La lista de las temporeras (Las desaparecidas de la vendimia 2) CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

Abrió el grifo. El chorro salió con demasiada fuerza y salpicó el borde de la pila. Lucas metió las manos debajo, pero no bebió. Se quedó mirando el agua correr sobre los nudillos. Tenía un corte en el lateral de la mano, quizá de la ventana, quizá de una caja. La sangre no era mucha.

Sara cogió papel de cocina.

—Dame.

—No.

—Lucas.

—He dicho que no.

Ella dejó el papel sobre la mesa, a medio camino. No insistió. Lucas tardó unos segundos en cogerlo. Se envolvió la mano mal, demasiado apretado.

—Así no.

—Ya.

Sara se acercó solo lo justo para señalar el nudo.

—Te estás cortando la circulación.

—Mejor. Así dejo de sentirla.

Le salió mal. De esas cosas que una dice porque no sabe pedir otra cosa. Sara tiró del papel con cuidado. Lucas la dejó hacer. No hubo ternura limpia. Hubo dedos fríos, sangre seca, una venda improvisada y la respiración de los dos colocándose en un sitio peligroso.

Cuando ella terminó, Lucas no retiró la mano enseguida.

—No quiero que te vayas —dijo.

Sara no levantó la vista.

—Hace diez minutos me has echado.

—Ya.

—Y tenías razón.

—También.

La respuesta casi la hizo sonreír. No lo hizo. La ventana rota seguía abierta y el aire frío entraba por allí, moviendo la cortina. Lucas miró el hueco.

—Si te quedas, no sé hacerlo bien.

—Si me voy, tampoco.

Se quedaron muy cerca, sin besarse. No por falta de deseo. El deseo estaba allí, sucio y mal colocado, mezclado con la culpa, el miedo, el olor a café frío y la cinta robada. Sara pensó que quizá precisamente por eso no debían tocarlo. No esa noche. No con Rafa recién arrancado de un bolsillo.

El sonido de un coche en la entrada rompió la distancia. Lucas se apartó primero. Sara agradeció y odió que fuera él.

—Laia —dijo ella al ver los faros.

Lucas miró la ventana, la bolsa de barro, la mesa.

—Entonces ahora empieza otra parte.

—Sí.

Sara guardó las bolsas limpias en una carpeta. Al hacerlo, vio la tira de fotomatón asomando apenas del bolsillo interior de Lucas. No preguntó. Él notó que la había visto y se abrochó la chaqueta.

Por una vez, Sara dejó una puerta cerrada.

Laia llegó a la casa de Lucas antes que la policía. Entró sin pedir permiso, con el móvil pegado a la mano y la cara ya preparada para defenderse. Al ver la ventana rota se le cayó algo de esa defensa, pero no todo.

—No sabía lo de la cinta —dijo.

Lucas la miró como se mira a alguien muy joven en una habitación que se ha vuelto vieja de golpe.

—Pero sabías que no podías subir la foto.

—Sí.

Laia no añadió excusas. Ese silencio sorprendió a Sara. Hasta entonces Laia siempre había tenido una respuesta, una estadística, una urgencia. Ahora miraba los cristales del suelo y parecía entender que la velocidad no solo había puesto una imagen en circulación.

—Lo he hecho porque tenía miedo —dijo al fin.

—Todos tenemos miedo —contestó Lucas.

—No. Yo tenía miedo de que, si no hacía algo, esto volviera a ser vuestro. De las familias, de los abogados, de las bodegas, de los hombres con apellido. Quería ponerlo fuera antes de que lo guardarais en otra caja.

La explicación era mala y verdadera. Sara vio que Lucas también lo entendía. Eso no lo ablandó. Solo hizo el daño más preciso.

Durante unos segundos, ninguno entendió del todo la escena. La ventana rota, la silla en el suelo, la cortina moviéndose con el aire frío. Lucas se palpó el bolsillo una vez. Luego otra. Después miró a Sara con una acusación que no iba dirigida a ella y aun así la alcanzó.

—Estaba aquí.

—Lo sé.

—La tenía encima.

Sara se acercó a la ventana. El marco había sido forzado con precisión, no como en la sede.

Alguien había entrado o, más probablemente, había metido el brazo desde fuera mientras ellos discutían en la cocina.

La idea fue humillante: habían estado tan ocupados rompiéndose que no oyeron cómo les robaban la única voz de Rafa que tenían.

Lucas recogió la silla y la volvió a dejar mal puesta.

—Le he dicho que se fuera.

Sara tardó en entender.

—A Rafa.

Lucas asintió, mirando el suelo.

—A ti también. Pero a él primero. Durante años.

Sara no lo tocó. Llamó a Neus, aunque todavía no era su abogada formal.

Luego a Laia para exigirle que borrara la publicación.

Luego a Elena, porque la foto ya estaba circulando.

Hizo llamadas, dio órdenes, corrigió daños.

Todo con las manos frías y la certeza de que la noche había cruzado una línea.

Cuando salió al patio para mirar alrededor, encontró una colilla aplastada junto al muro. No era de Lucas. Él no fumaba. La guardó en una servilleta de cocina.

Lucas no le preguntó qué hacía con la colilla. Ya no. Se limitó a abrir una bolsa limpia y a escribir la hora en una esquina, con una letra que seguía temblando. No se tocaron. Lucas le alcanzó una bolsa limpia y Sara la cogió sin mirarlo.

Laia, en cambio, no soportaba la lentitud.

Caminaba por la cocina rota con el móvil apagado en la mano.

Parecía un órgano que todavía le latía, aunque no quisiera usarlo.

“Podríamos decir que han robado una prueba”, murmuró.

Elena, que había llegado después, la miró con una calma peligrosa.

“Podríamos decir muchas cosas. Por ejemplo, que no aprendiste nada.” Laia encajó el golpe.

No se defendió. La ventana rota, esa vez, enseñaba mejor que Sara.

Cuando por fin llegó la patrulla, Lucas no les dejó entrar solos.

Sara vio al agente mirar las cajas de Rafa con la misma expresión con la que se mira una mudanza ajena.

“¿Seguro que falta una cinta?”, preguntó.

Lucas respondió que sí con una educación tan fría que casi cortaba.

Sara pensó que, si Rafa hubiera estado allí, habría odiado aquella educación.

Y quizá también habría agradecido que por una vez sirviera para algo.