La lista de las temporeras (Las desaparecidas de la vendimia 2) CAPÍTULO 19
78%

CAPÍTULO 19

Se llamaba Neus Prats, llevaba el pelo muy corto y hablaba sin adornos. Escuchó la grabación parcial de Rafa, revisó las fotografías, los calendarios de Dolores, la libreta negra y el recibo de la grúa. No hizo ningún gesto de impacto. Eso la hizo más creíble.

Neus no preguntó si estaban bien. Preguntó quién había tocado cada cosa, dónde se había guardado, quién podía confirmar la hora de hallazgo y por qué demonios una cinta había pasado por tres casas antes de llegar a su mesa.

Cada pregunta era razonable y humillante.

Sara respondió las suyas. Lucas respondió las suyas.

En varios puntos tuvieron que mirarse para reconstruir un orden que ya se había contaminado.

—Esto es lo que pasa cuando la gente cree que la verdad compensa la torpeza —dijo Neus.

—¿Está diciendo que no sirve? —preguntó Lucas.

—Estoy diciendo que servirá menos de lo que debería porque no sois profesionales y porque los profesionales que deberían haberlo hecho no lo hicieron cuando tocaba.

No había consuelo en eso. Tampoco crueldad gratuita. Era una radiografía.

El despacho de Neus estaba encima de una papelería. No había madera noble ni placas doradas. Había expedientes en pilas feas, una impresora que hacía ruido de fábrica pequeña y una taza con bolígrafos de propaganda. A Sara le gustó precisamente por eso.

Neus les pidió que no hablaran todos a la vez. Luego les pidió que dejaran de completar las frases del otro. Después le dijo a Lucas que no entregara originales por impulso y a Sara que no confundiera proteger una fuente con administrar una causa.

—¿Siempre es así de agradable? —preguntó Lucas.

—Solo cuando la gente viene con pruebas delicadas metidas en bolsas de supermercado.

Sara miró la bolsa donde habían traído parte del material y no tuvo defensa.

Neus se puso guantes. Eso, más que cualquier frase, ordenó la habitación.

—Esto no basta para condenar a todos —dijo.

Lucas cerró los ojos.

—Pero basta para abrir.

—Basta para solicitar diligencias, proteger pruebas y pedir que se revise la muerte de tu hermano. También basta para que intenten destrozarte antes de que un juzgado mueva una carpeta.

Sara estaba sentada junto a la ventana del despacho. No se había quitado el abrigo.

—Ya han empezado.

Neus la miró.

—Entonces esperad más.

No hubo dramatismo. Hubo logística, que a esas alturas resultaba casi más cruel.

Copias notariales. Custodia. Declaraciones.

Cadenas de conservación. Nombres que no podían hacerse públicos todavía.

Riesgo de demandas. Riesgo de que la prueba fuera declarada insuficiente o contaminada.

Riesgo de que una familia que había esperado veinte años tuviera que esperar más.

—Esto es lo que no sale en las historias —dijo Neus, sin levantar la vista—. La parte en la que la verdad tiene que aprender a entrar por una ventanilla correcta.

Neus hizo tres montones. Prueba física. Testimonio.

Contexto. A Sara le irritó la tercera palabra.

Contexto era donde solían morir las cosas que no cabían en una acusación, pero sin contexto nada se sostenía.

Juntas podían empezar a parecer algo. Separadas eran munición para que un abogado caro las deshiciera una por una.

Lucas preguntó si podían pedir protección para Inés.

Neus dijo que podían pedir muchas cosas.

Conseguirlas era otro oficio. Luego escribió el nombre de Inés en una hoja aparte y subrayó dos veces la palabra viva.

No por ternura. Por prioridad legal. A Sara le dolió que hiciera falta esa palabra para ordenar el mundo.

Elena no estaba allí, pero Sara pensó en ella. En Teresa. En Leila. En todas las mujeres que quizá escucharían dentro de dos días que había que esperar una diligencia, un informe, una autorización. Esperar era una palabra indecente cuando ya se había gastado media vida.

—¿Y mientras? —preguntó Lucas.

—Mientras no regaláis errores.

Neus les obligó a escribir una cronología en una pizarra blanca que tenía una esquina rota.

No una cronología emocional. Una cronología útil.

Hora de recepción del sobre. Hora de apertura.

Quién estaba presente. Cuando se tomó la foto.

Cuando desapareció la cinta. Quién recibió llamadas. Quién tocó la llave.

Sara se equivocó dos veces. Una con la hora del audio de Samira y otra con el momento exacto en que Laia subió la imagen. Laia levantó la cabeza al oír su nombre, pero no protestó. Neus la miró por encima de las gafas. “No quiero culpables morales ahora. Quiero errores localizables.”

Lucas fue el último en completar su parte. Escribió llamada no contestada y después borró la palabra no. La volvió a poner. Sara fingió no verlo. Neus sí lo vio y no dijo nada.

Neus miró a Sara al decirlo. No fue una acusación teatral; fue peor: una instrucción útil.

Lucas firmó.

Cada firma le quitaba una capa distinta.

En la primera aún parecía heredero. En la tercera parecía hermano.

En la sexta parecía alguien entregando una casa para que otros pudieran entrar con botas.

Sara observó su mano sin querer. La letra se le fue deformando a medida que avanzaba.

Neus le hizo repetir una donde la rúbrica apenas se entendía.

—Esto no es simbólico —dijo.

—Ya me he dado cuenta.

—No. Todavía no. Cuando salgas de aquí, lo simbólico será lo único que algunos van a dejarte. Renuncia pública, culpa, redención, esas palabras. Lo que firmas es menos vendible y más peligroso: custodia, diligencias, responsabilidad patrimonial.

Lucas apoyó el bolígrafo.

—Gracias por hacerlo aún peor.

—Me pagan para eso.

Sara pensó que Neus podía salvarles precisamente porque no tenía ninguna intención de consolarlos.

Firmó tantas veces que al final ya no miraba el papel. Neus se lo advirtió.

—Lee.

—No puedo.

—Precisamente por eso.

Él leyó.

Al salir, tenía nueve llamadas perdidas. Tres de socios. Dos de Adela. Una de un número desconocido. Tres de la bodega.

La primera noticia apareció mientras volvían en coche.

Crisis interna en el Celler Montiel tras nuevas acusaciones sin respaldo judicial.

Clara Mestres firmaba la pieza. El texto no mentía de forma frontal.

Era peor. Decía que fuentes cercanas a la empresa cuestionaban la estabilidad emocional de Lucas Montiel.

Decía que el colectivo No se Fueron había difundido imágenes erróneas.

Decía que la comarca temía un daño irreversible a su principal motor económico.

Decía que algunas familias vinculadas a la bodega estudiaban acciones legales contra campañas de desprestigio.

No decía Ana. No decía Samira. No decía Rafa.

—Para en el arcén —dijo Lucas.

Sara frenó.

Él bajó del coche, caminó unos metros y llamó a Clara. Puso el altavoz.

—¿Quién te ha dado lo de mi estabilidad emocional?

Clara no fingió sorpresa.

—Lucas.

—¿Quién?

—No puedo decirte fuentes.

—Has publicado que estoy inestable porque estoy intentando reabrir la muerte de mi hermano.

—He publicado que hay preocupación empresarial.

—No uses palabras limpias conmigo.

Clara respiró al otro lado.

—Me han enseñado documentos de socios. Actas. Correos. No me he inventado nada.

—Has elegido qué poner arriba y qué enterrar.

—Bienvenido al oficio.

Sara lo sintió como una bofetada indirecta.

Lucas colgó.

De vuelta en la sede, No se Fueron estaba dividido de nuevo. Elena quería hacer público todo. Teresa quería retirar el nombre de Nadia. Laia, con la cara todavía marcada por la culpa, pedía una acción coordinada y no otra carrera suicida. Inés no había vuelto. Maribel tampoco.

Sara dejó una copia de la noticia sobre la mesa.

—Esto es lo que harán con cada error nuestro.

Laia bajó la cabeza.

—Ya lo sé.

—No. No lo sabes. Lo saben Elena, Teresa, Inés. Lo sabe Leila. Tú y yo estamos empezando a entenderlo.

Laia aceptó el golpe sin defenderse.

Lucas se apoyó en la pared. Parecía más lejos que nunca.

Elena tomó la palabra.

—¿Qué tenemos de Ana?

Sara enumeró. Foto, servilleta, calendario de Dolores, anotación de Rafa, lista de Sala 3.

—¿Y qué no tenemos?

—Cuerpo. Testigo directo. Documento oficial.

—Entonces para ellos sigue siendo rumor.

—Sí.

Teresa cerró su carpeta azul.

—Yo quiero quitar el nombre de Nadia de la pared.

Laia levantó la vista, pero no habló.

Sara asintió.

—Lo quitamos.

—No porque no quiera buscarla —dijo Teresa—. Porque no voy a permitir que la usen para pegaros a vosotras.

Elena se levantó y quitó el folio de Nadia con cuidado. Se lo entregó a Teresa. No hubo abrazo. Fue mejor así.

Lucas recibió otra llamada. Esta vez contestó fuera.

Sara lo vio por el cristal. Al principio escuchó. Después bajó la cabeza. Cuando volvió, traía la cara cerrada.

—Me apartan de la dirección operativa hasta nueva junta.

—¿Pueden?

—Lo acaban de hacer.

Elena lo miró. No había ternura en ella, pero sí algo parecido al reconocimiento de un precio.

—Ahora empiezas a perder.

Lucas sostuvo su mirada.

—Ya era hora, ¿no?

—No me pidas que te dé las gracias.

—No lo hago.

Sara sintió que algo cambiaba en la sala. No una unión. Nada tan fácil. Pero el apellido Montiel acababa de dejar de ser solo privilegio para convertirse también en grieta.

Esa noche, cuando todos se fueron, Lucas se quedó mirando la pared con los nombres incompletos.

—Quita el de Rafa.

Sara se volvió.

—¿Qué?

—No lo pongas ahí todavía.

—Lucas…

—No hasta que pueda llevarlo yo.

Sara asintió.

Por primera vez en días, no discutieron.

Sara cerró la sede después de Lucas. Antes de apagar la luz, miró la pared. El hueco de Nadia parecía más visible que el papel cuando estaba colgado. El hueco de Rafa, que todavía no existía, ya ocupaba sitio.

Elena volvió a entrar cuando Sara ya había apagado medio bajo.

No había olvidado nada; eso se veía en la forma de la mano vacía.

Se quedó delante del hueco de Nadia y después miró el sitio donde algún día iría Rafa.

“No sé si esto ayuda o solo nos hace mirar cada día lo que no tenemos”, dijo. Sara tampoco lo sabía.

—Mi madre me ha preguntado si Ana está sola en la pared —añadió Elena.

Sara apagó la última lámpara pequeña.

—¿Y qué le has dicho?

—Que no. Que eso es lo malo y lo bueno.

No se abrazaron. Habían dejado de usar abrazos para tapar lo que no sabían responder. Elena se fue y Sara cerró detrás. En el cristal, el pato amarillo parecía mirar desde una infancia ajena.

Laia seguía en la acera, fumando sin saber fumar. Tosía cada dos caladas.

—No me eches —dijo cuando Sara salió.

—No tengo autoridad para echarte.

—Pero quieres.

Sara se apoyó en la persiana.

—Quiero que entiendas lo que hiciste.

—Lo entiendo.

—No. Entiendes que salió mal. Falta lo otro.

Laia tiró la colilla y la pisó.

—Que podía haber salido bien y seguir estando mal.

Sara no respondió. Ahí estaba. Laia la había encontrado sola, y por eso servía.

—Mañana quiero ir a Reus —dijo Laia.

—¿A ver a Leila?

—A pedirle perdón si acepta verme. Y si no acepta, a dejarle una carta donde diga que no tiene que perdonarme.

Sara la miró. Laia parecía agotada de una forma nueva, menos eléctrica.

—No vayas sola —dijo Sara.

Laia se rio, apenas.

—Eso se lo dices a todo el mundo.

—Últimamente con razón.

—No quiero que parezca una delegación.

Sara pensó en discutir. Luego no lo hizo. Leila tenía derecho a recibir una disculpa pequeña, no un dispositivo.

—Entonces avisa cuando llegues y cuando salgas.

—Vale.

Laia se guardó el mechero, aunque ya no tenía cigarro. Un objeto inútil en la mano, para no parecer tan desnuda.

Neus llamó a alguien mientras ellos esperaban en el pasillo.

No cerró del todo la puerta, quizá porque no le importaba que escucharan lo justo.

Habló de diligencias, de custodia y de una muerte antigua que debía dejar de depender de la buena voluntad de una comisaría pequeña.

Sara no oyó nombres. Oyó tonos. El tono de quien sabe dónde insistir sin pedir permiso y dónde no quemar una puerta antes de tiempo.

Lucas estaba sentado en una silla baja, con las rodillas demasiado abiertas para el espacio.

Tenía la carpeta entre las manos y una mancha de tinta en el pulgar.

La miraba como si fuera sangre ajena. Podían quitarle la bodega, el cargo, las llaves.

Lo que ya no podía recuperar era la comodidad de pensar que su hermano había sido solo un hombre roto.

—No sé qué hacer con Adela —dijo él sin levantar la vista.

Sara tardó en responder porque ninguna respuesta estaba limpia.

—No lo decidas hoy.

—Eso suena a dejarla escapar.

—Suena a no convertir tu primera reacción en la única útil para ellos.

Lucas apretó la carpeta.

—Quiero odiarla bien.

Aquello, torpe y exacto, dejó a Sara sin defensa. Odiar bien. No romper una silla, no gritar en el comedor, no regalarle a Julián la imagen de un heredero descompuesto. Odiarla con documentos, con fechas, con una declaración que no se pudiera convertir en drama familiar.

Neus abrió la puerta y los llamó otra vez. Antes de entrar, Lucas se limpió el pulgar manchado en el pantalón. La tinta no salió.

Dentro del despacho, Neus les hizo repetir todo sin épica.

Cada vez que Sara usaba una palabra demasiado grande, la abogada levantaba un dedo.

Red, sistema, encubrimiento. “Eso después”, decía.

“Ahora hechos”. Sara acabó odiándola un poco y agradeciéndoselo más.

La realidad judicial no quería heridas. Quería hora, lugar, soporte, custodia, quién tocó qué y cuándo.

Las mujeres habían desaparecido en parte porque nadie quiso escribir bien esas cosas cuando todavía importaban.

Lucas se equivocó dos veces con la fecha de la escritura.

A la tercera, dejó de mirar los papeles y dijo que no sabía si estaba recordando o rellenando.

Neus no lo tranquilizó. Anotó duda de memoria.

Lucas la miró con una mezcla de ofensa y alivio.

En aquella mesa, incluso no saber tenía por fin un sitio propio.

Laia esperó en la sala exterior. No miraba el móvil.

Lo tenía dentro del bolso, apagado. Cada pocos minutos apoyaba la mano encima, vigilando un animal pequeño y peligroso.

Sara la vio al salir a por agua. No le dijo que estaba mejor así.

Habría sonado a premio. Laia tampoco pidió perdón otra vez.

Solo preguntó si podía llevar café. Era poco. En ese momento, poco bastaba.