CAPÍTULO 15
La nave de Víctor Mallén estaba detrás de una gasolinera cerrada, junto a una carretera que de día parecía secundaria y de noche parecía abandonada.
Sara había dicho a Lucas que no iría sin avisar. No exactamente. Había dejado que él lo entendiera. Esa clase de mentira por omisión le salía cada vez con más facilidad y eso era una mala señal.
Antes de salir, había mirado el chat de No se Fueron.
Laia pedía permiso para contestar a una cuenta falsa.
Elena preguntaba si ya había abogado. Teresa no escribía nada desde que retiró el nombre de Nadia.
Inés tampoco. La pantalla mostraba un grupo, pero Sara sintió una soledad muy concreta: la de quien toma una decisión peligrosa y ya está preparando el argumento para defenderla si sale mal.
La gasolinera conservaba el letrero de precios con cifras de otro año. En una de las columnas alguien había pegado una pegatina política medio arrancada. Sara aparcó junto al surtidor clausurado y apagó el motor.
Revisó el móvil. Sin cobertura estable. Perfecto. Mandó su ubicación a Laia y a Lucas pese a haber decidido no implicarlos. Laia respondió con un signo de interrogación. Lucas no respondió. Peor: llamó. Sara rechazó la llamada. No quería escuchar una advertencia que ya conocía.
Antes de bajar, se miró en el retrovisor. Tenía ojeras, una mancha de bolígrafo en el dedo y el pelo aplastado por conducir con la ventanilla medio abierta. No parecía una periodista valiente.
Sara fue sola. Fue una mala decisión y lo supo mientras aparcaba. Lucas estaba reunido con un abogado en Tortosa, Laia no debía acercarse a nada después de la filtración, y ella había llegado a esa clase de cansancio donde una confunde avanzar con no esperar.
La nave tenía una puerta metálica verde y un perro viejo tumbado a la sombra. El perro levantó la cabeza cuando Sara bajó del coche, decidió que no valía la pena ladrar y volvió a apoyar el hocico en las patas.
Víctor salió con una llave inglesa en la mano. No parecía un transportista de película. Parecía un hombre agotado que había pasado demasiadas horas debajo de motores ajenos.
—¿Qué quieres?
—Hablar de Les Comes.
—No sé qué es eso.
—Entonces hablar será corto.
Víctor miró la carretera. No había coches.
—No hablo con periodistas.
—No he dicho que lo sea.
—Se te nota.
Sara casi sonrió.
—Eso me preocupa.
Él no.
—Fuera.
Sara sacó una copia de la factura.
—Septiembre de 1998. Tres traslados nocturnos. Su matrícula aparece también en una libreta de Rafa Montiel.
El nombre hizo efecto. No miedo. Fastidio.
—Rafa apuntaba muchas mierdas.
—Y algunas eran verdad.
Víctor se acercó. Olía a gasoil y sudor metálico.
—Mira, yo llevaba gente. Cajas. Herramientas. Lo que me mandaban. A veces mujeres. Sí. Mujeres que trabajaban, que iban de un sitio a otro porque así era la campaña. No me vengas con cara de haber descubierto la rueda.
—¿Llevaste a Samira?
—No me acuerdo.
—¿A Ana?
—No.
La respuesta fue demasiado rápida.
Sara lo dejó respirar dentro de la mentira.
—¿A Rafa?
Víctor apretó la llave inglesa.
—Rafa subió solo.
—¿A tu furgoneta?
—No he dicho eso.
—Lo acabas de decir.
—He dicho que subió solo.
—¿Dónde lo dejaste?
Víctor miró otra vez la carretera. Esta vez sí había un coche al fondo. Pasó sin reducir.
—No lo dejé. Se bajó.
—¿Dónde?
—Antes de la curva.
—¿La noche que murió?
—La noche antes de que empezaran a decir que había muerto.
Sara sintió un hilo frío en la nuca.
—¿Quién te pagó?
Víctor se rio.
—Siempre preguntáis mal. Pregunta quién no pagó.
—¿Quién?
—Rafa. Rafa no tenía dinero para eso. Alguien quería que llegara a un sitio y alguien quería que después pareciera que no había llegado.
—Dime quién.
—No.
Sara se acercó un paso.
—Hay mujeres desaparecidas.
—Ya lo sé.
—Hay familias esperando.
—También lo sé.
—Entonces habla.
Víctor levantó la llave inglesa, no para golpearla, sino para marcar distancia.
—Tú crees que hablar es soltar una frase y dormir mejor. Hablar aquí es quedarte sin trabajo, sin nave, sin perro y sin hija si alguien decide que tu hija tampoco encuentre contratos.
—¿Tienes hija?
—Lárgate.
Sara guardó la factura.
—¿La barraca?
Víctor se volvió hacia la nave.
—No he dicho nada de una barraca.
—Tomàs sí.
Eso lo detuvo.
—Tomàs siempre habla cuando ya no puede correr.
—¿Dónde está?
Víctor señaló con la llave hacia el norte, a un camino de tierra casi invisible detrás de la gasolinera.
—Tres kilómetros. Luego una higuera partida. Giras a la izquierda. Si llegas a un depósito oxidado, te has pasado.
—¿Qué hay allí?
—Tierra.
—Víctor.
—Tierra y piedras. Y si tienes suerte, nada más.
El perro empezó a ladrar entonces. No hacia Sara. Hacia la carretera.
Un todoterreno negro entró despacio en la explanada. No llevaba matrícula delantera visible; o estaba cubierta de barro. Sara guardó el móvil en el bolsillo sin desbloquearlo. Víctor cambió la llave inglesa de mano.
—Vete por detrás —dijo.
—¿Quién es?
—Alguien que no viene por aceite.
Sara no discutió. Víctor abrió una puerta lateral de la nave. Dentro olía a neumático viejo. La condujo entre cajas, herramientas y bidones hasta una salida que daba a un campo estrecho.
—No corras hasta que no estés detrás de la caseta.
—¿Por qué me ayudas?
Víctor la miró con cansancio.
—Porque Rafa me dijo una vez que, si algún día alguien preguntaba de verdad, yo no iba a saber distinguirlo de otro que viniera a tapar.
Sara no supo qué responder. Víctor la estaba dejando salir por una puerta lateral y aun así no confiaba en ella. Hacía bien.
—¿Qué le hiciste a Rafa? —preguntó Sara.
Víctor miró hacia la puerta principal. Las voces se acercaban.
—Lo llevé.
—¿A dónde?
—Al sitio donde creyó que podía sacar algo sin que lo vieran todos.
—¿Y después?
—Después hice lo que siempre he hecho: conducir de vuelta y no preguntar.
Sara quiso odiarlo. Habría sido cómodo. Pero el odio limpio se le escapó. Víctor no era inocente. Tampoco era el centro. Era una pieza que había aceptado ser pieza porque ser pieza pagaba mejor que plantarse delante de la máquina.
—Eso mata —dijo.
Víctor asintió una vez.
—Ya.
Víctor cerró la puerta lateral con una suavidad absurda para el tamaño de sus manos.
Antes de que la hoja metálica encajara, Sara lo vio mirar hacia la nave principal.
No como quien teme por sí mismo, sino como quien cuenta objetos: perro, elevador, bidones, llaves, papeles, una vida entera colocada en lugares visibles para que otros sepan qué pueden quitarle.
Víctor no era valiente al dejarla salir.
Solo había hecho una resta rápida y había decidido que aquel gesto todavía cabía dentro de lo que podía perder.
—Si vuelves —dijo sin mirarla—, no vengas sola para hacerte la dura. Ven con alguien que pueda levantar acta.
Sara asintió. Le molestó aceptar un consejo de alguien que había conducido de vuelta y no había preguntado. Le molestó más saber que era un buen consejo.
Sara apoyó una mano en el marco antes de salir.
—¿Y sabes distinguirlo ahora?
—No.
Sara cruzó el campo agachada. Detrás, oyó voces. No palabras. Voces de hombres que no necesitaban gritar.
Cuando llegó al coche por el camino lateral, encontró un papel sujeto bajo el limpiaparabrisas.
Era una copia de su propio DNI.
En el reverso, alguien había escrito: Ya sabemos dónde vuelves cuando dices que no tienes miedo.
La letra era de imprenta, lenta, sin rabia visible. Eso la hizo peor. Alguien había tenido tiempo de fotocopiar su documento, recortar el papel, colocarlo bajo el limpiaparabrisas y elegir una frase pensada para entrarle en casa antes que cualquier persona.
Sara miró alrededor. La gasolinera, la nave, el perro, la carretera. Todo seguía igual. Un camión pasó a lo lejos. Un pájaro picoteó algo junto al bordillo.
Entonces le llegó el temblor. El cuerpo iba unos segundos tarde. Cuando le llegó el temblor a las manos, ya tenía el móvil abierto para fotografiar la nota.
Sara no llamó a Lucas.
Primero vomitó junto a la rueda trasera.
Después hizo una foto al papel.
Y solo entonces llamó.
Lucas llegó antes de que Sara terminara de limpiarse la boca con una servilleta del coche. Frenó de golpe detrás de ella, levantando polvo. No salió corriendo. Eso fue lo primero que Sara notó.
—No me toques —dijo ella antes de que él hiciera nada.
Lucas levantó las manos. No parecía ofendido. Parecía asustado de una forma que no quería ocupar espacio.
—Vale.
Ese vale le hizo más efecto que cualquier abrazo.
Durante las últimas semanas Lucas había ordenado, advertido, decidido, protegido mal.
Allí, junto a una gasolinera cerrada y una copia de su DNI bajo el limpiaparabrisas, obedeció.
Sara se apoyó contra el coche porque las piernas le fallaban tarde, como todo lo que le estaba pasando al cuerpo.
—He venido sola —dijo.
—Ya lo sé.
—Ha sido una estupidez.
—Sí.
La respuesta no traía reproche. Eso la desarmó peor. Sara habría preferido discutir. Discutir permitía seguir en movimiento.
Lucas leyó la nota sin tocarla. La cara se le cerró al reconocer el mecanismo: no amenazaban solo con hacer daño, sino con demostrar acceso. Tu documento. Tu casa. Tus rutinas.
—Esto lo ve Neus —dijo.
—Y Mossos.
Lucas la miró. Sara sostuvo la mirada.
—No voy a dejar que la policía local lo convierta en una incidencia de tráfico.
—Bien.
De nuevo esa palabra. Bien. Pequeña, útil, sin invadir. Sara guardó la nota en el asiento trasero y se prometió no confundir nunca más ir sola con ser fuerte.
La hija de Víctor apareció en mitad de la llamada con Lucas.
No físicamente. En la pantalla rota de un móvil que Víctor dejó boca abajo sobre el banco de trabajo antes de abrir la puerta lateral.
Sara alcanzó a ver un nombre: Júlia. Dos llamadas perdidas.
Una foto de perfil con una niña pequeña en brazos. La nieta, quizá.