La lista del amor (y otros desastres) En la playa
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En la playa

Fernando abrió los ojos con lentitud y sintió un leve dolor en su brazo derecho, como si fuera un calambre que le pasó por todo lo largo de la extremidad, que lo hizo despertar.

Todavía se sentía cansado, pero la noche ya había llegado a su final; el sol empezaba a salir y lo supo, porque la habitación ya no estaba en completa oscuridad.

Ximena estaba acostada a su lado, con la cabeza sobre su brazo; era la culpable del calambre. Intentó salir de la cama sin despertarla, pero al moverse, ella soltó un quejido, se reacomodó y liberó el brazo, que de inmediato le empezó a doler por el retorno de la sangre.

Se levantó con cuidado de la cama; no recordaba el momento en el que se durmió.

La ropa le incomodaba y envidió la comodidad de la ropa que su vecina llevaba; al final, ella estaba con ropa deportiva para estar en casa y él estaba vestido a la altura de una cita con la mujer más importante de su vida.

La hebilla del pantalón lo estaba torturando.

Caminó con lentitud al baño, intentando no hacer ruido. Desocupó su vejiga, lavó sus dientes y antes de lavarse la cara y salir de nuevo, decidió darse una ducha rápida, pero que le espantara el cansancio y la incomodidad que sentía por todo su cuerpo.

Mientras el agua caía sobre su espalda, recordó todo lo que le había contado a Ximena y se sintió sorprendido de haberse abierto así ante ella; se había sentido en confianza de contarlo todo y soltar eso que lo carcomía lentamente.

Siempre dolería, de eso estaba seguro, pero algo había cambiado, se sentía más liviano.

Había llorado delante de ella y en vez de recibir burlas o que les quitara peso a las cosas, ella lo había apoyado y con ese abrazo a su cuerpo, también había abrazado su alma.

Deseó pasar el día con ella, hacer algo como amigos que eran, además de que necesitaba reivindicarse con ella por todas las veces que se pasó de intenso y fastidioso.

Se le ocurrió aprovechar ese domingo para cambiar de panorama y disfrutar.

Se puso una pantaloneta de baño, una camiseta y un pantalón azul claro encima.

De forma sorprendente, Ximena seguía dormida sobre la cama; entonces decidió volver a su lado y acostarse. La esperaría hasta que se despertara para proponerle irse a la playa, que, aunque la tenían muy cerca, posiblemente era el lugar que menos visitaban.

Observó lo bonita y angelical que se veía al dormir; sonrió al imaginarla en el juzgado. Debe parecer una fiera , pensó, y tuvo que contener la risa.

Ximena empezó a abrir los ojos y bostezó tan fuerte que se rio.

—Buenos días, chiquita —la saludó y notó la confusión de ella al notar que no estaba en su habitación, cuando saltó hacia el borde de la cama y lo miraba con ojos muy abiertos.

Se miró el cuerpo, quería comprobar que estuviera vestida y él contuvo una carcajada y, así ella se pusiera de mal genio, la lengua le picaba por hacer un comentario al respecto.

—Ufff, hicimos el amor hasta caernos desmayados y te vestí para que no lo supieras —comentó con una mezcla entre seriedad e ironía, que la confundió aún más. Su rostro era un poema y Fernando no aguantó más la risa.

—¡No te rías! —gritó ansiosa—. ¿De verdad tú y yo…? —preguntó a medias, mientras que con el índice los señala a los dos.

—¡Nooo! ¡Por Dios! ¿En serio lo estás pensando? —Frunció el ceño y sus mejillas se tornaron coloradas.

—Pero es que tú no tienes la misma ropa de ayer —susurró ella y lo miró con vergüenza.

—¡Porque me acabo de cambiar! —Volteó los ojos—.

Antes de que digas más estupideces, te propongo que vayamos a la playa.

—El cambio de tema generó un brillo en los ojos de Ximena, en especial cuando escuchó la palabra «playa».

Sonrió y se levantó tan rápido de la cama que volvió a caer sentada ante el mareo.

—Uy, se me movió el piso —se excusó y cuando quedó estable, retomó su camino hacia la salida de la habitación—. Supongo que me iré a alistar a mi apartamento y nos vemos en un momento —comentó y él negó. Ella lo miró con confusión.

—Mientras te arreglas, yo prepararé algo para desayunar en tu apartamento —aseguró y ella torció la boca.

—No hay comida —dijo avergonzada.

—Pero acá sí. —La tomó de la mano y la llevó a la cocina—. Toma lo que te provoque y lo llevamos a tu apartamento —propuso y ella asintió; además ya tenía más que claro que ella era mucho más organizada y él no tenía ganas de organizar luego.

Preparó unas tortillas rellenas de vegetales y proteína, acompañadas de fresas y uvas, jugo de naranja natural y café con leche.

Se sentó en la mesa para esperarla a que saliera de su habitación y no demoró en llegar vestida con un jean de talle clásico, una camisa roja ligera, sandalias azules, maquillaje natural y su cabello suelto.

Fernando no pudo reparar en cómo iba, pero lo que más le gustó fue su bonita sonrisa. Ese era su mejor accesorio.

— Wow , te ves bella —la halagó y las mejillas de ella se tornaron carmesí. Desvió la mirada y mordió su labio inferior.

—Gracias…

—Desayunemos y nos vamos —cambió de tema para evitar la incomodidad entre ellos.

Desayunaron casi sin pronunciar palabras; ella disfrutaba cada bocado de la deliciosa comida preparada por su vecino/amigo y él no dejó de mirarla hacerlo.

Se veía contenta, lo que le agradó mucho y le afianzó los pensamientos respecto a la noche anterior: su amistad se había fortalecido y habían conocido partes de ellos diferentes a las que dejaban ver constantemente.

Se fueron relajados en el auto de ella; dejarían en el interior algunas de sus pertenencias, así podían disfrutar sin estar cuidando las cosas o estar pendientes de los amigos de lo ajeno.

Subieron al mirador exclusivo de las playas de Santa Mónica, lugar que le gustaba mucho a Fernando. Se quitó la ropa con prisa y quedó en pantaloneta; el mar parecía llamarlo con ansias y él moría por sentir la brisa, el sol, la arena y el agua contra su piel, haciéndolo sentir libre.

—Adelántate y ya voy para allá —dijo ella, todavía entre el auto. Necesitaba cambiarse y dejar todo en orden.

Fernando se apresuró hacia la playa para apartar una carpa con sillas; el clima era perfecto para tomar un poco el sol y no quemarse.

Entabló una conversación con el hombre de la carpa del lado; los temas no fueron nada profundos, solo el clima y la playa en la que estaban.

Como aún era temprano, no había mucha gente, haciendo del momento algo perfecto para alejar la mente de los asuntos del trabajo y disfrutar el domingo.

Uno de los chicos encargados de atender a los bañistas en el lugar se tropezó por estar con la mirada fija en otro lado, diferente al camino por el que iba.

Fernando se apresuró a ayudarlo a levantar todas las toallas; sin embargo, el chico no dejaba de mirar al mismo lugar.

No era solo él, sino que otro hombre joven parecía tener toda su concentración en el mismo punto.

La curiosidad hizo que Fernando girara a observar. Tragó saliva y respiró profundo.

Le era imposible negar que Ximena era una mujer joven, hermosa y que atraía las miradas por donde pasaba, pero su naturalidad es lo que impactaba a todos.

Ella caminaba hacia él, usando un vestido de baño strapless enterizo negro; se veía de infarto y usaba las mismas gafas oscuras con las que siempre iba por la calle.

Ximena observaba a todos, parecía buscar algo entre la gente; entonces él levantó la mano y la agitó. Esa acción hizo que el chico lo observara con la mirada desencajada.

Apenas lo vio, ella sonrió y se apresuró para llegar a su lado; solo los separaban algunos metros.

—¿Tú la conoces? —preguntó el chico con asombro y asintió.

—Es mi compañera —contestó, con la esperanza de que dejara de preguntarle cosas, pero no parecía muy convencido con la respuesta que le habían dado.

—¿Eso significa que es tu novia? —preguntó con cara larga.

—Perdón, ¿interrumpo? —se excusó Ximena al llegar a su lado.

—No, para nada —contestó el chico con aires de galán—. Solo me estaban contando si tienes novio —dice de forma directa. Las mejillas de la joven se tornaron rosadas y a Fernando le dio ternura ver lo tímida que era para algunas cosas.

Ximena se rio.

—No tengo novio. —Sonrió y él tragó saliva al darse cuenta de que no solo la escuchaba el chico, sino que el otro hombre parecía estar muy atento a su respuesta.

—¿Te puedo invitar a salir? —le dijo el joven, tomando por sorpresa a Fernando, quien lo miró con asombro, agarró la pila de toallas y se las puso en las manos al chico, obligándolo a tomarlas.

—Deberías seguir con tu trabajo y nosotros vamos a disfrutar de la playa.

—Lo empujó con disimulo, ante lo que el chico solo pudo despedirse de Ximena con un estirón de cuello y ella le correspondió con un pequeño movimiento de mano—.

Qué pesado, ¿no? —comentó, ocultando la incomodidad que había sentido ante la actitud del intento de «don Juan»—.

Ni siquiera preguntó tu nombre y sí te invitó a salir —comentó con una ceja levantada y ella levantó los hombros con indiferencia.

Se quedó en silencio algunos minutos; con la mirada fija en las olas suaves, se escuchaban las aves que surcaban el cielo.

Se veía tan tranquila que Fernando sacó su celular para tomarle una foto, pero en ese momento ella se giró hacia él.

Paralizado, esperando su reacción, esperó, pero a diferencia de lo que imaginó, ella posó con alegría, cubrió un poco su rostro con la mano y la imagen captada por la cámara fue mejor que cualquier otra que pudo haberse imaginado.

Después de varias fotos en diferentes posiciones, se acercó a él para verlas en la pantalla; su perfume inundó las fosas nasales de Fernando y este respiró profundo.

Un escalofrío recorrió su cuerpo, al tiempo que una ráfaga de viento corrió por su lado, levantando arenas y haciéndola esconder el rostro contra el pecho masculino.

—Perdón. —Se rio, avergonzada.

—No pasa nada. Tranquila. —Sonrió él y acarició la larga cabellera antes de que se incorporara y siguieran viendo las fotos.

Cada fotografía la emocionaba más y más; en todas había algo que le gustaba; además, se veían muy naturales.

—¡Deberías ser profesional! —sugirió alegre y él levantó los hombros.

—Solo es algo que me gusta —comentó.

—¡Eres muy bueno! —lo corrigió.

Cuando terminaron de ver las fotos, ella decidió irse un rato al mar; él, en cambio, se quedó en la silla, tomando un poco más de sol y con la cabeza un poco pesada, porque tenía a Ximena dándole vueltas. No lograba comprender lo que le pasaba.

Al mirar hacia el mar, vio que el hombre que estaba cerca de ellos se encontraba junto a ella y conversaban alegres. Le entraron unas ganas incontenibles de entrar a nadar; se levantó de la silla, escondió su celular bajo esta y se fue con prisa hacia Ximena.

—¡Decidiste entrar! —dijo emocionada y se lanzó hacia sus brazos para abrazarlo.

—Claro, chiquita…, no pensaba dejarte sola. —Le guiñó un ojo y ella rio.

—Mira… —hizo una pausa para llamar la atención del hombre—, él es Joaquín y también vino de improviso —comentó.

A cambio de una presentación formal, ambos se estrecharon las manos con fuerza y, aunque se sonrieron, la tensión entre ellos era palpable en el ambiente y sus sonrisas tenían todo, menos sinceridad.

Poco a poco la gente llega a la playa; de la nada aparece una cancha de voleibol en la mitad.

Parecía que quienes se alistaban para jugar eran los amigos de Joaquín, porque al llegar fue al primero que saludaron y nos estaban invitando a jugar.

Fernando aceptó después de que Ximena lo hubiese hecho.

Ella estaba emocionada; nunca había jugado voleibol de playa, pero en la escuela jugaba el normal y, al parecer, lo disfrutaba mucho.

Los capitanes escogieron a sus jugadores y, como Joaquín era uno de ellos, eligió a Ximena para su equipo y se aseguró de que Fernando quedara en el equipo rival y le daban ganas de partirle la cara cada vez que apuntaban un punto, porque con la emoción del momento siempre aprovechaba para acercársele a ella y abrazarla o hablarle al oído.

La idea era pasarla juntos, relajados, pero no me estoy sintiendo nada relajado , pensó en la mitad del partido y, por no estar concentrado, lo siguiente que sintió fue un golpe en la cabeza que lo lanzó directo al suelo y quedó aturdido.

—¡Fernando! —gritó Ximena y corrió hacia él.

Ella tomó su rostro con cuidado para revisar que no estuviera herido y una sonrisa de idiota golpeado y casi desmayado se apoderó del rostro de Fernando cuando la vio preocupada sobre él.

—Deberíamos irnos —susurró él en tono muy bajo y ella estuvo de acuerdo.

Los ayudaron a llegar al auto y cuando Joaquín estaba por pedirle el número de celular y poder hablar luego, Fernando soltó un quejido que la hizo correr al auto y emprender la huida al apartamento.

Se puso feliz porque iba a ser el centro de atención femenino, aunque en el fondo se sentía un poco culpable.