La lista de las temporeras (Las desaparecidas de la vendimia 2) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Encontraron a Inés al amanecer, en una casa de campo abandonada cerca de la carretera vieja.

La búsqueda había sido una sucesión de decisiones feas.

Llamar o no llamar a la policía local. Avisar o no a Elena.

Decirle o no a Laia que no publicara nada sobre la desaparición.

Preguntar en casas donde nadie abría, pero todos movían cortinas.

Lucas condujo por caminos que Rafa había marcado años antes sin saber que algún día servirían para encontrar a una mujer viva.

Sara, en el asiento del copiloto, repetía mentalmente una frase absurda: que esté enfadada. No pensaba que esté bien. Eso le parecía pedir demasiado. Solo quería que Inés estuviera viva y con suficiente fuerza para odiarlas.

La casa tenía el techo hundido en una esquina y olor a animal, humedad y miedo reciente.

Sara entró detrás de los Mossos y vio primero los zapatos de Inés.

Uno estaba bien puesto; el otro, torcido, con el talón aplastado.

Ese detalle le entró con más fuerza que la cuerda.

Alguien la había movido como se mueve una carga y aun así ella había intentado conservar los zapatos.

Inés no miró a Sara al principio. Miró a Lucas. Quizá porque él llevaba el apellido de quienes habían empezado aquello, quizá porque su hermano muerto había sido el único hombre de esa familia que ella recordaba intentando hacer algo tarde y mal.

—Tu hermano gritaba mucho —dijo, con la voz rota por la cinta.

Lucas se agachó.

—Ya.

—Pero al menos gritó.

Él no supo responder. Sara tampoco. A veces una superviviente no entregaba consuelo; entregaba una medida.

No la habían matado. Eso no hizo que estuviera bien.

La cuerda no estaba apretada con profesionalidad, sino con rabia y prisa.

Eso no la volvía menos cruel. Le había dejado marcas rojas en las muñecas, una piel levantada junto al pulgar, una hinchazón fea en el labio.

Inés miraba a todos con los ojos de quien ya ha contado mentalmente cuántas veces van a pedirle que repita.

Sara reconoció esa mirada y aun así no supo apartarse de su propio impulso de preguntar.

—No ahora —dijo Lucas, antes de que ella abriera la boca.

Sara lo odió durante medio segundo y luego entendió que tenía razón. Inés no era una escena abierta; era una mujer sentada en el suelo frío de una casa abandonada, con la falda manchada de polvo y un zapato mal puesto.

Un mosso joven quiso ayudar a Inés a levantarse. Ella le apartó la mano. No con fuerza, pero sí con una precisión que lo dejó quieto. Se incorporó sola, apoyándose en la pared, y durante un segundo perdió el equilibrio. Lucas dio un paso y se detuvo a tiempo.

Inés miró a Sara por fin.

—No traigáis a Laia.

Sara sintió el golpe. Laia no estaba allí y aun así acababa de recibir una condena justa.

No porque hubiese querido dañar a Inés, sino porque ya no bastaba con querer bien.

La confianza se rompía también por los bordes, con fotos mal subidas, nombres adelantados, prisas de gente que decía hacerlo por las que no podían hablar.

—No vendrá —dijo Sara.

—No he preguntado si vendrá. He dicho que no la traigáis.

—No la traeremos.

Estaba sentada en el suelo, con las manos atadas delante y una cinta en la boca. Tenía un golpe en la mejilla y los ojos secos. Cuando Lucas le quitó la cinta, no lloró. Dijo una sola cosa.

—Os dije que no quería entrar.

Sara se arrodilló delante de ella.

—Lo siento.

—Eso ya me lo dijiste.

—Esta vez también es verdad.

Inés la miró como se mira una herramienta que ha fallado, pero todavía puede servir.

—Me preguntaron por la llave.

—¿Quién?

—No los vi bien.

—¿Tomàs? ¿Víctor?

—No.

—¿Julián?

Inés no respondió. Lucas llamó a emergencias. Inés le apartó el móvil.

—No policía local.

—Necesitas un médico.

—Médico sí. Policía que no sepa cerrar ojos, también. Local no.

Neus consiguió que la declaración preliminar se hiciera con Mossos fuera del circuito habitual.

No fue rápido. Nada lo era cuando se hacía bien.

Inés habló poco. Dijo que la llevaron allí, que le preguntaron por lo que había entregado, que uno de los hombres llevaba olor a colonia cara y vino.

Dijo que oyó el nombre de Julián una vez, no como orden sino como límite: “Julián no quiere ruido”.

No bastaba. Siempre ese verbo pobre: bastar.

Inés pidió agua y luego no la bebió. La sostuvo entre las manos porque el vaso le daba una tarea.

Sara se quedó a dos metros, con la espalda contra la pared, evitando hacer preguntas que le subían solas a la boca.

Qué te dijeron. Cuánto tiempo. Cuántos eran.

Las preguntas correctas podían ser indecentes si llegaban antes que la manta, antes que el médico, antes que la persona pudiera decidir si quería seguir siendo fuente o solo cuerpo cansado.

Lucas tampoco habló. Miraba la puerta del pasillo, no a Inés. Inés los observó a los dos y soltó una risa ronca. “Ahora os ha dado por aprender”, dijo. Nadie respondió. Tenía derecho a despreciar la lección tardía.

La declaración preliminar duró menos de lo que Sara esperaba y más de lo que Inés soportaba.

Cada vez que un mosso formulaba una pregunta con demasiado orden, Inés miraba a Neus, y Neus traducía la pregunta a algo más humano.

No qué relación guarda usted con los hechos, sino qué recuerda.

No puede identificar a los autores, sino vio algo que pueda servir sin forzar la memoria.

Mientras Inés declaraba, Lucas recibió un mensaje de un número desconocido. Una foto.

Rafa, vivo, sentado en la barraca de Sala 3. Frente a él, una mesa. Sobre la mesa, la libreta negra. En la esquina de la imagen, una manga de camisa con una mancha oscura. La misma camisa que Julián llevaba en una foto de archivo de aquella semana, según Clara comprobó en menos de veinte minutos.

Debajo de la imagen, un texto: Última copia. Barranco de la Rasa. 22:00. Solo Sara.

Lucas enseñó el móvil.

—Ni de coña.

Sara no contestó. Ya estaba pensando.

—No vas —dijo él.

—Claro que voy.

—He dicho que no.

—Y yo no soy parte de tu bodega.

—No conviertas tu orgullo en estrategia.

Sara se abrochó el abrigo sin mirarlo.

—Y tú no conviertas tu culpa en permiso para decidir por todos.

Lucas soltó una risa sin aire.

—¿Por todos o por ti?

—Por mí ya decides demasiado cuando te conviene sentirte útil.

Lo dijo bajo. Pegó igual. Neus los observaba desde la puerta del despacho improvisado en comisaría, con un vaso de café en la mano y una paciencia limitada.

—Termináis de destrozaros luego —dijo—. Ahora escuchad. Si quien cita a Sara quiere aislarla, iremos con control técnico. Si quiere a Lucas fuera, Lucas se queda fuera. Si no podéis cumplir eso, me buscáis otros clientes menos empeñados en facilitarle el trabajo al enemigo.

Ninguno contestó.

Neus señaló a Sara.

—No eres imprescindible.

Luego señaló a Lucas.

—Tú tampoco.

Esa fue la única frase capaz de calmarlos un poco.

Sara miró a Lucas.

—No conviertas tu miedo en autoridad.

Neus los interrumpió.

—Irá, pero no sola.

A las diez, Sara caminó hacia el barranco con un micrófono oculto, un rastreador en el forro del abrigo y Lucas demasiado cerca para cumplir la condición de “solo Sara”. Los Mossos estaban lejos, más lejos de lo que a Lucas le parecía soportable.

El barranco olía a tierra húmeda. La noche se cerraba entre cañas y piedras. Sara avanzó hasta una explanada pequeña donde alguien había dejado una bolsa de plástico blanca.

Dentro había una cinta.

No tuvo tiempo de cogerla.

—No deberías haber venido con él.

La voz salió de la oscuridad. No era Julián; era Arasa.

Sara no se movió.

—Usted no ensucia zapatos.

—Hoy hago una excepción.

Arasa apareció entre los árboles con una linterna pequeña. No llevaba arma visible.

—¿Dónde está Julián?

—Siempre preguntáis por el nombre que os ordena la historia.

Le dio rabia porque tocaba un peligro real. Julián era necesario: un rostro, una firma, una manera de entender el poder. Pero la red no cabía en Julián. Ni en Don Ricardo. Ni en Tomàs. Ni en Víctor.

—Las historias necesitan nombres —dijo.

Sara pensó en lo que había ocurrido con la foto de Leila y sintió una vergüenza áspera.

Los nombres protegían, sí, pero también exponían.

Un nombre en una pared podía devolver existencia o poner una diana.

Un nombre en una denuncia podía abrir diligencias o arruinar la poca paz que una superviviente había conseguido.

Había pasado semanas repitiendo que había que decirlos.

—Los nombres también se usan para encontrar a quien queda —añadió Arasa, como si le leyera el pensamiento—. No lo olvides cuando quieras sentirte limpia.

Sara apretó la bolsa contra el pecho. Odiaba que una frase útil saliera de él.

—Los juzgados también. Por eso casi siempre se quedan cortos.

Arasa no sonaba victorioso. Sonaba cansado, y ese cansancio lo volvía más repulsivo. Como si haber entendido la complejidad le diera derecho a administrarla.

—¿No fue él?

—Fue él, fueron otros, fue una comarca entera aprendiendo a mirar donde convenía. ¿De verdad crees que una condena lo arregla?

—No he venido a arreglar. He venido a recoger la cinta.

Arasa sonrió.

—Rafa también era así. Poco elegante.

Lucas salió antes de tiempo.

—No pronuncies su nombre.

Arasa no pareció sorprendido.

—Tu hermano habría vivido más si hubiera entendido que algunas pruebas solo sirven cuando alguien puede permitirse sostenerlas.

—¿Y quién podía? ¿Tú?

—Yo intenté que no muriera nadie más.

Sara sintió el peligro de esa frase. La gente que se cree moderada puede justificar cualquier limpieza.

—¿Dónde está la última copia?

Arasa señaló la bolsa.

—Ahí. Y en cuanto la cojáis, todo esto será más grande de lo que podéis controlar.

—Eso no suena a amenaza.

—Es una advertencia profesional.

Lucas avanzó. Sara levantó una mano, pero él no se detuvo.

—¿Quién mató a Rafa?

Arasa lo miró con algo parecido a compasión.