La lista del amor (y otros desastres) ​​La idea equivocada
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​​La idea equivocada

Todo pasó tan rápido que lo siguiente que ella supo fue que el vigilante y la policía los separaban y les ponían esposas a los dos.

—¡Eres un asqueroso malnacido! —le dijo Fernando con una rabia que le salía de lo más profundo, al tiempo que otro policía lo agarraba para bajarlo por las escaleras.

Rick los seguía y no hacía más que refunfuñar y quejarse por los golpes y la sangre que le salía por la nariz y la boca.

Ximena no podía dejar que se los llevaran así como así; corrió al interior de su apartamento y agarró las llaves de su auto. En cuestión de segundos estaba bajando para saber a cuál estación los iban a llevar.

Mientras conducía, tenía la cabeza revuelta y no podía pensar con claridad en lo que había pasado. Por un lado, era víctima de un tipo que se quiso aprovechar de las circunstancias y, por otro lado, si eso no hubiese pasado, Fernando no sería llevado como un delincuente.

—¡Mierda! —gritó para liberar la tensión del momento.

La estación de Policía no quedaba lejos del edificio, así que, en menos de diez minutos, estaba bajándose del auto con prisa y corriendo al interior del lugar.

Dieron las dos de la madrugada entre declaraciones; la principal ventaja fue que ella logró conseguir videos de las cámaras de seguridad de su piso y se pudo ver cómo habían sucedido las cosas.

A Fernando le dieron salida, porque se pudo demostrar que solo había actuado en defensa de ella; en cambio, a Rick lo dejaron encerrado y con cargos por intento de acto sexual violento.

—¿Estás bien? —le preguntó Fernando, apenas lo dejaron salir.

—Sí, tranquilo. Vamos a casa —contestó Ximena, intentando sonar relajada, aunque ya le bajaba la adrenalina y le daba paso al cortisol. Estaba empezando a sentir los nervios y la angustia de lo que habían vivido.

Volvieron al edificio en completo silencio; Fernando estaba tenso y lo mejor fue dejarlo tranquilo, porque estaba molesto, solo que ella no lograba saber si con ella o con Rick.

Ximena sintió su rostro húmedo; al limpiarse la cara, se dio cuenta de que algunas lágrimas habían abandonado sus ojos en completo silencio.

—¿De verdad estás bien? —preguntó preocupado. Ella asintió lento, pero después negó. No dejó de mirar el camino y no tardaron en llegar al edificio.

Subieron hasta el apartamento de Ximena y cuando abrió la puerta, él entró con ella, aunque ella pensaba que se iría. La tomó por los hombros y la llevó hasta la sala, donde la hizo sentar.

—Respira profundo y ya te traigo algo para que te calmes —le pidió y se retiró.

No demoró en volver con un vaso de agua y unas gotas de limón.

—Gracias.

Lo miró con ojos pesados por el cansancio y se acomodó mejor en el sillón. Se quedó dormida mientras lo escuchaba a lo lejos, abriendo la llave del lavamanos.

Ximena frunció el ceño al percatarse de que despertaba en su cama, siendo que recordaba haberse dormido en la sala. «¿Cómo llegué acá?», se preguntó mientras sus ojos luchaban por adaptarse a la luz que entraba por la ventana.

Se irguió tras un largo bostezo. Todavía vestía la ropa del día anterior, pero con el nudo de la blusa deshecho y sin zapatos. Estiró los brazos y el recuerdo de Rick pasando sus manos por sus senos la hizo estremecer. Con prisa se abrazó.

—Tranquila.

Pegó un salto fuera de la cama y al girarse, vio a Fernando sentándose en el borde opuesto de la cama.

—Me asustaste —comentó ella con el corazón latiendo con fuerza.

—Perdón, no fue mi intención. Me iba a ir para mi apartamento, pero te empezaste a quejar en sueños y por eso me atreví a quedarme —dijo con incomodidad mientras se pasaba la mano por el cuello.

—Gracias.

Ella no sabía qué decirle, pero sí debía reconocer que estaba muy agradecida por todo lo que había hecho por ella. Por haberla protegido y cuidado.

Se sentía extrañada de verlo con una actitud seria y, totalmente, diferente a la del bromista y pesado de siempre. Era atento, servicial y, en especial, silencioso. Solo hablaba para lo estrictamente necesario y siempre intentaba no hacerla sentir mal.

Fernando salió de la habitación mientras ella tomaba una ducha rápida. Al salir; se puso ropa cómoda para estar en casa. Después de lo sucedido, se estaba replanteando las cosas que hacía.

Un olor delicioso invadió sus fosas nasales apenas salió de la habitación y se movió como si levitara hasta el comedor.

Ya había aprendido la lección: aunque Fernando fuera desordenado en exceso, siempre dejaba todo el desorden recogido, sin importarle que eso le tomara más del doble del tiempo que se demoraba en preparar algo.

Al final, él usaba la cocina de Ximena más que ella misma, y, aunque al inicio eso le había molestado, ya se había acostumbrado a verlo ahí metido.

—¿Por qué siempre preparas comida acá en mi casa? —le preguntó y la respuesta que obtuvo fue un Fernando que levantó los hombros, mostrando indiferencia.

—Nunca me ha gustado cocinar solo para mí, pero sí me gusta cocinar —explicó y llevó el tenedor con un pequeño bocado de fruta hacia su boca.

—¿Por qué no cocinar en tu casa? Yo pudiese ir de vez en cuando —propuso y se arrepintió apenas las palabras terminaron de salir de su boca; sin embargo, ya no había forma de retirar lo dicho.

—¿Quieres ir a mi casa? —preguntó con picardía y movió sus cejas de arriba abajo.

Ximena sintió un calor subir por su rostro y le lanzó la servilleta de tela por la cara.

—¡Eres imposible! —comentó con frustración y él soltó una estruendosa carcajada—. Solo lo decía para que no estuvieras solo y dejaras de adueñarte de mi cocina. —Cerró con una mueca incómoda.

—No es necesario. Tranquila, no volveré a adueñarme de tu cocina —recogió su plato, casi lleno—, y no estoy solo, cuento con mi mamá. —Sonrió con decepción y a ella se le instaló un nudo en la garganta.

¿Cómo puedes ser tan maldita con alguien que se preocupa por ti?, se regañó y corrió tras él, hacia la cocina.

—Perdón —sus ojos se llenaron de lágrimas—, siempre te hago sentir mal, cuando tú solo has mostrado preocupación por mí. —Tragó saliva, a la espera de que dijera algo, pero se quedó mirándola en silencio.

—No es necesario. Desde el principio he sido un pesado.

Mierda, mierda, mierda. Ahora sí la cagaste con toda .

Extendió su mano en forma de saludo.

—Mucho gusto, mi nombre es Ximena Miller y soy una abogada de 27 años —se presentó y él la miró con el ceño fruncido, sin entender lo que hacía. Sacudió la mano ante él, quien la tomó con desconfianza. Le hizo una mueca, indicándole que era su turno para presentarse.

—Soy Fernando Martin, tengo 30 años y… mmm, me gusta dibujar —dudó y apretaron sus manos.

—Martin…, igual que Donna Martin, la actriz favorita de mi madre. —Ella sonrió y él asintió.

—Sí…, igual que ella.

—¿Amigos? En serio necesito uno. —Hizo un puchero que lo hizo reír.

Ximena agarró de nuevo el plato con el desayuno y lo llevó de vuelta a la mesa. En ese momento ella cayó en cuenta de que no sabía nada de él, ni siquiera conocía su apellido, aunque en la estación de policía había estado pendiente.

—Oye, ¿se puede saber de dónde sacaste a ese tipo? —le preguntó Fernando, sacándola de sus pensamientos.

—Lo conocí por internet —admitió avergonzada y desvió la mirada.

—¿Le diste la dirección de tu casa a un desconocido de internet? —la cuestionó con asombro y ella se sintió mal, porque él tenía razón. Había sido muy idiota y se puso en riesgo.

Ella hundió la cara entre sus manos; se moría de la rabia y de la vergüenza.

—¡Qué bruta! —se regañó y Fernando soltó una risita desganada.

—El otro hombre con el que saliste también es de internet, ¿cierto? —le preguntó y ella sintió, sin quitarse las manos de la cara—. ¿Por qué buscas hombres en internet? —preguntó un poco aterrado y ella soltó un suspiro pesado.

—Porque soy un desastre en las relaciones amorosas, quiero un novio nuevo y tengo que conseguir una pareja para la boda de mi prima, en la que estará mi ex, porque es el primo del novio y estará con su esposa, la misma mujer por la que me dejó, porque les dije que tenía novio y ya lo he superado —dejó salir toda su verborrea mental y se descargó con un quejido final, ante el que Fernando soltó una carcajada.

—Está bien, ya que seremos amigos… déjame ver qué es lo que haces y, evidentemente, necesitas algunos consejos para que no te vuelva a pasar lo de anoche—. Ella asintió y se levantó para ir por su portátil, aunque caminaba como una niña regañada.

Le mostró el perfil en la aplicación de citas y él se quedó viendo algunas de las fotos que subió; después revisó las solicitudes y no pudo evitar las muecas que hacía al leer cada uno de los perfiles de los «aspirantes» que deseaban salir con ella.

—Bueno, hay varias cosas mal —comentó y la miró fijo.

—¿Cuáles? —Mordió su labio y torció la boca.

—Tu perfil está dando la idea contraria a lo que estás buscando y por eso te salió el miserable de anoche —dijo y ella no lograba entenderle nada.

—¿Qué?

—No te digo que pongas fotos en la oficina o trabajando, pero todas las fotos no pueden ser en fiestas, en la playa o en momentos de diversión, porque lo primero que piensan es que eso es lo que haces constantemente y las mujeres así no suelen querer nada serio —dijo con seguridad y ella lo miró atónita.

—Las fotos las subí porque me gusta cómo me veo en ellas: bonita y relajada —susurró.

—Lo de bonita, definitivamente —las mejillas de Ximena se tornaron rosas—, pero te ves demasiado relajada. —Él levantó los hombros.

—Creo que necesito un poco de psicología masculina para lograr mi objetivo —concluyó y él le dio la razón con un asentimiento.

—Pero el peor error que has cometido hasta el momento y que ¡no puede volver a suceder!

—exclama y la mira con seriedad—, porque te pones en peligro, es el pedir que te recojan en tu casa.

No quieres tener a un psicópata con la facilidad de encontrarte.

¿O sí? —Ximena negó, al tiempo que se sentía como una pequeña a la que su papá le daba recomendaciones para salir por primera vez con un hombre.

—Creo que iré por una libreta para anotar todo —comentó y él se rio al pensar que era una broma, pero se queda en silencio al verla levantar de la silla y buscar en dónde anotar.

Regresó mordiendo la tapa del lapicero y buscó una hoja en blanco para plasmar los consejos.

—El otro error que cometes es que no te haces desear —comenta con tranquilidad y ella lo miró como si le acabara de salir una segunda cabeza—.

Me refiero a que, una vez hablas con ellos, muestras la prisa que tienes por reunirse y eso también los hace pensar lo que no es.

—Odió que tuviera la razón, porque no se debería dar algo por sentado, pero, al parecer, su inocencia y situación solo la habían llevado a tomar malas decisiones.

Ella solo quería aprovechar el tiempo para conocer a alguien que valiera la pena y no andar perdiendo el tiempo con babosos.

Lo primero que hicieron fue cambiar las fotos, aunque dejaron las favoritas de ella, pero agregaron algunas en las que se veía en una faceta más profesional y seria, pero en las que se notaba relajada.

—Si lo deseas…, puedo acompañarte a la siguiente cita que tengas —propuso y le guiñó un ojo.

—¿Y no te interesa algo más, mientras consigues un novio?

—le preguntó coqueto y se inclinó sobre su cuerpo.

Ximena sintió su corazón latir en sus oídos, la respiración se le entrecortó y no pudo quitarle los ojos de encima.

Fernando era guapo, eso no lo podía negar, tragó saliva y mordió su labio en un acto reflejo.