La lista del amor (y otros desastres) Cuando pequeño
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Cuando pequeño

—Nadie puede saber de mí —dijo con seriedad y la miró fijo.

—¿Por qué? —le preguntó ella con total confusión.

—Mi mamá ha pasado por muchas cosas y, el hecho de que le salga un hijo de treinta años no sería nada bueno para su reputación —comentó, pero eso no aclaró la duda que ella tenía de por qué lo habían mantenido en silencio por tanto tiempo.

Fernando caminó hacia su habitación y ella no sabía qué hacer, si irse o seguirlo. La alegría que había estado presente antes se había esfumado por completo y él se veía afectado, cabizbajo y por poco se le podían ver los engranajes de su cerebro dando vueltas con pensamientos o recuerdos.

Al final, Ximena decidió ir tras él y ofrecerse como la amiga a la que le podía contar las cosas con total confianza. Cuando llegó a su habitación, lo encontró sentado en el borde de la cama, con el rostro hundido entre las manos y los codos en sus rodillas.

—¿Qué pasa? —Se acercó a él y se sentó a su lado. Dudó en consolarlo y al final puso su mano en su espalda para empezar a frotarlo.

—Siempre me pasa lo mismo después de verme con ella —dijo en tono de disculpa.

—No entiendo nada… Estabas feliz, sonriente, y cuando ella se fue cambiaste por completo —comentó sin dejar de frotar su espalda.

—Ella es la mejor mujer del mundo, la única persona con quien en verdad he contado y a quien no pude ayudar en muchas ocasiones —soltó entre sollozos, lo que la hizo quedar paralizada, sin saber qué hacer.

Ximena respiró profundo y pensó en sus siguientes palabras.

—Si quieres contarme, soy toda oídos. Estoy segura de que jamás has hablado con nadie de esto y necesitas sacarlo —ofreció con calma y cuando lo vio asentir, una sonrisa comprensiva se marcó en sus labios.

—Bien, pero no sé qué contarte… —dijo pensativo—. Creo que empezaré por el principio. —Unas lágrimas cayeron por sus mejillas.

Ella sentía un nudo que le apretaba el pecho al verlo así. Era algo que nunca había imaginado y, mucho menos con su forma de ser tan descomplicada, bromista y alegre.

—Yo era apenas un niño y no entendía bien lo que sucedía, solo veía a mi mamá ir y venir entre mucha gente y a mí me dejaba en un cuarto, rodeado de juguetes y algo para colorear o pintar, mientras ella trabajaba.

»Victoria era una mujer que trabajaba con mi mamá; no sabía en qué, pero era la que se encargaba de entrar a verme cada cinco minutos y se aseguraba de que estuviera bien.

Siempre me recalcaban que no le abriera a nadie; no daban explicaciones y tampoco es algo que un niño de cinco años pidiera, solo obedecía y ya.

—Levantó los hombros con indiferencia y ella asintió.

—¿Era la asistente de tu mamá? —preguntó la joven y él asintió.

—Sí, pero yo creía que era mi niñera y que no le gustaba estar conmigo.

—Se rieron—. El caso fue que empecé a crecer y comprendí que mi mamá era una actriz famosa, pero que, por el bien de ambos, nadie debía verme.

Todos hablaban de una tal Donna y yo solo conocía a mi mamá como Anette.

Supongo que esa fue la forma que tuvo para separar las cosas.

»Cuando mamá acababa de grabar, iba al camerino, en donde me encontraba, y dejaba de ser esa mujer elegante a la que pude ver pocas veces en pantalla, nada de escenas románticas, «porque no eran apropiadas para mi edad» —aclara divertido con una mueca que la hizo reír—.

Menos mal que no vi eso, porque habría sido extraño.

En casa éramos solo nosotros dos; la palabra «papá» era tan lejana a mí que pensaba que era algo inventado en la televisión.

—¿Conoces a tu papá? —preguntó con curiosidad, pero él negó.

—Eso parece que fuera secreto de Estado —torció la boca—, no sé lo que pasaría con eso, pero mi mamá nunca ha querido hablar sobre ese tema. Supongo que sufrió mucho y creo que todavía le duele…

»Ante la sociedad yo era el hijo de Victoria, quien me cargaba, llevaba de la mano y consentía siempre que estábamos en público; aunque en la privacidad de un espacio cerrado, Annette Martin era la mamá más atenta, tierna, cariñosa y comprometida en que a su «pequeño tesoro», como me decía, nunca le faltara nada.

»Recuerdo que algunas noches la escuchaba llorar en su habitación, pero me hacía el dormido o, algunas veces, hacía ruidos de pesadillas para que ella dejara de llorar y así, poderme acostar a su lado.

—Ella pensaba que te consolaba, cuando de verdad lo hacías tú —dijo Ximena, con sus ojos llenos de lágrimas ante la emoción de escucharlo.

—Era lo único que podía hacer. —Una sonrisa pequeña y casi imperceptible se marcó en su rostro.

»Creo que la fama y ser una madre en secreto la afectaron emocionalmente, que llegó al punto de caer en las mentiras de uno de los directores de cine más importantes de la época —tensó la mandíbula y apretó los puños, dejando ver que eran recuerdos desagradables—.

Eliot Green se empezó a acercar a ella, como un lobo disfrazado de oveja; todo parecía perfecto al inicio, las flores, los chocolates, las atenciones y todo tipo de regalo costoso se volvieron el día a día.

Mi mamá se enamoró de él, perdidamente. Recuerdo que Eliot se quedaba en casa con ella, pero empezaron las discusiones llenas de gritos que me obligaban a encerrarme en mi habitación y me refugiaba en mis dibujos, al igual que lo había hecho siempre.

Me quedaba dormido llorando en mi cama y muchas veces desperté con mi mamá abrazada a mi cuerpo y la puerta de mi habitación cerrada con seguro.

—¿Le pegaba a tu mamá? —preguntó con preocupación y cuando él asintió, una presión se instaló en su pecho.

—Yo no escuchaba o, no lo recuerdo. —Se limpió una lágrima que resbalaba por su mejilla—. Mi mamá empezó a usar gafas oscuras y grandes…

—Para ocultar los golpes… —susurró y él asintió de nuevo.

—Algunas veces, así hiciera un día soleado, ella iba con ropa de mangas largas y pañoletas que le tapaban desde el cuello hasta los dedos de las manos. ¡Era un malnacido y yo no hacía nada! —dijo con tanta rabia, que ella pegó un salto en la cama.

—Tú no podías hacer nada —dijo apresurada—, apenas eras un niño de ¿seis años?

No te puedes echar encima una carga que no te correspondía, Fernando.

—La miró fijo y ella lo jaló hacia sí para abrazarlo.

Necesitaba que se diera cuenta de que no tenía sentido que se culpara por lo que ese tipo le hacía a su mamá.

—¡Abusaba de ella! —gritó desgarrado y empezó a llorar mientras ella lo contenía en sus brazos—.

Eso lo entendí años después, cuando volvían los recuerdos de sus gritos, el llanto, los abrazos que me daba al otro día.

Fue tanto el horror que vivió a diario y del que me quiso alejar, que encontró refugio en la bebida y creo que también en una que otra sustancia ilegal.

»Un día estaba tan ebria que tuvo un accidente automovilístico grave, en el que dos personas salieron heridas.

La detuvieron y ese fue el gran escándalo de la época.

Lo que no se supo fue que, mientras le hacían la prueba de alcohol, uno de los policías notó los moretones que intentaba cubrir.

Por un lado, ella fue enviada a rehabilitación y el desgraciado de Eliot fue apresado por violencia y maltrato intrafamiliar —comentó con la cabeza gacha—.

Supongo que hubo mucho dinero de por medio, para que ese tipo de detalles no salieran a la luz y así yo seguí en secreto.

—¿Qué pasó contigo? —le preguntó preocupada por lo que pudo haber pasado con un niño tan pequeño y lejos de su mamá.

—Cuando mi mamá fue enviada a rehabilitación, a los primeros a los que llamaron creo que fueron mis abuelos, pero volvieron a darle la espalda, al igual que lo hicieron cuando ella quedó embarazada, así que terminé viviendo con Victoria, en su apartamento elegante y con muy poco ambiente hogareño… , solo fueron tres meses.

—Debió ser horrible…

—Recuerdo que lloraba todas las noches y pedía ver a mi mamá, pero solo la dejaban visitar una vez a la semana y solo veinte minutos. Lo único bueno de todo eso fue que Eliot no se volvió a acercar a nosotros.

—¿Alguna vez te pegó o se atrevió a hacerte algo más? —preguntó temerosa de la respuesta que pudiera darle. En su trabajo había tenido que hacer preguntas incómodas muchas veces, pero en esta ocasión se sentía diferente.

—Solo una vez intentó pegarme, pero mi mamá se atravesó como una fiera a defenderme…, pero fue ella la que terminó llevándose los golpes. —El corazón de Ximena se apretó, pero también sintió un alivio al saber que no lo había lastimado físicamente.

»Recuerdo que me hacía algunos comentarios con los que me entristecía; ese era su objetivo. Se aprovechaba de que fuera un «bastardo» y se encargó de que supiera lo que significaba la palabra «papá» y después decía cosas para que supiera que ni mi propio padre me había querido.

—¡¿Pero qué mierda tenía ese desgraciado en la cabeza?

! —gritó Ximena, sin contener la rabia que le producía el imaginar a una basura como esa, que se regocijaba con el dolor que le ocasionaba a un pequeño, que jamás le había hecho daño alguno.

Fernando hizo una mueca con la que demostraba la misma confusión, porque era imposible comprender la forma de actuar de ese hombre… , si así se le podía decir.

Ninguno de los dos supo en qué momento terminaron recostados sobre la cama, uno frente al otro y mirándose con honestidad.

—Gracias por contarme todo. —Le sonrió con tristeza, mientras sentía un nudo en la garganta y contenía las lágrimas para no ponerse a llorar.

—Gracias por escucharme. —Se acercó al bonito rostro femenino que tenía en frente y depositó un beso en su frente.

Se quedó dormido con rapidez, estaba cansado y, antes de que Ximena se pudiera levantar para irse a su apartamento, él lanzó un brazo por encima de su abdomen y la aferró contra su cuerpo.