La lista de las temporeras (Las desaparecidas de la vendimia 2) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Mn. Esteve vivía en una residencia de curas retirados donde las ventanas daban a un patio con geranios enfermos.

El edificio estaba en las afueras de un pueblo donde Sara no había estado nunca.

No salía en las rutas del vino ni en los folletos de patrimonio.

Tenía una verja baja, una rampa, un timbre que sonaba demasiado fuerte y una virgen de yeso en el recibidor con una mano rota.

Maribel la miró al entrar y murmuró algo que no llegó a oración.

—¿Crees? —preguntó Sara, más por nervio que por interés.

—Creo en que la gente se acuerda de Dios cuando ya ha fallado todo lo demás —dijo Maribel—. Y a veces ni así.

La residencia tenía pasillos encerados y un olor persistente a sopa, lejía y ropa limpia.

En la entrada, una mujer con bata verde les pidió que firmaran en un registro.

Sara escribió su nombre y notó que Maribel miraba la hoja temiendo dejar rastro incluso allí.

Debajo de la firma de Sara había otras visitas: sobrinos, voluntarias, una enfermera, un apellido que Sara reconoció de la cooperativa.

La comarca se plegaba sobre sí misma incluso en un edificio de ancianos.

—No digas todo de golpe —murmuró Maribel mientras subían.

—¿A quién proteges?

—A mí, de momento.

La respuesta fue tan honrada que Sara no insistió. Maribel no era cobarde de forma simple. Nadie allí lo era.

Sara llegó con Maribel porque el cura solo había aceptado verla si iba alguien “de casa”. Durante el camino no paró de decir que ella no era de nadie, y menos de un cura, pero al llegar se arregló el pelo en el espejo del parasol.

Esteve era pequeño, casi transparente, con los dedos manchados de tabaco viejo, aunque aseguraban que había dejado de fumar hacía veinte años. Las manos le temblaban al recibirlas.

—No puedo ayudar mucho.

—Eso suele significar que algo puede ayudar —dijo Sara.

Maribel le dio un codazo.

—No empieces así con un cura viejo.

El cura sonrió apenas.

—Déjala. Tiene prisa. Los vivos siempre tienen prisa cuando vienen a preguntar por muertos.

Los llevó a una sala con una mesa, tres sillas y una ventana abierta. Sobre la mesa había una caja de zapatos.

—Dolores me la dejó antes de morir.

Maribel se quedó quieta.

—¿Dolores la de Cal Vives?

—Sí.

—¿Y por qué no dijiste nada?

Esteve la miró con una tristeza sin teatro.

—Porque Dolores me pidió que no dijera nada hasta que alguien viniera con nombres, no con rumores.

Maribel se sentó sin pedir permiso. Aquello la tocó en una zona antigua.

—Dolores siempre hablaba raro —dijo.

Esteve sonrió.

—Dolores hablaba claro. Lo raro era que casi nadie la escuchara.

Sara abrió la caja de zapatos con cuidado.

Había olor a papel guardado y a armario de persona mayor.

No era un olor siniestro. Eso lo hacía peor.

El horror también envejecía en cajas normales, entre estampas de comunión y calendarios de propaganda.

Una mano había escrito en el reverso de un sobre: no tirar.

—¿Por qué usted sí lo guardó? —preguntó Sara.

El cura miró los geranios del patio.

—Porque guardar era más fácil que hacer lo correcto. No me des demasiado mérito.

Maribel se removió en la silla. Sara la vio apretar el bolso sobre las rodillas, los nudillos pequeños, la piel fina.

En la comarca, mucha gente había guardado algo: una llave, una foto, una sospecha, una frase dicha en una cocina.

Guardar parecía prudente hasta que los años demostraban que también era una forma de colaboración pasiva.

—Dolores no era santa —dijo Esteve—. Que conste.

—No la necesitamos santa —respondió Sara.

Esteve pareció aliviado. Dolores, en cambio, seguía molestando desde la caja de zapatos.

En un margen del calendario había escrito: C.

me debe 300. En otro: no fiar a Tomàs. En una estampa de San Antonio había una receta de conejo con almendras y debajo, con la misma importancia absurda, un nombre de mujer que nadie había mencionado todavía.

—Dolores cobraba lo que le debían hasta el último duro —dijo Maribel—. Una vez le plantó una bolsa de ropa sucia en mitad del comedor a una señora que no le pagaba. Delante de las visitas.

Sara sonrió apenas. Necesitaba esa Dolores. No la guardiana noble de secretos, sino una mujer capaz de pasar vergüenza a otros porque bastante vergüenza había tragado ya.

—Bien. Porque era terca, desconfiada y muy capaz de odiar a una familia entera por una factura mal pagada.

Maribel soltó una risa involuntaria, breve, casi fea.

—Eso sí era Dolores.

Durante un segundo, la mujer de la caja dejó de ser testigo y volvió a ser Dolores. A Sara le pareció mejor así.

Sara se sentó.

—Tenemos nombres.

—Ya lo sé. Los he visto en la pared de vuestra tienda.

La palabra tienda hizo que Maribel bajara los ojos.

Esteve abrió la caja. Dentro había calendarios antiguos, sobres, estampas religiosas, fotografías pequeñas y una llave oxidada. Dolores no había escrito diarios. Había escrito en márgenes. En el calendario de 1998, varios días de septiembre tenían iniciales: A.B., S., T.B., V.M.

Sara sintió que todo volvía siempre a la misma finca.

—¿Dolores trabajaba allí?

—Lavaba ropa. A veces cocinaba para cuadrillas. A veces recogía lo que otros dejaban tirado.

Maribel tocó un sobre.

—Dolores sabía más que todos nosotros.

—Dolores escuchaba porque nadie la veía.

Sara abrió una estampa de la Virgen. Detrás había una lista de objetos: pañuelo azul, goma roja, libreta cuentas, llave pequeña, etiqueta bodega. Al lado de goma roja, una inicial: Ana.

—La goma está en casa de Elena.

—Entonces Dolores no lo imaginó —dijo Esteve.

—¿Qué pasó con ella?

El cura tardó en responder.

—Vino a verme una noche. No Ana. Dolores. Dijo que una chica se había escondido en la sacristía después de salir de Les Comes. Tenía la ropa rota y no quería que llamáramos a nadie del pueblo.

—¿Quién era?

—No lo sé.

—¿Samira?

—Puede. Dolores la llamaba la de las etiquetas.

Maribel se santiguó sin darse cuenta.

—¿La ayudaron?

Esteve miró por la ventana.

—Le dimos ropa. Comió. Durmió en un cuarto. Por la mañana ya no estaba.

—¿Se fue sola?

—Eso quise creer.

—¿Y qué cree ahora?

El cura cerró los ojos un segundo.

—Que creer es una forma cómoda de no saber.

Sara siguió revisando. En el fondo de la caja había una fotografía. No la de la cata: la barraca de piedra. Una mujer de espaldas. Un coche al fondo. Y, junto a la puerta de la barraca, Rafa, apenas visible, mirando hacia quien tomaba la foto.

—¿Quién la hizo?

Esteve negó.

—Dolores la guardó dentro de un misal. Dijo que no era para mí.

—¿Para quién?

—Para el hermano que algún día quisiera saber.

Lucas.

Sara tragó saliva.

—¿Por qué no se la dio?

Esteve acarició el borde de la caja.

—Porque Lucas no vino.

No acusaba. Por eso dolió más.

Maribel se levantó de golpe y fue hasta la ventana. Se tapó la boca con un pañuelo. Sara la dejó.

—¿Qué más decía Dolores? —preguntó.

—Que la tierra de esa barraca no olía igual después.

Sara no la escribió. No quería convertirla en bonito.

Esteve sacó un sobre blanco.

—Hay una llave.

—Inés también tenía una.

—Entonces hubo más de una puerta.

El sobre contenía una llave más grande, con un número grabado: 3.

Maribel volvió a la mesa.

—Sala 3.

Sara la miró.

—¿Qué?

Maribel se arrepintió de haber hablado.

—Nada.

—Maribel.

—En Les Comes había una habitación que llamaban así. No era sala; era un cuarto de herramientas al fondo. Pero los hombres decían Sala 3 para no decir dónde iban.

Esteve cerró la caja despacio.

—Dolores escribió otra cosa.

Sacó una hoja doblada. La letra era temblorosa.

Si preguntan por Rafa, decid que llegó tarde. Es mejor tarde que nunca.

Sara lo leyó dos veces.

Rafa había llegado tarde. Ana ya había desaparecido. Samira quizá también. Pero había llegado.

Cuando salieron de la residencia, Maribel se sentó en el coche y no se puso el cinturón.

—Yo vi esa llave una vez.

—¿Dónde?

—En casa de los Montiel.

Sara no arrancó.

—¿Cuándo?

Maribel miraba al frente.

—Después de que Rafa muriera. Adela la llevaba en el bolsillo del delantal. Dijo que era de una alacena.

—¿Y tú la creíste?

Maribel soltó una risa pequeña.

No arrancaron enseguida. Maribel tenía las manos sobre el bolso y la mirada clavada en la residencia. En la puerta, una auxiliar ayudaba a un cura muy viejo a sentarse en un banco.

—Dolores me dio una bolsa una vez —dijo Maribel.

Sara dejó las llaves quietas.

—¿Qué bolsa?

—Ropa. Pañuelos, una chaqueta, cosas de mujeres que pasaban por las casas. Dijo que, si preguntaban, era para Cáritas. Yo la llevé a la parroquia y no miré dentro.

—¿Cuándo?

—Después de Ana. Antes de Rafa. No sé más.

Sara esperó.

Maribel tragó saliva.

—Sí sé más. Sé que una de las chaquetas tenía sangre seca en el puño. Y que yo doblé la manga hacia dentro para no verla.

No lloró. Eso hacía la confesión más áspera.

—Yo entonces todavía confundía creer con sobrevivir.

Maribel no quiso hablar de la bolsa hasta que salieron del aparcamiento de la residencia.

Luego pidió parar junto a una panadería cerrada.

No necesitaba comprar nada. Necesitaba estar en un lugar donde hubiera harina en el aire y no incienso viejo.

Sara aparcó mal, con dos ruedas encima de una línea amarilla, y no la corrigió.

Hay confesiones que no esperan a que una encuentre sitio.

—Dolores me caía mal —dijo Maribel.

Sara la miró.

—Siempre hablamos bien de los muertos para no tener que hacerles caso de vivos —añadió Maribel—. Pues a mí me caía mal. Mandona. Desconfiada. Te miraba las manos cuando cobrabas cambio. Si te veía tirar comida, te decía que otras habían trabajado para que tú hicieras ascos. Era insoportable.

Sara la vio por fin: una mujer capaz de molestar, de guardar sobres por rencor, de apuntar deudas en estampas porque no se fiaba ni del cura ni de la memoria. Una mujer que quizá no había querido salvar a nadie en abstracto.

—Cuando me dio la bolsa, me dijo: si la miras, ya no podrás decir que no sabías. Yo le dije que no quería saber. Ella contestó: entonces llévala cerrada, pero no me vengas luego con cara de buena.

Maribel se rio sin aire.

—Y la llevé cerrada. Fíjate qué lista.

Sara no escribió. Maribel lo notó.

—Ahora sí puedes apuntarlo.

—No quiero hacerte pagar más por decirlo.

—Ya pagué con años. Por lo menos que sirva para algo que no sea tener acidez.

Sara abrió la libreta. Luego se calló y se quedó mirando el escaparate vacío de la panadería, donde todavía quedaban migas del día anterior en una bandeja.

Maribel no arrancó hasta que una mujer salió de un portal y las miró dos veces. Entonces se limpió la cara con un pañuelo y dijo que ya estaba, que bastante espectáculo había dado. Sara pensó que en aquel mundo hasta llorar en un coche aparcado parecía exponerse demasiado.

—Dolores no habría llorado —dijo Maribel.

—Igual lloraba cuando no la veías.

Maribel la miró como si esa posibilidad le molestara. Luego asintió.

En el camino de vuelta, Maribel contó otra cosa sin que Sara se la pidiera. Dolores guardaba llaves en botes de garbanzos vacíos. Las ponía dentro, cerraba la tapa y escribía encima “lentejas” o “arroz” para que nadie mirara. “Decía que los hombres importantes nunca abrían despensas”, dijo Maribel.

Antes de arrancar, Maribel pidió otra cosa. No fue dramática. Dijo que quería pasar por su casa a buscar una foto de Dolores, una donde salía fea. Sara no entendió.

—Las fotos buenas mienten —explicó Maribel—. Dolores tenía una de comunión de una sobrina encima del aparador y al lado una suya pelando patatas con mala cara. Esa era Dolores. Si algún día la ponéis en vuestra pared, no me la pongas guapa.

Sara no respondió. Guardó la foto en la carpeta de Dolores, no en la de pruebas.