La lista de las temporeras (Las desaparecidas de la vendimia 2) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

La grabadora de Rafa no funcionó al primer intento.

Lucas había limpiado la carcasa con un paño antes de intentarlo. No sabía por qué. La grabadora no necesitaba estar limpia para decir la verdad, pero sus manos habían buscado una tarea pequeña, doméstica, casi ridícula. Sara lo observó sin intervenir.

Sobre la mesa, el cuaderno de Rafa seguía abierto por una página llena de iniciales.

La letra era irregular. No tenía la belleza inquietante de los documentos preparados para ser encontrados.

Había tachones, palabras mal escritas, una mancha de café o de vino en la esquina.

Eso le daba más verdad. Rafa no había dejado un mensaje para una novela. Había dejado trabajo sin terminar.

Lucas golpeó la tapa con el pulgar, demasiado fuerte para una máquina tan vieja.

Sara le pidió que parara. Él estuvo a punto de decirle algo hiriente y se lo tragó.

La cocina olía a café frío, madera húmeda y polvo sacado de cajas que llevaban años sin abrir.

En la encimera había una pila de platos limpios.

Habían extendido el material de Rafa por grupos: mapas, nombres, facturas, objetos.

El orden era de Sara. Lucas lo toleraba con dificultad.

Cada vez que él apartaba una hoja porque le dolía mirarla, Sara sentía una impaciencia culpable.

Necesitaban rapidez. También necesitaban no arrancarle a Lucas la piel con la excusa de llegar a tiempo.

La grabadora se encendió con una luz roja débil. Parecía un ojo enfermo.

Lucas la puso sobre la mesa de la cocina, junto al cuaderno, los mapas y una taza de café que se había quedado fría.

Sara estaba al otro lado, descalza, con el pelo recogido de cualquier manera.

Habían pasado todo el día revisando las cajas.

No encontraron una verdad completa. Encontraron restos.

Una matrícula incompleta. Tres nombres repetidos.

Un dibujo de Les Comes. La inicial J escrita con tanta fuerza que en algunas páginas rasgaba el papel.

Lucas cambió las pilas. La grabadora hizo un ruido débil y se encendió.

—No tienes que escucharlo conmigo —dijo Sara.

—No me trates con cuidado de enfermera.

—No era eso.

—Ya.

Pulsó play.

Primero solo hubo estática. Después la voz de Rafa, más joven, más áspera, demasiado viva para estar saliendo de una máquina pequeña sobre una mesa.

—Lucas, soy yo. Cógelo, joder. Esta vez no estoy borracho. He visto la foto. Ana no se fue. La chica de Les Comes tampoco. No sé cómo se llama, Samira o algo así. Hay una ruta. Hay pagos. Tomàs no manda, Tomàs mueve. Y Julián…

La cinta se cortó. Un golpe seco. Luego otra vez Rafa, más lejos.

—Si me pasa algo, no dejes que digan que estaba mal. Tú siempre haces eso. Les crees porque te hablan bonito. No eres bueno, Lucas. Solo eres educado.

Fin.

Lucas no se movió.

Sara sintió que no tenía derecho a respirar fuerte. La voz de Rafa seguía en la cocina, aunque la grabadora ya no emitiera nada.

—Lo siento —dijo.

Lucas levantó la vista.

—No.

—¿No qué?

—No uses eso ahora.

—Lucas…

—No me digas lo siento para poder seguir preguntando después.

Sara cerró la boca.

Él cogió la grabadora, la abrió, sacó la cinta y la dejó sobre la mesa con cuidado. Ese cuidado era peor que la rabia.

—Yo escuché un mensaje parecido —dijo.

Sara no preguntó. Esperó.

—Dos días antes de morir. Me llamó de madrugada. Dijo casi lo mismo. Que no estaba borracho. Que había visto algo. Que, si no le creía, al menos guardara el mensaje.

—¿Lo guardaste?

Lucas negó.

—Lo borré.

No se defendió. Eso hizo que la confesión pesara más.

—Estaba cansado de él. Cansado de su rabia, de sus llamadas, de que entrara en casa diciendo que todos éramos criminales menos él. Mi padre dijo que Rafa necesitaba tocar fondo. Yo quise creerlo porque era más fácil que creer a Rafa.

Sara apoyó las manos en la mesa.

—Eras su hermano, no su policía.

—No me absuelvas. No te queda bien.

Le dolió porque era justo.

—No intento absolverte.

—Claro que sí. Necesitas que yo sea suficientemente culpable para abrir puertas y suficientemente bueno para que no te dé asco usarme.

Sara se quedó quieta.

—Eso es injusto.

—¿Sí?

—Sí.

—¿No has pensado qué puerta puedo abrir con esta cinta antes de pensar que era mi hermano?

Ella no respondió enseguida.

Lucas sonrió con una tristeza fea.

—Gracias por no mentir tan rápido.

—Estoy intentando salvar una prueba.

—Mi hermano no era una prueba.

—Ahora también lo es.

Fue una confirmación. Lucas había estado esperando esa frase desde que Sara lo llamó por el sobre. Quizá desde antes.

—Dilo entero —pidió él.

Sara tragó saliva.

—No quiero.

—Claro que no.

—Rafa es una prueba y eso me repugna. Pero si no lo tratamos también como prueba, lo vuelven a dejar en accidente, en hermano difícil, en hombre que bebía. No sé hacer esto sin ensuciarlo.

Lucas apoyó las manos en el borde de la mesa. Tenía los nudillos blancos.

—Pues no finjas que sabes.

Sara asintió. Esa vez la obediencia no le salió sumisa. Le salió cansada.

—No sé.

Lucas soltó una respiración larga, casi un derrumbe. Sara vio que le temblaba la mano sobre la mesa. Él intentó esconderla metiendo la mano en el bolsillo y eso le dio más pena que si hubiera llorado.

Durante un segundo ninguno quiso hablar de pruebas. Sara pensó que, si se acercaba, Lucas quizá la dejaría. También pensó que luego usaría ese acercamiento para perdonarse a sí misma más rápido. Por eso se quedó quieta.

La cocina se quedó demasiado quieta. Sara supo enseguida que había dicho la verdad de la peor manera. Eso no la hacía menos verdad. Rafa era hermano, muerto, culpa y prueba.

Lucas abrió la boca, pero tardó en hablar.

—Ahí está.

—Lucas…

—No. Ahí está lo que no querías decirme. Lo que no querías decirte tú. Si Rafa sirve, entra. Si no sirve, espera fuera con el resto de muertos que no empujan tu historia.

Sara sintió calor en la cara.

—Eso es cruel.

—Sí.

—Y falso.

—No del todo.

Sara recogió su abrigo despacio. Quiso defenderse con todas las horas sin dormir, con las llamadas, con los sobres, con las mujeres que la buscaban porque nadie más había contestado. No lo hizo.

Él recogió la cinta.

—Vete.

—Lucas.

—Vete.

Sara no se movió.

—Si guardas eso, lo van a destruir.

—Si te lo doy ahora, lo vas a convertir en archivo antes de que yo sepa qué hacer con la voz de mi hermano.

—No tenemos tiempo.

—Tú no tienes tiempo. Yo llevo años tarde.

La cocina se quedó demasiado pequeña. Sara quiso acercarse. No lo hizo. Lo peor de Lucas no era que tuviera razón; era que se la estuviera diciendo justo cuando más necesitaban no romperse.

Cogió su abrigo.

—No voy a publicar nada sin ti.

—Qué generosa.

—No me castigues con frases que ya te dices tú.

Lucas cerró los ojos. Por un segundo pareció que iba a pedirle que se quedara. Después dejó la cinta en el bolsillo de su camisa.

—Cierra al salir.

Sara salió al patio. La noche olía a humedad, tierra y madera vieja. No había luna suficiente para ver el camino. En el coche, antes de arrancar, se permitió apoyar la frente en el volante.

El móvil vibró.

Era Laia.

Sara no contestó. Volvió a vibrar. Después entró un mensaje.

He subido la foto de Ana y Samira. Lo siento. Teníamos que hacerlo.

Sara miró la pantalla hasta que las letras dejaron de tener sentido.

Entonces, desde la casa, oyó un golpe. No muy fuerte. Como una silla cayendo.

Salió del coche y corrió hacia la puerta.

Lucas estaba en la cocina, de pie, mirando la ventana rota.

La cinta ya no estaba en su bolsillo.

Antes de que Laia llegara, Lucas y Sara revisaron la cocina sin hablar, más por no gritar que por método.

La silla había caído hacia la ventana, no hacia dentro.

El cajón de los cubiertos estaba abierto.

En el suelo, entre dos trozos de cristal, había una mota de barro oscuro.

Sara se agachó con una bolsa de congelados en la mano.

—No uses esa —dijo Lucas.

—Es lo que hay.

—Tengo bolsas limpias en el armario.

Fue al pasillo y volvió con una caja de bolsas de cierre hermético. Se la tendió sin mirarla. El gesto, absurdo en medio del robo, le recordó a Sara que Lucas había aprendido ya una parte del método. O quizá que siempre había sabido guardar cosas, solo que antes las guardaba para otros.

Ella metió la mota de barro en la bolsa. Escribió hora aproximada. Lugar: cocina Lucas. Ventana este. Dudó antes de poner este; no sabía si esa ventana daba al este. Lucas lo corrigió.

—Sur.

Sara tachó este con una línea.

—Gracias.

—No me agradezcas direcciones en mi casa.

Salió seco, pero no hirió. Estaban los dos demasiado ocupados intentando no mirar el bolsillo vacío de su camisa.

Lucas se acercó al fregadero. Sobre el borde había una marca pequeña, una raya metálica. Alguien había apoyado allí una herramienta o una hebilla. Él pasó el dedo cerca, sin tocar.

—Han estado a menos de dos metros de nosotros.

Sara no contestó. Lo sabía. Esa era la parte que más le subía por la garganta: mientras ella le decía a Lucas que Rafa también era prueba, alguien había metido una mano en la casa y se había llevado la cinta. El enemigo no había esperado a que acabaran la escena. Había entrado dentro de ella.

—Discutíamos demasiado alto —dijo.

Lucas se giró.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Convertirlo en una culpa ordenada. Entraron porque podían. No porque tú levantaras la voz.

Sara se quedó con la bolsa en la mano. Él tenía razón y no la estaba usando para perdonarla. Solo estaba colocando un límite.

En la mesa seguía la taza de café frío. Lucas la apartó y debajo apareció una pequeña mancha de humedad con la forma redonda del culo de la taza.

Durante un segundo ninguno la tocó. La cocina estaba llena de objetos que no sabían si seguían siendo objetos o se habían convertido en escena: taza, silla, bolsa, barro, camisa, ventana.

—Necesito agua —dijo él.