La lista del amor (y otros desastres) Desastres amorosos
6%

Desastres amorosos

[El primer beso]

Era pequeña, pero eso no la disuadió de enamorarse de uno de sus compañeros; sí, era consciente de que no estaba en edad de pensar en hombres y romance, pero Nathe le encantaba, al punto de dejarla sin habla y con un vacío en el estómago.

Sus padres confirmaron la asistencia de Nathe a la fiesta y, a pesar de la emoción, los nervios por momentos le ganaban la batalla interna que tenía en su mente y la distraían de jugar con su prima.

La fiesta estuvo genial, entretenida y todos estuvieron felices.

Nathe le regaló un peluche de oso y, aunque era común, para ella fue algo más que especial, porque venía de él.

En un momento de la fiesta, él se acercó y la agarró de la mano para llevarla hacia el jardín trasero de la casa.

No entendió qué pasó, pero de repente el niño le dio un casto beso en los labios, sus ojos se abrieron y sintió que se volvía gelatina.

—Feliz cumpleaños, Xime —le dijo y salió a correr.

Ella no supo qué hacer, volvió a la fiesta y no dejó de pensar en cómo actuaría de ahora en adelante cada vez que lo viera en clase.

Al final, fue una preocupación sin sentido, ya que, a la semana siguiente, él no volvió a dirigirle la palabra, la miraba extraño y, el último día de clases, fue la última vez que lo vio en su vida.

Ximena lloró varios días, sin entender qué era lo que había pasado. A la única a la que le contó lo que había pasado fue a su prima Allison, quien se encargó de consolarla todas las veces.

Cuando cumplió los catorce años, agarró el oso, que llevaba todos esos años guardado, y lo quemó en el jardín de la casa, sin importarle el regaño que sus padres pudieran darle.

[El más guapo y popular]

Estaba por empezar su último año de preparatoria y se sentía como un pez fuera del agua, porque sus padres la cambiaron de escuela por una con mejor nivel educativo, ya que sentían que sus capacidades se estaban desperdiciando.

De pie en la puerta del salón y con las miradas de todos encima, se sentía tan perdida que empezó a temblar como una gelatina.

—Señorita Miller, bienvenida —dijo el profesor con amabilidad, a lo que solo supo responder con un asentimiento de cabeza y tragó saliva con fuerza—. Por favor, siga… allá hay un puesto disponible. —Señaló un pupitre al otro lado del salón, junto a la ventana que daba a la calle.

Se dirigió al lugar mientras sentía en la espalda todas las miradas de sus compañeros; sí que era incómodo, aunque no tanto como el momento en el que llegó a la mesa y, al intentar sacar la silla, todo se le vino encima.

Su rostro estaba a punto de encenderse en llamas y las risas tampoco ayudaron a pasar el mal rato. Linda forma de empezar en un lugar nuevo , se reprendió e intentó levantarse, pero con la maleta llena de útiles, la mesa, la silla y ella en el suelo, todo parecía una gran maraña.

Unas manos cercanas empezaron a recoger todas las cosas encima de ella, pero era tanta su vergüenza que no era capaz de levantar la mirada para agradecer la ayuda, aunque por su mente pasó la idea de que quien la ayudaba era el profesor, hasta que escuchó un regaño de fondo a quienes se burlaban de su situación.

Apenas quedó liberada, tomó la mano que se extendía ante su rostro y se levantó con cuidado, en un intento por recobrar la dignidad perdida.

Al remover el cabello de su rostro, fue inevitable posar sus ojos sobre el chico que la había ayudado.

Era atlético, de cabello castaño claro o rubio oscuro, según se pensara, un poco largo y le caía de medio lado sobre su frente; ojos intensos, una sonrisa como de propaganda de crema dental y una amabilidad más allá de la esperada.

Quedó muda y de nuevo con las mejillas sonrojadas.

—Gracias —contestó en un susurro y se sentó con rapidez, dándole la espalda y evitando a los demás.

—Señorita Miller, ¿se encuentra bien? —preguntó el profesor. Ella asintió y levantó sus hombros para restarle importancia a lo sucedido. Lo mejor era que continuara con la clase y dejara de enfocar toda la atención en ella.

A la salida de la clase, el mismo chico que la había ayudado se acercó con esa sonrisa que la dejaba sin habla. El corazón de Ximena latió con fuerza.

—Hola, ¿cómo sigues del golpe? —preguntó y ella sintió morirse de vergüenza.

—Bien, gracias… —Maldijo internamente de solo pensar que ahora todos las conocían por haber sido la chica que se cayó.

—Mi nombre es Paul —dijo sonriente y le guiñó un ojo—. Soy el capitán del equipo de fútbol —se presentó orgulloso y extendió su mano.

Claro, tenía que ser.

—Mucho gusto, soy Ximena —lo saludó.

—¿Sabes que eres hermosa? —la halagó y se divertía con lo sonrojada que se ponía a su alrededor.

—Gra-gracias —contestó ella, sin saber qué más decir.

Desde ese momento no perdían la oportunidad de hablar y compartir un momento juntos.

La atracción entre ellos era evidente; por eso, cuando él le pidió la oportunidad de tener algo «más serio», ella no dudó en aceptarlo.

Así pasó de ser «la chica que se cayó» a «la novia de Paul».

De ser un desastre, pasó a ser una chica popular.

Su vida cambió para bien; lo que parecía imposible cuando llegó a la escuela se volvió el día a día. Los amigos de su novio se volvieron sus amigos.

Con él vivió muchas cosas, entre esas la más importante para una chica adolescente y enamorada: su virginidad, porque estaba plenamente convencida de que él era el chico perfecto.

Él había aplicado para la Universidad del Estado de Oregón para estudiar Salud y Fitness, la carrera que le encantaba y en lo que se sentía más feliz.

En los planes de Ximena no estaba entrar a esa universidad, pero al no querer separarse del que creía su gran amor, no demoró en buscar toda la información de la carrera de Derecho.

Al final se presentó y fue aceptada, lo que la hizo muy feliz.

¡Sí, vamos a estar juntos!

Pensaba en una historia de amor como la de las películas, en la que los novios de la preparatoria seguían juntos durante la universidad y después se casarían, para formar el hogar más perfecto y envidiable.

Más equivocada no pudo estar; el día del Baile de fin de año se quedó sola en medio de la pista de baile, justo después de que una chica en la entrada hiciera un espectáculo en el que tuvieron que intervenir los vigilantes y retirarla.

No le dio importancia en el momento y aceptó la oferta de su novio para traerle un poco del ponche en la mesa principal.

Solo que se demoraba más de lo esperado, así que decidió ir a buscarlo, porque el anuncio del rey y la reina del baile sería pronto.

Se habían preparado para ese momento, más que nadie.

Recorrió todos los lugares de la escuela en los que pensó que podía estar; ya estaba nerviosa de pensar que algo malo le hubiese pasado.

Caminó a la salida y de nuevo escuchó a la chica que había intentado entrar al baile.

Con curiosidad se acercó para enterarse de lo que le sucedía, pero no estaba preparada para lo que estaba a punto de escuchar y le echaría por el suelo todos sus ideales.

—¡Paul, maldición! —Le escuchó decir con claridad y se paralizó—. ¡A mí no me vas a dejar sola con este embarazo! —gritó la chica y el corazón de Ximena se rompió en mil pedazos.

—¡Nicol, yo no me pienso hacer cargo de eso! —gritó él y el pecho de Ximena se apretó al imaginar lo que la chica sentiría de escucharlo decir las cosas de esa forma.

¡¿Cómo podía referirse como «eso» al que parecía ser su hijo?!

—Pues tendrás que hacerlo, porque mis padres ya están al tanto y en este momento están en tu casa —le contestó la chica con rabia y sus ojos cargados de lágrimas.

[Daniel «El caos»]

Entró a la Universidad del Estado de Oregón, sola, porque su relación con Paul se acabó tras el engaño.

Seguro que no fue el único. Él no pudo estudiar lo que tanto deseaba; tuvo que quedarse y responder por ese hijo que venía en camino.

Entonces, al salir de la escuela, tuvo que conseguir un trabajo.

De nuevo, Ximena se sentía fuera de lugar, pero poco a poco se fue adaptando a su vida universitaria, donde su popularidad de la preparatoria no le servía de nada.

Todas las personas eran nuevas y las apariencias no importaban; cada persona va concentrada en sacar adelante su carrera y volverse profesional en lo deseado.

Las primeras semanas fueron tranquilas, más que nada porque todos se estaban conociendo, incluso los profesores y la forma en la que impartían sus clases.

En varias oportunidades y clases se cruzaba con un chico, del que no sabía el nombre, pero que la miraba de una forma que la hacía sentir un poco cohibida, pero también bonita y deseada. Eso le ayudaba a mejorar su baja autoestima tras la infidelidad de su exnovio.

Un día se enteró de que el chico se llamaba Daniel, pero ninguno tomaba la decisión de acercarse al otro.

La relación entre ellos se componía de miradas furtivas de vez en cuando y mejillas coloradas cuando sus miradas se encontraban.

Así se les pasó todo el primer semestre y las vacaciones de verano.

Al volver, el acercamiento entre ellos se concretó, pero todo eso gracias a que durante el tiempo en el que estuvo en casa, se encontró a Paul con la que ahora era su novia y una barriga tan grande, que parecía que estallaría en cualquier momento, y eso la llevó a prometerse que lo olvidaría por completo y seguiría su vida.

Con Daniel, las conversaciones esporádicas se convirtieron en una amistad, aunque la tensión entre los dos era palpable en el aire o, al menos, eso era lo que decían sus amigos y los molestaban.

Eso fue lo que lo impulsó a cortejarla; llamó su atención y se decidió a darle una oportunidad.

Una segunda oportunidad en el amor y esperaba no salir decepcionada en el proceso.