CAPÍTULO 11
Miquel Arasa tenía el despacho en una segunda planta sin ascensor, encima de una aseguradora y una clínica dental.
El edificio no parecía importante. Esa fue su primera eficacia. Una fachada estrecha, buzones metálicos, un telefonillo con etiquetas torcidas. Ningún mármol. Ningún portero.
Lucas subió las escaleras sin tocar la barandilla.
Sara lo siguió contando los descansillos.
En el segundo, una puerta estaba entreabierta y salía olor a empaste dental.
Una mujer esperaba con un niño que chupaba una piruleta.
Esa mezcla de vida corriente y papeles peligrosos volvió a incomodarla.
Todo aquello convivía con clínicas, aseguradoras, facturas de autónomos y citas para limpiezas dentales.
La placa de la puerta era discreta: Arasa & Associats. Gestión patrimonial. Asesoría jurídica. Mediación. Sara leyó la palabra mediación y pensó que ciertas profesiones consistían en poner nombres blandos a la limpieza de desastres.
En la sala de espera había revistas de economía viejas y un difusor con olor a cítricos. Sara se sentó en una silla de plástico blanco y miró los diplomas de la pared. Ninguno decía nada sobre borrar rastros. Ninguno tenía por qué decirlo.
Una secretaria joven les ofreció agua. Lo hizo con amabilidad auténtica, o lo pareció.
Sara pensó en cuántas personas trabajaban alrededor de una red sin verla completa: quien imprimía cartas, quien archivaba facturas, quien pasaba llamadas, quien decía “el señor Arasa la recibirá ahora” sin saber que esa frase podía formar parte de una cadena de encubrimiento.
Lucas no se sentó. Caminaba de una pared a otra, leyendo sin leer. En una esquina, una planta artificial acumulaba polvo. Sara recordó a Teresa hablando del despacho donde le dijeron que Nadia podía haberse ido por voluntad propia. Una planta de plástico.
No fueron juntos. Lucas insistió en entrar primero. Sara esperó diez minutos en una cafetería de enfrente, con un café que no bebió y la vista clavada en las ventanas del despacho. Cuando Lucas le escribió, subió.
Arasa los recibió de pie. Era delgado, pulcro, con gafas finas y una camisa azul sin una arruga visible. No parecía nervioso.
—Señorita…
—Sara.
—Sara. Lucas me ha dicho que encontraron un fragmento con mi nombre en una sede forzada.
—No una sede. La sede de No se Fueron.
—Por supuesto.
—Y no forzada. Robada.
Arasa entrelazó las manos sobre la mesa.
—Si mi nombre apareciera en todos los papeles que gestiono, habría trozos de mí en media comarca.
—Qué poético.
—Qué práctico.
Lucas estaba junto a la ventana, mirando la calle. No se sentó. En la mesa había una carpeta que Arasa no tocaba.
—Queremos saber qué familias gestionaba usted en 1998 —dijo Lucas.
—No puedes pedirme eso.
—Puedo.
—No debo contestarlo.
Sara sacó una copia de la factura de Víctor Mallén.
—¿Gestionó pagos a transportistas durante campañas de vendimia?
—Gestioné muchas cosas.
—¿A Les Comes?
Arasa miró la factura sin tocarla.
—Ese alojamiento tuvo varios propietarios.
—No he preguntado eso.
—Es la respuesta que puedo darle.
Lucas se giró.
—Siempre fuiste bueno en eso. Responder otra cosa con cara de estar ayudando.
Arasa no se ofendió.
—Y tú siempre has confundido abrir cajones con resolver problemas.
—Rafa abrió cajones.
—Rafa rompía cosas.
Lucas no contestó enseguida. Rafa rompía cosas. Botellas, cenas, conversaciones cómodas. La familia había repetido eso tantas veces que ya no sonaba a opinión, sino a diagnóstico.
—A veces se rompen cosas porque ya estaban podridas —dijo Lucas.
Arasa inclinó la cabeza, casi con cortesía.
—Esa frase funciona en una novela. En un juzgado necesitarás otra cosa.
Sara odió que tuviera razón. La odiaba más porque él también parecía saberlo.
Aquello salió demasiado rápido. Sara lo atrapó.
—¿Lo conocía?
—Era difícil no conocerlo.
—¿Vino aquí?
Arasa apoyó la espalda en la silla. Por primera vez, la pausa fue calculada.
—Una vez.
Lucas se acercó a la mesa.
—¿Cuándo?
—No recuerdo la fecha exacta.
—Inténtalo.
—Antes de su accidente.
Sara anotó accidente entre comillas.
—¿Qué quería?
—Decía tener documentos. Quería que alguien los revisara. Estaba alterado.
—¿Qué documentos?
—Papeles sin valor jurídico.
—¿Los conservó?
Arasa sonrió muy poco.
—No conservo papeles sin valor.
Lucas puso las manos sobre la mesa.
—No me mientas.
—Te estoy diciendo la verdad útil.
Sara miró los expedientes alineados detrás de Arasa.
No tenían polvo. Eso la incomodó más que cualquier archivo abandonado.
Aquellos papeles se habían seguido moviendo, revisando, actualizando, mientras las familias esperaban respuestas viejas.
Era saber cuáles había que tocar cada año para que siguieran pareciendo normales.
En una bandeja vio sobres con membretes de bodegas distintas.
No todos de la comarca. Un contrato de arrendamiento rural.
Una liquidación de campaña. Una carpeta con el nombre de una sociedad que no reconoció y que anotó mentalmente sin mover el bolígrafo.
Arasa siguió su mirada y cerró despacio la carpeta que tenía delante. No parecía miedo. Parecía higiene.
—La verdad útil para quién.
Arasa dejó de sonreír.
—Para ti, aunque ahora no lo entiendas. Tu hermano estaba metiéndose en un lugar que no podía ordenar. No todo lo que parece prueba sirve. A veces solo sirve para que alguien destruya lo que queda.
—¿Quién?
—Cualquiera con algo que perder.
Sara observó la carpeta.
—¿Qué hay ahí?
Arasa miró sus propios dedos.
—Una notificación para Lucas.
—¿De quién?
—De socios de la bodega. Solicitan una auditoría externa y la suspensión temporal de ciertas decisiones patrimoniales por posible daño reputacional.
Lucas no reaccionó.
—Julián.
—No he dicho eso.
—No hace falta.
Arasa empujó la carpeta hacia él.
—Te lo advertí hace años. Tu familia tenía problemas, pero aún tenía estructura. Si sigues, no quedará ni eso.
Lucas cogió la carpeta y la abrió. Leyó la primera página. Sara vio una línea de tensión subirle por el cuello.
—Quieren apartarme.
—Quieren proteger la sociedad.
—Quieren protegerse ellos.
—A veces coincide.
Sara se inclinó hacia Arasa.
—Alguien entró en la sede y se llevó solo material vinculado a Rafa. Si usted o alguno de sus clientes…
—Cuidado.
La palabra fue baja. Correcta. Una pared.
—No me amenace.
—No lo hago. Le explico la diferencia entre sospechar y poder demostrar. Es una diferencia cara.
Lucas cerró la carpeta.
—¿Qué le entregó Rafa?
Arasa no respondió.
—¿Qué le entregó?
—Una fotografía.
—¿La de la cooperativa?
—No.
Sara dejó de escribir.
—¿Cuál?
Arasa se quitó las gafas, las limpió con una gamuza y volvió a ponérselas.
—Una fotografía de una mujer junto a una barraca de piedra. Detrás había un coche. No se veía matrícula. Rafa creía que la mujer era Ana Beltrán.
Sara no escribió durante unos segundos. La barraca no aparecía en los papeles de la cooperativa. Tampoco en la entrevista de Julián, ni en los folletos, ni en la memoria oficial. Y sin embargo empezaba a adquirir una forma concreta: piedra, curva, coche, mujer, Rafa.
Lucas apoyó los nudillos sobre la mesa.
—¿Por qué no nos diste eso cuando murió?
Arasa lo miró con una paciencia que no tenía nada de bondad.
—Porque entonces nadie te habría protegido de lo que ibas a hacer con ello.
—No necesitaba protección.
—Todos los herederos dicen eso antes de descubrir cuánto pesa heredar.
Sara vio que Lucas iba a contestar desde la herida. Intervino antes.
—¿Y usted? ¿De qué se protegía?
Arasa tardó un poco más.
—De la gente que confunde archivo con confesionario.
—¿Y lo era?
—No lo sé.
—¿Dónde está esa foto?
—No la tengo.
Lucas se acercó más.
—¿Quién la tiene?
Arasa sostuvo su mirada.
—La persona que llegó al despacho una hora después de tu hermano.
—¿Quién?
—Julián.
La palabra no sonó como revelación. Sonó como trámite.
Sara sintió que algo se ordenaba demasiado rápido. Una parte de ella quiso creerlo. Otra parte, la más útil, desconfió.
—¿Por qué nos lo dice ahora?
Arasa guardó la gamuza.
—Porque si alguien está dejando mi nombre en cerraduras rotas, también me está usando a mí.
Al salir, Lucas bajó las escaleras sin esperar. En la calle abrió la carpeta de los socios y la rompió por la mitad. Luego volvió a juntarla, absurdo, queriendo deshacer el gesto.
Sara no dijo nada.
—No me mires así —dijo él.
—No te estoy mirando.
—Sí.
—Estoy calculando si Arasa nos ha dado una verdad o una cuerda.
Lucas miró las ventanas del despacho.
—Con esta gente suele ser las dos cosas.
Caminaron hasta el coche sin tocarse. Lucas llevaba la carpeta doblada bajo el brazo, rota por el centro, y eso le daba un aspecto casi infantil: el heredero que ha rasgado un papel y ahora no sabe cómo esconder la rabieta. Sara pensó que no debía decírselo. Lo pensó demasiado tarde.
—Eso no te ha ayudado.
—¿Romperla?
—Volver a pegarla después.
Lucas miró la carpeta y soltó una risa baja.
—Siempre he sido más cobarde después del gesto que durante.
Aquello se quedó entre los dos. Sara tuvo la sensación de que Lucas acababa de decir algo que servía para más de una escena: la llamada no contestada, el cuaderno guardado, la bodega que quería entregar, pero no perder, ella misma.
—Arasa ha dejado caer a Julián demasiado fácil —dijo Sara.
—¿Crees que miente?
—Creo que nos ha dado una dirección para que corramos hacia allí.
—¿Y si esa dirección también es correcta?
Sara abrió el coche.
—Entonces corremos mirando el suelo.
Lucas se quedó al otro lado del vehículo, con una mano en la puerta.
—Rafa no miró el suelo. Por eso lo vieron venir.
Sara no dijo que quizá Rafa había mirado más que todos.
La secretaria de Arasa no volvió a ofrecer agua al salir. Estaba de pie junto a la impresora, con una carpeta azul contra el pecho y el labio inferior mordido. Sara la reconoció de golpe: no su cara, sino su posición.
—¿Todo bien? —preguntó Sara.
La chica miró la puerta del despacho.
—Aquí nunca pasa nada que no esté bien escrito.
No dijo más. Tampoco hacía falta. Cuando Lucas bajó las escaleras, ella dejó caer en la bandeja de salida un sobre sin cerrar.
Sara lo vio, pero no lo tocó. Esa vez tuvo el reflejo correcto: mirar primero si había cámaras.
Había una, en la esquina, apuntando al recibidor.
Demasiado visible para ser inútil. Demasiado visible también para que alguien pudiera fingir que nadie la había notado.
Lucas se impacientó en el rellano.
—¿Qué haces?
—No cometer otro error que luego Neus nos cobre por horas.
Sara sacó el móvil, llamó al despacho desde la escalera y pidió que le enviaran por correo cualquier documentación que Arasa hubiera querido entregar formalmente.
La secretaria contestó con voz neutra. Dos minutos después, desde una dirección genérica, llegó un archivo escaneado: liquidaciones de campaña, 1998, empresa intermediaria. Nada espectacular.
Era una coincidencia burocrática. Sara empezaba a entender que esas coincidencias servían más que las frases dramáticas: nadie las escribía para emocionar. Las escribían para cobrar, justificar, deducir, mover dinero.
Neus leyó después aquella línea con más interés que las frases de Arasa.
“Las palabras bonitas las preparan. Los importes pequeños no siempre”, dijo.
Sara se quedó mirando la cifra de limpieza cocina campaña 98 hasta que los números dejaron de parecer dinero y empezaron a parecer horas de manos metidas en agua sucia.
No había nombres, y precisamente por eso la línea resultaba útil: alguien había pagado por borrar cuerpos del encuadre sin pensar que ese pago, veinte años después, podía señalar una puerta lateral.
Lucas reconoció el código contable antes de querer reconocerlo.
Lo había visto en balances familiares, mezclado con conceptos menores: mantenimiento, apoyo campaña, servicios externos.
Nunca había preguntado qué significaba servicios externos porque en una bodega todo parecía necesitar un servicio externo en algún momento.
Ahora la vaguedad le pareció una tecnología.
Si una mujer fregaba platos, era apoyo. Si dormía en un colchón malo, era alojamiento.
Si desaparecía de una lista, era movilidad.
No hacían falta muchas mentiras grandes.
Le bastaban palabras pequeñas que sonaban a factura.
Aquella noche imprimieron las liquidaciones en la sede, página a página, porque Laia ya no se atrevía a trabajar solo en pantalla.
La impresora dejó una raya gris en mitad de cada hoja.
Sara pensó que era casi apropiado: documentos sucios saliendo con una marca sucia.
Lucas revisaba fechas. Laia buscaba sociedades.
Elena, sentada con el abrigo puesto, subrayaba nombres de mujeres que no conocía y se detenía cada vez que una cantidad era ridícula.
—Mira esto —dijo Laia.
Había una línea mínima, casi al final de una hoja: limpieza cocina campaña 98.
Sin nombres. Solo horas, importe y una firma abreviada.
Al lado aparecía el mismo código que la cooperativa había usado para los transportes nocturnos.
Sara sintió que la nota de COCINA 98 dejaba de ser una rareza y empezaba a ser una puerta lateral.
No todas habían entrado con tijeras de vendimia en la mano.
Lucas no habló. Se quedó mirando la cantidad. Era tan baja que resultaba casi una burla. Menos de lo que en la cata habían gastado en copas serigrafiadas.