La lista de las temporeras (Las desaparecidas de la vendimia 2) CAPÍTULO 17
72%

CAPÍTULO 17

Les Comes no aparecía en los mapas turísticos.

No aparecía porque había dejado de ser útil nombrarlo.

Laia había enseñado a Sara varias capas digitales: catastro, ortofotos, rutas de senderismo, parcelas agrícolas.

En unas aparecía como construcción auxiliar.

En otras, como ruina. En otras, nada. Los lugares también podían ser rebajados a una mancha hasta que nadie preguntara qué había ocurrido allí.

Lucas reconoció el camino antes de decirlo.

Había pasado por allí de niño, camino de una finca familiar, sentado detrás en un coche donde los adultos hablaban de cosechas y de hombres que ya estaban muertos.

No recordaba Les Comes. Recordaba una higuera partida, un depósito oxidado y una vez en que Rafa pidió bajar a mear y su padre le dijo que allí no se paraba.

—Allí no se paraba —repitió Lucas en voz baja.

Sara lo miró.

—¿Qué?

—Nada. Una frase de mi padre.

Inés, desde el asiento trasero, cerró los ojos.

—Algunas frases son mapas.

Laia había encontrado un mapa antiguo en una web de senderismo abandonada, con una resolución miserable y nombres escritos ya parecían pertenecer a otra comarca. Sara lo imprimió igual. Lucas llevó uno catastral. Inés, ninguno.

En el coche nadie puso música. El motor sonaba más de lo habitual en los caminos de tierra.

Cada bache hacía vibrar la guantera. Sara llevaba los guantes en el regazo, sin ponérselos todavía.

Lucas conducía con las dos manos en el volante, demasiado recto.

Inés iba detrás, junto a la ventana, con la vista fija en los almendros.

—No me preguntéis si estoy segura cada cinco minutos —dijo.

—No lo haremos —respondió Sara.

—Sí lo haréis. Solo aviso para que al menos os dé vergüenza.

Lucas miró por el retrovisor. No había simpatía. Tampoco odio. Había una evaluación seca: tú también llegas tarde.

En los mapas antiguos sí figuraba: una finca estrecha, una casa de labor y dos anexos junto a una curva secundaria.

Inés no quería ir. Lo dijo tres veces. Luego subió al coche con una bolsa de tela y la caja de metal donde guardaba la llave. Lucas llevaba la llave de Dolores y el cuaderno de Rafa. Sara llevaba el móvil, una linterna, guantes y la sensación de que estaban haciendo algo insuficiente y peligroso.

La higuera partida seguía allí, tal como dijo Víctor. Una mitad seca, la otra viva de una forma torcida. Giraron a la izquierda. El camino se estrechó entre matorrales. Al fondo, apareció la barraca de piedra.

Pequeña. Baja. Casi absurda.

Ahí estaba la trampa. El horror casi nunca ocupa el tamaño que una espera.

Inés se quedó un paso por detrás. La barraca no la miraba, pero su cuerpo actuaba igual que si la mirara. Tenía una mano cerrada alrededor de la caja de metal y la otra clavada en el bolso. No hacía falta creer en fantasmas. Bastaba con haber sobrevivido.

Lucas abrió el maletero demasiado fuerte.

Sara le vio buscar herramientas, guantes, bolsas, cualquier objeto que le permitiera no mirar de frente a la construcción.

A ella le pasaba lo contrario: no podía apartar los ojos.

Había esperado un lugar con presencia. Encontró cuatro paredes feas y una puerta que no habría llamado la atención en una excursión.

Inés señaló una piedra plana junto al camino.

—Ahí se sentaban algunas a esperar que amaneciera.

—¿Quiénes?

—Las que no querían dormir dentro y todavía no tenían adónde ir fuera.

Sara miró la piedra y luego el suelo. No dijo nada.

—Aquí olía a humedad incluso en agosto —dijo Inés.

Lucas se volvió.

—¿Venías mucho?

—Lo suficiente para saber que esa pregunta llega tarde.

No lo dijo con crueldad. Lo dijo como se dice una dirección. Lucas bajó la vista. La tierra junto a la entrada estaba más clara en algunas zonas, más compacta en otras. Había pisadas recientes, pero también marcas viejas que el camino había convertido en simple irregularidad.

La piedra de la barraca estaba caliente por un sol que todavía no había subido del todo. Sara apoyó la mano un segundo y la retiró. Pensó en las veces que habría pasado gente por allí sin saber, o sabiendo lo justo para acelerar el paso. Los lugares marcados no siempre se protegían con carteles.

Junto a la puerta había colillas recientes. Lucas se agachó. No las tocó.

—Alguien viene más que nosotros.

—O vino anoche.

Inés hizo un sonido bajo.

—Aquí siempre se venía de noche.

Sara se puso los guantes. La primera capa de polvo en el marco de la puerta era irregular. Alguien había limpiado a la altura del candado y había dejado el resto. Cuidar solo el punto de entrada era una torpeza o una prisa. También podía ser una invitación.

Lucas aparcó detrás de unos almendros. Nadie habló al bajar.

Inés se quedó junto al coche.

—Yo no entro.

—No tienes que entrar —dijo Sara.

—Lo digo para no tener que repetirlo cuando me miréis.

La puerta de la barraca tenía un candado nuevo. Demasiado nuevo. Lucas lo tocó con dos dedos.

—Alguien viene.

—O no quiere que entremos.

Sacó una cizalla del maletero. Sara no preguntó por qué la llevaba. Había preguntas que solo servían para descubrir que una ya conocía la respuesta.

El candado cedió con un golpe seco.

Dentro olía a piedra húmeda, ratón y tierra removida. Había herramientas viejas, sacos rotos, una mesa coja y un armario metálico al fondo.

La primera habitación no tenía nada que pareciera secreto.

Unos sacos rotos, herramientas oxidadas, una botella de agua aplastada y un trozo de cuerda que Lucas evitó mirar durante demasiado tiempo.

Sara esperaba un signo claro y se odió por esperarlo.

La realidad rara vez respetaba el gusto narrativo de quien investigaba.

Inés no entró, pero empezó a hablar desde la puerta.

Dijo que antes había una mesa larga, no aquella mesa pequeña apoyada contra la pared.

Dijo que el colchón estaba al fondo. Dijo que la ventana tenía una manta clavada porque de noche la luz de los coches entraba directa y algunas preferían no saber quién llegaba.

No lo dijo todo seguido. Lo escupió por partes, cada dato traía una arista distinta.

Sara no escribió mientras Inés hablaba. Se obligó a recordar.

La libreta podía esperar a que una mujer terminara de estar dentro de un sitio que no quería pisar.

Lucas encontró una marca en la pared, una raya hecha con punta metálica.

Luego otra. Tres, cinco, nueve. No eran números.

Eran cortes verticales, torcidos, a alturas distintas.

Inés las vio y apartó la cara. “No contéis”, dijo.

“No sirve.” Sara obedeció tarde: ya había contado once. Se sintió sucia.

Al fondo, detrás de un armario sin puerta, apareció la segunda entrada.

No tenía nada de puerta secreta: una abertura baja tapada con una tabla y un saco.

Laia habría querido fotografiarlo antes de tocar.

Lucas habría querido arrancarlo. Sara levantó una mano antes de que ninguno de los dos hiciera lo que el cuerpo les pedía. Esa vez esperaron.

3.

Sala 3.

Lucas se quedó mirándolo.

—No era una alacena.

Sara no dijo nada.

La llave de Dolores abrió el armario. Dentro había estanterías vacías y, en la parte inferior, una trampilla de madera cubierta con polvo. Inés, desde la puerta, hizo un sonido mínimo.

—Eso no estaba.

—¿Cuándo? —preguntó Sara.

—Cuando yo venía. No estaba.

Lucas levantó la trampilla. Debajo había un hueco pequeño, no una habitación. Una especie de pozo seco, apenas un metro de profundidad. Dentro, envuelta en plástico, había una caja metálica.

Sara se puso guantes. Lucas la sacó.

La caja no estaba cerrada con llave. Dentro había una libreta negra, una cinta, tres fotografías y un pañuelo azul endurecido.

La libreta no era de Rafa. La letra era distinta.

Más pequeña. En la primera página había nombres y pagos.

Ana Beltrán. Samira Haddou. Nadia El Amrani.

Rosa Cañete. Junto a varios nombres, una marca: trasladada. En otros: se fue. En otros: no volver.

No volver.

Sara sintió náusea.

Lucas cogió una fotografía. Rafa estaba en la barraca, con la cara hinchada por un golpe, sosteniendo esa misma libreta. Al fondo, la puerta abierta. En el reverso: si no salgo, Lucas.

El audio se cortaba ahí.

Inés entró entonces, aunque había dicho que no. Miró el pañuelo azul y se tapó la boca.

—Era de la chica.

—¿De Samira?

Inés no respondió. Se agachó con gesto de articulación mala y tocó el aire encima del pañuelo, sin llegar a rozarlo.

—Ella me dio la llave pequeña. Dijo que, si volvía, la quemara. Si no volvía, que la guardara.

—¿Y la guardaste?

—Soy cobarde, no imbécil.

Lucas abrió la libreta negra por la mitad. Había iniciales de fincas, nombres de encargados, pagos en efectivo. En una página, una J al margen. Al lado: cena diputación. En otra: R.M. insiste. Pararlo.

Pararlo.

La palabra no decía matar. No hacía falta.

Fuera se oyó un motor.

Los tres se quedaron quietos.

Sara apagó la linterna. Lucas cerró la caja sin orden. Inés se movió hacia la puerta, pero Lucas la sujetó del brazo y la llevó detrás del armario.

El motor se acercó despacio. Grava bajo ruedas. Una puerta de coche. Pasos.

Alguien probó el candado roto.

—Mierda —susurró Lucas.

La puerta de la barraca se abrió del todo. Una silueta quedó recortada contra la luz de la mañana.

Maribel.

Sara salió de detrás de la mesa.

—¿Qué haces aquí?

Maribel tenía la cara desencajada.

—Tenéis que iros.

—¿Nos has seguido?

—No. Me han llamado.

—¿Quién?

Maribel miró la caja metálica en las manos de Lucas.

—Los mismos que llamaron a Dolores cuando Rafa vino aquí.

Lucas dio un paso hacia ella.

—¿Qué sabes?

Maribel empezó a llorar sin ruido. No lágrimas grandes. Un derrumbe seco.

—Que Rafa salió vivo de esta barraca.

Sara sintió que el final del capítulo oficial se partía.

—¿Quién se lo llevó?

Maribel miró a Lucas.

—Tu tía estaba en el coche.

Lucas no gritó. Sara habría sabido qué hacer con un grito. El cuerpo de Lucas hizo algo más feo: se quedó sin administración. La cara, los hombros, la mano que aún sujetaba la caja metálica. Todo pareció perder instrucciones durante un segundo.

Maribel extendió una mano, pero no llegó a tocarlo.

—No sé si bajó. No sé si sabía todo. Yo solo vi el coche.

—¿Qué coche? —preguntó Sara, porque alguien tenía que seguir haciendo preguntas, aunque fuera una crueldad.

—El de la familia. El verde. El que usaban para ir a las fincas.

Lucas tragó saliva.

—Mi madre odiaba ese coche.

—No era tu madre —dijo Maribel.

La precisión cayó peor que la revelación. Adela. La mujer que había guardado cajas, llaves, frases. La mujer que acababa de pasar de custodia familiar a presencia en una escena donde Rafa había salido vivo.

Lucas recogió el cuaderno del suelo. Lo hizo despacio, con dedos torpes. Sara tuvo la sensación de que, si se inclinaba para ayudarlo, él podía romperse o apartarla para siempre. No hizo nada.

Lucas no lo entendió al principio. Luego sí.

El cuaderno de Rafa se le cayó de las manos.

Nadie lo recogió al principio. El cuaderno quedó abierto sobre la tierra de la barraca, con las páginas moviéndose por una corriente leve que entraba por la puerta.

Sara vio una mancha antigua en el margen, quizá barro, quizá vino, quizá algo que no quería nombrar sin prueba.

Lucas miraba a Maribel: acababa de darle una noticia y de robársela al mismo tiempo.

—¿Por qué no lo dijiste? —preguntó él.

Maribel se abrazó a sí misma.

—Porque Adela me pagaba la luz de mi madre.

La respuesta no tuvo nada de noble. Precisamente por eso dejó de ser abstracta. Era una factura. Una mujer enferma. Un sobre mensual entregado en una cocina.

Lucas se agachó por fin a recoger el cuaderno. Lo cerró con una mano sucia y no miró a Sara.

—Vamos a verla.

No dijo a mi tía. No dijo a Adela. Dijo verla. El nombre le costaba más que la acusación.

Al salir de Les Comes, Inés no quiso volver en el coche.

Dijo que necesitaba caminar un tramo. Nadie le discutió al principio.

Luego Sara recordó el motor que acababan de oír, la caja metálica, la forma en que las cosas útiles desaparecían, y abrió la boca.

Inés la cortó antes de que pronunciara su nombre.

—No me cuides ahora para compensar que me has traído hasta aquí.

Sara aceptó el golpe. Inés caminó por el borde del camino, a la vista, con los hombros encogidos y la bolsa de tela pegada al costado.

No parecía una testigo clave. Parecía una mujer cansada volviendo de un lugar al que había jurado no volver.

Lucas condujo despacio detrás de ella durante doscientos metros, sin adelantarla.

La escena fue absurda, casi ridícula: un coche de heredero escoltando a una mujer que no confiaba en él.

Inés subió al coche solo cuando llegaron a la higuera partida. Se sentó atrás y cerró la puerta con cuidado. Antes de abrocharse el cinturón dijo: “Si Adela habla, no le dejéis hacer de mujer que no sabía. Saber poco también es saber”. Lucas no respondió.