La lista de las temporeras (Las desaparecidas de la vendimia 2) CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

—Tu padre lo empezó. Julián decidió no llamar. Otros terminaron de escribir la versión. Si necesitas una mano exacta para dormir, no la vas a tener.

Lucas se quedó sin aire.

Sara cogió la bolsa. La cinta estaba dentro de una funda transparente. También había una hoja arrancada de la libreta negra. Lista de pagos. Iniciales. J.C. T.B. V.M. J. y, al final, una anotación: R.M. eliminado. Curva. Grúa.

El sonido de un coche cerró la salida del camino.

Arasa apagó la linterna.

—Ahora sí que deberíais correr.

No corrieron. No al principio. Lucas empujó a Sara detrás de una roca cuando se encendieron los faros. Se oyó un disparo o un petardo seco. La piedra saltó cerca de su cara. Entonces sí corrieron.

Los Mossos entraron tarde, pero entraron. Hubo gritos, pasos, luces azules filtradas entre cañas. Arasa desapareció en la confusión. El coche que bloqueaba el camino acabó contra un almendro. Dentro no estaba Julián.

—Me dijeron que solo tenía que asustaros —dijo, antes de desmayarse.

Sara se quedó sentada en el suelo, con la bolsa contra el pecho.

Lucas estaba a su lado. Tenía sangre en la mano. No era suya.

—¿La tienes?

Ella asintió.

—Sí.

La cinta pesaba menos que un teléfono.

Cuando llegaron a Tortosa, Neus no les dejó entrar por la puerta principal del despacho.

Los hizo pasar por el garaje del edificio, entre plazas estrechas y bicicletas atadas a columnas.

Sara llevaba la bolsa con la cinta dentro del abrigo, aunque Sonia le había dicho por teléfono que no la pegara al cuerpo. No pudo evitarlo.

Neus bajó con guantes puestos.

—Dámela.

—La tengo.

—Ya sé que la tienes. Por eso te he dicho que me la des.

Sara entregó la bolsa. Le costó soltarla. Neus lo vio y no hizo comentario. A veces el oficio consistía justo en eso: no convertir cada gesto débil en una lección.

Lucas llevaba la mano vendada. Se había abierto el corte al correr por el camino. La sangre había manchado el borde de la venda y una manga. Neus lo miró una vez.

—Luego.

—Estoy bien.

—No te he preguntado.

La abogada subió las escaleras de servicio y los metió en una sala pequeña sin ventanas.

Había una mesa, cuatro sillas y una máquina de café apagada con un cartel escrito a mano: NO TOCAR, PIERDE AGUA.

Sara pensó que hasta allí llegaba el olor de la sede: máquinas rotas, vasos malos, gente intentando hacer algo serio con objetos que fallaban.

Sonia llegó diez minutos después. Traía otra bolsa, la de la nota del DNI, y una carpeta azul. No saludó mucho. Puso todo sobre la mesa y miró a Lucas.

—Víctor Mallén está vivo. En custodia médica. Dice que no sabe quién disparó o lanzó el petardo. Dice muchas cosas mal dichas, pero una nos sirve: confirma que la noche de Rafa condujo hasta la Rasa.

Lucas no se sentó. Sara sí, porque las piernas le habían empezado a hacer algo raro al oír la palabra confirma.

—¿Y Rafa? —preguntó él.

—Dice que Rafa bajó vivo. Que discutió con dos hombres. Que uno era Tomàs. Del otro no da nombre.

—Julián.

Sonia no parpadeó.

—No lo da.

Lucas golpeó la mesa con la palma abierta. La máquina de café vibró.

—Era Julián.

—Puede. Pero si quieres que sobreviva fuera de esta habitación, no lo conviertas en hecho antes de tiempo.

Neus levantó la bolsa con la cinta.

—La prioridad es copiar esto con perito, registrar entrada y pedir ampliación formal. Y vosotros vais a dormir.

Sara soltó una risa seca.

—Claro.

Neus la miró.

—No era una sugerencia poética. Si mañana declaras con esta cara, pareces menos testigo que problema.

Lucas se sentó por fin. Tenía la mirada fija en la bolsa. No preguntó si podían escucharla. Sara agradeció que no lo hiciera. Si él lo pedía, quizá ella también habría querido.

—Hay algo más —dijo Sonia.

Abrió la carpeta azul y sacó una fotografía impresa. No era buena. De noche, con flash. Se veía el coche contra el almendro, la puerta abierta, Víctor herido, y al fondo una segunda silueta saliendo del camino entre cañas.

—Arasa —dijo Sara.

—Eso parece.

—Nos dio la cinta.

—Y desapareció antes de que pudiéramos preguntarle por qué la tenía.

Neus se quitó las gafas.

—Arasa no da nada gratis. Si os ha dado una copia, hay otra parte que no tenemos. O una parte que quiere que encontremos mal.

Lucas se pasó la mano buena por la cara.

—¿Cuántas capas más?

—Las suficientes para no cerrar esto con una escena bonita —dijo Neus.

En otra boca habría sonado cínica. En la suya sonó a cansancio práctico.

Sonia se inclinó hacia Sara.

—La nota de su DNI tiene una huella parcial. Mala. Pero hay fibra de papel de una copistería concreta. No prometo nada.

—¿Cuál?

—Una de Vilafranca. Cerca de una asesoría que trabaja con cooperativas.

Sara miró a Lucas. Arasa otra vez, o alguien queriendo que miraran a Arasa otra vez. Las dos opciones seguían siendo útiles y peligrosas.

La puerta del garaje se abrió abajo con un ruido metálico. Todos callaron. No fue nada: un vecino entrando con un scooter. La reacción colectiva dejó la sala más desnuda que cualquier confesión. Incluso Neus había dejado de moverse.

—Esto es lo que hacen bien —dijo la abogada después—. No necesitan estar en todas partes. Les basta con que lo parezca.

Sara se frotó los ojos con los dedos. Le escocían.

—Inés sigue desaparecida.

Sonia guardó la foto.

—La estamos buscando.

—Eso no significa nada.

—Significa exactamente lo que significa. Más que antes y menos de lo que quiere oír.

Lucas apoyó los codos en la mesa. No parecía enfadado ya. Eso preocupó a Sara. Había un cansancio que volvía razonable a la gente en el peor momento.

—Si la cinta confirma a Rafa, ¿reabren el caso?

Neus miró la bolsa.

—Si la cadena aguanta, sí. Y si no aguanta, la usaremos para empujar otras puertas.

—¿Qué puertas?

La abogada no contestó enseguida.

—Registros de compra de parcelas. Grúas. Traslados. Limpieza. Cementerio. Obras rurales. Todo lo que huela a movimiento de tierra después de 2002.

Sara sintió que el Libro 3, aunque nadie lo llamara así dentro de aquella sala, acababa de abrirse por debajo. No nombres. No fotos. Tierra movida. Facturas.

Neus recogió la bolsa con la cinta y la metió en una caja rígida.

—Ahora fuera.

—Neus…

—Fuera. Comer algo. Dormir tres horas. Y no os acostéis juntos por miedo, que luego eso también se confunde.

Sara y Lucas se miraron de golpe. Neus levantó una ceja.

—No me pagáis para no ver.

Ninguno respondió. Salieron por el garaje sin tocarse, con el olor a gasolina fría y humedad subiendo desde las rampas. Afuera, el cielo empezaba a aclarar. La luz era gris, sucia, suficiente para ver las caras.

Lucas se detuvo junto al coche.

—No voy a tu casa.

—No te lo he pedido.

—Ya.

Sara se apoyó en la puerta.

—Tampoco quiero estar sola.

Lo dijo antes de poder vestirlo de otra cosa. Lucas la recibió sin moverse.

—Puedo quedarme en el rellano.

—Eso es ridículo.

—Sí.

—Y probablemente útil.

Lucas asintió. No sonrió. A veces lo útil no necesitaba parecer digno.

Neus les prohibió escucharla en el coche. Lo dijo por teléfono con una voz que no admitía heroicidades.

—La metéis en una bolsa, venís directos y no la reproducís en ningún sitio con cobertura, emoción o café cerca.

—¿Café? —preguntó Sara, todavía sentada en el suelo.

—La gente derrama cosas cuando cree que está a punto de saber la verdad.

Lucas, a su lado, soltó algo parecido a una risa. Fue un sonido mínimo, fuera de lugar, y por eso Sara supo que seguía vivo dentro del golpe.

El trayecto hasta Tortosa lo hicieron sin música.

La bolsa iba en la guantera porque Lucas no soportaba verla en manos de Sara y Sara no soportaba llevarla en el maletero.

Cada rotonda parecía absurda. Cada semáforo, una ofensa.

El mundo seguía pidiendo que frenaran, cedieran el paso, pusieran intermitentes, mientras Rafa volvía en una cinta que quizá todavía no sabía decir lo suficiente.

Pesaba más que todo lo demás.

El chico del invernadero no parecía un sicario.

Eso fue lo primero que molestó a Sara cuando le vio la cara bajo la luz mala.

Tenía granos en la mandíbula, una sudadera barata y un miedo tan joven que casi daba rabia.

Se llamaba Nil, o eso dijo antes de perder el conocimiento.

Sara no sabía si creerle. A esas alturas, hasta los nombres podían venir prestados.

Cuando Neus pidió una ambulancia, Lucas se agachó junto a él con una torpeza que no era compasión limpia.

El chico había intentado asustarlos, quizá matarlos por accidente, quizá solo cumplir un encargo mal explicado.

También estaba sangrando sobre cemento húmedo, con la edad suficiente para saber hacer daño y la insuficiente para entender del todo a quién obedecía.

—Me dijeron que era una bolsa —murmuró Nil cuando volvió en sí un segundo—. Que no había nadie. Que solo tenía que cogerla.

—¿Quién? —preguntó Sara.

El chico movió la cabeza. No por lealtad. Por terror. Miró a Lucas, luego a la salida del invernadero, esperando que alguien apareciera para corregirle incluso desde el suelo.

—Uno de Arasa. No Arasa. Uno que va con él. No sé cómo se llama.

Neus, al teléfono, le hizo repetirlo. Nil no pudo o no quiso.

La ambulancia tardó trece minutos. Durante esos trece minutos, Sara tuvo que mirar cómo el muchacho lloraba sin ruido y cómo Lucas se quitaba la chaqueta para apretarle la herida del hombro.

Ninguno de los dos dijo que aquello lo absolviera.

El cuerpo, sin embargo, actuaba antes que la moral: si alguien se desangra, aprietas.

Luego ya decides cuánto odio cabe en el informe.

Cuando se lo llevaron, quedó una mancha oscura en el suelo y una brida rota junto a la bolsa. Sara la fotografió. Le preocupó no temblar.

Inés no quiso subir a la ambulancia al principio. Decía que si la llevaban al hospital habría parte, preguntas, alguien llamaría a alguien y su nombre volvería a pasar por mesas donde ella no estaba. Neus se agachó delante de ella, no demasiado cerca.

—Esta vez tú decides qué se cuenta. Pero primero hay que mirar si tienes algo roto.

Inés la miró como si le hubiera dicho una estupidez razonable. Luego miró a Sara.

—No pongas cara de culpa. Me dan ganas de pegarte.

Sara asintió. Se lo merecía un poco. Inés dejó que la ayudaran a levantarse, pero no soltó la bolsa hasta que Neus prometió, en voz alta y delante de todos, que quedaría custodiada.

La palabra custodia sonó rara junto a una mujer descalza, un chico sangrando y un invernadero viejo. Sonó necesaria también.

Lucas se quedó mirando a Nil cuando lo metieron en la otra ambulancia. “Es un crío”, dijo. Teresa, que había llegado con Maribel, contestó desde la puerta: “Las mujeres que asustan también fueron crías”. Nadie añadió nada. Todo junto. Otra vez todo junto.

Teresa no se quedó mucho más. Había venido porque Maribel la llamó sin pedir permiso, y eso la enfadó tanto como la alivió.

Antes de irse, miró a Inés dentro de la ambulancia y luego a Sara.

“No me pongas a mi hija al lado de esto todavía”, dijo.

Sara asintió. Ya no necesitaba entender del todo una orden para obedecerla.

Lucas seguía con sangre ajena en las manos.

Neus le dio una toallita húmeda de un paquete barato.

Él la aceptó con una seriedad casi idiota.

Frotó una vez, dos. La sangre no salía del todo de debajo de una uña.

Sara pensó que esa imagen era más útil que cualquier metáfora: Lucas había pasado años limpio de lo que su familia hacía; ahora, cuando intentaba reparar, la sangre que se le quedaba no era siquiera de Rafa.

—No te pongas solemne —dijo Inés desde la camilla, sin abrir los ojos.

Sara no sabía si se lo decía a Lucas, a ella o al mundo. Nadie preguntó. La ambulancia cerró las puertas. Cuando se fue, el invernadero quedó con luces azules apagándose sobre los plásticos rotos y una bolsa de pruebas en manos de Neus. No había victoria. Había gente viva.