de demostrarle que su lista de él estaba más que equivocada.

Respiró profundo y dio algunas vueltas por la habitación; intentaba disimular la molestia que le producía la presencia del doctor. Pasó por el lado del tocador y vio la reserva del vuelo; no se aguantó las ganas y revisó los detalles.

Cuando por fin se decidió a volver con los demás, encontró a la pareja de futuros padres ya despidiéndose de Ximena y la abrazaban por haber organizado la velada.

Fernando se despidió de ellos y sintió un alivio cuando vio al doctor recogiendo sus cosas y caminando hacia la puerta para despedirse. Giró el rostro, haciéndose el desentendido cuando este le agarró la mano y dejó un beso en el dorso.

¿De verdad es así de caballero y perfecto o se hace? Lo miró con incredulidad, aunque todo era tan confuso, porque no sabía si de verdad era como se hacía ver o todo era una actuación para conseguir lo que quería.

Se fueron todos del apartamento de Ximena, quedando los dos. Ella bostezó y fue el empujón para despedirse y dejarla descansar.

—Gracias por la invitación —le dijo sonriente y ella le correspondió.

—Me alegra que te hayas quedado. —Mordió su labio con nervios.

—Bueno, chiquita, nos vemos mañana. —Le guiñó un ojo.

—No creo que nos veamos, debo salir antes de las seis. —Hizo una mueca.

—¿Qué piensas hacer con lo de tu novio para la boda? —preguntó con curiosidad y ella bufó.

—Solo me queda admitir que no tengo a nadie a mi lado y aguantar los comentarios de Roman y su esposa —contestó frustrada y arrugó la frente. La vida se le amargaba de solo pensar en esos dos.

—¿Y si dices que no pudo viajar por problemas en el trabajo? —sugirió, pero ella negó.

—Ya había dicho que del trabajo tenía permiso para ausentarse por una semana. —Se tapó la cara, lamentándose.

—Ay, chiquita. Deja de pensar en eso y mejor prepárate para descansar. La noche será corta. —Se acercó y besó su frente—. Bonita noche.

—Descansa —lo despidió con una linda sonrisa que hizo estragos en la cabeza masculina.

Por más que se metió a la cama y estaba lista para la noche, su cabeza estaba inquieta y le costó mucho el quedarse dormida. Debía obligarse, porque cuando llegara a Ashland tendría que lidiar con su familia y los demás entrometidos; no sería nada agradable. Lo mejor era estar descansada.

En la mañana pensaría mejor las cosas; además, no dejaba de pensar en lo que le había dicho Sam.

¿De verdad le gusto a Fer? Mordió su labio y una sonrisa nerviosa se plantó en sus labios. ¿Por qué me ilusiona que eso sea real? ¡Aaaah! Me siento confundida , se cuestionó y hundió su cabeza en la almohada. Espero que esta semana me sirva para aclarar mi mente o de verdad me voy a enloquecer .

Hizo algunos ejercicios de respiración para relajarse, intentó dejar su mente en blanco, pero borrar la sonrisa pícara de su vecino era algo que complicaba la tarea; sin embargo, con esa imagen en mente se quedó dormida.

Un sonido repetitivo y lejano la sacó del sueño profundo en el que se encontraba; abrió los ojos irritada y estiró su mano para apagar la alarma de su celular. Al ver la hora, quedó sentada de un solo movimiento.

—¿En qué momento sonó la alarma dos veces? —se preguntó, todavía con la niebla mental del sueño. No recordaba haber aplazado la alarma en dos oportunidades. Lo cierto era que se le hacía tarde.

Corrió a la ducha, quería lavarse el cabello, pero eso tendría que esperar a cuando llegara a la casa de sus padres. Un poco de perfume y shampoo seco disimularían el lavado pendiente.

Pensó en ponerse lo primero que encontrara en su armario, pero al recordar que se encontraría con su despreciable exnovio, supo que no podía darle el gusto de comentar más de lo que ya lo iba a hacer y por eso debía esmerarse en su presentación.

Tenía que dejar algunas bocas calladas. Buscó una blusa sexy, pero que no mostrara más de lo necesario, y encontró la perfecta en color café, con mangas largas, ceñida al cuerpo y con un escote en V profundo, que llegaba unos diez centímetros por encima del ombligo; se puso un pantalón de jean claro, un cinturón grueso en la pretina y se recogió el cabello en una coleta alta.

Se maquilló con un poco de base, máscara de pestañas, fijador de cejas y un brillo de labios con un leve tono rosa.

No tenía tiempo para desayunar; ahí estaba la media hora extra de sueño. Agarró su maleta, celular y llaves. Dio una última mirada a su apartamento para asegurarse de que todo quedara en orden; recordó no haber cerrado las válvulas del gas y el agua, así que corrió a hacerlo.

Salió del apartamento y, mientras echaba llave, escuchó la puerta de Fernando abrirse. Sin necesidad de mirarlo, supo que lo tenía detrás, ya que pensó que salió para despedirla antes de que se fuera al aeropuerto.

—¿Para dónde vas a esta hora? —preguntó burlona, aunque al dar la vuelta quedó petrificada.

—Voy contigo. —Sonrió y ella notó la maleta que tenía agarrada de su brazo.

—¿Conmigo? ¿Me acompañarás al aeropuerto? No es necesario —dijo risueña, pero él negó.

—Necesitas un novio falso, yo necesito un poco de vacaciones y cambiar de ambiente —dijo, relajado.

—¿Estás seguro? Tendríamos que planear una historia creíble sobre nuestra relación.

—Entonces, ¿qué estamos esperando? Tenemos trabajo que hacer. —No le dio tiempo para refutar, agarró su equipaje con la mano libre y caminó hacia el ascensor—. Por cierto, estás hermosa y seductoramente vengativa —le dijo y ella no pudo evitar la sonrisa de satisfacción que se le formó.

Una vez en el aeropuerto, se apresuraron para registrarse. Les dieron ingreso a la sala de abordaje y Ximena sintió el pecho apretado ante los nervios de tener a Fernando a su lado y como cómplice de su locura.

—¿Desayunaste? —preguntó Fer y ella negó.

—Me quedé dormida y no tuve tiempo ni siquiera para un café.

La agarró de la mano; una corriente recorrió todo el cuerpo femenino, pero no dijo nada y se dejó llevar.

En la cafetería al final de la sala de abordaje pidieron unos cafés con galletas, mientras esperaban el llamado para abordar el avión. Después comerían algo mejor, pues seguía siendo temprano y la ansiedad del vuelo no era buena compañera alimenticia.

—Pasajeros del vuelo 5986 con destino a la ciudad de Ashland, Oregón, favor de empezar a abordar por la puerta tres —llamaron por el altavoz. Ese era su vuelo, así que se apresuraron a volver.

Como Fernando insistió en llevar el equipaje de los dos, ella decidió encargarse de los documentos para presentar en la puerta de entrada y se dio cuenta de que irían en asientos pegados, así que lo miró con interés.

—¿Cómo lo conseguiste? —le preguntó.

—Anoche vi la información de tu vuelo y, al llegar a mi apartamento, decidí agotar las opciones para poder viajar contigo, como tu novio.

—Le guiñó un ojo—. Tuve la suerte de dar con una empleada de la aerolínea susceptible a las historias románticas y, no solo me consiguió un asiento en este vuelo, sino que es una silla a tu lado.

En medio del vuelo, ella pidió un vaso de agua.

—Bueno, ¿cuál es nuestra historia? —preguntó Fer.

—¡Ay! —torció la boca—, podemos decir que nos conocimos en el bufete de abogados, cuando uno de mis compañeros decidió usar la sala de juntas.

Desde el primer momento en que nos vimos, fue inevitable la atracción por el otro.

Podemos decir que empezamos a salir de vez en cuando y, como vivimos en el mismo edificio, diremos que tú influiste en la compra de mi hermoso apartamento.

—Fer frunció el ceño, procesando la historia y asintió.

—Está bien. ¿Crees que nos hagan besar o algo parecido? Porque si es así, deberíamos empezar a practicar desde ya —sugirió coqueto y ella tragó saliva al sentir su respiración tan cerca.