La lista del amor (y otros desastres) Mi ayuda
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Mi ayuda

—Mi día mejoraría contigo fuera de mi apartamento —contestó con seriedad. Fernando se acercó mucho a su rostro; ella contuvo la respiración y sus ojos se abrieron. ¿Me va a volver a besar? Sintió su aliento en el rostro y se giró hacia su oído.

—Siento no poderte ayudar con eso —susurró, haciendo que un escalofrío recorriera la columna femenina. Se separó de ella con una sonrisa malvada y se fue con paso seguro hacia la cocina, como si esa fuera su casa.

—¿No te han dicho que eres confianzudo? —le recriminó, caminando detrás y lo vio levantar los hombros.

—Y así me aman —contestó seguro de sí mismo y ella volteó los ojos.

Lo único que Ximena quería era llegar a dormir en su cama y despertarse en la mañana, cuando la alarma sonara avisándole que debía alistarse para el trabajo.

Quería estar despejada para revisar los avances de otro proceso pendiente para audiencia.

Pero el descanso tenía que esperar, porque Fernando había aparecido a incomodar.

En la cocina él empezó a abrir cajones y ella apretó los puños, recordando el desorden que ya le había recogido en su intromisión anterior.

—¿Qué haces? —preguntó con exasperación.

—Te prepararé una bebida para que te relajes. —Le guiñó un ojo.

Ella no sabía lo que él buscaba, pero lo que sí era seguro era que cualquiera que los viera en ese momento se hubiese muerto de la risa; mientras él sacaba cosas y las dejaba tiradas sin usarlas, ella iba renegando y organizando.

—¡Deja de hacer reguero y lo que no vayas a usar, vuelve a dejarlo en su puesto! —gritó al chocarlo de frente.

—¡Relájate, mujer! Tanto estrés no te hace bien —le dijo al tomar sus hombros con firmeza y masajearlos lento. Esa acción la puso nerviosa.

—Suéltame y haz lo que te digo, porque no quiero seguir recogiendo tu desorden; ya tuve que hacerlo esta mañana y no es justo que deba repetirlo.

—Su intención había sido la de decirlo con seriedad y con el ceño fruncido, que le daba más énfasis a la incomodidad que eso le ocasionaba, pero al final hizo un puchero.

¡¿Qué carajos me pasa?!

—Esta mañana pensaba dejar todo organizado, pero tú me echaste antes de tener la oportunidad —se defendió—, ¿o no es cierto? —la retó y ella no lo pudo negar, porque tenía razón, aunque detestaba que fuera así.

—Entonces espero que esta vez sí dejes todo organizado —respondió sin darle la razón a su comentario y se retiró a su habitación.

Fernando clava su mirada en la espalda de Ximena y ella lo siente, pero no se gira ni pronuncia palabra alguna, solo camina con rapidez hasta la puerta y, una vez dentro, se sacudió el cuerpo, como si con eso se quitara la sensación de encima.

Al entrar al baño, fue directo al espejo; tenía los ojos un poco rojos y las mejillas sonrosadas por el efecto de los cócteles de café. La espalda la sentía tensionada, así que movió los hombros en círculos hacia adelante y atrás.

Lo mejor era darse un baño; en la regadera sería algo rápido; en cambio, en la tina podía tomarse un poco más de tiempo y relajarse.

Eso le llamó la atención y se decidió. Mientras se llenaba de agua, echó algunas sales efervescentes de baño y puso música en su celular al volumen máximo.

Se aisló del mundo exterior e hizo un momento solo para ella.

Se quitó el vestido y la ropa interior que se había estrenado para esa ocasión.

No era con la intención de mostrársela a nadie, pero sí se quería sentir bonita y especial al momento de conocer al hombre con quien pudiese llegar a tener la relación de ensueño, pero en ese momento sentía tristeza de haberla usado para semejante desastre de cita.

Dejó la ropa en el suelo, se agarró el cabello en un moño alto y se metió a la tina.

El calor del agua fue relajante y la espuma cubrió su cuerpo mientras le hacía un masaje relajante con el tacto.

Masajeó su cuerpo con una presión estimulante para sus músculos, descansó su cabeza en el borde y con los ojos cerrados, se dedicó a disfrutar de la música.

No supo cuánto tiempo pasó desde que había entrado al baño, pero abrió los ojos al sentir una mirada sobre ella. Fernando se encontraba junto a la tina con una ceja en alto.

—¡Pero ¿qué carajos haces acá?! —gritó ella, al tiempo que movía sus manos para amontonar la espuma sobre su torso.

—Me cansé de llamarte para que fueras a beber y comer lo que preparé, pero ya entiendo por qué no ibas —contestó como si nada, como si entrar al baño de alguien más fuera normal.

—¡Eso no te da derecho a meterte a mi baño! —Lo miró con el ceño fruncido y él hizo una mueca con la que le restó importancia.

—Me alcancé a preocupar de que te hubiese pasado algo; además, no eres la primera mujer que veo en una tina y, tranquila, solo veo tu cara, cuello y un montón de espuma —dijo y se volteó para salir del baño, no sin antes fijarse en la ropa interior tirada en el suelo.

Se volteó hacia ella con una sonrisa de medio lado—.

Lindo… —Señaló la tanga. Guiñó un ojo y salió.

Las mejillas de Ximena se encendieron con un rojo carmesí.

Se hundió más en el agua; intentaba relajarse como lo estaba hasta hace un momento.

No entendía el karma que estaba pagando en esa vida para terminar viviendo frente a alguien tan irritante como Fernando.

Es que él podía tener las mejores intenciones del mundo, pero era entrometido y especialista en darse atribuciones que no le correspondían.

Llevaba solo dos días en su nuevo apartamento y ya estaba cansada de su «querido vecino».

El agua se enfrió y ella se observó las yemas de los dedos arrugadas; ese fue el indicio que le hizo saber que llevaba ahí metida más tiempo del imaginado.

Estiró su mano para agarrar la toalla. Pausó la música para escuchar algún ruido en el apartamento, pero todo estaba en completo silencio, y se llenó de alivio al pensar en que Fernando ya se había marchado.

Se puso un pijama cómodo: camiseta corta y un pantalón a cuadros grandes; fue el primero que encontró. Además de estar en buen estado, era ideal para la temperatura nocturna. No se parecía en nada al pijama horroroso de la noche anterior.

Maldito Pablo , torció la boca. Si no hubiese salido con él, ya tendría toda su ropa organizada, pero solo había sacado lo que iba en ganchos y podía arrugarse; todo lo demás seguía dentro de las maletas.

Le sonó el estómago y recordó las palabras de Fernando; él le había preparado algo de comida, así que se encaminó con prisa hacia la cocina, donde encontró un recipiente lleno de palomitas de maíz y un vaso con una bebida de color rosado, adornada con unas frambuesas, cascos de limón y hojas de yerbabuena.

¿De dónde sacó todo esto para prepararlo?, pensó con extrañeza, porque estaba segura de que ella no había comprado nada de eso. Acercó el vaso a su nariz. El olor era delicioso; tomó un sorbo pequeño… Una limonada de frambuesa y ¡sí relaja!

Se sorprendió al observar la cocina y verla organizada; tendría que darle crédito a las palabras que él había dicho. Al salir de la cocina, casi se le caen todas las cosas por el susto que se dio al verlo sentado en la sala, con una tableta en sus manos y los audífonos puestos.

Con razón el silencio. Juraba que se había ido, pero ahí seguía metido en su apartamento.

—¿Por qué no te has ido? —preguntó ella, pero no obtuvo respuesta. Con los audífonos puestos no la escuchaba, entonces se acercó a él, pero antes de decirle algo, se quedó estática al ver lo que hacía.

¿Soy yo en caricatura?, se preguntó Ximena; estaba confundida.

Cuando Fernando la sintió detrás de él, bloqueó la pantalla con prisa y la dejó a un lado antes de girarse asustado y quitarse los audífonos.

—¿Por qué no te has ido? —volvió a preguntar.

—Te esperaba para comer —aclaró y le sonrió con una mueca.

—Mmmm, gracias por esto. —Le mostró lo que llevaba en las manos y caminó por su lado, hasta una de las sillas de la sala.

—Espero que te guste. La aprendí a hacer en unas vacaciones con mi mamá —explicó él, refiriéndose a la limonada.

—Está buena. —Él sonrió y agarró de nuevo su tableta. Esa acción encendió mucho más la curiosidad en Ximena, porque moría de ganas por saber lo que hacía—. ¿Qué es eso? —le preguntó con curiosidad, aunque en un tono más relajado del que usaba normalmente al hablarle a su vecino.

—Una tableta digital… —contestó concentrado en la pantalla.

¡Eso es obvio!

—¿Y qué haces con eso? —Sabía que parecía idiota al preguntar cosas como esa, pero tenía mucha curiosidad por saber más sobre el dibujo que alcanzó a ver y que se parecía a ella.

—Me gusta dibujar y lo hago cuando tengo tiempo… —Levantó los hombros, restándole importancia. No dijo nada más y eso no calmaba su interés.

—¿Y qué dibujas ahora? —Fernando se tensó y tragó saliva con dificultad.

Algo me está ocultando . Ximena lo miró con los ojos entrecerrados.

—Lo alcanzaste a ver, ¿verdad? —preguntó con resignación y evidente incomodidad; eso la hizo sentir un poco mal. Asintió—. Agh…, como te demoraste tanto, fui al apartamento a recoger esto y cuando vi la foto me puse a dibujarte.

—¿Qué harás con eso? —inquirió con seriedad y levantó una ceja.

—Nada. Puedes estar tranquila. Si quieres, la borro —contestó con prevención.

¡Mierda! ¿Por qué me comporto de esta forma con él? , se reprendió, porque cada palabra que salía de su boca no hacía más que incomodarlo.

—No, perdón… No es necesario que la borres; de hecho, eres talentoso.

—Gracias.

En ese momento de incomodidad, el celular de Ximena empezó a sonar anunciando varias notificaciones y eso se le hizo extraño.

—Veo que eres muy solicitada —comentó en broma.

Ella salió corriendo hacia su habitación por el teléfono, pero al volver lo hizo con paso lento y la mirada fija en la pantalla que anunciaba «20 notificaciones de Match your heart ». Soltó un suspiro pesado.

—¿Sucede algo? —preguntó Fernando al verle la cara.

—Nada… solo que me metí en algo y ahora me quiero salir, pero no va a ser posible —contestó ella, más para sí misma que para él.

—Mmmm. Sé que puedo ser intenso, un pesado, pero puedo ayudar… —Se ofreció con amabilidad y levantó los hombros con desdén—. Como amigo…

¿Será? No sería una mala idea tener de amigo a un hombre y que me ayude a entenderlos , pensó, aunque no estaba del todo segura.

—Gracias…, lo tendré en cuenta.

—Bueno, entonces lo mejor será que me vaya a descansar y tú hagas lo mismo. —Se levantó del sillón y caminó hacia la salida—. Abrígate bien, porque se nota que tienes un poco de frío —dijo con una sonrisa ladeada y salió del apartamento.

Ella no entendió su comentario en ese momento, hasta que recordó que debajo de la blusa del pijama no tenía nada más.

¡Mierda!