CAPÍTULO 14
Tomàs Brull vivía en una casa baja junto a un taller de maquinaria agrícola.
A Lucas le costó no llamar a la puerta con la autoridad heredada.
Se dio cuenta en el gesto: dos golpes secos, nudillos fuertes, cuerpo demasiado cerca del marco.
Su padre habría llamado igual. Quizá su abuelo también.
La sangre no era destino, pero el cuerpo aprendía protocolos antes de que una pudiera corregirlos.
Sara lo miró de reojo. No dijo nada porque necesitaba entrar. Esa fue la parte fea: a veces el privilegio de Lucas abría puertas que la educación de Sara no habría movido ni un centímetro. Ella podía despreciar ese privilegio después. Mientras tanto, lo usaba.
En el patio había tres bidones oxidados, una bicicleta sin cadena y una parra seca que alguien seguía podando por costumbre. A Sara le llamó la atención ese empeño inútil.
Lucas no había querido que Sara llamara antes.
“Si avisamos, prepara la mentira”, dijo.
Sara no le recordó que ir sin avisar también preparaba la violencia.
Se limitaron a aparcar a dos calles y caminar por la sombra de las fachadas.
Una mujer los vio desde una ventana y apartó la cortina demasiado tarde.
—En diez minutos lo sabrá medio pueblo —dijo Sara.
—En cinco.
—Entonces hagámoslo en cuatro.
Lucas no sonrió. Tenía esa cara que se le ponía cuando el apellido le tiraba hacia una forma antigua de moverse: entrar, exigir, empujar. Sara no sabía si debía frenarlo o usarlo.
No abrió hasta el tercer golpe. Cuando vio a Lucas, no pareció sorprendido. Cuando vio a Sara, sonrió. Ya la había olido desde dentro, o eso parecía.
—La periodista.
—Sara.
—Me da igual.
Lucas puso una mano en el marco antes de que Tomàs pudiera cerrar.
—Tenemos que hablar.
—Tú y yo no tenemos nada que hablar desde que tu padre se murió.
—Precisamente.
Tomàs miró la mano de Lucas en el marco. Después abrió la puerta y los dejó pasar.
La casa estaba limpia de una forma pobre. Calendario de tractor en la pared, televisión encendida sin sonido, una mesa con hule y un cenicero lleno, aunque no había humo reciente. Tomàs tenía sesenta años o parecía haber trabajado setenta.
Sara dejó la grabadora sobre la mesa.
—¿Le importa?
—Sí.
—Entonces tomaré notas.
Tomàs soltó una carcajada.
—Sois todos iguales. Antes veníais con sobres. Ahora con libretas.
Lucas se sentó frente a él.
—Ana Beltrán.
—No sé.
—Samira Haddou.
—Menos.
—Les Comes.
Tomàs encendió un cigarro.
—Eso era un agujero. Nadie quería hacerse cargo, pero todos mandaban gente allí cuando no había sitio.
—Tú mandabas gente —dijo Sara.
—Yo obedecía listas.
—Tus iniciales están junto a sus nombres.
—Mis iniciales están junto a medio pueblo. Trabajé treinta años.
Lucas sacó una copia del cuaderno de Rafa. La abrió por la página donde aparecía T.B.
Tomàs la miró sin tocarla.
—Tu hermano era un desgraciado.
Lucas se inclinó.
—Cuidado.
—¿Qué? ¿Ahora era santo? Rafa venía borracho, gritaba, se metía donde no le llamaban y luego desaparecía dos días. Pregunta a los tuyos.
—Te estoy preguntando a ti.
Tomàs chupó el cigarro.
—Rafa me vino una noche con una foto. Decía que iba a joderlos a todos. A todos, dijo. Como si el mundo lo hubiera inventado yo.
—¿Qué foto?
—Una mujer junto a una barraca.
Sara y Lucas se miraron.
—¿Ana?
—No sé. No me pagaban por aprenderme los nombres.
Sara dejó el bolígrafo.
—Eso no te ayuda.
Tomàs la miró por primera vez sin sonrisa.
—¿Y qué me ayuda? ¿Decir que sí? ¿Que había mujeres que venían, trabajaban, cobraban menos de lo prometido, dormían donde podían y si molestaban se cambiaban de finca?
Eso lo sabían todos. Tu Lucas también. Su familia.
La cooperativa. Los del ayuntamiento cuando venían a hacerse la foto con la caja de uva.
Los curas cuando les llevaban ropa. Las señoras que luego compraban vino en Navidad.
Tomàs no se defendía. Repartía. Lucas quiso rechazarla entera, pero no pudo.
Había visto balances antiguos, márgenes de beneficio, campañas en las que la bodega creció mientras las mujeres dormían en habitaciones que nadie llamaba habitaciones.
Él era un niño entonces. Luego un adolescente.
Luego un hombre ocupado en no mirar hacia los lados.
—Yo no firmé esos contratos —dijo Lucas.
Tomàs soltó humo por la nariz.
—No hacía falta que firmaras. Naciste después de la firma.
Sara lo anotó, aunque le dio asco. Algunas líneas servían precisamente por crueles; una las reconocía incluso cuando salían de una boca que quería salvarse.
Lucas se dio cuenta de que la había anotado. No dijo nada. El reproche le quedó en los ojos.
Lucas tenía la cara blanca.
—No metas a todo el mundo en el mismo saco.
—No hace falta. Ya estaban dentro.
Sara esperó. Tomàs había abierto una puerta por rabia, no por arrepentimiento.
—¿Qué pasó con Rafa?
El hombre apagó el cigarro a medias.
—Pregúntale a Víctor.
—¿Mallén?
—Él conducía.
—¿La noche del accidente?
Tomàs se encogió de hombros.
—Esa noche se condujo mucho.
Lucas se levantó tan rápido que la silla golpeó el suelo.
—No juegues.
Tomàs también se levantó. Era más bajo, pero no retrocedió.
—Tu padre jugaba. Tu abuelo jugaba. Julián jugaba. Yo recogía lo que dejaban tirado.
—¿Rafa estaba vivo después de la hora oficial?
Tomàs miró a Sara. Luego a Lucas.
—Rafa estaba vivo cuando subió al coche.
Tomàs miró el cenicero. Allí tampoco había salida. No la había. La colilla se consumía sola, dejando un hilo de humo torcido entre ellos.
—No sabía que era la última vez que lo veía —añadió.
No lo dijo para pedir absolución. En su boca sonó más pobre, casi administrativo: una hora, un traslado, un hombre que sube vivo.
Nadie sabe cuál es la última vez mientras ocurre.
Una mujer se mete una llave en el bolsillo.
Un hermano no contesta. Un encargado firma una lista con iniciales.
Después vienen los años y convierten cada gesto pequeño en una decisión inmensa.
Sara apuntó aquello y esta vez Lucas no pudo reprochárselo. Necesitaban esa exactitud. Les daba asco necesitarla, pero la necesitaban.
La cocina se quedó estrecha, llena de humo y de una verdad que Tomàs había dejado salir porque ya no podía guardarla sin que le mordiera.
Tomàs no volvió a sentarse del todo. Se quedó medio apoyado en la silla, con las rodillas fallándole tarde.
Durante un minuto solo fumó. La ceniza creció demasiado y cayó sobre el hule.
Nadie la apartó. Sara pensó que esa cocina estaba llena de pequeñas pruebas inútiles: ceniza, un vaso con cal, una foto de comunión torcida en la nevera, una caja de pastillas de tensión junto al frutero.
La vida de un hombre que había hecho cosas malas no parecía una guarida.
—Mi mujer sabía que yo volvía distinto algunas noches —dijo Tomàs, sin mirarles—. No preguntaba. Luego un día se fue con su hermana a Lleida y ya no volvió. La gente dijo que era porque yo bebía. Era más fácil. Yo dejé que dijeran eso.
Lucas no contestó. Sara sí quiso preguntar por qué lo contaba ahora. Se contuvo. Tomàs estaba abriendo una grieta por un lado que no llevaba directamente a la prueba, pero sí al mecanismo. Los hombres no solo callaban por obediencia.
—¿Ella vio algo? —preguntó Sara.
—Vio ropa. Vio barro. Vio dinero que entraba tarde y salía rápido. Vio que cuando sonaba el teléfono después de las diez yo me levantaba antes de que terminara el primer tono. Eso es ver.
Sara lo anotó y esta vez no se arrepintió. Tomàs la miró con desprecio cansado.
—Tú lo vas a poner muy bien, ¿no?
—No lo sé poner bien.
—Pues pon que yo no era el peor. Eso es lo que todos queremos al final. Que alguien encuentre uno peor para poder dormir.
Lucas levantó la mirada. El encargado había dejado de defenderse con inocencia. Ahora se defendía con escala. No fui el peor. No decidí todo. No fui el dueño.
—No te va a salvar —dijo Lucas.
Tomàs apagó el cigarro con una lentitud desagradable.
—A ti tampoco entregar papeles. Pero mira qué bonito te está quedando.
Tomàs sirvió agua en tres vasos distintos. Uno tenía una grieta fina. Se lo quedó él. Sara observó ese gesto y no supo si era culpa, costumbre o simple azar doméstico. El hombre bebió de pie, apoyado en la encimera, con la ceniza a punto de caerle sobre el hule.
—Mi hija trabaja en una residencia —dijo de pronto—.
Turno de noche. Contrato de mierda. Si mañana su jefe le dice que calle, calla.
Si no calla, la cambian. Si la cambian, pierde horas.
Si pierde horas, no paga el coche. Eso es todo el misterio.
No hace falta ser un monstruo para obedecer al que firma el cuadrante.
Sara no respondió. Tomàs se estaba defendiendo y acusando al mismo tiempo.
—¿A qué coche?
—No al suyo.
—¿De quién?
Tomàs negó con la cabeza.
—Ya he hablado bastante.
—No.
Lucas lo agarró por la camisa. Sara no lo detuvo al primer segundo. Se odió por eso. Luego sí.
—Lucas.
Tomàs no parecía asustado. Parecía satisfecho.
—Mírate. Igualito que ellos cuando se os dice que no.
Lucas lo soltó.
Sara tomó la palabra antes de que se perdiera todo.
—¿Dónde está Víctor?
—En la nave vieja. Si sigue allí.
—¿Y la barraca de la foto?
Tomàs abrió la puerta.
—Hay muchas barracas.
—Dime una.
Él los miró desde el umbral.
—La que está más cerca de Les Comes no sale en los mapas nuevos.
—¿Por qué?
—Porque alguien compró la parcela y cambió los caminos.
—¿Quién?
Tomàs sonrió sin alegría.
—Pregúntale al heredero.
De vuelta al coche, Lucas no habló. Sara tampoco. Al abrir la puerta, él se detuvo.
—Mi familia compró tierras junto a Les Comes en 2002.
—Después de la muerte de Rafa.
—Sí.
—¿Lo sabías?
Lucas miró la casa de Tomàs.
—Sabía que se compraron tierras. No sabía qué estaban tapando.
Sara no dijo que quizá no quería saberlo.
En el coche, Lucas abrió la guantera y sacó una escritura doblada.
La llevaba allí desde la mañana, con el cuerpo sabiendo hacia dónde iban antes que él.
La extendió sobre el volante. El papel tenía sellos, firmas, nombres de sociedades.
No decía muerte. No decía barraca. No decía Rafa.
Solo superficie, lindes, precio, referencia catastral.
—Mi padre compró tierra como quien compra silencio —dijo.
Sara leyó las fechas. Dos meses después del cierre del expediente de Rafa. Una sociedad interpuesta. Un precio bajo. El vendedor, una familia que se marchó del pueblo al año siguiente. Todo podía tener explicación.
Lucas señaló una firma.
—Adela fue testigo.
La palabra testigo sonó distinta ahí. No como alguien que declara, sino como alguien que presencia y permite que el papel siga adelante.
—No tenemos que resolverlo ahora —dijo Sara.
Lucas dobló la escritura con demasiado cuidado.
—Eso lo decimos siempre antes de dejar algo otros veinte años.
La escritura quedó sobre el volante, doblada con una pulcritud absurda. El papel todavía quería hacerse el inocente.
Al salir, Sara se dio cuenta de que había olvidado respirar por la nariz dentro de la casa.
El humo de Tomàs le había quedado en la garganta, pegado como una versión pobre de todo lo que el hombre había dicho.
Lucas caminaba delante, demasiado rígido, con la escritura doblada en la mano.
No era solo rabia. Se volvía más difícil de colocar en una frase.
—No te dejes arrastrar por eso —dijo Sara.
Lucas se detuvo junto al coche.
—¿Por qué no? Tú sí apuntas todo lo que puede arrastrarme.
La respuesta era injusta, pero Sara no la esquivó. Tenía la libreta en la mano. En la última página acababa de escribir: no fui el peor. No sabía aún si era una defensa de Tomàs, una clave del sistema o una advertencia para Lucas. Quizá las tres cosas.
Lucas no habló durante el primer kilómetro. Sara lo dejó. Después entendió que lo estaba dejando no por respeto, sino porque temía lo que pudiera decirle. Miró la libreta sobre sus rodillas y la cerró.
—No voy a escribir esa frase si no quieres.
Lucas soltó una risa sin humor.
—No me pidas permiso para absolverte.
—No era eso.
—Sí era eso. Pero agradezco que al menos ya lo hagas en voz alta.
Sara miró por la ventanilla. La carretera pasaba entre campos secos y muros bajos.
Lucas tenía razón. Pedir permiso para escribirla no la limpiaba.
Solo trasladaba el peso a él. Cerró la libreta y la metió en el bolso.
Algunas frases podían esperar. O quedarse sin usar.
Que algo sirviera no quería decir que hubiera que cobrarlo inmediatamente.