La lista de las temporeras (Las desaparecidas de la vendimia 2) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Julián no llamó a Sara. Hizo algo peor: concedió una entrevista.

La entrevista llegó antes que el café. Laia la mandó al grupo con tres signos de exclamación y una amenaza de contestar en hilo.

Sara abrió el enlace sin levantarse de la cama.

Había dormido vestida, con el móvil bajo la almohada y la libreta en el suelo.

Le dolía la mandíbula de apretar los dientes durante la noche.

El texto cargó despacio. No tuvo esa suerte. Julián no era torpe. Julián entendía que la mejor manera de tapar una fosa no era negar la fosa, sino hablar de la cosecha, del empleo, de los jóvenes que volverían si nadie seguía removiendo.

La fotografía elegida era perfecta. Julián no miraba de frente, sino hacia un lateral, capturado justo en su pose de bien común. Detrás de él, los viñedos aparecían desenfocados, verdes, obedientes. Sara amplió la imagen con dos dedos. En la muñeca llevaba un reloj caro y discreto.

Leyó la entrevista una vez. Luego otra, con bolígrafo en mano.

Subrayó los verbos: permitir, cuidar, proteger, preservar.

Ninguno decía tapar. Ninguno decía amenazar.

Julián había elegido palabras de padre, de alcalde, de hombre responsable que viene a apagar un incendio provocado por mujeres demasiado emocionales.

Laia quiso contestar desde la cuenta del colectivo con una captura de la libreta negra.

—No —dijo Sara.

—Nos está llamando pirómanas.

—Y tú quieres enseñarle dónde guardamos la gasolina.

Laia dejó el móvil boca abajo. Las manos le temblaban. No de miedo. De abstinencia de respuesta.

La publicó un medio provincial a las nueve de la mañana, con una fotografía suya en un viñedo, chaqueta azul, manos cruzadas, expresión de hombre moderado al que la vida obliga a hablar.

Sara leyó la pieza en la cocina de la sede, con un café malo en la mano.

Julián hablaba de respeto a las familias, de prudencia, de daño reputacional, de jóvenes que necesitaban empleo, de empresas que no podían defenderse de insinuaciones permanentes. No negaba de forma frontal. No acusaba de forma brutal.

Laia entró con ojeras.

—Nos están reventando en redes.

—No mires.

—Si no miro, no sé qué están diciendo.

—Si miras demasiado, acabas escribiendo para ellos.

Laia dejó el móvil sobre la mesa. Le costó.

Elena llegó después con una bolsa de croissants que nadie pidió. Los dejó junto a los archivadores.

—Mi madre ha vuelto a recibir llamadas.

—¿Qué dicen?

—Que Ana era una mentirosa. Que deje de remover. Que se acuerdan de mí cuando tenía dieciséis años.

Sara sintió asco. No rabia limpia. Asco físico.

—¿Grabó alguna?

—Mi madre no sabe grabar una llamada. Bastante hace con contestar.

Lucas no apareció hasta mediodía. Venía de la bodega. Traía una caja de documentos bajo el brazo y una mancha de polvo en la camisa.

—Han cambiado cerraduras en el archivo.

—¿Y esa caja?

—Lo que pude sacar antes.

Sara abrió la tapa. Contratos antiguos, correspondencia, recibos, una libreta de pagos familiares. Era otra caja más. Otra pieza.

—Esto te puede traer problemas.

—Ya no estoy en la dirección. Robar a medias es más fácil cuando ya te han echado.

Laia casi sonrió. No llegó.

A las cinco, Neus llamó. Había presentado la solicitud para conservar pruebas y pedir revisión de la muerte de Rafa. También había pedido medidas sobre la documentación de Sala 3. No prometió nada.

—Prometer en estos casos es mentir caro —dijo.

A las seis, Clara Mestres pidió una entrevista a Sara. Sara aceptó con una condición: grabación íntegra y derecho a publicar su propio audio si el texto salía manipulado. Clara tardó diez segundos en responder.

—Hecho.

Se vieron en una terraza vacía, lejos de la plaza. Clara llevaba dos móviles. Sara puso el suyo en medio.

—Julián te está usando —dijo Sara antes de que Clara preguntara nada.

—Todos usáis a alguien.

—No es lo mismo.

—No. Él paga más anuncios.

La honestidad le molestó menos que una defensa.

Clara abrió la libreta.

—¿Tenéis pruebas que aguanten en un juzgado?

—Estamos en ello.

—Entonces tenéis indicios.

—Tenemos nombres, fotografías, audios, una libreta y una muerte que no cuadra.

—Indicios.

—Indicios que alguien está intentando destruir.

Clara anotó.

—La foto filtrada estaba mal.

—Sí.

—Eso os hace daño.

—Sí.

—¿Quién la filtró?

—Un error interno.

—Eso no responde.

—Es la respuesta que vas a obtener.

Clara levantó la vista.

—Tú también administras relato.

Sara no pudo negarlo. Había protegido a Laia en la entrevista, había elegido cuándo decir el nombre de Rafa, había pedido a Elena que esperara con Ana, había aceptado que el nombre de Nadia saliera de la pared.

Todo eso era relato. La diferencia, se dijo, estaba en para quién se administraba y quién pagaba el coste si salía mal.

—Sí —dijo al fin—. Pero intento que la administración no borre a nadie.

Clara la miró con una mezcla de interés y cansancio.

—Eso suena publicable.

Clara cerró la libreta un instante. Tenía las uñas mordidas.

Sara no se había fijado hasta entonces. La periodista local no era una villana con columna fija y sueldo cómodo; era otra pieza atrapada en un medio que vivía de anuncios de ayuntamiento, bodegas, ferias y suplementos de vendimia.

Esa comprensión no la absolvía. Solo impedía odiarla con comodidad.

—Mi padre vendió publicidad de bodegas veinte años —dijo Clara, sin venir a cuento—. Cuando murió, el periódico le debía dos nóminas y tres cajas de vino. Mi madre todavía usa esas botellas para cocinar. Eso es la independencia local, por si querías una definición bonita.

Sara no supo si aquello era una disculpa o una forma de pedir que no la empujara más. Clara guardó uno de los móviles en el bolso y dejó el otro sobre la mesa, pantalla abajo.

—No voy a inmolarme por tu historia.

—No es mi historia.

—Entonces deja de hablar como si tuvieras el mapa entero.

Sara encajó la corrección. Le molestó porque era buena.

—¿Tú qué harías? —preguntó Sara.

Clara se rio sin ganas.

—¿Si tuviera tu libertad o mis facturas?

—Si quisieras poder mirarte mañana.

La otra mujer dejó de reír.

—Publicaría lo justo para que no me cerraran la puerta del todo. Y me odiaría por llamarlo estrategia.

Sara asintió. A veces la cobardía no tenía cara de cobarde. Tenía alquiler, jefe, madre dependiente, miedo a que nadie te volviera a contestar el teléfono.

—No la publiques.

—Entonces dame algo peor.

Sara apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Diles que nos equivocamos con una foto. Diles que eso pudo dañar a una mujer viva. Diles que corregimos tarde. Y luego escribe que, incluso con ese error, alguien forzó una sede, robó una cinta, amenazó a una madre y está intentando que hablemos de nuestra torpeza para no hablar de sus muertos.

Clara dejó de escribir durante un segundo.

—Eso sí es peor.

Sara no contestó. Era verdad.

—¿Qué quieres publicar? —preguntó.

—Quiero saber si estás dispuesta a decir que Lucas Montiel es fuente interesada.

Sara sintió que la pregunta era la trampa y el núcleo.

—Lucas Montiel es parte afectada, heredero de una familia implicada, hermano de un muerto y una de las pocas personas que ha entregado pruebas contra su propio apellido.

Clara dejó el bolígrafo.

—Eso es largo.

—Pues no lo acortes.

—Julián diría que Lucas busca salvar su conciencia destruyendo empleos.

—Julián sabe decir frases que parecen responsables.

—¿Y tú?

—Yo sé decir nombres.

Clara la observó.

—Eso queda bien.

Lo de Clara dejó a Sara con la vergüenza exacta de quien reconoce su propia herramienta en manos de otra.

Sí, sabía decir nombres. Sabía poner una frase en el sitio donde dolía.

Sabía convertir una ausencia en una línea capaz de sostener una mirada.

Y eso no la hacía inocente. La diferencia entre narrar y usar podía medirse en muy poco: un permiso pedido a tiempo, una imagen no subida, una madre que no abre el móvil y encuentra a su hija convertida en argumento.

Clara la observó mientras removía un café que ya no tenía azúcar por disolver.

“No te creas distinta porque tu causa sea mejor”, dijo.

Sara quiso responder. No lo hizo. La causa era mejor que Julián, sí.

Mejor que el silencio de la bodega, mejor que las entrevistas limpias, mejor que los abogados que medían reputación.

Pero una causa mejor también podía pisar a alguien si tenía prisa.

—No voy a hacerte quedar limpia —añadió Clara—. Si escribo esto, también diré el error.

—Hazlo.

—Te va a doler.

—Ya duele. Por lo menos que no duela solo para dentro.

—Lo sé. Por eso me da miedo usarlo.

La entrevista duró cuarenta minutos. Al terminar, Clara apagó el móvil.

—Van a ir a por la mujer que os dio la llave.

Sara se quedó helada.

—¿Inés?

—No me preguntes cómo lo sé.

—Clara.

—No me preguntes.

Sara ya estaba llamando a Inés. No contestó. Llamó otra vez. Nada.

Corrió hasta el coche. Llamó a Lucas.

—Inés puede estar en peligro.

—Voy.

—No sé dónde está.

—Yo sí.

Sara frenó en seco antes de arrancar.

—¿Cómo que tú sí?

—Rafa tenía una dirección apuntada junto a su nombre. Nunca supe quién era.

—Mándamela.

—Sara.

—Mándamela ya.

La dirección llegó al móvil.

Sara condujo con el estómago cerrado. La casa de Inés estaba a las afueras, detrás de un taller abandonado. La puerta estaba abierta.

Dentro no había sangre. No había lucha evidente. Solo una silla caída, una taza rota y la bufanda de Inés en el suelo.

Sobre la mesa, alguien había dejado una nota.

Preguntad por los vivos antes de seguir molestando a los muertos.