La lista del amor (y otros desastres) Desastres amorosos #3
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Desastres amorosos #3

Sin embargo, en una oportunidad todos fueron invitados por los padres de John a su casa, donde conocieron a los padres de Timothy.

La reunión parecía ir bien, hasta que el padre del chico empezó a exigirle que ayudara con las labores de la casa y que debía conseguir un empleo.

La verdad, era una conversación que para otros debería ser algo normal; los jóvenes acostumbraban a conseguir un trabajo mientras estudiaban su carrera.

Ximena, desde los dos meses de haber llegado a la universidad, empezó a trabajar como mesera en un restaurante cerca del campus y tres años después ya ejercía como administradora de medio tiempo en ese mismo lugar.

Lastimosamente, la petición del hombre no fue bien recibida por su hijo y su esposa.

Timothy renegaba; la mujer saltó para defenderlo y reiteraba que él no tenía necesidad alguna de hacer nada en casa, porque para eso estaba ella y la mujer que les ayudaba algunos días de la semana; mucho menos tenía que conseguir un trabajo, para eso su padre trabajaba y, mientras viviera en casa, nada le haría falta.

La situación fue penosa, no solo por lo incómodo que se tornó para todos los observadores, sino que el pobre hombre insistía con una batalla que ya estaba más que perdida.

Ximena miró a John y el chico tenía el rostro transmutado y enrojecido de la vergüenza con ellas por el espectáculo que su familia daba. Las hizo levantar de las sillas y salieron a prisa de la casa, con los gritos de fondo.

—Perdón, chicas…, Timothy siempre será el nene de mi tía y mi tío no pierde la esperanza de que algún día crezca —se disculpó John al abrir la puerta de su auto para llevarlas de vuelta al campus.

[ Mister Darcy]

En el quinto año de universidad conoció al hombre más perfecto, caballeroso, gallardo, elegante, sofisticado y cualquier otro adjetivo favorecedor que se le ocurriera.

Además, tenía un apellido que la transportaba al siglo XIX, en medio de la familia Bennet de «Orgullo y prejuicio», uno de sus libros favoritos.

Roman Darcy la hacía sentir como si fuera Elizabeth Bennet, rodeada de elegancia y un amor tan bonito y especial, que por su mente le parecía imposible que dejara de existir.

Él se ganó el cariño de toda la familia Miller, quienes lo recibieron con los brazos abiertos. El padre del joven era un comerciante reconocido en Ashland, de donde también era. Esas coincidencias los unieron mucho más.

Al inicio del cuarto año de universidad, Ximena había renunciado al restaurante, porque aprovechó la oferta que el profesor Mitchell le hizo para que fuera parte de su equipo de trabajo y aprendiera desde adentro todo lo que conllevaban los litigios del prestigioso bufete de abogados del que el hombre era socio.

El profesor era un gran apoyo para Ximena; la admiraba y la impulsaba a mejorar y aprender.

Siempre le hacía saber lo orgulloso que se sentía de tener a una estudiante como ella y le pedía que no fuera a dejar pasar las oportunidades que le ofreciera la vida, porque él sabía el gran potencial que ella tenía como una gran abogada.

Ella no desaprovechó el tiempo y aprendió todo lo que pudo; eso le dio la opción de quedarse a trabajar en el bufete cuando se graduara de su carrera y, el quedarse al lado de Roman, se volvía una alternativa que se materializaba poco a poco.

El sueño de graduarse y continuar con el hombre que posaba a su lado con el diploma en las manos se haría realidad.

Con sonrisa amplia y radiante en todas las fotos, hacía suspirar a todos los que los veían y no faltaba el comentario de quienes evidenciaban lo enamorada que se encontraba de Roman Darcy.

Ya llevaban dos años de novios; a los ojos de Ximena todo iba perfecto, pero en realidad estaba enceguecida; todos los errores de la relación los pasaba por alto o no les daba la importancia que merecían.

Varias veces él la dejó esperándolo, no contestaba las llamadas, respondía con evasivas o cosas por el estilo, pero todo quedaba solucionado con algunas palabras dulzonas y un lindo ramo de flores.

De un tiempo para acá se había convertido en un cliente regular de la floristería.

El día que la invitó a uno de los mejores restaurantes de Ashland, su prima y mamá la acompañaron a comprar un vestido y lencería especial para ese día; todas estaban más que seguras de que volvería a la casa con un diamante en su dedo anular izquierdo.

Le arreglaron las manos, hasta masaje le hicieron y le aplicaron un esmalte suave y delicado, lo que haría de la foto de su mano tras la propuesta algo digno de enmarcar.

El final de la cena ya no valía la pena recordarlo; se encontraba sentada frente a la pantalla de su computador y rellenaba todos los campos requeridos en «Match your heart» para ayudarle a encontrar al hombre perfecto y que se convirtiera en el amor de su vida.

Con cuatro sapos y un renacuajo, ya tenía suficientes experiencias amorosas desastrosas como para saber lo que no quería volver a encontrar en un hombre y por eso estaba decidida a buscarlo por ese medio.

Los algoritmos serían el filtro perfecto que la ayudarían a no volver a caer en los errores del pasado ni le quitarían el tiempo necesario para seguir con sus labores como una exitosa abogada en Los Ángeles.

D e buenas en el trabajo y de malas en el amor, mejores palabras no la podían definir.