La lista del amor (y otros desastres) Samantha
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Samantha

Ximena se limpió las lágrimas que le bajaban por las mejillas. La historia de Donna la entristeció mucho; no lograba imaginar la impotencia y el dolor que debió sentir al saberse engañada de semejante forma, más cuando fue alguien que la ilusionó de todas las maneras posibles.

Un sollozo captó su atención y, al girar el rostro, se encontró con Fernando, sentado en posición fetal sobre el sofá y con su cara entre las rodillas. Estaba devastado. Ella sintió una gran presión en su pecho y estuvo por acercarse a consolarlo, pero Donna se le adelantó.

Madre e hijo lloraron abrazados con fuerza. El momento parecía tan privado que Ximena se levantó con cuidado del sofá y se fue hacia el jardín.

—¡Debiste abortarme! —gritó Fernando, con tanto dolor y frustración en su voz, como nunca imaginó escucharlo. Donna, con la cara lavada en lágrimas, no dudó en regañarlo y esa fue la señal para que salieran más rápido y los dejara solos.

El nudo en su garganta no la dejaba respirar.

Lo que sí le quedó claro, más que nunca, era que ese tipo no se podía salir con la suya; eso sería mucho más fácil si le permitieran hacer pública la existencia de Fernando, porque con solo demostrarle al juez que Brandon es padre de un hijo que no conoce, quedaría en evidencia que las pruebas que ha mostrado de convivencia con Donna son del todo falsas.

Sin embargo, dudaba que se lo permitieran.

Revisó los apuntes que tomó del relato y puso su cerebro a maquinar con posibles alternativas que tenía para buscar información.

Donna ni siquiera tenía una copia del acta de matrimonio y ese era el primer paso a seguir, porque lo necesitaba con urgencia.

Necesitaba comunicarse con el Hotel-casino Orion y rogar para que le pudieran colaborar con una copia del registro y no tener que ir hasta Las Vegas.

Se quedó sentada en una banca del jardín y perdió la noción del tiempo, hasta que se dio cuenta de que ya era mediodía. Con un caminar lento, volvió al interior de la casa y se sorprendió al ver a Donna y a Fernando sonriendo, aunque aún tenían los ojos enrojecidos e hinchados.

—¡Volviste, chiquita! —le dijo Fer, emocionado, y ella no pudo ocultar una sonrisa al verlo así.

—No me di cuenta en qué momento se fue el tiempo, pero creo que será mejor que me vaya —comentó y Donna negó con rapidez.

—Oh, no, cariño, primero almorzamos y después sí te puedes ir —dijo seria y la tomó de la mano para llevarla a la mesa del comedor, donde ya estaban los puestos listos y las bandejas con comida.

Donna se sentó en la cabecera de la mesa y cada uno se acomodó a uno de sus lados. Hablaron de cosas irrelevantes, pero era necesario para mejorar el ambiente y dejar de lado a Brandon, porque no debía volver a ser el tema de conversación.

—Tesoro, se me había olvidado decirte que hay unos arreglos pendientes en el kiosco del patio trasero y esperaba tu aprobación —le dijo Donna a su hijo y Ximena los observaba confundida.

—Mamá, esta es tu casa, así que tú eres quien toma las decisiones —refutó tenso.

—No, tesoro. Esta casa es tuya, tú la compraste; lo único mío es el nombre en la escritura y la ropa del armario —contestó con seriedad y un poco malgeniada.

—¿Qué? —preguntó Ximena y ambos la miraron. Fer apretó la boca y tragó saliva.

—Sí, cariño, como lo oyes —aseguró Donna—, Fer es el dueño de todo. Gracias a él puedo tener la vida de estrella de Hollywood, aunque no sé si te has dado cuenta, pero ahora solo aparezco en televisión cuando hacen galas o reconocimientos —comentó y soltó una risita cargada de frustración.

—¿Me quiere decir que de la actuación ya no tiene nada? —preguntó asombrada.

—Solo el cariño y el recuerdo de la gente, pero si no fuera por mi hijo, posiblemente viviría en una habitación de mala muerte. —Levantó los hombros con desdén—. Acá el del dinero es Fer y la mantenida soy yo. —Soltó una carcajada.

Ximena no fue capaz de reírse; recordó la lista que había hecho de Fernando y la repasó mentalmente, aunque corrigiendo las cosas que había conocido de él.

Fernando:

Sigue siendo guapo en exceso.

No es un hijo de mami, sino que es el proveedor para ella.

Las mujeres salen de su apartamento como si fuera un desfile, sí, pero porque es su trabajo.

Desorganizado, aunque organiza después, así se gaste el doble de tiempo.

No conoce a su padre, ese es un hecho y es lo mejor, porque ese desgraciado no se merece nada de él.

Su madre tiene un pasado turbio en la actuación, aunque después de escuchar sus historias, es entendible por lo que pasó.

No cree en el amor verdadero .

¿Qué hago pensando en Fer? Sacudió su cabeza; necesitaba alejar esos pensamientos.

No sabía ni qué pensar; no quedaba la menor duda de que Fernando era una caja de secretos a los que les trabó la puerta, porque sacarle información directa era una misión imposible.

Por otro lado, pensó en la demanda de divorcio, porque, según lo que acababan de decirle, lo único que había a nombre de Donna era la casa y solo sobre esta podía caer alguna afectación de la demanda.

Solo le correspondería la mitad de la casa, nada más, y, aunque la situación era una porquería, también era un alivio.

De repente, su teléfono sonó, anunciando una llamada de Tamara, la secretaria principal de Samantha; era extraño, porque solo la llamaba cuando pasaba algo importante en el bufete.

Se excusó de la mesa y caminó con prisa hacia el jardín trasero, donde podía contestar la llamada con privacidad.

— Señorita Miller, perdón por interrumpirla, pero algo pasa con la señora White .

—¿Qué sucede?

— Hace un momento casi se desmaya durante una reunión con los abogados Russel y Martínez.

—¿No le llamó a su esposo? ¿Fue al médico? ¿Qué piensa hacer?

—El señor Leon no está en la ciudad y no lo quisiera preocupar. Le insistí para que fuera al médico, pero a mí no me hace caso y por eso me tomé el atrevimiento de llamarla. Solo usted puede convencerla.

—Ya voy para allá. Gracias por llamar, Tamara. Cuídala mientras llego.

Caminó con prisa al interior de la casa para despedirse. Se abrazó con Donna y, mientras salía, recordó que no le había pedido algo muy importante; necesitaba que alistaran un documento en el que le dieran todo el poder para hacerse cargo de todos los trámites referentes a la demanda.

Al llegar al bufete, todos la saludaron con amabilidad y, cuando llegó al ascensor, se encontró de frente con el abogado Salgado.

¡Mierda!

—Ximena. —Sonrió con incomodidad.

—Abogado… —Lo saludó con un asentimiento. Entró al ascensor y lo ignoró por completo, aunque sentía sus ojos clavados en su espalda y otras partes de su cuerpo.

Ay, nooo. Lo que me falta es que quiera otros tres minutos de su maravilloso sexo desenfrenado , pensó con ironía y ya ni supo si eso le causaba rabia o la divertía.

Las puertas se abrieron y salió con la prisa necesaria para no despedirse ni decir palabra alguna.

—Tamara, llegué —le anunció a la secretaria que venía caminando con un vaso de agua en las manos.

—Ay, señorita Miller, qué bueno que llegó, porque la jefa se acabó de desmayar en su oficina y le estoy llevando este vaso de agua —comentó con la voz atropellada y más agua de lo normal, dejando en evidencia sus nervios.

Ximena no dijo nada, pero salió corriendo hacia la oficina de su amiga para ver qué es lo que le estaba pasando. La llevaría al médico, así fuera arrastrada.

—¿Qué haces acá? —preguntó con sorpresa al verla entrar por la puerta.

—¡Dios! Estás pálida como un papel y te ves fatal —comentó con angustia.

—No es nada, seguro es estrés y que no he dormido bien sin Leon; solo están armando una tormenta en un vaso de agua —dijo, restándole importancia.

—Tormenta o no, nos vamos ya mismo para el médico y no acepto negativas —dijo seria y caminó hacia Sam para ayudarla a levantar del sofá de cuero en el que estaba recostada.

Samantha soltó bufidos, refunfuñó y se quejó, pero agarró su bolso, se arregló su ropa y el cabello antes de salir de la oficina.

Al llegar a Urgencias de la clínica, Ximena ayudó a llenar los formularios para la atención, mientras Samantha tomaba agua, porque todavía se sentía mareada y algo débil.

Ximena se sentó a su lado en una de las sillas de la sala de espera. Cuando llamaron a su amiga para atender, pretendió quedarse y esperarla, pero Sam la tomó de la mano y la instó a entrar con ella a la consulta, haciéndola reír un poco, porque nunca se la imaginó con miedo de ir al médico.

Cuando abrieron la puerta del consultorio, el aire abandonó los pulmones de Ximena; el médico que revisaría a Sam era una escultura tallada por los dioses. Sam se rio con nerviosismo; también pensaba en lo guapo que estaba el médico.

—¿Señorita White? —preguntó sin mirarlas, ya que sus ojos estaban concentrados en digitar algo en el computador.

—Señora —lo corrigió Sam, llamando su atención. Levantó la mirada y las miró con intensidad.

—Perdóneme, señora White. —Le hizo una seña para que tomara asiento en una de las sillas—. ¿Y usted es la señora…? —le preguntó a Ximena con un tono de voz profundo y seductor.

—Señorita Miller —aclaró y este sonrió—, la mejor amiga de la paciente —comentó. Le indicó la otra silla y no dejó de mirarla. Una vez sentada y con los nervios a tope, no fue capaz de seguir sosteniéndole la mirada.

—¿Qué las trae por acá? —preguntó en tono profesional.

Samantha empezó diciendo que no era necesario haber ido, que Tamara y Ximena eran unas exageradas; entonces esta se vio en la obligación de intervenir y contarle al doctor lo que había pasado a lo largo del día.

La revisó en la camilla y después le ordenó algunos exámenes de sangre, los cuales le tomarían ahí mismo y solo debían esperar la llamada para entregarle los resultados. Parecía que tenía principios de anemia, pero era necesario confirmarlo antes de empezar cualquier tratamiento.

Ximena le dio la mano a su amiga mientras le sacaban sangre, porque el miedo de esta a las agujas era comparable con el de un niño pequeño.

Después de esperar poco más de una hora por los resultados, volvieron al consultorio y, aunque pensó que esta vez sí entraría sola, de nuevo la llevó como acompañante.

—Señora White —dijo el doctor con seriedad—, efectivamente, usted está empezando un cuadro de anemia, pero en su condición es mucho más delicado. —Las dos se miraron sin entender lo que decía y él pareció notarlo—. Sí, está usted en embarazo —dijo. Los ojos de Samantha se llenaron de lágrimas.

—¿Embarazada? Pero… ¿Cómo? —preguntó en shock.

—Seguro fue en una de esas maratones intensas de rezos, igual a las de todos los fines de semana —le respondió Ximena con ironía y tuvo que contener una carcajada ante la incoherencia de las preguntas de su amiga.

Las mejillas de Sam se pusieron coloradas, hasta que fue ella la que soltó una carcajada por toda la situación, al tiempo que sonreía, completamente ilusionada con la noticia.

El doctor se rio un poco y después empezó a darle las recomendaciones pertinentes a la paciente: cómo cuidar su embarazo y controlar la anemia. Le formuló algunas vitaminas prenatales y hierro.

Una vez llegó el final de la consulta y los ánimos eran mucho más alegres que al llegar, las dos se levantaron de sus sillas y se dispusieron a salir del consultorio, solo que el doctor las acompañó a la puerta.

—Fue un placer haberla conocido, señorita Miller —dijo con voz ronca.

—Ximena —dijo Samantha y le sonrió.

—Fue todo un placer haberte conocido, Ximena —repitió—. Acá está mi tarjeta —«Doctor Josh Smith», leyó—, no dude en llamarme. —Le guiñó un ojo, mientras ella estiró su mano para recibirle lo que le ofrecía—. Señora White, por favor, cuídese. —Se despidió.

—Si alguna vez necesita asistencia legal, con gusto le podemos ayudar —ofreció Sam, mientras estiró la mano para entregarle una de las tarjetas de presentación del bufete. Con gusto la recibió y, tras leerla, les regaló una mirada intensa.

Salieron del consultorio y Ximena miró a su amiga con el ceño fruncido.

—¿Se puede saber qué fue eso? —preguntó seria.

—¿Quieres encontrar un buen hombre? Pues ahí lo tienes —aseguró, solo que, en vez de emocionarse, Ximena se sintió extraña. —Ese hombre, desde que te vio y supo que estás soltera, cayó redondito. Ahora aprovecha.