CAPÍTULO 20 #2
Sara no tocó la nota. La fotografió desde tres ángulos, con el pulso tan malo que tuvo que repetir una toma.
Después llamó a Neus. Luego a Lucas, aunque Lucas ya estaba en camino.
La casa de Inés olía a comida fría y a suavizante barato.
Sobre la mesa había una barra de pan empezada, un plato con aceite, una medicina para la tensión y una libreta de cuentas domésticas.
Nada de aquello tenía aspecto de escena criminal.
En la pared del pasillo había un calendario con citas médicas y turnos de limpieza.
Sara se acercó sin tocarlo. Inés tenía anotado para el viernes: llevar chaqueta a arreglar.
El detalle le hizo daño de una forma estúpida.
Una mujer amenazada seguía pensando en una cremallera rota.
La vida no se suspendía para organizar mejor la tragedia. Seguía pidiendo recados.
Lucas llegó con la cara desencajada. Esta vez no preguntó por qué Sara había entrado. Vio la silla, la taza, la bufanda en el suelo y entendió que cualquier reproche llegaba tarde y pequeño.
—La dirección de Rafa —dijo.
Sara asintió.
Lucas sacó el cuaderno del bolsillo interior de la chaqueta.
Las páginas estaban ya demasiado manoseadas.
Encontró el nombre de Inés escrito con una dirección antigua y un dibujo mínimo de una acequia.
Debajo, una frase que ninguno había querido leer con atención hasta ese momento: no apretarla. Sabe estar viva.
Sara sintió vergüenza. Rafa, torpe, rabioso, muerto hacía años, había entendido mejor que ella algo esencial: Inés no era una fuente difícil; era una superviviente con su propio método.
—La hemos apretado —dijo Sara.
Lucas guardó el cuaderno.
—Sí.
No añadió consuelo. No hacía falta. Salieron de la casa dejando la puerta abierta para los Mossos que Neus había activado desde Tortosa.
En la calle, el taller abandonado de enfrente tenía una persiana pintada con spray.
Sara leyó las letras sin querer: aquí no queda nada.
Pensó que era mentira. Quedaba demasiado.
Lo que pasaba era que casi todo estaba mal guardado.
Sara fotografió la nota antes de tocar nada. Luego se quedó mirándola demasiado tiempo. Guardó la imagen en la carpeta de riesgos. No escribió nada debajo.
El vecino de enfrente abrió cuando Sara llamó por segunda vez. Era un hombre bajo, en camiseta interior, con una mancha de tomate en el pecho y una televisión sonando detrás. Miró a Sara, luego a Lucas, luego a la puerta abierta de Inés.
—No sé nada.
—Todavía no hemos preguntado —dijo Sara.
—Pues eso.
Lucas dio un paso, pero ella le puso una mano en el brazo. No para frenarlo con ternura. Para que no estropeara la única puerta que aún podía abrirse.
—¿Ha oído algo esta tarde?
—Aquí siempre se oye algo.
—Algo distinto.
El hombre miró hacia dentro de su casa. Una mujer mayor apareció al fondo, con una bata gris y un mando en la mano.
—Dile lo de la furgoneta —dijo ella.
—Calla, mama.
—No me da la gana. Luego vienen los líos y todos dicen que nadie vio nada.
La mujer se acercó arrastrando las zapatillas. Tenía el pelo blanco sin peinar y un temblor fino en la mandíbula. No parecía frágil. Parecía harta.
—Una furgoneta blanca —dijo—. Sin rótulo. Aparcó ahí, pegada al contenedor. Dos hombres. Uno entró. El otro se quedó fumando.
Sara sacó la libreta.
—¿Hora?
—Después de la novela.
El hijo chasqueó la lengua.
—La de la tres y media —aclaró la mujer—. No la de la noche. La mala.
Sara anotó: 16:20 aprox.
—¿Matrícula?
—No soy guardia civil, hija.
—¿Algún detalle?
La mujer pensó. Detrás, la televisión seguía hablando de un concurso. Ese sonido banal le ponía nerviosa a Sara.
—Una pegatina de una fruta. Una pera o una manzana verde. En la puerta de atrás.
Lucas levantó la vista.
—Transportes Fructuós.
Sara lo miró.
—¿Qué?
—Subcontrata pequeña. Hacen fruta, verdura, a veces reparto de cajas para bodegas cuando faltan vehículos.
—¿Trabajan con el Celler Montiel?
Lucas no respondió rápido. Esa tardanza contestó por él.
La mujer mayor no les quitaba ojo.
—La chica de ahí no se fue con bolsa.
Sara sintió el golpe.
—¿La vio salir?
—La vi bajar. Con uno de ellos detrás. Ella llevaba la bufanda en la mano, no en el cuello. Eso me llamó la atención porque siempre la llevaba puesta, hiciera frío o no.
—¿Iba asustada?
La mujer arrugó la boca.
—Iba obediente. Es peor.
El hijo la agarró por el codo.
—Mama, ya está.
—Ya está cuando lo diga yo.
Sara esperó. Había aprendido que las personas mayores a veces soltaban la verdad en capas, igual que sacan monedas de un monedero: una, otra, otra, hasta que parece que no queda nada y aparece la importante.
—Antes de irse, ella miró hacia mi ventana —dijo la mujer—. Me enseñó esto.
Metió la mano en el bolsillo de la bata y sacó un botón. Negro, grande, de abrigo bueno. Lucas se quedó quieto. Sara recordó al instante el relato de Inés en el lavadero: una chaqueta de hombre, barro en el bajo, un botón que no llevaban los que descargaban cajas.
—Lo tiró al suelo junto al portal —dijo la mujer—. Yo bajé cuando se fueron. Pensé que igual era suyo.
Sara sacó una bolsa limpia.
—¿Lo ha tocado mucho?
—Lo suficiente para no dejarlo en la calle. Si eso arruina vuestra ciencia, mala suerte.
La mujer puso el botón dentro de la bolsa con una dignidad seca. Lucas escribió la hora en una esquina del plástico. La mano le temblaba apenas.
—Gracias —dijo Sara.
—No me des las gracias. Si viene alguien a preguntarme, yo no he visto nada.
—Lo entiendo.
—No. No lo entiendes. Pero al menos no me pongas cara de decepción.
Sara bajó la vista. Tenía razón. La decepción de quien se va después de preguntar siempre era más barata que el miedo de quien se queda en el rellano.
Cuando volvieron a la casa de Inés, Sonia ya había llegado. Escuchó lo de la furgoneta, miró el botón y pidió a un agente que buscara cámaras en la calle. El agente señaló el taller abandonado de enfrente. Había una cámara vieja sobre la persiana.
—No funciona —dijo el vecino desde su puerta.
Sonia lo miró.
—¿Seguro?
—El dueño dice que no.
La mujer mayor soltó una risa.
—El dueño también decía que no tenía goteras y se le cayó medio techo.
Sonia mandó revisar la cámara igual.
Dentro de la casa, Sara vio la barra de pan empezada y la libreta de cuentas domésticas. En una página, Inés había escrito: bombona, luz, farmacia, arreglo chaqueta. Debajo, con otra tinta: no dar nombres si no vuelvo. La línea estaba sin terminar. El bolígrafo seguía abierto junto al cuaderno.
Lucas la leyó por encima del hombro de Sara.
—No tocamos eso.
—No.
Por una vez, estuvieron de acuerdo antes de moverse.
Sonia los echó de la casa poco después. Lo hizo sin suavidad y sin desprecio. Sara se quedó en la acera con el botón en la cabeza y la imagen de Inés bajando las escaleras con la bufanda en la mano. No secuestrada a empujones. No arrastrada. Obediente. La palabra de la vecina no dejaba de golpear.
—Si aparece viva —dijo Lucas—, va a odiarnos.
—Sí.
—Si no aparece, también.
Sara miró la puerta abierta, la taza rota, el contenedor donde había aparcado la furgoneta.
—Entonces más nos vale encontrarla para que pueda hacerlo en persona.
Lucas no contestó. Esta vez no sonó brillante. Sonó a algo pobre y urgente, que era todo lo que tenían.
Lucas llegó cinco minutos después. Entró sin llamar y se detuvo al ver la bufanda en el suelo. No preguntó si Inés estaba muerta.
—La encontramos —dijo él.
—No sabes eso.
—No. Pero si digo otra cosa no conduzco.
Sara quiso quitarle las llaves. No lo hizo. Salieron de la casa con la nota metida en una funda y la certeza de que esa vez la investigación ya no iba detrás de un pasado cerrado.
Elena no quiso salir en ninguna respuesta pública. Lo dijo con una tranquilidad que no admitía debate. Laia propuso una rueda de prensa pequeña, Neus pidió esperar y Sara intentó encontrar un punto medio que no existía. Elena escuchó a todas y después dejó la bolsa de croissants sobre la mesa.
—Mi madre no va a enterarse por un vídeo de que su hija sirve para defender a nadie.
Laia bajó la cabeza. Desde lo de Leila había aprendido a no contestar enseguida. No lo era. Era aprendizaje con las uñas clavadas en la palma.
Teresa tampoco quería aparecer. Dijo que la gente confundía dar la cara con regalar la cara.
Maribel, que había llegado tarde y olía a colonia barata, asentía mirando el suelo.
No se Fueron, que en redes parecía una voz, en la mesa era una suma de negaciones legítimas: no mi foto, no mi hija, no mi hermana, no mi voz, no así.
—Entonces, ¿qué somos? —preguntó Laia.
Nadie respondió rápido. Esa fue la primera respuesta honesta.
Al final fue Teresa quien habló.
—Un sitio donde se puede decir no y que el resto no lo use contra ti.
Sara lo escribió en una hoja, no para publicarlo. Para recordarla cuando volviera a sentir la tentación de empujar. Julián hablaba de cuidado desde un viñedo limpio. Era menos vendible. También más difícil de destruir.
A mediodía llegó una furgoneta de televisión comarcal.
No aparcó delante de la sede, sino dos calles más abajo, con esa falsa discreción de quien espera que la discreción también sea noticia.
Laia la vio por la ventana y no dijo nada.
Antes habría salido a preguntar qué querían, a ponerles una frase delante, a corregir el relato antes de que naciera. Esta vez se quedó quieta.
—¿No vas? —preguntó Maribel.
Laia negó con la cabeza.
—Si salgo ahora, salgo por mí. Para demostrar que sigo sirviendo.
Aquello sorprendió a todas, quizá porque era demasiado adulto para ella y demasiado triste para celebrarlo.
Teresa siguió doblando el folio de Nadia por la mitad, una vez, otra, sin llegar a romperlo.
Elena preparó café en vasos desparejados.
Sara pensó que el colectivo estaba cambiando de forma no cuando ganaba voces, sino cuando una de ellas aceptaba no usar la suya en el momento exacto en que más le picaba hacerlo.