El apartamento de mis sueños
Ximena salió del juzgado, estaba extenuada, pero contenta, porque después de un largo proceso, el caso había llegado a su final con el triunfo de su mano. No era un caso fácil; varios abogados habían desistido, pero ella sacó adelante el reto.
Su celular timbró con fuerza y se apresuró a sacarlo de su maletín. En la pantalla apareció el nombre de su jefa; cruzó los dedos para que no fuera nada malo, porque no deseaba que nada arruinara su momento de alegría y triunfo.
—¡Ximena Miller, dime que es verdad! —gritó.
—Samantha White, ¿de qué hablas? —bromeó al llamarla por el nombre completo.
—Me acaba de llamar el juez Carson para contarme la forma en la que defendiste al cliente. ¡Dijo que estuviste maravillosa! —exclamó emocionada. Ximena soltó una carcajada, porque parecía más emocionada su jefa que ella.
— Wow , gracias, pero solo estaba haciendo mi trabajo —contestó, restándole importancia, y la escuchó bufar.
—Siempre tan modesta… —La pudo imaginar voltear los ojos y rio con disimulo.
—Bueno, si quieres celebrar, te espero en mi apartamento y abrimos una botella de vino con algo de comer —propuso y Samantha soltó un sonido afirmativo antes de colgar el teléfono, sin decir nada más.
Ximena caminó hacia su auto, abrió la puerta y, antes de entrar, se quitó el saco del traje. En la calle el calor era abrasador; en el juzgado había aire acondicionado y el cambio la hacía sentir que se derretía.
En el trayecto a casa se detuvo en un supermercado exprés para comprar papas, pasabocas, quesos y una buena botella de vino californiano.
Samantha le había abierto las puertas del bufete desde que llegó como una abogada inexperta a Los Ángeles, además de que no solo le dio uno de los mejores empleos posibles, sino que confió en ella y la ayudó a adaptarse a la ciudad.
Llegar de una ciudad tan diferente como Ashland a una en la que el solo entrar a una panadería podía convertirse en un encuentro con alguna celebridad que solo había visto en televisión o en el cine, fue un choque cultural fuerte, en especial si no se tiene una persona a la que se pueda recurrir como un apoyo para canalizar y nivelar las emociones; son muchas las vergüenzas que se pueden pasar. Para Ximena, esa persona era Samantha.
Samantha White llevaba años al frente del bufete que creó su padre y desde el principio demostró sus capacidades como abogada. Les cerró la boca a más de un abogado engreído y machista, que se quiso pasar de listo cuando ella llegó a su puesto.
Al entrar al bufete, el abogado aprendiz de su padre fue su ayudante en los casos asignados; entre ellos nació un amor muy bonito, digno de admirar y envidiar, y están felizmente casados.
Ximena llegó a su apartamento, mandó los tacones a volar y golpearon una de las cajas con lo de su mudanza; eso la tenía ansiosa, porque esperaba recibir en cualquier momento la llamada más emocionante de su vida, hasta el momento.
Dejó las compras en la cocina, metió el vino a la nevera un rato, solo para que se enfriara un poco y no estuviera caliente, ya que le parecía espantoso.
Se cambió de ropa con prisa; deseaba estar cómoda. No alcanzó a terminar de desmaquillarse cuando el timbre sonó. Salió corriendo con emoción para abrirle la puerta a una emocionada Samantha, quien llevaba una botella del mismo vino que había comprado ella.
—¡Dos botellas! ¡Perfecto! —gritó emocionada, se lo arrebató de las manos y le hizo un ademán para que la siguiera a la cocina para alistar las cosas.
—Hoy es un día para celebrar y aprovechemos que ¡mañana descansamos! ¡Porque es sábado! —exclamó Ximena, al tiempo que hizo un baile gracioso que las hizo reír.
La semana no había sido fácil para ninguna y ese era su merecido descanso.
—Deberías guardar silencio y que tu jefa no se entere de que no te gusta el trabajo —bromeó Ximena en un susurro.
—Ups…, no tiene que enterarse. Además, amo mi trabajo, pero también me encantan los fines de semana de descanso y sexo desenfrenado con mi sexy esposo —se regodeó mientras subía y bajaba las cejas.
—Gracias por recordarme mi casi inexistente vida sexual —comentó Ximena con una mueca y Samantha se rio.
—¿Tan mal estuvo el abogado Salgado? —inquirió y la joven volteó los ojos.
—Fueron los mejores tres minutos de mi vida —dijo con ironía y su amiga no logró contener una carcajada.
—Y tan adonis que se veía —comentó e hizo una mueca decepcionada.
—No me dejaré llevar por las apariencias, nunca más, ni haré caso a tus recomendaciones, porque mira en lo que terminan. —Fingió estar ofendida y la amiga se acercó a abrazarla.
Las horas las pasaron entre risas, chistes, la recreación de gran parte de la audiencia ganada, porque Sam quería saber todo con lujo de detalles, en especial, cómo Ximena evidenció la invalidez de las pruebas circunstanciales que te tenían en contra del cliente.
A las once de la noche, tras la llamada preocupada de su esposo, Samantha se fue en un taxi del apartamento de su amiga.
Ximena dejó el reguero en la cocina; después lo ordenaría, porque en ese momento estaba cansada y solo quería ir hacia su cama.
Al llegar a la habitación, notó que su celular tenía varias notificaciones para revisar; algunas eran propaganda, otra era de una encuesta por una compra por internet, una de « Match your heart » y un mensaje de voz.
La primera notificación de la aplicación de citas hizo que su corazón diera un salto y latiera agitado; en ese momento no se sentía
preparada para revisarla y ver el primer candidato a «hombre ideal», así que decidió escuchar el mensaje.
—Señorita Miller, habla Joaquín, el contratista. La llamo para decirle que la adaptación de su apartamento ya está terminada. Si está de acuerdo, mañana al mediodía podemos vernos para hacerle la entrega del lugar. Quedo a la espera de su respuesta. Tenga buen día.
Apenas terminó de escucharlo, empezó a saltar como loca; se sentía feliz. Le respondió con prisa al contratista, por medio de un mensaje escrito; ya no era una hora apropiada para llamarlo.
La noche la pasó en vela; estaba ansiosa y se dedicó a terminar de empacar lo que más pudiera. De hecho, la adrenalina le ayudó a avanzar en pocas horas, lo que en otras circunstancias haría en dos semanas.
Agradeció que fuera sábado y la cita al mediodía, porque el sueño la abrazó de un momento para otro y sucumbió.
Cuando dejó a su familia y viajó lejos de Roman Darcy, el comprar el apartamento de sus sueños parecía algo lejano, pero en ese momento, con las llaves en sus manos y parada bajo la puerta principal, desde donde podía ver cada una de las esquinas cercanas, se sentía la mujer más feliz y realizada del planeta.
Suyos eran ciento veinte metros cuadrados de esfuerzo, dedicación, ilusión y trabajo. Solo le quedaba terminar de mover sus cosas y, como contaba con poco tiempo entre semana, estaba más que dispuesta a contratar una empresa especializada en mudanzas y así empezar su nueva vida en su nuevo hogar.
Hizo una videollamada con sus padres para mostrarles el lugar y después llamó a su prima, quien estaba tan emocionada como ella.
Las felicitaciones y el orgullo que sentían por sus logros la hacían sentir muy feliz y orgullosa de sí misma; eso le recargaba las energías para ser imparable y seguir alcanzando metas.
Terminó la llamada y un fuerte golpe en el pasillo la hizo respingar; con prisa fue hasta el ojo mágico y vio cómo una persona se levantaba con prisa del suelo y entraba en el apartamento del frente.
Era una pareja y se carcajeaban, alterando así la tranquilidad que hubo hasta hace unos pocos minutos.
No son ni las tres de la tarde y ¿ya están borrachos? Frunció el ceño y respiró profundo para no dejarse dañar uno de los mejores días de su vida.
La semana laboral se le hizo eterna y muy tensionante, porque apenas llegaba a su apartamento, se dedicaba a seguir empacando todo.
La gran ventaja con la que contaba era tener a su jefa como mejor amiga, quien la comprendía y se encargó de algunos pendientes, así como la cubrió en unas reuniones; con eso tuvo más tiempo para dedicarle a la mudanza.
Con melancolía se despidió del apartamento en el que vivió esos años en Los Ángeles; el camión estaba cargado. Samantha y León fueron a ayudarla, aunque no era mucho lo que tenían por hacer, ya que los trabajadores de la empresa de mudanza se encargarían de lo principal.
En el nuevo apartamento, los chicos y chicas se movían como hormigas por todo el lugar y dejaban todo listo, así que ella se dedicó a decirles en dónde quería que dejaran las cosas, mientras su amiga, junto a su esposo, se dedicaron a andar cual turistas, lo que se veía gracioso.
El tiempo pasó con prisa, los de la empresa se fueron y ellos se sentían agotados, siendo que no habían cargado muchas cosas, pero sí habían caminado de forma incesante todo el día dentro del apartamento.
Con la nevera desocupada y mucha vergüenza, lo único que les ofrece es un vaso de agua que reciben complacidos.
Se despiden para dejarla descansar y que disfrute de su nuevo hogar.
Los acompaña a la salida del edificio y aprovecha el haber bajado para ir por algo de comida en el supermercado a la vuelta de la esquina.
Echó cosas al carrito y al momento de pagar sintió que se le fue la mano en la cantidad comprada, porque no tenía ni idea de cómo haría para cargarlas ella sola. Su cara la delata y uno de los empleados del supermercado se ofreció para ayudarle con las bolsas hasta la entrada del edificio.
Le agradeció y dio algo de propina. Cuando el chico se marchó, ella quedó pasmada en la puerta.
El vigilante se acercó, pero primero llegó a su lado un chico de cejas pobladas, cabello castaño despeinado, mandíbula cuadrada, una barba incipiente, ojos verde oscuros, muy varonil, como de metro ochenta de alto, y el olor de su colonia le entró por sus fosas nasales e hizo que por un instante todo se le olvidara.
Ella misma se sorprendió de lo rápido que lo escaneó.
Con un ágil gesto, él tranquilizó al vigilante, que, tras un asentimiento, volvió a su puesto de trabajo.
—Hola, mucho gusto, soy Fernando —la saludó y extendió su mano hacia ella.
—Ximena —contestó como idiota. «Ay, Dios, está buenísimo».
—Te ayudo. —No esperó ninguna respuesta y empezó a recoger varias bolsas. Caminó con confianza hacia el interior y ella se limitó a seguirlo con la única bolsa que le dejó.
En completo silencio entraron al ascensor; el camino fue rápido y, apenas se abrieron las puertas del aparato, Fernando salió y dejó las bolsas frente a la puerta del apartamento de su joven vecina.
Antes de que Ximena pudiera agradecerle, la puerta del apartamento del frente se abrió y se asomó una rubia en ropa interior diminuta, cubierta a medias por una camisa masculina. En ese instante odió estar tan mal vestida, así como la mirada despectiva que le regaló la rubia.
—Cariño, te estoy esperando —dijo la chica con una voz que la hizo parecer una gata en celo. Él sonrió y se fue hacia el apartamento.
¡El borracho! Bufó.