La lista del amor (y otros desastres) Cita #2 ¿Sr. Perfecto?
19%

Cita #2 ¿Sr. Perfecto?

Los últimos diez días Ximena los había pasado lejos de las citas, no porque hubiese quedado traumatizada ni nada por el estilo, sino porque algunos nuevos casos habían demandado toda su atención y la de algunos abogados.

Salía a las siete de la mañana y volvía después de las seis de la tarde; el cansancio era mayor y solo llegaba con ganas de darse un baño y acostarse a dormir. Ni siquiera ella sabía de dónde sacó fuerzas para terminar de organizar todo lo de la mudanza, pero ya estaba listo.

Fernando se había convertido en una constante nocturna; siempre le llevaba algo de comer, beber o ambas y se quedaba con ella hasta asegurarse de que sí lo ingiriera.

No conversaban mucho, pero ella parecía estarse acostumbrando a la forma particular de ser de su vecino: intenso y atento.

Una combinación extraña que no le permitía odiarlo, pero tampoco quererlo.

Había revisado una que otra notificación de la aplicación, pero no concretó una cita nueva con nadie.

Algunos hombres sí parecían interesados en ella, pero ella no mostraba interés alguno por ninguno.

Además de que a su corta lista de requerimientos se habían sumado algunas características en honor a Pablo.

No quería hombres tacaños ni alcohólicos.

Tras otro juicio en el que salieron triunfantes y muy agotadas, Sam y ella acordaron celebrar en otra oportunidad. En ese momento solo deseaban llegar a sus casas.

Mientras Ximena esperaba el ascensor de su edificio, vio llegar a Fernando, acompañado de una joven delgada, alta, hermosa, vestida con ropa de marca, y no sabía cuál de los dos iba más sonriente, lo que la hizo sentir fuera de lugar.

Él no la había visto y ella lo agradeció, porque apenas el aparato abrió sus puertas, ella entró y con prisa subió a su piso. Que ellos esperaran a que volviera a bajar; al final, estaban muy alegres acompañándose.

Buscó las llaves de su apartamento, pero no las encuentra. Con frustración piensa que de nada le ha servido huir de su vecino y su nueva conquista, si estaban a punto de encontrarse frente a frente en la puerta.

—¡Acá están! —exclamó emocionada y abrió la puerta con prisa, porque el ascensor ya estaba por abrir sus puertas.

Al mismo tiempo en el que entró y cerró la puerta, Fernando y la chica se bajaron del aparato.

Ximena se quedó viéndolos a través de la mirilla de la puerta y negó.

Fernando no hace más que traer mujeres a su apartamento; solo espero que mañana no quiera volverme a utilizar para esconderse.

Se quedó observando hasta que él le abría la puerta a su invitada; ambos seguían muy sonrientes y la emoción de la chica era más que evidente. Cerraron la puerta y ella se retiró de la mirilla.

Se fue directamente al baño para darse el anhelado daño relajante; en definitiva, la regadera manual era su aliada para masajear los músculos de sus piernas tras un largo día en los juzgados y la oficina.

Esta ducha es la mejor inversión de todo el apartamento.

El chorro cayó con fuerza sobre su piel; eran pequeñas agujas estimulantes que movió desde sus talones hasta su pecho, pero al pasar cerca por su abdomen, el agua alcanzó a caer en la zona baja de su vientre, encima de su monte de Venus, y la sensación fue diferente a lo que acostumbraba.

Ella tenía un asunto pendiente con eso; tal vez era el momento de pagar esa deuda.

Lo dudó un poco, pero la verdad era que un orgasmo en ese momento no le caería nada mal y la ayudaría a conciliar el sueño de forma placentera.

Cambió la intensidad y el chorro de agua, se sentó en el murito a lo largo de la ducha, con las piernas abiertas y tras un respiro profundo, apuntó con cuidado a esos lugares que seguro reaccionarían con el estímulo.

Oh, ya entiendo la recomendación de mi prima, pensó con la respiración entrecortada, mientras el placer se apoderaba de su cuerpo.

Un leve roce de su mano y el agua hicieron un equipo perfecto que la llevó al límite.

Su centro palpitó ansioso y tuvo uno de los orgasmos más intensos de su vida, hasta el momento.

—Debería poderte llevar como pareja a la boda —le dijo a la dicha de mano cuando la apagó y dejó sobre el soporte de la pared.

Llevaba tanto tiempo sin sentirse así de complacida; de hecho, estaba pensando que, si comparaba a sus exnovios y los hombres con los que había tenido intimidad, posiblemente quedaban en desventaja junto a la ducha. Una mueca desagradable se formó en su rostro al recordarlos.

La noche era calurosa; solo se puso unas bragas y se acostó bajo la liviana sobresábana. Apenas puso la cabeza sobre la almohada, se quedó dormida.

En la mañana se levantó de muy buen humor; hace mucho no descansaba como esa noche. Se levantó con ánimo renovado hacia la ducha a alistarse para un nuevo día de trabajo.

La ducha, que iba a ser corta, terminó alargándose un poco, porque volvió a disfrutar de los placeres de la regadera manual. Salió con una gran sonrisa y se puso un lindo vestido para la oficina. Debía apurarse para reponer el tiempo invertido en su placer.

Antes de abandonar su apartamento, el timbré sonó, caminó resignada hacia la puerta y al abrirla, se encontró con la mirada fija de Fernando y su ceño fruncido.

—¿Estás con alguien? —le preguntó él.

—No, estoy sola, igual que siempre, y ya estaba por salir para el trabajo —contestó ella, sin quitarle la mirada de encima.

—¿Tuviste sexo? —preguntó en un susurro, como si no quisiera que nadie lo escuchara fuera del apartamento. Ximena casi se atraganta con su saliva al escucharlo.

—¡¿Por qué mierdas me preguntas eso?! —respondió exaltada.

—Es que te ves como si hubieras tenido sexo —comentó avergonzado y la incomodidad fue notoria en su voz.

—No responderé a eso y tampoco es de tu incumbencia lo que haga ni con quién —respondió seria—. Si no te importa, debo terminar de alistarme para irme. —Dio la vuelta hacia su habitación.

Escuchó la puerta cerrarse. Continuó con el arreglo de su cabello, se aplicó un poco de maquillaje lo más natural posible, se puso unos tacones bonitos, pero no muy altos, porque no quería agotarse si necesitaba caminar haciendo algunos trámites en el juzgado.

El labial quedó más intenso de lo que lo quería, entonces retiró un poco con la yema de su dedo, se miró al espejo y le gustó.

Al final tenía tiempo suficiente para desayunar algo en casa; eso significaba que tendría que retocar de nuevo su labial, pero lo valía, con tal de no tener que hacer una larga fila en la cafetería cerca del bufete.

Caminó hacia la cocina y se sobresaltó antes de llegar.

—¿Por qué sigues acá? —Recordó a la mujer con la que lo había visto entrar a su apartamento la noche anterior y supuso que volvía a esconderse—. No me digas que te estás escondiendo —renegó Ximena, pero él negó.

—No, no me escondo de nadie —respondió y volteó los ojos.

Ella lo miró con los ojos entrecerrados; no le creía del todo, pero con lo relajado que estaba, era posible que dijera la verdad—.

Vine a traerte el desayuno, ya que anoche no pude venir.

—Sonrió y le señaló una bolsa de papel y un vaso de cartón que ya estaban sobre la mesa del comedor.

Él ya tenía su vaso en la mano y tomó un ligero sorbo.

—No era necesario que trajeras nada —comentó agradecida y caminó hacia la mesa.

Ximena no era amante de cocinar y apreciaba el no tener que prepararse nada.

Al final desayunaron juntos, con los croissants y los capuchinos que él había llevado.

Ella recogió su maletín, las gafas de sol y una chaqueta liviana. Ya estaba lista para salir y Fernando la siguió.

—Gracias por el desayuno. Nos vemos luego —se despidió ella mientras esperaba la llegada del ascensor.

—Que te vaya bien, abogada bonita. —Le guiñó un ojo y sonrió, al tiempo que sus mejillas se coloreaban levemente.

Durante el almuerzo recibió un mensaje de su prima, con el que sus nervios se pusieron de punta.

¿Cómo va la búsqueda? Acá ya todos me tienen mareados con la preguntadera sobre tu novio y ya me estoy quedando sin ideas para evadir el tema.

¡Mierda! Debo volver a revisar las solicitudes de la app, se recordó.

Durante los siguientes diez minutos se dedicó a revisar las solicitudes acumuladas. Hubo uno que le llamó la atención y lo leyó varias veces, como si con cada lectura pudiera descubrir algo nuevo del hombre.

Nombre: Rick Moon.

Edad: 32 años.

Nacionalidad: estadounidense.

Profesión: periodista.

Gustos: viajar y conocer culturas nuevas.

Frase personal: Busco una mujer que no tema viajar a mi lado.

De nuevo envió un «Hola» y esperó a que le contestaran, lo que demoró en suceder. Conversaron por poco tiempo, pero todo fluyó bien, aunque eso ya no le daba confianza después de lo vivido con Pablo,

«Esta noche estrenan una película y, si estás de acuerdo, me gustaría ir contigo. De hecho, ya tengo las boletas», decía el mensaje al que ella contestó afirmativamente, tras sopesar varias opciones.

Irían a cine, por lo que no sería necesario entablar una larga conversación obligada.

Si la compañía no era agradable, al menos la película sí lo sería.

Al salir tendrían un tema asegurado del cual hablar, si por alguna razón no supieran cómo continuar la conversación.

Necesitaba salir con alguien más y darle una oportunidad o no tendría quién la acompañara a la boda de su prima.

Salió del trabajo directo para su apartamento; debía alistarse antes de que Rick llegara a recogerla para su salida.

Apenas sonó el intercomunicador, no se detuvo a contestarlo, sino que bajó a la recepción, igual que lo había hecho cuando Pablo llegó por ella.

Al igual que la vez anterior, se encontró a Fernando, que conversaba entretenido con el vigilante.

Al verla, sonrió y le regaló un asentimiento ligero, que ella interpretó como una adecuada elección de vestuario para una salida casual: jean claro, top con una camisa abierta encima y anudada en la cintura.

— Wow, te ves hermosa —la halagó Rick, con lo que captó su atención y ella le respondió con una sonrisa mientras se acercaba a él.

—Muchas gracias, también te ves bien —le respondió de forma sencilla, disimulando lo atractivo que se veía con su camiseta negra, jean oscuro y tenis.

Fernando lo miró detenidamente; parecía analizarlo de pies a cabeza y eso la puso un poco nerviosa. Se apresuró a salir con su cita, tomándolo del brazo.

—Que les vaya bien… Se cuidan —dijo Fernando con lo que parecía ser un doble sentido en sus palabras. Ximena se volteó a verlo y le frunció el ceño, pero él le sonrió con inocencia.

Se subieron en la camioneta todoterreno de Rick; era evidente que la usaba para los viajes que realizaba con frecuencia.

Era una camioneta equipada con más cosas de las que ella podía nombrar, porque no conocía sus nombres y función.

El interior estaba impecable y se notaba el cuidado extremo, como si fuera un hijo.

En el auto de un hombre se nota qué tan ordenado es, recordó un dicho que le había escuchado años atrás a una mujer que hacía la fila detrás de ella en un supermercado.

Se fueron hablando todo el trayecto; él le contó de sus acampadas y de la vez que casi queda colgando en un barranco con esa camioneta.

Todo sonaba entretenido, interesante y cargado de adrenalina, aunque estaba segura de que algunas cosas las estaba exagerando, pero no dejaba de ser agradable de escuchar.

Disfrutaron la película y Rick no escatimó en comprar el combo de palomitas, hot dogs y gaseosa más grande de todos. Tampoco les hizo falta tema de conversación al salir, porque los temas fluían con naturalidad. Como era un apasionado de los viajes, las anécdotas estaban a la orden del día.

Comieron helado y cuando ya eran casi las once de la noche, llegó el momento de volver a casa.

Al llegar al edificio, antes de que ella se pudiera despedir dentro del vehículo, él bajó con prisa, lo rodeó y le abrió la puerta con caballerosidad.

Parece ser el hombre perfecto , pensó, y sonrió al verlo estirar la mano en su dirección, para ayudarle a bajar.

Entraron al edificio y él continuó acompañándola hasta el ascensor.

—Muchas gracias por todo. La pasé muy bien —dijo ella con una sonrisa adornando su rostro.

—Fue un placer estar contigo —respondió y en ese momento las puertas del ascensor se abrieron.

Antes de que Ximena pudiera hacer algo, él la jaló al interior, para subir hacia el apartamento.

Frente a la puerta del apartamento, ella se despidió de él para que se fuera; sin embargo, Rick la tomó con fuerza de la cintura y la pegó a su cuerpo.

Con una mano presionó su cuello, imposibilitando que ella se pudiera soltar de su agarre posesivo, y presionó sus labios contra los de ella, al tiempo que con la mano libre empezó a rozar sus senos.

Ximena intentó removerse de entre sus brazos; el tipo pensaba cobrarse con sexo la invitación que le había hecho ese día y ella no deseaba nada de eso. Con dificultad logró alejarse un poco y atinó a darle un rodillazo en la entrepierna.

—¡¿Qué mierdas te pasa?! —le gritó enfurecida, mientras el imbécil se retorcía y la miraba con odio.

—¡Eres una maldita! ¿Crees que todas las atenciones de la noche las dejo pasar con un gracias ? —le gritó de vuelta y se lanzó sobre ella.

La acorraló contra la puerta de su apartamento y lo siguiente que sintió fue que le metía la mano por debajo de la blusa.

—¡Suéltame, imbécil! —gritó Ximena y, de repente, algo lo alejó de ella.

—¡Te dijo que la soltaras!

Fernando estaba encima de Rick, golpeándolo con sus puños. El hombre que se las daba de machito se encontraba indefenso en el suelo, intentando cubrirse el rostro—. ¡Los desgraciados como tú solo merecen morirse!

—Fernando, detente. No vale la pena —le pidió Ximena y se acercó con cuidado para separarlos. Ella se sentía preocupada ante las represalias que el tipejo pudiera tomar en contra de su vecino.