La lista del amor (y otros desastres) Cita #1 Pablo
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Cita #1 Pablo

Giró lentamente y Pablo la miraba con confusión, lo que era entendible, ya que a la chica con la que estaba por salir acababan de besarla en la boca. Ximena soltó el aire que se le había quedado retenido en la garganta y le sonrió avergonzada, pero él no le correspondió, sino que frunció el ceño.

—Lo siento. No sé qué fue eso —dijo ella y caminó hacia él.

—¿Es tu novio? —le preguntó, conservando las facciones tensas.

—¡¿Qué?! ¡No! Es mi vecino… —La miró con mayor confusión y el vigilante estaba riéndose ante la situación que parecía empeorar, en vez de aclararse.

—¿Te besas con tu vecino? —preguntó con sorpresa y ella negó.

La pobre respiró profundo e intentó organizar las ideas para no seguir arruinando todo.

—Ese que me besó es un hombre loco, sinvergüenza y estoy convencida de que me quiere hacer la vida imposible.

Nos conocimos ayer y hay quien quiere sabotear mi cita.

¡No pienso dejarlo ganar! —Caminó con seguridad hacia Pablo, agarró la rosa que seguía en su mano—.

Gracias. —Pasó el brazo por el de su acompañante y quedaron de gancho.

Él iba en completo silencio y ella no paraba de maldecir a Fernando internamente. No lograba comprender su nivel de descaro.

Demasiado guapo, absurdamente desordenado, despreocupado en exceso y seguro que en el amor no cree o no se comportaría como un patán con las mujeres.

Recordó las características que le había conocido hasta el momento y le aplicaban a la perfección a lo que para ella era un NO rotundo a la hora de elegir a un hombre.

—Este es mi auto —dijo Pablo al detenerse para no seguir caminando sin siquiera mirar el camino. Volteó a verlo y era un BMW negro de último modelo.

—Oh, perdón. Estaba pensando. —Ximena hizo una mueca de disculpa y él le abrió la puerta para que subiera.

—Si quieres no vamos —comentó, pero ella negó con prisa.

—Vamos, solo me he quedado un poco contrariada con lo sucedido, pero quiero salir contigo. —Sonrió un poco y él asintió sin decir más.

Primera cita y arruinada por el idiota de Fernando . Bufó mientras Pablo daba la vuelta hacia el lado del conductor.

Ximena sentía que debía dejar de darle tanta importancia a las locuras de su «querido vecino» y concentrarse en el hombre a su lado.

El auto se puso en marcha; la tensión y la incomodidad eran evidentes entre ellos. Ella no dejó de pensar en la forma de cambiar eso, pero nada se le ocurría.

—¿Quieres escuchar música? —él preguntó y era evidente que él también pasaba por la misma batalla mental.

—Sí —contestó emocionada.

Empezó a sonar Coldplay; no estaba nada mal.

De hecho, a ella le gustaba tanto que empezó a tararear las canciones, hasta que se soltó por completo y empezó a cantarlas.

Pablo se unió a ella y se reía por los cambios de voz que hacía en algunas partes de Paradise .

Al final, la tensión se desvaneció y empezaron a hablar de la misma forma en la que lo habían hecho por chat.

Él le preguntó algunas cosas del trabajo y se asombra cuando ella le cuenta un poco de lo más básico, el hecho de ser abogada procesal y que le encantaba exponer los casos ante el juez, para salir triunfante tras los juicios.

Eso sí, le aclaró que solo tomaba casos en los que tenía certeza de la inocencia de sus clientes y de la vulneración de sus derechos.

—No sería capaz de defender a alguien culpable y hacerlo pasar por inocente. Mi conciencia no se lo permitiría —contestó con seguridad—. ¿Que un criminal ande suelto y pueda volver a cometer el delito por el que lo estaban juzgando y eso sea mi culpa? —Sacudió la cabeza en negación.

—Me alegra mucho saber eso, porque conozco varios que, desde que reciban el pago, ellos defienden al mismísimo demonio —comentó y ella hizo una mueca de resignación, porque es cierto.

De hecho, en la carrera le enseñaron a usar la ley a su favor, sin importar que el acusado sea inocente o culpable. La idea es ganar.

Llegaron a la cafetería de la que Pablo había hablado, pero en realidad era un café-bar, lo que cambiaba por completo la intención de la cita. Ximena lo miró con el ceño fruncido.

—Tranquila, el ambiente es genial y hay mayor variedad de bebidas con y sin alcohol, además de la música que ponen —dijo para tranquilizarla.

Entraron al lugar y sí le pareció agradable; las luces no eran tan bajas o inexistentes como en un bar, pero tampoco tenía la iluminación que ella esperaba de una cafetería; las mesas eran pequeñas y redondas, y con unos asientos que aparentaban ser cómodos.

Ya lo diría tras media hora de estar sentada.

Se ubicaron en la mesa cercana a la ventana, porque es donde menos fuerte se escucha la música y a ella le pareció lo más apropiado, ya que el propósito de la salida era seguir conversando y conocerse mejor, a ver si de ahí podía surgir algo más.

Se acercó a ellos un chico vestido por completo de negro y con una escarapela en su pecho que hacía resaltar su nombre.

Les ofreció la carta para que eligieran lo que iban a pedir.

Ximena se detuvo cuidadosamente en la parte de las bebidas; aunque se antojó de un coctel tradicional, prefirió pedir algo sin alcohol; a fin de cuentas, estaba con un desconocido y esa era su mejor forma de cuidarse.

No quería quedar en desventaja ante una situación indeseable. Eso era algo que ella tenía muy claro en su consciente y clavado en su subconsciente, no solo por los consejos de su madre o sentido común, sino que había tenido más de un cliente incriminado por extraños en estado de ebriedad.

—Me traes un café moka helado, por favor —le pidió al chico, quien anotó la orden en una pequeña agenda.

—A mí me das un licor de café con Brady —pidió Pablo y ella lo miró con una ceja levantada, porque era una irresponsabilidad que bebiera cuando estaba conduciendo.

El chico se alejó para traerles la orden.

—Estás conduciendo… —le dijo ella con obviedad y él la observó confundido.

—¿Qué tiene? —preguntó como si no supiera a lo que ella se refería, aunque lo más seguro era que se estuviera haciendo el desentendido.

—Tomarás licor —respondió seca y él hizo una mueca que pudo traducir en un «ah, eso».

—Solo será uno. —Le restó importancia y le guiñó un ojo.

Respira profundo, Ximena, y tranquilízate. Será solo un trago y aún es temprano , se dijo como si fuera una especie de mantra.

Continuaron con la conversación que llevaban en el auto; todo fluía con tanta naturalidad que ella no notó el momento en el que acabaron su primera bebida.

Él le contaba sobre su trabajo en uno de los bancos más importantes de Los Ángeles, en el que se encargaba de hacer los estudios a las solicitudes de créditos que llegan a diario.

Cuando ella le preguntó cuál era la razón para que a su edad siguiera soltero, la respuesta fue evasiva y un poco improvisada.

—La verdad, no lo sé. Supongo que las chicas con las que he salido, que no son pocas —aclara como si eso le diera más peso; ella le sonrió con incomodidad, porque no era de su incumbencia—, no estaban preparadas para una relación conmigo.

—Levantó los hombros para dar a entender que el problema no es de él, sino de ellas.

Ximena torció la boca y sonrió de medio lado; ese cuento ya se lo conoce y no es verdad que él sea tan perfecto como dice ser; algo debe tener para seguir soltero. A simple vista parecía ser un buen partido, así que entró en «modo: abogada» y así analizar la situación.

Al final no solo fue un trago, pero cuando Pablo planteó la posibilidad de dejar su auto o pedir un conductor elegido para cuando salieron del lugar, eso la dejó mucho más tranquila. Después del moka, ella pidió un coctel con brandy, porque la prueba que él le dio la dejó antojada.

Pablo pidió cada vez un cóctel diferente y más fuerte que el anterior; en cambio, ella se controló y solo pidió del mismo cóctel. Debido a la mezcla, no fue raro que al poco tiempo estuviera por completo ebrio.

Definitivamente, esto no va para ninguna parte , pensó la joven al verlo levantar la mano para pedir un trago más.

—¿Siempre te ha gustado tanto beber? —le preguntó con curiosidad.

—Uff, sí… Desde los catorce años empecé a tomar y me gusta probar cosas nuevas —comentó emocionado, como quien cuenta una historia de infancia—. No hay nada como tomar mientras lees un buen libro o al ver una película o con un buen plato de comida.

Alcohólico , esa fue la palabra con la que lo describió y recordó lo que acababa de decir con los gustos que anotó en su perfil de la aplicación.

Sospechó que era muy posible que no le gustaran tanto esas cosas, sino que las hacía bebiendo .

O sea, su gusto se reduce a lo que sea, desde que tenga un vaso en la mano y el licor bajando por su garganta.

Ximena miró la hora en su reloj; ya llevaban en ese lugar más de cuatro horas, el cansancio se le estaba acumulando y al otro día debía madrugar a trabajar, entonces le pidió irse.

Pablo estuvo de acuerdo, pidió la cuenta y, mientras esperaban, se excusó un momento para ir al baño.

—Ximena, ya vengo, voy al baño —

Ella lo miró extrañada; hablaba de forma un poco enredada, pero al verlo caminar, este lo hacía con total naturalidad, entonces no estaba borracho.

El mesero se acercó con la cuenta y ella la recibió, pero no hizo el pago, sino que se quedó esperando a que Pablo volviera, así cada uno pagaría su consumo o, como mínimo, dividirían a la mitad la cuenta. Todavía no estaban en una relación con la confianza suficiente como para hacer invitaciones.

Le hizo una seña al chico para que se fuera y le pagara en un momento.

Su acompañante se estaba demorando más de lo normal y ella solo esperaba que no se hubiesen hecho daño todas las variedades de licores que tomó.

Sin embargo, se quedó estática al verlo por el reflejo de la ventana; estaba escondido detrás de una pared y asomaba la cabeza como si esperara algo.

Se sintió tentada a girar, pero se quedó observando el reflejo y se dio cuenta de que el tipo estaba haciendo tiempo, a la espera de que fuera ella quien pagara la cuenta.

«Apuesto a que pago todo y aparece mágicamente», pensó y levantó la mano para llamar al mesero.

—¿Su acompañante estará bien? —preguntó el chico; también estaba extrañado por la demora—. Hace más de veinte minutos que fue al baño.

—No te preocupes, estoy segura de que no debe demorar en aparecer —aseguró con ironía.

No se alcanzó a retirar el chico con el comprobante de pago cuando Pablo apareció.

«¡Lo sabía!».

—Perdón la demora, pero me sentía indispuesto —se excusó y miró a su alrededor como si quisiera entender lo que sucedía a su alrededor—. ¿Ya cancelaste todo? —preguntó con falsa sorpresa—. ¡Qué vergüenza contigo!

El mesero frunció el ceño al darse cuenta de la jugada lastimera que acababa de hacer el hombre. Negó y se retiró con rapidez.

«Lo que eres es un borracho tacaño y solapado», lo insultó en su mente, pero mantuvo su rostro con una leve sonrisa que no dejaba ver su molestia.

—No hay problema… —Ximena no dijo más y se levantó de la silla, tomó su bolso y caminó hacia la salida.

—¿Te llevo a tu casa? —le preguntó con tranquilidad.

—No, tranquilo, acá pido un taxi y tú puedes descansar por el malestar que tienes —ironizó y sacó la mano para detener al auto más cercano.

—¿Malestar? —Él mismo cayó en su mentira. «Ya no se acuerda de lo que dice»—. ¡Aaaah, sí, tienes razón! —dijo con sorpresa y masajeó su estómago para darle credibilidad a su patético intento.

—Adiós —contestó ella con sequedad y se subió al taxi.

No puedo creer que desperdicié toda mi tarde de domingo en este desastre de cita , se lamentó. Podía haberme quedado descansando como quería o terminando de arreglar algunos detalles de la mudanza.

—Qué día tan largo —se lamentó y el conductor la miró por el retrovisor.

—Dentro de poco acabará —dijo con amabilidad y ella le respondió con una sonrisa.

—Ojalá, porque si ayer estaba desilusionada de los hombres, hoy lo estoy mucho más —respondió y el hombre no dice nada, solo levantó un poco sus hombros.

Ximena sacó el celular de su bolso y revisó el correo. Respondió algunos mensajes que le dejaron, pero no los envía, sino que los deja programados para que lleguen en horario laboral.

El taxista llamó su atención al llegar frente al edificio indicado; ella iba tan concentrada que no notó el momento en el que llegaron. Observó un poco desorientada y, al volver a la realidad, le pagó la carrera y se bajó del auto.

—Muchas gracias —se despidió.

—Espero que su día mejore o, al menos, que pueda descansar —le dijo el hombre y ella asintió antes de entrar.

No ve por ninguna parte al vigilante, pero alguien le abre la puerta del edificio; entró directo hacia el ascensor y, cuando la puerta está por cerrarse, un brazo se atraviesa y esta se vuelve a abrir. Fernando aparece; ella solo voltea los ojos y se acomoda en la esquina del ascensor.

—¿Qué tal tu cita? —preguntó con notable interés. Ella soltó un suspiro pesado—. Te ves igual de apagada que esa rosa —comentó y le recordó que la estaba cargando todavía, aunque ya está marchita por el calor y falta de agua.

—Igual a esta rosa. —Se la puso frente al rostro—. ¿La quieres o puedo botarla? —Levantó una ceja y él no respondió.

Al llegar a su piso, se fue tras ella hacia su apartamento. Abrió la puerta y él entró.

—¿Qué crees que haces? —preguntó confundida.

—Te ayudaré a mejorar tu día —comentó con picardía. Ella se puso nerviosa, pero disimuló con su ceño fruncido.