La lista del amor (y otros desastres) ¿Sueño o realidad?
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¿Sueño o realidad?

Ximena respiró profundo; entendía a Fernando, pero no por eso se sentía más tranquila con ese compromiso; le daba miedo defraudarlos al no poder hacer las cosas de forma correcta.

Sí era una muy buena abogada, pero no tenía experiencia en temas de familia y dudaba de su capacidad para sacar el proceso adelante.

Además, tampoco necesitaba pensarlo mucho para saber que el tal Brandon Wilson, el demandante y padre biológico de Fernando, era un tipo miserable, que quién sabe a qué tipo de artimañas había recurrido para entablar semejante demanda con tales exigencias.

Ver a Fer con los ojos cargados de lágrimas y rabia la afectó. Él seguía con la carta en la mano y la había leído más de una vez, haciendo de la experiencia algo cada vez más tormentoso.

—Necesitamos hablar con tu mamá —sugirió ella y él la miró con preocupación.

—Ella no va a querer hablar de esto —aseguró y tragaron saliva con fuerza. Todo era tensionante.

Ximena tomó de nuevo la carta y pensó en cuál de los abogados del bufete podía ayudarle, pero al recordar que el encargado de esos casos era el abogado Salgado, un escalofrío la recorrió completa.

—La llamaré… —dijo Fer y con su teléfono en la mano se alejó de ella. Caminó a su habitación y se perdió en su interior.

Mientras lo esperaba de vuelta, se le ocurrió buscar algo de información en el Código Civil que la pudiera ayudar.

La silla del mesón no era la más cómoda, así que abrió de nuevo el tapete felpudo y se acomodó.

Sin embargo, Fernando se demoró tanto en su charla con su mamá que el sueño se apoderó de su cuerpo y se acostó, dejándose arrastrar por Morfeo.

Cuando él salió de su habitación, la encontró tendida en el suelo de su sala; estaba convencido de que ella se había ido a su apartamento, pero al verla se sintió culpable al notar que lo había estado esperando hasta el cansancio.

Buscó las llaves de ella en su bolso y, una vez las encontró entre todas las cosas que cargaba —y que parecía una tienda—, fue hasta ella, la levantó en sus brazos con cuidado y, haciendo el menor ruido posible, la llevó a su apartamento.

Fer casi no puede contener la risa por los ruiditos placenteros que Ximena soltaba.

Ella soñaba: iba entre nubes cálidas y suaves que la llevaban a través de un camino lleno de flores y más nubes blancas.

Se aferró con fuerza para no caerse y gemía de placer.

De repente, sintió que se caía al vacío, soltó un gritito y, cuando el rostro de Fernando apareció ante ella, lo tomó por el cuello y lo atrajo hacia su rostro.

—Te extrañé —le dijo y seguido lo besó. Se sintió plenamente feliz. Fernando desapareció ante sus ojos y se dejó caer en un sueño profundo.

Para él, todo el recorrido no había sido fácil; los sonidos placenteros y sugestivos de Ximena no habían hecho más que alterar su cuerpo y ni hablar del arrebato que tuvo cuando la puso en la cama. Lo había acercado a ella y lo besó.

Cuando los labios de ella y los suyos se unieron, un sentimiento arrollador lo atrapó; no sabía cómo explicarlo, porque era nuevo.

No le correspondió el beso; ella dormía y él no se aprovecharía de la situación, pero sí disfrutó al verla sonriente, en paz, y solo pudo soltar un suspiro desde lo más profundo de su ser.

Ximena se giró para acomodarse mejor en su cama; seguía con su hermoso vestido bordado y Fernando lo atrapó antes de que se le subiera y quedara destapada. Le quitó los zapatos y la cubrió con la colcha.

La mente masculina quedó dándole vueltas a lo que acababa de pasar, hasta que al final entendió lo que había dicho ella.

«Te extrañé». Los vellos de los brazos se erizaron ante la idea de que ella estuviera soñando con algún amor del pasado o, aún peor, que pensara en el hombre con el que se había reunido esa tarde.

—Descansa, chiquita. —Le besó la frente y se retiró de su apartamento.

Casi no pudo conciliar el sueño por pensar en el tierno beso que le dio dormida. Se sentía morir de celos al imaginarla soñando con otro hombre y que, además, lo extrañaba.

Dio vueltas en su cama por varios minutos, hasta que se durmió con la imagen de ella en su mente.

En la mañana, se apresuró en alistarse; la idea era que fueran a hablar con su mamá y que Ximena pudiera hacerle todas las preguntas pertinentes para llevar la demanda de divorcio.

Él no sabía cómo sentirse respecto a su mamá, porque, si no fuera por la demanda, no se habría enterado de que treinta años atrás hubo un matrimonio legal entre ella y el que debía ser su padre, de quien también se enteraba de su nombre.

¿Cómo pudo callarlo por tantos años? No entendía nada y, mucho menos cuando ella lo había visto llorando en más de una ocasión por no saber nada de su padre.

Decidió ir por Ximena, pero no esperó verla lista en su puerta, a punto de timbrar.

—Buenos días, chiquita —la saludó y disfrutó verla sonrojarse.

—Buenos días —respondió con timidez y él tuvo que controlar sus ganas de besarla—. Venía a agradecerte que me llevaras a mi apartamento y para recoger mi bolso. —Sonrió.

—No fue nada. —Fer le restó importancia, aunque su interior todavía se arremolinaba al recordar lo que fue tenerla en sus brazos y ni hablar del beso. Se sentía confundido. Se giró para ir por el bolso.

—¿Pudiste convencer a tu mamá? —le preguntó ella cuando lo vio volver y recibió un asentimiento por respuesta.

—Sí. Por eso vamos a desayunar y nos vamos para su casa —comentó y Ximena se puso un poco nerviosa, notándose en su garganta al tragar lento.

Fernando la tomó por la cintura, la atrajo hacia su cuerpo y la abrazó para calmarla.

—Eres una excelente abogada, sé que podrás con esto. No tengo la menor duda—. Ella levantó su rostro y sus ojos se encontraron con intensidad.

—Gracias por confiar en mí —susurró. Fernando acercó su rostro al de ella; sentían su aliento y, aunque los nervios eran latentes, ninguno se echó para atrás—. Ya hice el desayuno y venía a invitarte —comentó con voz inestable y rotó su cara hacia un lado. Fernando sonrió y la soltó.

Ximena retrocedió nerviosa y recordó su sueño de la noche, aunque por momentos había llegado a dudar de si había sido un sueño o si fue un beso real.

No era capaz de preguntarle; él no comentó nada al respecto y actuaba con normalidad cuando le agradeció por llevarla a la cama.

Supuso que todo fue producto del cansancio y su imaginación.

Se fueron en el auto de Ximena a la casa de Annette y, aunque en el camino ella le formuló varias preguntas, para Fernando fue imposible responderlas, porque no conocía las respuestas.

Eso la entristeció y sintió algo de lástima por su situación.

Sabía que generarle esos sentimientos sería algo que él odiaba, pero también los sentía por sí mismo.

Toda la situación parecía sobrepasarlo por momentos. Era doloroso no saber de dónde venía.

Llegaron a una casa gigantesca, hermosa y llena de vegetación por toda la cerca, haciéndola un lugar privado y muy exclusivo. Al detener el auto en la entrada, antes de activar el intercomunicador para anunciar su llegada, una voz se hizo escuchar:

—Buenos días, señorita. ¿Qué se le ofrece? —dijo un hombre con seriedad, pero amable.

—Alex, buenos días. Vinimos a ver a mi mamá —contestó Fer y de inmediato abrieron el portón.

—Buenos días, señor. Adelante —dijo el hombre y colgó.

A ella le llamó la atención la forma en la que el hombre le habló a Fernando, con total respeto y cortesía, aunque no se notaba tensión alguna.

Se concentró en el camino y quedó encantada con el estilo de la casa de Donna Martin.

Bajaron del auto y atravesaron un corto camino de piedra.

Observó la casa de lado a lado. Aunque no era una casa tan grande como la de muchos otros famosos, esta era hermosa, con su fachada en piedra oscura, techos rectos y metálicos, ventanales amplios y una decoración que parecía cumplir todas las reglas del feng shui .

—Buenos días, mamá —dijo Fernando y sus palabras atrajeron la atención de una obnubilada Ximena, que presenciaba, por primera vez en su vida, la casa de una famosa.

—¡Mi tesoro! —contestó Donna y caminó hacia él para abrazarlo.

—Buenos días, señora Martin —saludó Ximena, con una gran sonrisa en su rostro.

—Ay, no, cariño. Por favor, llámame Donna o Annette, como lo prefieras, pero nada de «señora Martin». Esa era mi madre —comentó mientras se acercaba para abrazarla.

Después de los saludos amenos y algunas palabras triviales, entraron a la casa. Sí: feng shui . Hermosa, relajante y elegante.

Fernando permanecía callado; sus bromas usuales brillaban por su ausencia. Era evidente lo afectado que estaba con toda la situación. Ximena se sintió tentada a abrazarlo y recordarle que en ella tenía una amiga en la que podía confiar.

No alcanzaron a sentarse en la cama cuando la señora del servicio apareció con una bandeja llena de pasabocas y cafés, que aromatizaban todo el ambiente.

—Donna, sé que esto será duro, pero necesito que sea lo más sincera conmigo, porque de esta forma podré hacerme cargo de la demanda de divorcio.

Lo peor que puede pasarle a un abogado es que su cliente le oculte información.

Ese puede ser el punto de quiebre que lleve a perderlo todo —le aclaró y la mujer asintió, aunque se notaba incómoda.

—Está bien —contestó con resignación.

—Si quiere, podemos pedirle a Fer que nos deje solas —sugirió y sintió la mirada de él clavada en su rostro. Donna lo pensó por un instante, pero al final negó.

—Creo que es hora de que mi hijo lo sepa todo sobre su padre —dijo con su mirada fija en él y sus ojos se humedecieron.

—Ese hombre no es mi padre —contestó con vehemencia—, solo fue el donador de esperma involuntario y desapareció. Debería haberlo hecho para siempre —dijo con resentimiento.

—Tranquilo. —Ximena tomó su mano entre las suyas y sus miradas se encontraron por algunos segundos, hasta que el carraspeo de Donna los hizo volver a la realidad.