Cita #3 No la supera
Fernando se acercó a ella de forma tentadora, relamiendo sus labios y mirándola fijo. Ximena sintió su aliento en su rostro, se quedó sin respiración y sus ojos se resecaron por su falta de parpadear. Sus labios quedaron a milímetros… Él soltó una carcajada y se alejó.
—No, chiquita. Tú buscas amor y yo no creo en eso —dijo con inocencia, como si no hubiese acabado de ponerla nerviosa.
¡Lo voy a matar!, pensó ella y le regaló una mirada asesina a la que él respondió con una sonrisa de «niño bueno».
—Está bien, si deseas practicar besos… y otras cosas, con todo gusto te puedo ayudar. —Le guiñó un ojo y ella le lanzó por la cara uno de los cojines del sofá.
—¿Por qué eres así? —renegó con la mandíbula apretada, mientras que él soltaba una risita socarrona—. Todo para ti es broma.
Después de ignorarlo por algunos minutos, él decidió despedirse y volver a su apartamento, con la excusa de tener algo pendiente; sin embargo, no dice nada concreto y respondió con evasivas.
Algo esconde y quiero saber qué es , pensó ella mientras lo ve entrar a su apartamento y agita la mano como señal de despedida.
No supo en qué momento se pasó la mañana, pero todo había sido agradable, hasta que Fernando se puso a jugar con fuego.
Ella agarró la libreta con los apuntes. «Hacerse desear». Supuso que era momento de empezar, porque el tiempo cada vez era menor; suspiró y se fue a preparar algo para almorzar.
En la tarde llamó a Sam para contarle lo sucedido en la cita de la noche anterior. No fue necesario decirle nada más, porque su amiga se ofreció para ser quien se encargara de llevar la demanda contra Rick Moon y Ximena no se negó ante la oferta.
—Oye, dale las gracias a tu vecino, de mi parte —dijo Sam y sonrió al pensar que, sin conocerlo, ya tenía buena imagen de él.
Fernando tiene su encanto, hasta que la embarra , pensó Ximena y soltó una risa al pensar de dónde él sacaba tantas ocurrencias.
Unos ruidos en el pasillo captaron su atención, así que se movió hacia la puerta para ver por la mirilla.
Fernando recibía con extrema amabilidad a una nueva chica muy hermosa, con pinta de modelo, cabello castaño largo, muy delgada, alta, risueña; muy parecida a la chica de la que se escondió la primera vez.
Torció la boca y soltó el aire que retenía, como si eso la ayudara a esconderse tras la puerta; caminó con aburrimiento hacia su habitación, encendió el televisor y se metió a la cama, pero no encontraba nada interesante para ver en esa tarde de sábado.
Agarró su celular y terminó entrando en la aplicación de citas para revisar cómo había quedado su perfil después de los cambios que Fernando le había sugerido.
Se debe estar revolcando con esa mujer en este momento , pensó con amargura y, al percatarse de su pensamiento, sacudió la cabeza y se dio una palmada en la frente.
—No me importa lo que esté haciendo en su cama… o la sala o el comedor o en el lugar que sea de su apartamento —dijo, en un intento de convencerse, pero la verdad era que la situación la hacía sentir incómoda.
¡Bueno, ya!, se reprendió y volvió la atención a su celular para revisar sus redes sociales.
La foto de su prima con su prometido, en la que se veían felices y muy enamorados, no produjo alegría en ella, sino que se le hizo un vacío en el estómago al recordar que debía seguir con su búsqueda de «el hombre ideal», quien debía ser digno de ser presentado ante su familia y que le deje la boca cerrada a Roman y su Anastasia.
Pensar en ellos dibujó una mueca de fastidio en su rostro y volteó los ojos.
—¿Cómo es posible que sea el primo de mi ex, «EL EX»? —le reclamó a la fotografía, específicamente a Eric, el prometido de su prima.
Reaccionó con un corazón a la foto y dejó un comentario en el que resaltaba lo mucho que le gustaba verlos tan felices.
Una notificación de Match your heart llamó su atención y la abrió con prisa, pero al ver al espécimen perfecto, que parecía modelo de revista, no se detuvo a revisar, sino que de una lo rechazó.
Guapo, igual a mujeriego; muy guapo, muy mujeriego , recordó sus anotaciones en la lista y por eso no lo tendría en cuenta.
Revisó a los chicos preseleccionados por Fernando, bueno, más bien a los que no borró tras haberles leído sus perfiles unas tres veces. Al final se decidió por uno.
Nombre: Leopoldo Harrison.
Edad: 36 años.
Nacionalidad: argentino estadounidense.
Profesión: Profesor de primaria.
Gustos: Dar un paseo por la tarde, bajo el sol de mi hermosa ciudad y deleitarme con los colores y sonidos del ambiente. Charlas hasta que el sueño gane y compartir momentos especiales con quien se ama.
Frase personal: El amor no reclama posesiones, sino la libertad. (Rabindranath Tagore).
Romántico , suspiró al leer sus gustos y la frase. Tras pensarlo un poco, se decidió por hacer clic en el botón para que se contacten, y, aunque de nuevo escribe un «Hola», esa vez tenía muy claro que no puede correr a contestarle, mucho menos correr para que se vean.
Diez minutos después el hombre contestó, pero ella lo ignoró un poco más para darse tiempo, así como su nuevo amigo le había aconsejado. Para no morirse de ansiedad por ver lo que le había contestado, volvió su atención a la pantalla del televisor y se obligó a ver un programa o película.
Se durmió en el momento en el que la villana estaba por acabar con los protagonistas, en pleno clímax, y al despertar de su corto sueño, quedó con la curiosidad de saber lo que había pasado con la mal, porque los protagonistas se veían victoriosos, tras haberlos visto al borde de la derrota.
Bufó.
Ahora la tengo que buscar y verla de nuevo para entender el final. Torció la boca y se reacomodó dentro de la cama. Ahí sí revisó la respuesta del hombre.
Hola, es un gusto hablar contigo ☺
Sencillo, corto y sin pretensiones de otro tipo.
Durante toda la semana chatearon en varias oportunidades, aunque por poco tiempo cada vez, porque recordaba el consejo de Fernando y por el que Leopoldo había estado sufriendo un poco.
Ya llevaba toda la semana insistiendo para verse, así que, por fin, había llegado el momento de aceptar su invitación.
Era viernes por la noche; los pies le palpitaban del cansancio, porque la mayoría del día la pasó de pie en el trabajo, no solo en el juzgado, donde estuvo toda la mañana, sino que en la tarde estuvo con Sam en varias reuniones con algunos clientes interesados en que ellos fueran sus representantes legales.
—Tómate esto y ve a darte un baño en la tina —le dijo Fernando al extenderle un vaso con una limonada refrescante que olía a jengibre, tenía yerbabuena y una rodaja de limón como decoración.
—Uhmmmm, deliciosa y pica un poco —comentó al darle el primer sorbo—, gracias.
—Con gusto. Contigo siempre puedo poner en práctica lo que aprendí hace algunos años junto a mi mamá. —Levantó los hombros para restarle importancia.
—Siempre hablas de tu mamá, pero nunca de papá o demás familia —comentó ella con ligereza, pero al ver la tensión en el cuerpo de Fernando, se apresuró a decir algo—.
No me tienes que explicar nada; me alegra que tengas una buena relación con tu mamá.
—Le sonrió y él le correspondió de la misma forma.
—Es la mejor del mundo —susurró y su rostro se entristeció un poco—. Mejor, cuéntame cómo va la búsqueda. —La miró con atención.
—He hablado con alguien durante la semana y ya estoy por aceptarle la invitación. —Le quitó importancia al asunto con una elevación de hombros.
Al final fue él quien le ayudó a concretar un almuerzo con Leopoldo; sería al día siguiente al mediodía.
Ximena terminó de secar su cabello, se maquilló suave y natural, decidió ponerse una blusa blanca delicada, llena de pequeños detalles en la tela, un jean oscuro y unas cómodas sandalias con plataforma.
Miró la hora en su reloj de pulso y se dio cuenta de que estaba con el tiempo justo para llegar a tiempo al restaurante. Aceleró el paso, cuidando de no pasarse del límite de velocidad. Al final llegó al bonito restaurante tipo campestre y en la entrada estaba el hombre, esperándola.
—Hola, Ximena, bienvenida —la saludó y le señaló el camino para llegar a la mesa.
—Hola, Leopoldo… Muchas gracias —contestó y lo siguió adentro.
Era un restaurante muy bonito, con algunos ambientes diferentes, pero ellos se movieron hacia el jardín privado.
—A Antonia le encantaba este lugar —comentó el hombre y ella lo miró confundida.
—¿Quién es Antonia? —preguntó ella, a la espera de que su duda fuera resuelta.
—Antonia es la madre de mis hijos —explicó como si fuera lo más normal, mientras que a Ximena casi se le saltaban los ojos de sus órbitas.
—Oh…, está bien. Debiste proponer otro restaurante —rebatió y Leopoldo negó.
Les habían entregado los menús para que eligieran; ella optó por algo de pescado, porque hace mucho no comía y con lo que había visto en las mesas cercanas, estaba segura de que ofrecían una gran variedad.
—Antonia odiaba el pescado y todo lo de mar —comentó, como si lo que ella había pedido fuera un delito.
Desde ese momento, cualquier cosa que ella hacía o decía, de alguna forma parecía recordarle a su exesposa y eso ya estaba llevando a Ximena a su límite.
—Oye, ¿qué pasó con tu esposa? —le preguntó con hastío ante tantas comparaciones—. Esta cita no va para ningún lado, porque está más que claro que no la has olvidado ni superado, pero sí me pongo a la orden para ayudarte en lo que necesites.
—Mi esposa me dejó; al parecer, ya no era suficiente para ella ni para nuestros hijos —comentó y empezó a llorar desconsolado—. Me-e-e-e-e ha-a-a-acen falta-a-a los niño-o-os…
—Y ella no se los deja ver —completó ella lo que el hombre no pudo decir y asintió.
La cita que había empezado con la intención de algo romántico se había convertido en una asesoría legal para un hombre devastado ante la pérdida de su familia, al parecer, por anteponer a sus estudiantes.
—Tu esposa espera que le demuestres que tu familia es lo más importante, no el trabajo.
—¡Muchas gracias! —Se levantó, le dio un beso en la mejilla y salió corriendo del restaurante.
¡Genial! Bufó.