La lista del amor (y otros desastres) La cena
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La cena

No podía negar que el doctor Smith era un hombre agradable y atractivo; parecía un buen partido.

Y sí, había sido evidente su interés desde el momento en el que la vio.

Sin embargo, por alguna extraña razón, que ella no entendía, eso no la emocionaba, sino que la dejaba un poco temerosa.

Además, la imagen de su vecino/amigo/cliente, Fernando, no la dejaba en paz.

El viaje a Ashland cada día estaba más cercano y no había logrado conseguir un novio que de verdad quisiera presentar en la boda, ante toda su familia.

Se sentía un poco agobiada al pensar en que todos se darían cuenta de la mentira, pero lo peor era que supieran que su prima era cómplice de mantener la farsa.

Llevaba tres meses huyendo de las llamadas de sus padres; las limitaba lo más posible y prefirió intercambiar algunos mensajes por chat, siempre con la excusa de estar ocupada en el trabajo, dejando todo listo para los días que estaría ausente.

Conducía hacia la casa de Sam, quien no había dejado de llorar por la emoción de estar embarazada, aunque también se sentía nerviosa por la anemia y cualquier complicación que eso pudiera traerle.

Cada vez que lloraba, su rostro era una exhibición de muecas que mostraba todos los sentimientos que la embargaban.

Cuando llegaron a su casa, Ximena no la quiso dejar; sabía que estaría sola por tres días más, estaba abrumada con todo lo que pasaba y había repetido que no quería darle la noticia a su esposo por teléfono, porque sería una sorpresa.

No lo esperaban; ella tenía el dispositivo en su brazo, pero este decidió dejar de funcionar antes de tiempo.

Otro motivo de angustia, pues debía hacérselo quitar lo más pronto posible.

Le dieron una cita de urgencia para retirarle el implante, porque la carga hormonal podía afectar el embarazo y también le realizarían una ecografía para ver que todo estuviera bien, ya que por estar planificando se debía tener en cuenta un alto riesgo de complicación o pérdida.

Ximena le preparó una de las limonadas de Fernando, y, aunque no le quedó igual a como él las preparaba, sí le quedó decente y se ganó el halago de su amiga.

La acompañó a la habitación y a los pocos minutos de entrar en la cama se quedó dormida.

El teléfono le timbró, anunciando la llegada de un mensaje. Al mirar la pantalla, vio que era Fernando y una gran sonrisa se le marcó en su rostro. Abrió el mensaje en el chat.

Fernando:

¿Está todo bien? Fui a buscarte a tu       apartamento, pero no estás.

Ximena:

Sí, estuve en el médico con mi amiga y ahora estoy en su casa, pero ya voy para allá.

Ximena:

Gracias por preocuparte.

Fernando:

De nada, chiquita. Eso hacen los amigos.

Ximena:

¡Yeiiii! Vuelvo a ser tu amiga.

Fernando:

Ay, ya… No es para tanto.       Además, que no habías       dejado de serlo.

Ximena:

Ay, noooo. ¡Esto hay que celebrarlo!

Fernando:

Bueno, deja el drama y conduce con cuidado.

Fernando:

Chao.

Ximena:

Chao ☺

Condujo con cuidado y llegó en poco tiempo a su edificio; no había mucho tráfico y la suerte estuvo de su lado al encontrar la mayoría de semáforos en verde.

Bajó de su auto y el cansancio le cayó sobre la espalda y caminó arrastrando los pies hasta el ascensor.

Recostó la cabeza contra la pared metálica y cerró los ojos.

Las puertas se abrieron en su piso y lo primero que se encontró al abrir sus ojos fue a Fer, con una gran sonrisa.

—¿Vas para algún lado? —le preguntó ella y bostezó.

—No, te vi llegar. —Bostezó como reflejo y se rio—. Vine a ver que estuvieras bien.

—¿Me estás acosando? —bromeó y él negó enérgicamente, al tiempo que una sexy sonrisa ladeada se marcó en su boca.

—Deja de decir bobadas y vamos para que descanses. —La agarró de los hombros y se fue masajeándola hasta la puerta de su apartamento.

—¿Cómo te terminó de ir con tu mamá? —le preguntó con legítima curiosidad y le alegró verle la sonrisa de siempre cuando hablaba de ella.

—Pasamos un día como hace mucho no lo hacíamos. Te mandó saludos —le dijo y le guiñó un ojo.

—No sabes cuánto me alegro. —Volvió a bostezar.

—¿Ya cenaste? —preguntó preocupado, pero ella asintió, porque había cenado con Sam, antes de que esta se quedara dormida.

—Solo es cansancio —aclaró.

Entraron al apartamento; ella se fue a su habitación y él, como siempre, a la cocina.

Estaba tan casada que con prisa se dio un baño relajante y cuando salió ya la esperaba un vaso con algunas semillas flotantes; no tenía ni idea de qué era, pero sabía muy bien y era una bebida perfecta para esa noche calurosa.

Se asomó por la puerta de su habitación para revisar si Fernando continuaba en su apartamento, pero se había ido, dejándole un sinsabor. Terminó la bebida y, en vez de dejar el vaso en la mesa de noche, decidió llevarlo a la cocina.

De vuelta para la habitación, vio una pequeña nota sobre la mesa del comedor.

Espero que hayas descansado. Perdón por no despedirme, pero no quería interrumpir tu descanso.

Él esperaba que la viera en la mañana, pero no fue así. Lo que más la emocionó fue ver una muñeca que se parecía a ella, en toda la esquina de la nota. Suspiró.

¿Qué me pasa con Fernando?, se cuestionó mientras seguía su camino y llevando la nota consigo. No entendía lo que le pasaba; era algo que no había experimentado con nadie. Es una caja de secretos, misterios y una extraña, pero especial caballerosidad. Rio con su análisis.

Se acostó y fue más lo que duró peleando con la blusa de su pijama que se le subía en la espalda que en quedarse profundamente dormida.

En la mañana llamó a Sam para ofrecerle ser de nuevo su compañera al médico, pero esta se negó y decidió no insistirle más.

Estaba por prepararse el desayuno cuando sonó el timbre. Supo que no sería necesario cocinar y no se equivocó; ahí estaba Fer con una gran sonrisa y algunos recipientes con el desayuno ya listo, que había hecho en su apartamento. Ximena corrió a organizar la mesa y se sentaron a comer.

—Parece que fuéramos compañeros de apartamento, nos la pasamos juntos y compartimos comida —dijo ella sin contener una risa y notó cómo a él se le tornaban coloradas las mejillas. Algo extraño en él.

—Uy, no sé lo que haría con una compañera así de linda —comentó con coquetería, volviendo a ser el mismo bromista de siempre, y las mejillas se le acaloraron a la pobre.

El fin de semana estaba por llegar y con él su viaje de vuelta a Ashland. Estaba muy nerviosa por lo que fuera a suceder, que necesitó concentrarse de lleno en su trabajo y que la farsa del noviazgo no ocupara nada de su mente.

Logró conseguir una copia del Registro Civil de Matrimonio Civil de Donna Martin y Brandon Wilson.

Empezó a mover algunos contactos en Las Vegas, a ver si lograba conseguir alguna prueba del robo que ese tipo y Marie le habían hecho a la inocente Donna, hace treinta años.

No era tan fácil, pero tampoco imposible, más sabiendo que en sus años laborales había hecho buenos contactos con gente clave.

Entró una llamada a su teléfono, la cual casi ignora, pero al ver que era de Samantha, se apresuró en contestar.

—¿Cómo te fue? —preguntó y al oírla llorar, su pecho se apretó—. Sam, ¿qué pasó? —inquirió con temor y la voz entrecortada.

—Perdón, perdón. —Sorbió los mocos y Ximena hizo una mueca asqueada —. ¡El bebé está bien y tengo nueve semanas de embarazo! —gritó feliz y el alma le volvió al cuerpo a su amiga. Era una alegría saber que todo estaba bien por ese lado.

—¿Tienes más de dos meses y hasta ahora te das cuenta? —No lo entendía.

—Con el implante mis ciclos nunca fueron regulares, no noté nada diferente y la anemia distrajo los demás síntomas. —Rio.

—Ahora debes cuidarte y traer a ese bebé al mundo —comentó, emocionada.

—Quería pedirte un favor… —dijo Sam con duda.

—El que quieras, dime. —Esperó su respuesta.

—Le quiero dar la noticia a Leon, de forma especial, pero tengo un poco de nervios por su reacción, entonces no lo quiero hacer estando solos —comenta y Ximena frunció el ceño—.

No te imagines lo que no es, solo que él era el que más me insistía con que esperáramos más tiempo antes de intentar tener un hijo; ahora estamos ocupados por trabajo y sé que, si estoy sola, seguiré llorando como Magdalena y solo lograría preocuparlo más.

Así como acabo de hacer contigo —dijo, pero Ximena seguía sin entender cuál era el favor que le pedía.

—¿Y cómo te puedo ayudar con eso? ¿Cómo es el favor?

—¿Puedo preparar algo en tu casa? Él llega mañana en la tarde y no quiero que se dé cuenta de que algo sucede —comentó.

—¡Ay, mujer! Tanto misterio para eso. Claro que podemos planear la sorpresa en mi apartamento, vas a ver que todo saldrá bien —dijo, intentando tranquilizarla.

—¿Sabes que eres la mejor? —habló emocionada y la escuchó despedirse de alguien—. Por cierto, te mandaron saludos —comentó con picardía.

—¿Quién?

—Mi sexy doctor —se burló— , Josh Smith.

—Mmmm, gracias —respondió con un poco de vergüenza. Respiró profundo y cambió de tema—. Y, sí, sé que soy la mejor —bromeó y su amiga bufó.

Ximena invitó a Fernando a la cena que organizó con Sam.

Esa vez no fue necesario meterse a la cocina a preparar nada, porque la embarazada se encargó de pedir la comida al restaurante favorito de su esposo y, mientras ella, quién sabe en dónde, le alistaba la sorpresa, el par de vecinos adelantaron todo para dejar la mesa lista.

—¿Así que conoceré a tu amiga/jefa/socia? —preguntó Fer mientras dejaba el último plato sobre la mesa.

—Ja, ja, ja, sí, aunque no es necesario tanto calificativo —contestó Xime con una sonrisa.

No terminó de decirlo cuando el timbre de su apartamento sonó; ya le había avisado al vigilante que su amiga y esposo eran invitados, así que no fue necesario que los anunciaran.

Abrió la puerta para recibirlos; Leon se veía cansado, pero amable, como siempre, y Sam no dejaba de sonreír, aunque se notaba un poco nerviosa. Se saludaron y después entraron.

—Pobre hombre, se nota que no lo dejaste ni llegar al aeropuerto —le dijo a Sam al agarrarla del brazo y llevarla al interior del apartamento, donde Fernando se encontraba sentado en una de las sillas del comedor.

Sam la miró y se le formó una sonrisa un poco incómoda en sus labios. No demoraron las presentaciones y le alegró ver la forma en la que los tres conversaban, como si se conocieran de antes. Para Ximena era muy importante que sus amigos se llevaran bien y todo iba perfecto.

Se estaban sentando a la mesa cuando el timbre volvió a sonar; era extraño, ya todos estaban. O, ¿no? Con el ceño fruncido miró a Sam y esta la miró avergonzada.

—Me tomé el atrevimiento de invitar a alguien, pero creo que hice mal al no preguntar —se excusó con un susurro al oído de su amiga.

Ximena se levantó para abrir la puerta y, al ver a Josh Wilson bajo el marco, sus ojos casi se saltan de sus órbitas. Llevaba una botella de vino en sus manos y le regaló una amplia sonrisa.

—Señorita Miller, espero no incomodar. —Se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla, dejándola un poco nerviosa.

—Adelante, por favor. Bienvenido a mi hogar —dijo sonriente y le mostró el camino.

Lo más emocionante de la cena fue cuando Sam le dio la noticia a Leon; este la alzó por los aires, dándole vueltas en un abrazo cargado de amor y felicidad.

De resto, toda la velada estuvo llena de miradas tensas entre Fernando y el doctor.

Cuando se sentaron a comer, el interrogatorio al doctor tomó lugar: un montón de preguntas personales, que con cada respuesta hacían sentir más frustrado a Fer.

Como bien lo había dicho Samantha el día que conocieron a Josh, este era «un buen hombre, un excelente prospecto». Ximena lo escuchaba encantada.

—Ese par está que compite por tu atención —le susurró Sam al oído y Xime le regaló una mirada de confusión.

—¿De qué hablas? —preguntó.

—¿En serio? —La miró incrédula—. Tu amigo se muere por ti y se nota que al doctorcito no le agradó en absoluto, porque es un fuerte contrincante. —Le guiñó un ojo.

Ximena no pudo evitar mirar a los dos hombres y notar la tensión que había entre ellos. ¿Será verdad lo que dice Sam?