La lista
No fue necesario que se cambiaran de ropa; los vestidos de baño ya estaban secos sobre sus cuerpos, entonces solo se pusieron encima las prendas que habían llevado para cambiarse.
—¿Estás bien? —le preguntó ella con preocupación, pero él asintió. Le gustaba que lo cuidara, pero no deseaba preocuparla, así que solo buscaba calmarla.
—Solo fue el golpe —contestó para restarle importancia y ella sonrió.
—Ya estaba pensando cómo decirle a tu mamá que su hijo había salido a la playa conmigo y yo había regresado sola —exageró con voz trágica, haciéndolo soltar una carcajada.
—¡Exagerada! Tampoco es que te puedas deshacer tan fácil de mí. Necesitarás más que un balón para eso. —Le guiñó un ojo y las mejillas de ella se sonrojaron un poco.
—El pobre Joaquín se quedó esperando que le diera mi número —comentó, cambiando de tema, y él torció la boca—. ¿Debería buscarlo en redes? —preguntó y Fernando negó.
—No…, recuerda que no debes dar la idea incorrecta…, quedarías como desesperada —concluyó, aunque todo era una excusa, porque no le agradaba la idea de que lo buscara.
Celos… ¿En serio es posible que sintiera celos de los hombres que se le acercaron a Ximena?
Se cuestionó mientras ella conducía, cantando y tarareando las canciones que sonaban en la radio.
Observó su rostro y la vio sonreír con alegría, lo que hizo que se sintiera feliz.
Estoy jodidísimo . Tragó saliva al darse cuenta de que Ximena le gustaba y mucho.
Al llegar al edificio, dejaron el auto en el sótano y subieron a su piso; ninguno de los dos sabía qué hacer.
—Bueno, creo que te dejaré descansar del golpe. Gracias por la invitación. —Sonrió y él le correspondió de la misma forma—. Tuve un día muy agradable.
—También la pasé muy bien contigo… —dijo, mientras pensaba qué más decirle para que no se fuera todavía a su apartamento—. Mmmm, supongo que no dormiré —comentó al final y ella lo miró, confundida.
—¿Por qué?
—Dicen que después de un golpe en la cabeza no hay que dormir por unas horas, hasta comprobar que no haya complicaciones —dijo con convicción; tampoco estaba mintiendo, aunque no creía que lo suyo fuera para tanto.
—¿Te sientes mal del golpe? —Lo observó preocupada y se acercó a revisarlo de nuevo.
—Solo un poco…, me duele la cabeza y aún tengo un poco de mareo —explicó con simpleza, pero esperaba que con eso ella no quisiera alejarse de él.
—Bueno, entonces no vas a quedarte solo. —Lo tomó de la mano y lo llevó a su apartamento—. Trasnocharé contigo y como no tienes sala, nos quedamos en mi apartamento, porque quedarse despierto en la habitación es casi imposible —aseveró y entraron al apartamento femenino.
Te estás comportando como un niño consentido , se regañó, pero una sonrisa se marcó en su rostro al verla acomodar los cojines de la sala para que él se pudiera sentar con comodidad, sin quedarse dormido.
—¿Quieres bañarte? —le preguntó ella y él asintió. Se sentía pegajoso por el agua de mar que se había secado en su cuerpo; además, empezaba a sentir un poco de ardor en algunas partes irritadas por la sal.
Fernando entró al baño con la ropa de cambio que había llevado y su toalla. Todo estaba en orden, a excepción de unas pequeñas bragas negras de encaje, que cuelgan de la puerta de la ducha.
En ese momento entró Ximena como un vendaval, las agarró con prisa y salió con sus mejillas enrojecidas. Él no pudo aguantar la risa mientras ella fue directo a la zona de lavandería para dejar las bragas secando.
Tener a Fernando en su apartamento, más en su bañera, la tenía un poco ansiosa, pero de lo que estaba segura era de que no pensaba dejarlo solo después del golpe que recibió en la playa.
Revisó en su celular información respecto a las recomendaciones y, en efecto, no se debe dormir durante las siguientes ocho horas del incidente, para estar pendiente si se presenta algún inconveniente.
Ya había pasado una hora; solo quedarían siete y podían volver a la normalidad.
Varias horas pasaron desde el almuerzo, las suficientes para sentirse con hambre, pero se lamentó de no haber comprado nada de comida para preparar y su nevera y despensa seguían desocupadas.
Llamó al único lugar que conocía cerca y que sabía que hacían domicilios todos los días de la semana. Pidió un mercado básico, con todo lo esencial para no morir de hambre y uno que otro antojo que le ofrecieron.
Mientras esperaba, se sentó en la sala y encendió el televisor para buscar una película de acción o algo tan entretenido que los mantuviera despiertos, al menos, hasta el amanecer, cuando se cumplían las horas de espera.
El vigilante timbró al intercomunicador, anunciando la llegada del domicilio, y ella solicitó que se lo llevaran hasta la puerta. En cuestión de minutos ya estaba un chico en la puerta con todas las bolsas listas.
Era un hombre joven, como de su misma edad, demasiado sonriente para su gusto y que la recorrió de arriba abajo con la mirada. Ximena carraspeó para llamarle la atención, porque sus ojos estaban sobre sus senos y no en su rostro.
—Perdón…, ojalá que todas las clientas fueran tan bonitas —comentó, como si fuera normal ir por la vida soltando halagos que nadie había pedido y en circunstancias que no lo ameritaban.
—¿Cuánto es? —le preguntó cortante, al tiempo que abría su billetera para pagar, en un intento por cambiar de tema.
—Por un beso, queda gratis —dijo con descaro y los ojos femeninos casi saltan de sus órbitas.
—¡¿Perdón?! —exclamó con molestia y antes de decirle algo más, sintió cómo los brazos de Fernando la sujetaban por la cintura y la acercaban a su cuerpo, lo que generó una tensión en ella y que lo mirara sin decir nada.
—¿Todo bien, amor? —preguntó él y le dio un tierno beso en la frente, ante lo que ella asintió sin dejarlo de mirar—. ¿Cuánto hay que pagar? —preguntó con seriedad al joven, quien se notaba incómodo ante la sorpresa.
—Ehm… Acá está la factura —dijo serio. Ximena la agarró, la revisó y entregó el dinero correspondiente.
Fernando la soltó y se acercó más a la salida.
—No siendo más… —comentó y cerró la puerta del apartamento.
—Gracias por eso —murmuró ella con una sonrisa, con la que intentaba ocultar lo nerviosa que la había dejado el contacto con él y la forma en la que le había hablado.
—No fue nada, chiquita. —Le guiñó un ojo y recogió las bolsas para llevarlas a la cocina.
Organizaron todo en la alacena y la nevera y planearon lo que comerían esa noche.
—Bueno, ahora me meteré a bañar yo, pero la comida la preparamos juntos, así que ve a la sala y puedes ver lo que desees en la televisión —se apresuró a decir y se fue hacia el baño. Todavía sentía la sensación fantasma del brazo de Fernando alrededor de su cuerpo.
Deja de mirarlo. Solo hizo eso para quitarte a ese pesado de encima, además de que él ya ha dejado muy en claro que no cree en el amor , se recordó antes de entrar a la habitación.
Entró a la ducha e intentó poner su mente en blanco; necesitaba olvidar todo lo que había sucedido y solo dedicarse a disfrutar del agua sobre su cuerpo mientras se llevaba la molestia y el ardor del agua salada. Lavó su cabello tres veces; tenía más arena y sal de la imaginada.
Al salir de la ducha buscó ropa cómoda, aunque no tan ancha; por eso se decidió por una blusa de tiras y un short de jean parecido al que tenía antes.
Secó su cabello y lo dejó suelto con algunas ondas que le lucían de forma natural.
Se aplicó brillo rosa en los labios y peinó sus cejas.
Se miró al espejo y le gustó la imagen que este reflejó; así salió de vuelta a la sala.
Fernando estaba recostado en uno de los sillones, casi dormido, así que se aproximó a despertarlo.
—¡Fer, sin dormirte! —le dijo cerca del rostro, con lo que se sobresaltó un poco y sus frentes chocaron una con otra.
—¡Aush! —Se alejó ella, mientras masajeaba su frente y los dos se carcajeaban ante lo sucedido.
—Oye, pero sí que eres inteligente y tu cerebro está bien duro —bromeó él, sin dejar de masajear su frente.
—Y tú eres brutico, porque sentí el golpe como contra una esponja —le bromeó de vuelta. Mientras se carcajeaba, la tomó por la cintura y la jaló hacia él para hacerle cosquillas.
Después del ataque, ella quedó con la respiración agitada y no podía parar de reírse. Fernando la miró con los ojos entrecerrados y con una sonrisa que ella no supo descifrar, pero que lograba ponerla nerviosa.
A Ximena le volvió a sonar el estómago; ya había pasado una hora desde que dijeron que harían algo de comer. Apenas Fernando lo escuchó, se levantó del sillón y le extendió la mano, invitándola a levantar.
—Vamos a comer o te vas a desmayar —exageró con voz trágica y ella le correspondió con un puchero dramático.
Comieron unos sándwiches con una limonada refrescante de las que a él tanto le gustaba preparar y después volvieron a la sala a ver televisión, aunque no parecía ser tan buena idea, porque se caía del sueño.
—Creo que deberíamos hablar de algo… —sugirió, pensativa, y él le prestó atención mientras apretaba los ojos, en un intento por alejar la molestia del sueño.
—Puedes contarme historias tuyas de cuando eras pequeña —dijo sonriente, y, aunque le daba un poco de vergüenza contarle esas cosas, se sintió en deuda con él por lo hablado la noche anterior.
Le contó algunas de las travesuras que hizo con su prima cuando eran unas niñas; entre las anécdotas, una que destacó fue cuando le cortaron el pelo a la niña que les caía mal en la escuela.
—[…] Era una pesada y cada vez que podía se burlaba de los más inteligentes del curso; entre esos estábamos nosotras —dijo con orgullo—, así que, un día, Allison tomó las tijeras y mientras dormía le cortó una de las dos trenzas que le colgaban de la cabeza.
Después yo defendía a mi prima y no la castigaron porque no había forma de demostrar que ella había sido la que le cortó el cabello.
Fue la única vez en mi vida en la que defendí a alguien culpable, pero me sirvió para que mi interés en el Derecho empezara y ahora estoy acá.
—Terminó de contarle con una sonrisa avergonzada mientras él la miraba con los ojos abiertos.
—¡Qué miedo! Creo que desde ahora empezaré a usar gorros cuando esté contigo y dormiré con un ojo abierto —se burló y se tapó la cabeza con las palmas de sus manos.
—No seas dramático; además ya te dije que no fui yo la que se lo cortó. —Volteó los ojos.
Fernando continuó con las bromas de cada una de las historias que Ximena le contaba, hasta que un mensaje los interrumpió.
—Perdona… —Se excusó ella para revisar con rapidez, pensando que era algún cliente del bufete, que no sabía respetar los horarios laborales y de descanso.
Sam: Perdón por molestarte en domingo, pero necesito un dato con urgencia. Estoy terminando de alistar los documentos de mañana a primera hora y entre mis apuntes no encuentro el código de John Thompson.
Por un momento se quedó pensando en el mensaje de su amiga y colega, intentando recordar en dónde tenía anotado ese dato. Después de revisar varios correos posibles y no encontrarlo, se levantó para ir en búsqueda de la libreta en la que anotaba casi todo. Era su última esperanza.
No demoró en volver a la sala con la libreta, buscó página por página hasta encontrarlo y le contestó con prisa el mensaje a Sam.
Sin pensarlo mucho, dio con la hoja en la que había escrito la lista de exigencias con las que debía cumplir un hombre y la lista de por qué Fernando no aplicaba; sin embargo, eso la hizo torcer la boca.
Su vecino seguía siendo un hombre lleno de misterios que quería descubrir y ya no parecía tan malo como al principio.
Esa hoja debo arrancarla y quemarla , concluyó. Dejó la libreta sobre la mesa y retomó la conversación con su somnoliento compañero de trasnocho.
Fernando la observaba con un poco de culpabilidad al verla luchar contra el sueño, con tal de acompañarlo durante las horas de cuidado. Le daba vueltas al contenido del pocillo con café muy negro y sin azúcar en sus manos: un intento más de ella por mantenerlo alerta.
Cuando Ximena se levantó un momento para ir al baño, él dejó el pocillo en la mesa; ya no quería más café, pero empujó la libreta y esta cayó en el piso, abierta en una página que fue imposible ignorar desde donde estaba.
La lista de características que debe tener un hombre para cortejarla hizo que un nudo se le apretara en la garganta al darse cuenta de que no tenía ni la más remota oportunidad con ella; de hecho, parecía ser que ella tenía una idea muy clara de él.