Conociendo a Annette Martin
Se quedó sentada en la mesa del restaurante y se puso a hacer un recuento de lo desastrosas que habían sido sus citas hasta el momento.
Soltó un suspiro y siguió deleitándose con el plato que tenía al frente, mientras que una de las meseras del lugar se acercó y observaba el espacio vacío frente a ella.
—¿Puedo recoger? —le preguntó con confusión al ver el plato de Leopoldo casi lleno.
—Sí, adelante. No volverá —contestó de forma monótona y la chica la observó con lástima.
Lo que me faltaba . Tomó otro bocado de su plato y le mostró a la mesera que se encontraba bien con la partida de su acompañante.
Pidió un postre, que no la decepcionó en absoluto; estaba delicioso, al igual que el resto de la comida, y de nuevo tuvo que pagar toda la cuenta, aunque en esta oportunidad no le disgustó tener que hacerlo, ya que Leopoldo había corrido tras el amor y no se escondió detrás de un muro cual tacaño de campeonato.
Antes de volver a su apartamento, decidió dar una vuelta por la zona, hacer la digestión o tendría que devolverse rodando.
Cerca del restaurante encontró un parque lleno de niños jugando y algunas parejas de enamorados estaban en las bancas alrededor de la zona de juegos.
Se le instaló un nudo en el pecho al recordar las veces en las que compartió momentos así con Roman, en los que imaginaba que su relación era perfecta, que estarían juntos toda la vida y él la amaría tanto como ella lo amaba a él.
Maldito Darcy…, no solo me rompiste el corazón, sino que ahora no consigo alguien que de verdad me ame . Limpió con rabia una lágrima en su mejilla y decidió volver por su auto para irse a casa.
Después de dejar su auto en el sótano del edificio, se fue directo hacia el ascensor, pero este no se movía del primer piso, sin importar cuántas veces apretara el botón para llamarlo. Al final fue hacia las escaleras y agradeció no vivir en el último piso.
—¿Eres tú el que tiene el ascensor retenido? —le preguntó a Fernando al verlo llegar con varias bolsas llenas de mercado. Las deja en el interior y sale por más, mientras el vigilante le ayuda a sostener la puerta y bloquear el sensor para que no se cierre.
—Sí, perdón… —contestó agitado.
—¿Cocinarás para todo el edificio? —preguntó ella al estirar la cabeza al interior del ascensor y ver todo el suelo lleno de bolsas. Fernando soltó una carcajada y negó.
—Vendrá mi mamá a visitarme y, la verdad, es que no he podido definir el menú, entonces compré todo lo necesario para las opciones que tengo —contestó avergonzado, mientras frotaba su nuca con la palma de su mano.
—¿Deseas ayuda? —preguntó ella, y, aunque notó un poco de duda en el rostro masculino, al final aceptó.
Subieron a su piso y entre los dos llevaron las bolsas hasta la puerta del apartamento de Fernando.
Ella se quedó esperando a que abriera la puerta, pero lo vio dudar y no pudo evitar pensar en el desorden que pudiese tener adentro y que por vergüenza no quería que lo viera, así que se despidió y se fue hacia su apartamento.
—Si quieres, te espero acá a las cinco —sugirió él y ella asintió. Tendría dos horas para descansar y alistarse.
Ximena timbró en el apartamento de su vecino y esperó a que le abriera la puerta. Apareció vestido con una camisa azul oscura, un jean y unos zapatos claros, que le dan un aspecto elegante casual.
—Bienvenida a mi apartamento. —Se hizo a un lado y se ve mucho más amplio que el de ella, aunque eran del mismo tamaño. Las zonas en las que deberían estar la sala y el comedor están vacías, sin ningún mueble ni adorno. Lo único son las cortinas dobles en las ventanas.
—¿Tus muebles? —preguntó ella con el ceño fruncido y él soltó una carcajada, al tiempo que levantaba los hombros con diversión.
—No tengo… —Se giró hacia la cocina; ella fue tras él y observaba con detenimiento las paredes, a ver si tenía de esos muebles plegables que se esconden, pero no.
La cocina es muy amplia, tiene todo tipo de utensilios para preparar cuanta cosa se le ocurriera, lo que la hizo sentir culpable por tener tan pocas cosas en su cocina y, sin embargo, él la usaba.
Debatieron por más de veinte minutos lo que iban a preparar, hasta que al final se decidieron por unas papas fritas al estilo Foster’s Hollywood, con salsa ranchera y una ensalada verde.
Fernando empezó a sacar todas las cosas de la nevera, pero Ximena lo detuvo a tiempo, antes de que la cocina se volviera un desorden.
—Deja de sacar cosas que ni vas a utilizar y organiza tus ideas antes —le dijo mientras le hacía una seña con sus manos para que se detuviera—.
Esto no lo necesitamos, así que no entiendo para qué lo sacas.
—Le mostró una caja de harina—. Esto es azúcar pulverizada y, a menos que vayas a hacer un postre, no debería estar afuera.
—Guardó el otro recipiente en la alacena.
—Perdón —dijo entre risas—, la verdad es que mi cerebro no funciona; tengo que buscar cosas específicas, por eso saco todo y al verlas, sé lo que voy a utilizar. —Se pasó la mano por el cuello.
—Déjame sacar las cosas a mí —le pidió ella y, antes de empezar a buscar las cosas para las patatas, guardó todo lo que no iban a necesitar o que usarían después.
Ella se sentía como la sous chef ; le alcanzaba todos los ingredientes y ayudó a picar lo que se necesitaba.
Aprendió a preparar el platillo del día, porque, aunque lo había comido varias veces, no tenía idea de cómo se preparaba y tampoco recordaba haberlo comido en casa.
Era la oportunidad perfecta para aprender.
—No demora en llegar mi mamá —dijo emocionado al mirar el reloj. A ella le pareció una reacción muy bonita esa ilusión de tener a su mamá en casa.
—Bueno, ya está todo listo, así que creo que me iré para que tengan una velada agradable; además, imagino que hace mucho tiempo no se ven —comentó Ximena y se fue caminando hacia la salida.
—Si quieres, te puedes quedar —ofreció él, pero se negó.
—No. Es tiempo de madre e hijo, así que me voy. Además, tengo cosas que hacer. —Le guiñó un ojo y salió hacia su apartamento.
Ximena no tenía nada que hacer, solo había mentido para que no insistiera en que se quedara con él, pero no sabía qué hacer. Bostezó y se fue a la cocina a ver qué podía comer.
Nada… , hizo una mueca después de revisar su nevera y despensa.
Agarró las llaves de su apartamento, se puso un saco ligero para salir a algún restaurante cercano y poder comer algo.
Bajó en el ascensor y no vio al vigilante en su puesto, lo que se le hizo extraño.
Salió del edificio y empezó a caminar por la acera, hasta que se chocó de frente con una mujer muy elegante, pero no le vio el rostro, porque iba muy concentrada en su celular, revisando en internet los locales del área y el tipo de comida que ofrecían.
—Perdón —dijo la mujer y con eso Ximena subió la vista, pero se quedó completamente muda.
¡AAAAAAAAAH! ¡Es ella, acá, en mi edificio! , pensó y gritó internamente, aunque por fuera parecía una estatua, por completo pasmada.
—Oye, ¿estás bien? —le preguntó y llamó su atención al agitar la mano frente a su rostro. Ximena parpadeó y tuvo que agitar su cabeza, a ver si lograba reaccionar.
—Sí. Estoy bien. —Sonrió—. Eres tú… —dijo con asombro y la mujer rio mientras asentía.
—Bueno, fue un placer chocar contigo —se despidió y continuó por la acera.
Por eso fue tan importante Sam cuando llegué a Los Ángeles, porque estando sola antes de algún famoso, no hago más que pasar vergüenza , pensó y se dio una palmada en la frente.
Llegó al restaurante de comidas rápidas más cercano; se sentía muy emocionada por su encuentro con una mujer tan famosa, que le dieron ganas de gritarlo, pero por lógicas razones no lo hizo.
Pidió para llevar una hamburguesa con papas y refresco, porque pensaba comérsela metida entre la cama.
Aunque primero pasaré por donde Fernando y le contaré de mi encuentro, así después sigo para mi apartamento , concluyó.
Al volver al edificio, saludó al vigilante, quien estaba muy entretenido, conversando con una jovencita que ella no había visto antes. Los miró con ojos entrecerrados y contuvo la risa al ver cómo coqueteaban el uno con el otro, como si nadie se diera cuenta de lo que pasaba entre ellos.
Subió a su piso, pero fue con rapidez a la puerta de Fernando. Timbró y después se arrepintió, porque era posible que estuviera reunido con su mamá, pero ya no podía irse.
—Ximena, ¿está todo bien? —le preguntó, preocupado, y ella asintió.
—Ay, qué pena molestar, pero estoy tan emocionada y quería contarte lo que me pasó, que no caí en cuenta de que podía interrumpir —se excusó con una mueca. Él la miraba con intriga.
—¿Qué te pasó? —inquirió con una ceja en alto.
—¡Me encontré con Donna Martin afuera del edificio! —gritó y dio saltitos de felicidad, haciéndolo reír—. ¡Ay, es que me encanta y ni hablar de mi mamá! ¡Se habría muerto de verla!
Él se hizo a un lado y Ximena pudo ver detrás de él a la misma mujer de la que hablaba. Su mandíbula por poco cae al suelo y no podía quitarle los ojos de encima.
—Te presento a mi madre…, Annette Martin —dijo y ella frunció el ceño.
La mujer se acercó a la puerta al ver la confusión en el rostro de la joven. Sonrió y estiró su mano para saludarla.
—Mucho gusto, Donna Annette Martin —se presentó, aclarando lo que la había confundido—. ¿Y tú eres?
—Ximena Miller…, la vecina de su hijo. —Lo miró y él la observaba con una sonrisa en su rostro.
—Sigue y comes con nosotros. Siempre es bueno encontrar una fan tan bonita. —Las mejillas de la joven se pintaron de rojo.
—No quiero molestar… —comentó avergonzada, pero la mujer la tomó de la mano y la jaló al interior del apartamento.
¡No puedo creer que esté sentada en la misma mesa que Donna Martin! , gritó por dentro. No sabía qué cara debía tener, pero lo que estaba claro era que Fernando la observaba con diversión.
La mamá de él era muy diferente a lo que cualquiera pudiese imaginar por ser una mujer tan reconocida, famosa y con un pasado semejante.
Era una mujer muy cariñosa con su hijo y se notaba la preocupación por lo que pasara con él, entonces no dudaba en llenarlo de preguntas, sin importarle que estas lo incomodaran.
—¡La comida estuvo deliciosa! —dijo Donna, recostándose un poco en la silla del mesón de la cocina.
—Fernando cocina muy bien —comentó Ximena.
—Tuve ayuda —repuso él y miró a la vecina con una sonrisa que ella le correspondió y se giró hacia su mamá, que los observaba de forma analítica e hizo una mueca que la joven no supo descifrar.
Como Ximena estaba tan contenta de estar ante una de las actrices más reconocida de los 70’s y 80’s, la conversación se tornó hacia la historia de cómo había llegado a la actuación, tomando por sorpresa a la chica, al enterarse de que todo había sido gracias a que Donna asistió como parte del público de un concurso televisivo y que su sonrisa atrajo la atención de uno de los camarógrafos, quien no perdió la oportunidad de grabarla en cada ocasión graciosa, eso captó la atención del director y este se acercó a ella al final del programa, le entregó una tarjeta con un número en ella y la promesa de que si se decidía, podía llegar a ser alguien muy importante en la pantalla de Los Ángeles.
En ese momento ella jamás se imaginó poder llegar a la pantalla grande, lo que la dejó un poco asfixiada cuando sucedió, poco tiempo después.
Escuchar su historia en el cine y algunas anécdotas de su participación en esas películas que Ximena había visto junto a su mamá y su prima cuando eran pequeñas, la tenían mucho más emocionada.
Jamás se hubiese imaginado vivir algo semejante y también entendió de dónde Fernando había sacado su particular forma de ser.
—Bueno, queridos. Es momento de irme, ya está tarde y deseo llegar a descansar a mi cama —se despidió Donna.
—Mamá, ¿ya le avisaste a Greg? —preguntó Fernando con preocupación y ella lo calmó con un asentimiento.
—Greg ya está esperándome abajo en el auto. Tranquilo. —Le apretó los cachetes como si fuera un niño pequeño y la joven se rio.
—Fue un gran placer conocerla —le dijo, sonriente. Ella la jaló contra su cuerpo y depositó un beso en su mejilla.
—El gusto fue todo mío. —Salió del apartamento, pero antes de irse se giró para decirle algo a su hijo—. Fer, amor, sabes que, si necesitas algo, solo debes llamarme. —Le dio un beso en la frente y se retiró. Él cerró la puerta y le regaló una mirada.
—¡¿Cómo es posible que tu mamá sea Donna Martin?! ¡Creí que ella no tenía hijos!