La lista de las temporeras (Las desaparecidas de la vendimia 2) CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

Cuando Víctor dijo que hablar aquí era quedarse sin hija, Sara pensó primero en una amenaza literal.

Después entendió que para él era más amplio y más pobre: quedarse sin la posibilidad de ayudarla, sin ser el hombre que lleva el coche al taller gratis, sin el abuelo que recoge a la niña si el turno se alarga.

Pero explicaba por qué tantos hombres habían decidido no hacerse héroes: nadie les había pedido heroísmo; les habían pedido que siguieran pagando facturas.

Detrás de la puerta principal, una voz masculina preguntó por una pieza de motor. Otra dijo el nombre de Víctor demasiado despacio. Sara reconoció esa lentitud: aviso. Víctor no se movió hasta que Sara estuvo detrás de la caseta.

Desde allí vio algo que él no vio: el perro viejo levantándose con dificultad y colocándose entre la puerta de la nave y el todoterreno. No ladraba ya. Solo estaba. Un animal viejo defendiendo por costumbre un lugar que no podía entender.

Al llegar al coche, antes de encontrar el DNI, Sara miró hacia la salida lateral. Víctor no asomó. Si había elegido bien o mal, no podía saberlo. Tal vez en ese momento estaba mintiendo otra vez. Tal vez estaba pagando por haberla dejado salir. Tal vez las dos cosas.

Sara no pudo conducir de inmediato. Se quedó con las manos en el volante y la vista clavada en la copia de su DNI.

Había visto su propia cara muchas veces, en carnés, en acreditaciones, en fotos malas de prensa.

Nunca le había parecido una cosa robable hasta entonces.

La amenaza no decía te conocemos. Decía podemos sacarte de tus propios documentos y devolverte convertida en aviso.

Lucas se quedó fuera del coche, respetando la distancia que ella le había pedido.

Eso la enfadó y la sostuvo a la vez. La parte más vieja de Sara, la que se había acostumbrado a no necesitar a nadie porque necesitar daba vergüenza, habría preferido que él insistiera para poder rechazarlo.

Lucas no le dio esa salida. Se limitó a esperar, con los brazos caídos, inútil de una forma correcta.

—No voy a parar —dijo ella al fin, sin mirarlo.

—No te he pedido eso.

—Lo vas a pensar.

—Sí. Y no lo voy a usar contra ti.

Sara apoyó la cabeza en el respaldo. Esa promesa pequeña, probablemente incumplible, le pareció por un momento más íntima que cualquier beso que no estaban teniendo.

Los Mossos no llegaron con sirenas. Llegaron en un coche sin distintivos, veinte minutos después de que Lucas llamara a Neus por tercera vez.

Bajaron dos agentes, una mujer con el pelo muy corto y un hombre joven que parecía demasiado limpio para aquel polvo.

Sara se alegró de no ver uniforme local.

Luego se enfadó consigo misma por alegrarse de algo tan básico.

La agente se presentó como Sonia Prats. No sonrió. Miró la nave, la gasolinera, el todoterreno que ya no estaba y la copia del DNI dentro de la funda improvisada.

—¿Quién la ha tocado?

—Yo no —dijo Sara.

—Yo tampoco —dijo Lucas.

La agente miró la bolsa de farmacia.

—¿Eso qué es?

—Lo único que tenía limpio.

Sonia no hizo comentario. Eso le cayó bien a Sara.

El agente joven tomó fotografías. Víctor no salió de la nave.

El perro volvió a tumbarse, agotado por una defensa que nadie iba a reconocerle.

Desde dentro se oía una radio baja y el golpe de una herramienta contra metal.

Sonia pidió permiso para hablar con Víctor. Sara miró hacia la puerta lateral.

—No va a querer.

—No he preguntado si le apetece.

Lucas se quedó junto al coche de Sara. La distancia que ella le había pedido se mantenía, pero empezaba a parecer un hilo tenso más que un respeto. Cada vez que un camión pasaba por la carretera, él levantaba la cabeza. No decía nada. Vigilaba mal, con demasiada evidencia.

—Deja de hacer eso —murmuró Sara.

—¿El qué?

—Buscar amenazas en cada coche.

—¿Prefieres que las ignore?

—Prefiero que no me conviertas en escena de rescate.

Lucas metió las manos en los bolsillos. Ese gesto le sentó peor que una discusión. Obedecía y se odiaba por obedecer.

Sonia salió de la nave con la cara más cerrada.

—Mallén no declara ahora. Pero no niega que la haya visto.

Sara tragó saliva.

—¿A mí?

—A usted. A otros. Dice que no conoce al hombre del todoterreno. Eso puede ser verdad o puede ser una forma aburrida de mentir.

—Bienvenida al Penedès —dijo Lucas.

Sonia lo miró.

—No me haga folclore, señor Montiel.

Lucas se calló. Sara casi le agradeció a la agente que lo hubiera hecho sin esfuerzo.

—Esto queda abierto como amenaza y posible coacción relacionada con una investigación en curso —dijo Sonia—. No como incidencia de tráfico. Ya me ha avisado Neus de que iban a vigilar cada palabra.

—Neus hace bien —dijo Sara.

—Neus cobra por hacer bien. Ustedes, de momento, estropean pruebas por cansancio, miedo o costumbre.

Sara encajó el golpe. Lucas también.

—Necesito la nota original, fotos, hora exacta de llegada, ruta que ha seguido, llamadas realizadas y cualquier mensaje recibido desde ayer. Y necesito que no vuelva sola a ver a nadie que tenga relación con Les Comes.

Sara iba a contestar. Sonia levantó una mano.

—No es una orden paternal. Es una orden operativa. Si no le gusta, póngala en una novela.

Lucas miró a Sara de reojo. Ella no sonrió.

La agente se llevó la nota en una funda oficial.

A Sara le molestó verla salir de sus manos.

No porque desconfiara de Sonia, sino porque la amenaza era una prueba y al mismo tiempo era su cara fotocopiada.

Una parte infantil de su cuerpo quería recuperarla y romperla.

Otra quería que alguien con guantes, número de placa y una cadena de custodia la alejara de allí.

Antes de irse, Sonia se acercó un poco más.

—¿Tiene dónde dormir esta noche?

Sara miró a Lucas. Error. La agente también lo vio.

—No he preguntado si tiene hombre cerca. He preguntado si tiene una puerta que cierre.

—Sí.

—Compruébelo. Y si la cerradura tiene marca, no entre.

Sara asintió. La orden era simple. Eso la hizo más aterradora.

Cuando los Mossos se marcharon, Lucas y ella quedaron junto a la gasolinera cerrada. El sol bajaba y la sombra de los surtidores se alargaba sobre el suelo. Sara tenía la boca seca. Lucas abrió el maletero de su coche y sacó una botella de agua.

—No la he abierto.

—Gracias.

Bebió. Le temblaron las manos otra vez, tarde. Lucas no fingió no verlo, pero tampoco lo nombró. Esa delicadeza seca le hizo más daño que un abrazo.

—Voy a conducir yo —dijo él.

—No.

—Sara.

—Puedo conducir.

—No he dicho que no puedas.

—Entonces no digas nada.

Lucas cerró la botella.

—Te sigo hasta tu casa. Sin entrar, sin subir, sin hacer de salvador. Solo hasta la puerta.

Sara debería haber dicho que no. Quiso decirlo. Pero la copia de su DNI seguía en algún lugar del coche de los Mossos y por primera vez en muchas horas no necesitó parecer coherente.

—Hasta la puerta —dijo.

Lucas asintió.

Al llegar, la cerradura de su piso no tenía marca visible.

Aun así, Sara tardó en meter la llave. Lucas esperaba tres escalones más abajo, tal como había prometido.

No subió. No habló. Cuando la puerta se abrió y la luz del recibidor encendió el suelo, Sara sintió ganas de llorar por algo estúpido: había platos en el fregadero, una chaqueta tirada sobre una silla y una vida desordenada que todavía no habían tocado.

—Cierra —dijo Lucas desde la escalera.

—Ya lo sé.

—Por dentro.

Sara lo miró.

—Lucas.

—Vale.

Ella cerró por dentro. Luego apoyó la espalda en la puerta y escuchó sus pasos bajar.

No eran tranquilos. Tampoco eran heroicos.

Eran pasos de alguien que se iba porque se lo habían pedido, aunque cada músculo quisiera hacer lo contrario.

Sara dejó la botella de agua en el suelo y se quedó allí hasta que dejó de oírlo.