La demanda
—¿Ximena? ¿Qué haces acá? —preguntó confundido y se pasó la mano por el cabello, acomodándolo.
—Vine a traerte esto —explicó y alargó la mano con el sobre.
La mujer estaba sentada en un tapete de felpa en la mitad de la sala. Apenas usaba un diminuto conjunto de ropa interior. Ximena tragó saliva y la presión en el pecho no se iba.
—Gracias. —Recibió el sobre.
—Me voy. —Sintió las lágrimas escocerle los ojos.
De repente, en la escena apareció otra mujer, también con un cuerpo escultural e igual de ligera de ropa. Ximena miró a Fernando con los ojos demasiado abiertos y se giró con prisa hacia su apartamento.
—Sigan divirtiéndose —dijo con la voz quebrada e intentó disimular.
—¿Qué? —preguntó confundido y después corrió hacia ella y la tomó del brazo, haciéndola girar—. No es lo que te estás imaginando —intentó explicarle, pero Ximena negó y se soltó de su agarre.
—No tienes que explicar nada. Es tu vida y eres libre de hacer lo que quieras —contestó con una mueca rara por sonrisa. Se apresuró hacia la puerta de su apartamento, pero él la volvió a detener.
Se intentó soltar; solo quería irse a la cama y llorar. Ni sabía por qué, porque lo que hiciera Fernando no debería afectarla tanto, pero lo hacía. Lo que pasara con su novia o conquista del momento o lo que sea, no era de su incumbencia.
De repente se sintió en el aire; él la levantó por las piernas y se la puso sobre el hombro, llevándola de vuelta a su apartamento.
—¡Fernando, bájame! —exigió, mientras agitaba sus piernas, pero no la soltó—. No me interesa lo que hagas con esas mujeres. Quiero irme a mi apartamento.
Las manos masculinas sobre sus piernas desnudas hacían que pequeñas corrientes eléctricas recorrieran su cuerpo y el corazón se le agitó. Murió de pena de pensar que él pudiera darse cuenta de lo que causaba en su cuerpo.
—No te pienso dejar ir, pensando quién sabe qué cosas de mí —dijo él, mientras la bajaba de su hombro y la dejaba en el piso de su apartamento.
Bien podía haberla dejado ir, pero, así estuviera de mal genio con ella por lo de la lista, la incomodidad de saberla pensando mal de él no lo dejaba en paz y necesitaba aclararle lo que pasaba.
Cerró la puerta y ella quedó de espaldas a las mujeres; no quería voltear. Respiró profundo, en un intento por controlar sus emociones. No entendía lo que sucedía con ella; nunca se había sentido así respecto a un hombre, ni siquiera cuando descubrió a Roman con Anastasia.
—Chicas, les presento a Ximena, mi vecina —les dijo con amabilidad, mucha para el gusto de ella, quien lo miró de reojo con los ojos entrecerrados—. Ellas son Nicky y Lety —las presentó, pero no tuvo la menor idea de cuál era cuál, porque seguía sin mirarlas.
Vecina, no amiga. Está bien , sintió como si la abofeteara emocionalmente. Buscó las fuerzas que no quería tener y se giró hacia las mujeres, con la cabeza en alto.
—Mucho gusto, la vecina. —Extendió su mano para saludarlas—. Y ya que solo soy la vecina —enfatizó esas palabras—, nada tengo que estar haciendo acá —dijo con seriedad, mirándolo fijo.
Fernando le devolvió la mirada con una ceja en alto, pero no dijo nada.
Ambas chicas le dieron la mano, aunque no parecían muy felices.
— Baby , termina de tomar las fotos, porque debemos irnos —le suplica una de ellas con voz coqueta.
Ximena lo miró, confundida, y con una seña de la mano, él le pidió que lo esperara.
—Tú, no te vas —le ordenó. Se alejó de ella y fue por una cámara fotográfica; unos focos de luz, que ella no había visto, se encendieron.
Las dos chicas empezaron a posar, algunas veces juntas, otras solas. Se cambiaron de vestuario unas tres veces, detrás de un biombo en una esquina, en donde había un armazón metálico lleno de ropa colgada.
Finalizaron.
Ximena estaba sentada en una de las sillas del mesón de la cocina, porque no había más lugar en donde hacerse. Observaba todo con confusión y su mirada se cruzó en más de una ocasión con la de Fernando, quien no le decía nada por estar concentrado con las fotos de Nicky y Lety.
—Listo, preciosas, hemos terminado —anunció mientras caminaba hacia una pequeña mesa con un portátil encima. Sacó la SD de la cámara y la pasó al computador para descargar las imágenes.
Mirando a las dos chicas con mayor calma, pudo ver que no tenían más de veintitrés años.
Jóvenes, bellas y orgullosas. Corrieron al lado de Fernando; cada una se sentó a un lado.
Tanta melosería solo hacía sentir incómoda a Ximena, que las observaba en silencio, por lo que decidió irse a la cocina y preparar algo para comer, porque sabía que, si se intentaba ir, él correría hacia ella para impedirlo.
Pan tajado, lechuga, tomate, jamón, queso, salsas: un sándwich que parecía una torre apetitosa.
Metió la cabeza en la nevera y lo único disponible para la bebida eran limones. Pues eso sería: intentar hacer una limonada como las de Fernando.
Tanta cercanía, tanta melosería, tanto arrumaco, tanto coqueteo, tanto toqueteo… Pfff, son hermosas. ¿Qué no habrán hecho más que tomarse fotos?, pensó con amargura. ¿Para qué serán esas fotos?
Terminaron de ver las fotos y se levantaron de sus asientos. Caminaron hacia la salida, ignorando a Ximena, hasta que él les abrió la puerta para que salieran.
—Adiós, Xiomara —dijo la pelinegra.
—Ximena —la corrigió con tono serio.
Fernando contuvo la risa, con lo que se ganó una mirada afilada de su vecina.
— Ciao, baby —se despidió la rubia, con un acento italiano que no se lo creería nadie, y le plantó un beso rápido en los labios.
Xime respiró profundo y les hizo un además de despedida. La misma chica con la que lo había visto antes se despidió de él con un beso en la comisura de la boca.
—Chao, preciosas. Nos estamos hablando —les despidió y guiñó un ojo.
Levantó su sándwich, se dio la vuelta en el mesón y le dio un gran mordisco. Escuchó la puerta cerrarse, pero siguió ignorando a Fernando, así como él la había ignorado la última hora.
Lo sintió acercarse por detrás, pero no lo miró, aunque sí sintió una corriente que la atravesó. Cuando menos lo esperó, lo tenía de frente, le agarró la mano con el sándwich —que hizo más por aburrimiento que por hambre— y le dio un mordisco.
—Uhm, delicioso. —Se saboreó. Al morderlo, un poco de salsa se regó y quedó en el dedo de ella, el cual agarró y le pasó la lengua.
Se quedó estática, con el corazón agitado y la respiración entrecortada.
—¡¿Qué mierdas te pasa?! —gritó furiosa al darse cuenta de lo que hacía—. Acaban de salir las mujeres con las que estabas haciendo quién sabe qué cosas —hizo un ademán restándole importancia—, en fin. ¿Y ahora te pones a coquetear conmigo?
Fernando soltó una carcajada.
—¿Nicky y Lety? —se rio—, ellas son pareja y modelos —explicó. Ella frunció el ceño, sin entender. Antes de poderle decir algo, la llevó empujada hasta la ventana, desde donde le señaló a las dos chicas besándose de forma cariñosa, antes de detener un taxi que se acercaba.
—¿No son los tríos con dos mujeres la principal fantasía sexual de los hombres? —preguntó retórica y él sonrió con coquetería.
—Yo tengo una fantasía y nada tiene que ver con dos mujeres en mi cama; de hecho, tiene que ver con una que no se fijaría en mí como buen prospecto de hombre —contestó con desdén, subiendo los hombros y siguió su camino para recoger las cosas que usaron como escenario de fotos.
—¿Me vas a explicar qué es todo esto? —preguntó ella, bajando la guardia y con deseos de entender lo que sucedía entre ellos y lo que hacían esas chicas ahí en el apartamento.
—Soy fotógrafo y estás viendo mi estudio.
—¿Fotógrafo? —refutó con incredulidad. Él la miró y asintió—. ¿Por qué no me dijiste nada?
—No me gusta que sepan de mí. Allá cada cual la idea que se haga de los demás; tampoco debo andar demostrándole a nadie quién soy —comentó con molestia y Ximena no entendió la mirada que le dio.
—Bien, entiendo… Mucho menos quieres que tu vecina lo sepa —comentó sin ocultar la indisposición en su voz.
—Ay, Ximena, mejor no sigas —susurró.
¿Qué le pasa conmigo?, pensó ella. No entendía nada.
Decidió no decir nada más, solo lo ayudó a recoger el desorden que quedó de ropa. De nuevo sus ojos se fijaron en el sobre con la notificación de demanda, que estaba sobre una mesa a la entrada del apartamento.
—¿Por qué te demandan? —preguntó y él la miró, confundido.
—¿De qué hablas?
—El sobre que te entregué trae una notificación —explicó.
—¿Lo abriste?
Negó.
—Solo reconocí la papelería. Puedes comprobar que está sellado —aclaró.
Fernando caminó hacia la mesa, tomó el sobre y lo revisó, como si no le creyera, lo que la molestó y por poco la anima a irse del apartamento.
Si se sigue comportando así, soy capaz de sacarle la explicación a pellizcos.
Abrió la carta y comenzó a leer. Cada segundo su cara se transformaba; pura rabia e impotencia se reflejaban. Ximena se le acercó lento y no alcanzó a llegar cuando él ya le extendía una de las hojas dentro del sobre.
Apenas empezó a leer, fue fácil entender por qué se sentía tan contrariado.
Era una carta de la señora Annette Martin para su hijo, en la que le pedía ayuda de alguna forma, ya que el hombre con el que se casó treinta años atrás y que es el padre de Fernando había aparecido con pruebas falsas de convivencia con ella durante todos esos años y así pedía la parte que, según él, le correspondía por el divorcio, que alega ser por diferencias irreconciliables.
Hijo, ayúdame con esto, pero ten cuidado. Él no sabe de tu existencia, así que no sé si eso sea algo a favor nuestro o de él.
Era la frase con la que cerraba la carta y lo que más la conmovió fue ver que el papel estaba lleno de marcas de lágrimas. Recordó que ese era uno de los temas de los que su mamá nunca hablaba, porque le dolía demasiado.
—Necesito que nos ayudes —dijo Fer y ella lo miró, ansiosa.
—Deberías contratar a un abogado que tenga más experiencia en estos casos. Si quieres, yo te puedo recomendar a alguno del bufete —ofreció, pero él negó con vehemencia.
—No confío en nadie más para que se encargue de algo que pueda afectar a mi mamá —dijo con molestia y apretó los puños—. ¡Ese tipo no puede recibir nada de lo que no le corresponde y, mucho menos quitarnos lo que tanto esfuerzo nos ha costado!