La lista del amor (y otros desastres) La chica de la puerta del lado
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La chica de la puerta del lado

Quedó atónita en la puerta del apartamento al ver cómo Fernando abrazaba por la cintura a la que supuso era su mujer, y antes de cerrar la puerta, le guiñó un ojo.

Al cerrar la puerta, Ximena soltó un bufido y se giró para entrar a su apartamento con todas las compras.

—Lo que me faltaba… —dijo molesta y caminó hacia la cocina para guardar todo.

G uapo, caballeroso y sinvergüenza. ¡Ja! , no podía dejar de pensar en el vecino y le daba rabia haberse quedado como idiota frente a él cuando una mujer a medio vestir lo esperaba en su apartamento.

Al terminar de organizar las compras, el cansancio estaba por vencerla completamente; se dispuso a alistarse para su primera noche en su nuevo hogar.

Agradecía el consejo que le dio su mamá antes de irse a vivir a Los Ángeles: lo primero que se organizaba en una mudanza era la habitación, porque ese es el lugar de descanso y con desorden sería imposible.

El desorden en el resto de la casa era algo manejable.

Entró al baño para lavarse la cara, los dientes y recogerse el cabello, porque la noche estaba calurosa. De su maleta sacó el primer pijama que encontró y se lo puso con prisa. En la mañana tendría que acomodar toda su ropa o esta se arrugaría.

No pudo evitar fruncir el ceño al verse en el espejo y notar que el pijama estaba tan viejo que se veía raído en la parte del short que quedaba sobre sus nalgas y, para rematar, tenía el borde de la blusa descocido.

—¿Pero qué carajos? ¿Por qué no he botado esto? —se cuestionó, aunque al final no hizo nada al respecto, solo quería acostarse y descansar. En la mañana la tiraría a la basura, porque no pensaba dejarla ni siquiera de trapo para limpiar.

Bostezó ampliamente y corrió a la cama; solo se cubrió con la sobre sábana y, apenas puso la cabeza en la almohada, quedó profundamente dormida.

Era domingo a las 6:30 a.m. y ella se encontraba despierta como cualquier día laboral. Bufó, se pasó las manos por el rostro; se sentía frustrada, quería dormir, al menos, hasta las diez de la mañana.

—¡Maldito reloj biológico! —Hundió el rostro en la almohada.

Intentó dormirse de nuevo, pero mientras giraba en la cama, el timbre de su apartamento sonó y le espantó el poco sueño que aún sentía. No sabe quién pudiese ser a esa hora; la única persona posible es Samantha, quien seguro se debió acordar de la nevera y despensa desocupadas.

Ximena se levantó de la cama y, mientras buscaba sus pantuflas, el timbre volvió a sonar con insistencia. Dejó la búsqueda y corrió a abrirle.

Levantó una ceja al ver a Fernando en su puerta; además, lo vio mirar hacia atrás y formar un gesto de terror al escuchar cómo abrían la puerta de su apartamento.

La empujó a un lado y cerró la puerta del apartamento de Ximena, para después quedarse viendo por la mirilla.

—¿Se puede saber qué carajos haces? —preguntó ella de mal genio.

—Shhh —la calló y volvió a pegar el ojo a la puerta.

—¡A mí no me callas en mi propia ca…! —no terminó, porque le cubrió la boca con su mano y la pegó contra su cuerpo.

—Silencio, que no quiero que sepan en dónde estoy —pidió en un susurro y un escalofrío recorrió toda la columna de Ximena, quien asintió y, apenas la soltó, se alejó de él.

La mujer de la noche lo llamó y buscó por el pasillo; después volvió a entrar al apartamento, tiró la puerta con rabia y diez minutos después volvió a sonar un portazo.

Durante todo ese tiempo, Fernando estuvo pegado a la puerta y, aunque intentó ignorarlo, fue inevitable detallar su cuerpo tonificado, las nalgas bien marcadas bajo su pantalón gris de sudadera, el cabello despeinado y ese mismo olor que el día anterior la había dejado enajenada.

—Ufff —suspiró Fernando y soltó el aire al asegurarse de que la chica se había ido.

Al girarse con lentitud, una sonrisa incómoda adorna sus labios y se encuentra con la mirada seria de Ximena, quien lo observa de brazos cruzados y con una ceja levantada. Él la observa de arriba abajo, obligándola a controlar la respiración y no sentirse cohibida.

Se acerca a ella con una sonrisa torcida; el corazón de Ximena late acelerado, pero hace un esfuerzo sobrehumano para ocultar lo que le está haciendo sentir, hasta que él con su dedo agarra el borde descocido de la blusa.

¡Mierda! Olvidé por completo que tenía puesta esta porquería, se lamentó Ximena.

—Deberías botarla. —La miró con picardía—. Hazlo de una vez. —Le guiñó un ojo.

—¡¿Qué te pasa?! Supongo que quieres que me la quite acá mismo —comentó con ironía y él sonrió con descaro—. ¡Lárgate de mi casa! —gritó y lo empujó, pero eso solo logró que Fernando soltara una carcajada.

—Esa no es la forma de tratar a tu nuevo vecino —le reprochó y ella sintió ganas de sacarlo a volar del apartamento—. Deberías invitarme a un café o… mejor aún, ¡a desayunar! —comentó emocionado.

—¡Acabas de esconderte de tu novia! —gritó desesperada. Fernando la llevaba al límite.

—No es mi novia —se rio y negó—, solo es una chica que conocí ayer y vinimos a mi casa —respondió con naturalidad.

Si a esa la conoció ayer, entonces la borracha era otra , concluyó, frunció el ceño y se encontró con su mirada sobre su cuerpo.

—¡Deja de mirarme de esa forma! —le gritó, pero sonó como una chiquilla caprichosa.

¡Mierda!, no dijo nada más y salió corriendo hacia su habitación para ponerse algo de ropa encima.

Al volver de la habitación, no lo ve por ningún lado; pensó que lo más seguro es que se haya ido, pero ese pensamiento se desvaneció con prisa al escuchar algunos ruidos que salían de la cocina.

Caminó hasta allá y lo encontró revolcando todo, mientras sacaba una olla pequeña y la ponía sobre el fogón.

—¿Qué haces? —Estaba confundida de verlo ahí, no por lo que hacía, porque era evidente que preparaba algo.

—Ya que tú no me ofreces nada, yo haré el desayuno. —Sonrió con suficiencia y se volteó para seguir sacando comida de la despensa y la nevera.

Ximena se fue a la sala para ignorarlo la mayor parte del tiempo posible; recordó la notificación que tenía de la aplicación, entonces aprovechó para ir por su portátil y revisar.

Abrió el correo y buscó el mensaje.

«Ximena, bienvenida a Match your heart . Tenemos un candidato en tu búsqueda. Da clic en este enlace y verás el perfil que tenemos preparado para ti».

Respiró profundo…

¿Por qué hago esto? , pensó un poco arrepentida, pero cuando giró la cabeza se encontró con la invitación a la boda de su prima. Ese era el recuerdo de lo que la llevó a tomar la decisión de meterse en esa locura.

La página empezó a cargar y lo poco que iba viendo le gustaba. Salió la foto de un hombre de cabello oscuro, agraciado, de aspecto latino y, al leer su nombre, lo confirmó.

Nombre: Pablo Rivera.

Edad: 40 años.

Nacionalidad: mexicana.

Profesión: contador.

Gustos: la buena comida, leer libros de historia y viajar.

Frase personal: Estoy en busca de la mujer que desordene mi mundo… Ojalá seas tú.

Se rio al terminar de leer el corto perfil y, en especial, la frase de conquista. Suspiró con fuerza y apretó el botón «Aceptar» para que el chat entre ellos se abriera.

Fernando se acercó; ella lo había olvidado por completo, entonces se asustó y cerró con prisa la tapa del portátil. Él la miró con una ceja en alto y ella le respondió de la misma forma.

—¿Qué escondes? —Estiró la mano para abrirle el portátil y con agilidad ella lo quitó de su alcance.

—No te importa —contestó con sequedad—. ¿Qué quieres? —preguntó con la cabeza ladeada, mostrando interés.

—Ya está el desayuno. —Sonrió y se devolvió a la cocina.

Ximena caminó de mal genio hacia el comedor, pero el rico olor de la comida le hizo bajar un poco las defensas. No lograba comprender en qué momento había quedado metida en esa situación, con su «querido» vecino mujeriego en casa y estrenando su cocina.

¡Ni yo he cocinado la primera vez!, pataleó en su mente. Cuando se dio cuenta, Fernando la observaba con una risa contenida. La pataleta se había movido por su cuerpo sin que pudiera controlarla y no solo se notó en su rostro, sino en el movimiento frenético de sus pies.

—¿Por qué te mueves como una niña pequeña cuando le piden que haga algo que no desea? —preguntó con ojos entrecerrados.

Mierda .

Se sentaron a comer en completo silencio; se negaba a admitir en voz alta que la comida estaba muy sabrosa, porque con lo confianzudo que había demostrado ser, capaz y se le aparecería todos los días.

Además, ella no dejaba de sentirse incómoda de que la hubiese usado para esconderse y hacerles desplantes a las chicas que conquistaba solo para llevarlas a la cama.

—Bueno, si no es más… —Lo miró con seriedad al terminar de recoger los platos de la mesa—. ¿Te puedes ir? Quiero descansar y disfrutar de mi apartamento en completa soledad —dijo Ximena con una sonrisa falsa adornando su rostro y le señaló la puerta.

—Está bien, ya me voy. —Levantó las manos en señal de rendición—. Gracias por el escondite —dijo con descaro y le guiñó un ojo.

—Pues no se te vaya a hacer costumbre —le advirtió y cerró la puerta tras su salida.

Caminó de vuelta hacia la cocina para ver el desorden que Fernando había dejado. Ollas, platos, cubiertos, boronas de pan, las cáscaras de los huevos y otras cosas que ni entendió en qué momento las había usado. Soltó el aire con fuerza.

—¡Yupi! Voy a estrenar mi cocina, limpiando lo que no ensucié —ironizó y empezó a organizarlo todo.

Antes de volver a la habitación, recogió el portátil para seguir revisando los pendientes.

De nuevo se metió a la cama y abrió la página en la que estaba antes del desayuno y quiso saber si le faltaba algún paso adicional para entrar a tener una conversación con Pablo Rivera.

Completó uno de los campos en el que le pedían un pseudónimo y solo se le ocurrió poner «La chica de la puerta del lado»; le dio clic a «Continuar» y envió su primer mensaje:

Hola.

Ya solo le quedaba esperar una respuesta.

La conversación con Pablo fue corta, pero agradable y, sin darle tantas vueltas al asunto, al final quedaron en verse esa misma tarde en una cafetería hacia el centro de la ciudad. Ximena se levantó de la cama e hizo a un lado el plan de quedarse descansando todo el día.

Disfrutó la ducha que se dio; el agua caía con fuerza, como si pequeñas agujas quisieran relajar sus músculos tensos con un masaje. Había pedido una regadera inteligente; se puso a jugar con los botones para saber cuáles eran los cambios de intensidad y chorro que tenía.

—¡Está genial! —dijo emocionada e hizo un pequeño bailecito al masajear partes de su cuerpo sobre las que caía el chorro de la regadera manual.

Algunas ideas calientes se le pasaron por la mente; recordó cuando su prima le contó que era posible masturbarse al usar una de esas duchas manuales y lanzar el chorro en el punto más sensible entre sus piernas.

Se sintió tentada a intentarlo, pero al final desistió, no solo por falta de preparación para probar algo nuevo, sino que tuvo en cuenta que faltaba poco tiempo para que Pablo la recogiera y se fueran a su cita.

Usó un vestido blanco corto con un diseño lleno de piedras doradas, creando líneas en varias direcciones; se maquilló al natural y dejó su cabello suelto.

El intercomunicador sonó y el corazón de Ximena dio un salto en su pecho. No respondió, sino que salió del apartamento y parecía que el ascensor la esperaba para bajar. Al poner un pie en el primer piso, cerró los ojos e hizo una corta petición para que todo saliera bien.

El hombre la espera con una rosa en la mano; le pareció un acto muy tierno y sonrió al acercarse a él.

—¿Vas de salida? —dijo Fernando al aparecer en la puerta del edificio. La miró de arriba abajo y, sin esperárselo, se acercó a su rostro y le depositó un casto beso sobre sus labios. No le importaba que la cita de Ximena los estuviera viendo—. Pásenla bien —dijo y se retiró hacia el ascensor.

¡Pero ¿qué carajos le pasa a este?! Ella quedó inmóvil.