Treintaiún años atrás
Donna los miró con picardía, logrando que Ximena se sintiera avergonzada, con sus mejillas calientes y sonrojadas. Fernando se rio, nervioso, pero con rapidez ambos se recompusieron y ella volvió a su posición de abogada profesional.
—Por favor, Donna, cuéntanos —le pidió con toda su atención puesta en ella. Respiró profundo y se dispuso a contar lo que debía.
—No sé qué tan preparada estoy para esto, pero es hora...
Respiró profundo y empezó a hablar.
Tras haber sido alcanzada por el director del programa y recibir una oferta que nunca llegó a imaginar en su vida. La amiga con la que asistía al programa, Tammy, estaba extraña, celosa por no haber sido ella a la que contactaron.
Donna llegó a su casa con el temor de lo que sus padres fueran a decir, pero apenas les contó lo que había pasado y vieron la tarjeta de contacto, el rostro se les iluminó.
«Sabía que tener una hija tan bella iba a servir para algo grande», fueron las palabras de su padre y que nunca se le borraron de su mente.
En ese momento su madre la agarró y la llevó corriendo a la habitación para seleccionar la ropa con la que debía presentarse en la audición. Revolvieron y sacaron todo, pero al final se fueron a comprar una muda de ropa completa; no importó que le costara un mes de sueldo de su papá.
Al llegar a la audición, estaba muerta de nervios; su mamá le apretaba la mano con fuerza, dándole ánimos para que lo hiciera bien.
Le habían entregado el guion de lo que parecía ser una propaganda televisiva.
Lo repasó tantas veces que, al final, no necesitaba mirar los diálogos ni las indicaciones escritas.
Acababa de cumplir los dieciocho años y, aunque era mayor de edad, seguía sintiéndose como una niña por completo inexperta en todo lo que vivía en ese momento.
Un hombre joven, pero diez años mayor que ella, se les acercó. Le robó el aliento. Sus manos temblaban y sus palabras se quedaron atrapadas en su garganta; solo pudo regalarle una sonrisa tímida como respuesta a su saludo. Se presentó; era Brandon Wilson, uno de los asistentes de dirección.
Cuando la llamaron a la audición, se puso tan nerviosa por tener los ojos de él encima, que todo lo que se había aprendido de memoria se le olvidó. Por poco se pone a llorar; los nervios estaban acabando con su sueño de alcanzar la fama.
Brandon se acercó a uno de los hombres que hacía las audiciones, le dijo algo al oído y este asintió después de pensarlo un poco; llamó a una de las chicas que tenía algunos papeles en sus manos y le indicó que se acercara a Donna.
Al leer las primeras palabras del libreto que la chica le extendió, la memoria se le reactivó.
Hizo la audición con éxito, y, aunque no le dieron respuesta en ese momento, dos días después llegó Brandon a su casa, con una carta en la que le daban la bienvenida a interpretar un papel secundario en la película «La dama de blanco».
Desde ese momento empezó a trabajar para el Estudio Metro Film.
Cada vez compartía más momentos con Brandon, quien poco a poco se fue ganando su confianza y su amor.
Era muy atento con ella; en poco tiempo se ganó la confianza de sus padres, al punto en que dejaron de ser ellos quienes la llevaban y traían. Ahora su acompañante era él.
No se había dado nada más allá de una gran amistad, aunque la hacía sentir cosas para las que no se sentía preparada. Las películas se quedaban cortas al describir los sentimientos que nacieron por él.
Empezó a actuar de película en película; cada vez los papeles eran más importantes. Al inicio, su representante era su mamá, pero llegó el punto en el que ella no pudo continuar a cargo; contrataron a una chica joven, bella y muy atenta, que les fue recomendada por Brandon.
Marie se convirtió en su mano derecha y le delegó la responsabilidad de organizarle todas sus cosas, mientras Donna se volvía una actriz reconocida y famosa, a la que invitaban a fiestas, reuniones, eventos especiales de todo tipo. Conoció a la crema y nata de la sociedad de la época.
Su cuenta bancaria pasó de tener un cero a cifras de cinco y seis ceros, lo que era algo por completo inesperado.
Se formó una amistad fuerte entre los tres. Marie conocía todos sus secretos, problemas, alegrías y le daba su apoyo.
Ya había cumplido los veinte años, estaba en pleno auge en la actuación y, como era costumbre, se realizó una de las galas por el estreno de su segunda película protagónica en Las Vegas, realizada en el Hotel-casino Orion, en el año 1990, a la que asistieron tantas celebridades y personas importantes, incluso el presidente.
Viajarían con tiempo suficiente para no andar corriendo contra el tiempo.
Así el evento durara una sola noche, ellos irían por una semana.
Le asignaron una de las mejores habitaciones del hotel; parecía un apartamento y recordaba que fue recibida y atendida por la mismísima propietaria y jefa, Alessandra Wallace, una mujer hermosa y de un carácter fuerte, pero muy especial.
Durante tres días y sus noches tuvieron la libertad de hacer lo que quisieran en La Ciudad del Pecado y sí que había aprovechado el tiempo...
Su amor por Brandon en esos dos años de amistad había crecido tanto que le dolía seguir escondiendo sus sentimientos. Tampoco ayudaba que él fuera tan coqueto y atento con ella.
Dos noches antes de la gala, alguien tocó a la puerta de su habitación; supuso que era Marie para darle alguna información para el día, pero al abrir se sorprendió al ver a ese hombre de treinta años que le robaba el aliento.
Le sonreía de una forma que la hacía sentir más especial que su gran cantidad de fans.
Entró con prisa a su habitación, cerró la puerta para no ser visto y la arrinconó contra esta, para después besarla con ansias, así como la besaba en sus sueños.
Ese era su primer beso real —lastimosamente, el primer beso de su vida había sido actuando con un importante actor de la época, por el que sentía admiración y aprecio.
No estuvo mal, pero no era la forma como había imaginado que pasaría.
Sus manos se aferraron con timidez a sus hombros, mientras que él empezó a recorrerle todo el cuerpo con las suyas, por encima de la ropa.
El corazón de Donna latiendo fuerte, su respiración entrecortada, sus bragas húmedas y su voluntad perdida fueron lo necesario para que se entregara a Brandon en cuerpo y alma.
Las palabras dulces masculinas, las caricias, los abrazos, los besos, las promesas y la bebida la llevaron a aceptar gustosa cuando en la madrugada le confesó su amor.
Le dijo que la amaba desde hace tiempo y se disculpaba por no haber actuado antes.
La diferencia de edad era lo que los había detenido, hasta que él ya no pudo más.
«Cásate conmigo aquí y ahora», le propuso y ella no dudó en aceptar.
Corrió a su armario y sacó un vestido marfil lleno de encaje, unos tacones claros en tela.
Su cabello permanecía arreglado, así que solo necesitó un bonito accesorio y estuvo lista para su boda en Las Vegas, con el hombre que la volvía loca y que pensaba que era el amor de su vida.
Salieron de su habitación a mitad de la noche y fueron por Marie; necesitaban un testigo y ella era perfecta. Poco le importaba a Donna lo que pudieran decirle por casarse de esa forma; ella estaba convencida de que era su gran amor, con el que compartiría todo lo que tenía por delante.
Cuando Marie abrió la puerta, no se vio sorprendida al verlos; ya se lo esperaba, solo que no imaginó que se dieran las cosas de esa forma. Mientras ella se arreglaba, Brandon se encargó de buscar un espacio en alguna de las capillas del casino.
Todo era una locura, pero era la locura que con más ganas quería vivir.
Ese día, como si fuera un milagro del destino, todos los que iban al estudio con ellas decidieron salir a dar un paseo por la ciudad; solo ellos se habían quedado, debido al cansancio de haber estado en el casino hasta tarde —jugando y participando en algunos eventos—, por lo que nadie era testigo de la locura que estaban por cometer.
Ella era una joven actriz en auge, exitosa, y acababa de entregarle su virginidad, corazón y cerebro al hombre del que llevaba enamorada en silencio dos años y con el que se casaría en menos de una hora. Nada más le importaba.
Bajaron al casino y todo estaba listo. Elvis los casaría, lo que le hizo sentir la experiencia completa de un matrimonio exprés en Las Vegas.
No recordaba las palabras con las que los casaron; los nervios y la emoción le nublaron la mente, además de los tragos. Sin embargo, estaba muy consciente de su decisión y no se arrepentía.
No supo de dónde salieron los anillos de boda, pero su dedo quedó decorado con una pequeña argolla, que lo significaba todo para ella.
Firmaron los documentos y, oficialmente, estaban casados. No fue necesario firmar ningún documento extra en el que pusieran capitulaciones a lo que era de ella; al final, él era el hombre con el que pasaría el resto de sus días; todo lo que era de ella era también de él.
Brandon guardó el acta en su bolsillo y la besó, haciendo que su mente se olvidara de cualquier otra cosa a su alrededor.
Volvieron a la habitación e hicieron el amor hasta que el cansancio los venció y se quedaron dormidos.
Al despertar, Donna estaba sola en la alcoba; una rosa reposaba sobre la almohada del lado junto a una nota en la que su esposo se disculpaba por haber tenido que salir temprano para solucionar algo antes de la gala de la noche.
«Te amo»: esas palabras se le grabaron en lo más profundo, pero cambiaron por completo su significado.
Salió de la habitación y se encontró con todo el personal del estudio; deseó gritarles de la felicidad y anunciarles que se había casado con el amor de su vida, pero él insistió en que los primeros que se debían enterar eran sus padres cuando volvieran y estuvo de acuerdo.
Fue una labor titánica actuar como si nada hubiera cambiado.
Marie tampoco apareció en todo el día y nadie supo darle razón de ella. Fue extraño, pero no como para preocuparse o sospechar algo. Supuso que se había presentado algún inconveniente con la gala y estaría solucionándolo, así que continuó su día como si no pasara nada.
Llegó la noche y ninguno de los dos había regresado; fue a hablar con el director, pero este tampoco sabía en dónde se encontraban.
Además, todo lo relacionado con la gala había quedado listo desde el primer día y el personal del Hotel-casino Orion eran los encargados de que todo saliera como se esperaba.
Un sentimiento de inquietud empezó a instalarse en su pecho, pero la esperanza de tenerlo de nuevo a su lado y que le dijera «te amo» era lo que la hacía seguir en pie.
Comenzó la gala y, aunque sonreía ante las cámaras, por dentro se rompía lentamente.
Volvió a Los Ángeles acompañada del equipo, pero sin esposo y representante. Todos especulaban sobre un romance entre ellos y que seguro aparecerían a trabajar en algunos días.
Rota y conteniendo las lágrimas, para dejarlas salir solo cuando estaba encerrada en un lugar privado y ahogando los sollozos con la manga de la ropa, llegó a su apartamento, para encontrar una notificación del banco en la que le anunciaban que el retiro completo del dinero de su cuenta se había realizado con éxito, le agradecían por utilizar sus servicios y le ofrecían más beneficios.
Había sido engañada y trabajada por dos años, para que al final —con una firma falsa de Marie haciéndose pasar por ella y Brandon con el certificado de matrimonio en su poder—, los fondos de su cuenta desaparecieran junto con ellos dos.
Lloraba a diario contra su almohada y agradeció el no estar trabajando en ningún proyecto; así se sumió en su tristeza y decepción. Sus padres la buscaban y nunca estaba disponible para ellos. No quería admitir ante nadie que había sido engañada de semejante forma y por tanto tiempo.
Estaba débil y llegó el punto en el que vomitaba hasta el agua que tomaba. Tuvo que ir al médico y así se enteró de que estaba embarazada. ¡Embarazada del hombre que la había robado de todas las formas posibles!, pero ese bebé sería su tesoro.
Sus padres le dieron la espalda cuando les contó del embarazo; no les dijo quién era el padre ni las circunstancias en las que se había dado todo.
«Eres una idiota, arruinaste tu vida y de paso la nuestra. ¿Quién va a querer tener algo contigo teniendo un bastardo?», fueron las palabras de su madre, que le dolieron más que mil puñales.
Vivió su embarazo en Miami, lejos de todos, y donde conoció a Victoria, quien fue su único apoyo durante más de un año, para después volver a Los Ángeles.