CAPÍTULO 10
El acto se llamaba Raíces de Futuro.
El nombre aparecía repetido en el cartel, en las servilletas, en las acreditaciones colgadas del cuello de los invitados. Raíces de Futuro. Las raíces, en aquel libro que todavía no sabía que estaba escribiendo, no alimentaban nada limpio.
En la entrada, una azafata ofrecía copas con una sonrisa entrenada.
Sara tomó una por no discutir y la sostuvo sin beber.
El vino olía bien. Ese era parte del problema.
Nada en aquella sala olía a crimen. Olía a madera pulida, a perfume, a dinero público bien presentado, a hombres que sabían esperar su turno para hablar de tradición.
En la mesa de acreditaciones repartían folletos con papel grueso y una copa serigrafiada.
Sara aceptó el folleto porque rechazarlo habría llamado más la atención.
En la primera página, la comarca aparecía como un cuerpo limpio: viñas ordenadas, caminos dorados, barricas iluminadas, manos sin dueño sosteniendo racimos perfectos.
No había temporeras. No había alojamientos.
No había nombres. La tierra salía sin gente, o con gente suficientemente borrosa para no pedir contrato.
El hotel olía a madera encerada y perfume caro. Sara vio a dos hombres de la cooperativa junto a un expositor de vinos jóvenes. Uno la reconoció y giró la cara. El otro hizo lo contrario: le sostuvo la mirada con una sonrisa mínima, con ganas de dejar claro que allí la intrusa era ella.
Lucas entró por la puerta lateral y tres conversaciones cambiaron de ritmo. Nadie se calló del todo. Eso habría sido demasiado claro. Solo bajaron un poco, lo justo para que él notara que seguía teniendo importancia incluso cuando ya no la quería.
Sara leyó el cartel en la entrada del hotel rural y pensó que la gente con dinero tenía una habilidad obscena para ponerle nombres nobles a cualquier cosa.
Había lámparas cálidas, copas alineadas, mesas con manteles color piedra y fotografías de viñedos al atardecer.
En una pantalla se repetían imágenes de manos recogiendo uva, mujeres sonrientes con pañuelos limpios, hombres brindando frente a barricas nuevas.
Lucas llegó tarde, con la derrota encima de la chaqueta. Camisa blanca, chaqueta oscura, zapatos limpios. El heredero presentable. Sara lo vio entrar y entendió el esfuerzo que le costaba estar allí. También entendió lo útil que era esa imagen para todos los demás.
Julián estaba junto al alcalde, con una copa en la mano. Sonreía poco. Escuchaba mucho. A Sara siempre le habían inquietado más los hombres capaces de parecer pacientes que los que gritaban. Julián no necesitaba ocupar el centro de la sala.
Clara Mestres, la periodista local, se acercó con una libreta pequeña.
—No esperaba verte aquí.
—Yo tampoco.
—¿Vienes a cubrir o a incomodar?
—A veces coincide.
Clara sonrió sin enseñarle los dientes.
—Eso queda bien en una entrevista. En un pueblo queda peor.
—¿Vas a citarme?
—Depende de si me conviene.
Sara miró hacia la pantalla. En una fotografía antigua, una cuadrilla posaba frente a cajas de uva. La imagen pasó rápido, pero algo le tiró de los ojos. Ana. O una mujer muy parecida. La foto cambió antes de que pudiera comprobarlo.
Lucas se puso a su lado.
—No hagas nada aquí.
—Dices eso como si no me conocieras.
—Lo digo porque te conozco suficiente.
En el escenario, el alcalde empezó a hablar de tradición, sostenibilidad y memoria agrícola. Dijo memoria sin atragantarse. Dijo mujeres del campo con una naturalidad que hizo que Elena, sentada al fondo con dos integrantes de No se Fueron, apretara las manos sobre el bolso.
Julián subió después. No llevaba papeles.
—Una tierra no se construye solo con lo que produce —dijo—. Se construye con lo que decide cuidar.
En la pantalla, justo detrás de él, apareció una imagen de manos femeninas cortando uva.
El plano era hermoso. Demasiado. Sara se fijó en que las manos no tenían cara.
No había manera de saber si pertenecían a una propietaria, a una temporera, a una modelo contratada para la campaña o a una mujer que después durmió en Les Comes con los zapatos puestos.
La belleza del vídeo no mentía por lo que enseñaba, sino por lo que no necesitaba enseñar.
Julián dejó una pausa antes de seguir. Sabía manejar la atención como otros manejaban una finca. No forzaba. Dejaba que la gente se acercara sola.
—Y cuidar —añadió— también significa no permitir que el resentimiento destruya lo que varias generaciones levantaron con trabajo.
La palabra resentimiento hizo que Elena se moviera en su silla. No mucho. Un roce de bolso, un crujido de asa. Nadie más lo notó. Sara sí.
Sara sintió ganas de reírse. No lo hizo. Julián continuó hablando de familias, trabajo, continuidad, jóvenes que volvían, proyectos que no debían verse dañados por lecturas interesadas del pasado. No nombró a No se Fueron. No nombró a Marta. No nombró a Sara. No le hacía falta.
Clara anotaba.
Lucas tenía la mandíbula tensa.
—Está ganando —murmuró Sara.
—Todavía no ha dicho nada.
—Por eso.
Cuando terminó el discurso, los aplausos fueron largos. Demasiado. No expresaban entusiasmo; expresaban alineación.
Sara se movió hacia la pantalla. Un técnico cambiaba la presentación desde un portátil.
—Necesito ver la foto de la cuadrilla —dijo.
El chico la miró con cara de que le hubiera pedido una muestra de sangre.
—No puedo tocar la presentación.
—Solo quiero una imagen.
—Pregunte a organización.
Lucas apareció detrás de ella.
—Enséñasela.
El chico dudó. Lucas no levantó la voz. El apellido hizo el resto. El técnico retrocedió varias diapositivas. La imagen apareció de nuevo.
Ana estaba allí. Más joven que en la foto de Elena, con una caja en la mano. A su derecha, Samira. No había duda porque Sara había visto sus etiquetas, su audio, la cara en una copia borrosa que Leila envió después. Al fondo, Rafa. Y junto a él, medio girado, Julián.
Sara sacó el móvil.
El técnico cerró el portátil.
—No.
Lucas lo sujetó por la muñeca.
—Abre.
—Me han dicho que no dé copias.
—¿Quién?
El chico miró hacia la sala. Julián estaba hablando con Clara. No miraba hacia ellos, pero algo en su quietud decía que sabía exactamente dónde estaban.
Sara hizo la foto a la pantalla negra, inútil. Llegó tarde.
Julián se acercó con la copa intacta.
—Lucas.
—Julián.
—Me alegra verte aquí. Pensé que habías decidido dejar de defender lo tuyo.
—Estoy aprendiendo qué era lo mío.
Julián sonrió apenas.
—Cuidado. A veces, cuando uno mira demasiado atrás, solo encuentra razones para odiar a los muertos.
Julián no lo dijo como amenaza. Lo dijo con una tristeza tan bien colocada que, durante un segundo sucio, Sara entendió por qué tanta gente lo obedecía.
No ofrecía miedo al principio. Ofrecía cansancio compartido.
La promesa de no abrir más cajones. La posibilidad de volver a casa y decir que una ya había sufrido bastante.
Lucas lo miró con una violencia quieta.
—Eso debisteis decírselo a Rafa antes de matarlo dos veces.
La sonrisa de Julián no desapareció; se retiró hacia dentro.
—Tu hermano se mató solo mucho antes de esa curva.
Sara dio un paso porque vio que Lucas podía perder la medida. Julián también lo vio. Inestable. Dolido. Poco fiable.
—No le des esa escena —murmuró Sara.
Lucas no entendió al principio.
—Quiere que pierdas el control aquí. No se lo regales.
Sara intervino.
—O para dejar de obedecerlos.
Julián la miró entonces. No con sorpresa. Con interés frío.
—Sara, ¿verdad?
—Sí.
—He leído cosas tuyas.
—Yo también he leído cosas sobre usted.
—Entonces los dos sabemos que no todo lo escrito es verdad.
Lucas dio un paso.
—No hables con ella con voz de cata.
—¿Prefieres que hable contigo de Rafa?
No subió de tono, pero Lucas se quedó rígido.
Julián apoyó la copa en una mesa cercana.
—Tu hermano confundía culpa con justicia. Es una enfermedad muy cara, Lucas.
Sara vio cómo Lucas apretaba los dedos.
—¿Qué sabes de mi hermano?
—Lo mismo que todos. Que no supo parar.
Julián se alejó antes de que Lucas pudiera responder. Clara lo siguió con la mirada y luego miró a Sara.
—Si publicas algo sin prueba, te van a destrozar.
—¿Quiénes?
Clara guardó la libreta.
—Los que pagan las páginas donde querrías explicarlo.
En la pantalla volvió a empezar el vídeo. Viñedos al atardecer. Mujeres sonriendo. Copas limpias.
Sara miró a Lucas.
—Necesitamos esa foto.
Lucas no apartó la vista de Julián.
—Y yo necesito saber por qué él acaba de hablar de Rafa con la seguridad de quien lo hubiera enterrado personalmente.
Lucas no esperó a que terminara la cata.
Salió por una puerta lateral que daba a un patio con macetas grandes y ceniceros de pie.
Sara lo siguió. Fuera, el aire olía a grava regada y a cocina de hotel.
Dentro seguían los brindis. El contraste no era sutil; por eso funcionaba tan bien para los que mandaban.
Bastaba con cerrar una puerta para que el mundo volviera a sonar caro.
Antes de seguirlo, Sara vio a Elena en la puerta del baño. Estaba lavándose las manos, aunque no había entrado al servicio. Frotaba los nudillos bajo el agua fría con una insistencia que no tenía nada que ver con la higiene. En la sala, Julián acababa de hablar de cuidado.
—No tendrías que haber venido —dijo Sara.
—Ya me lo he dicho yo antes de salir de casa.
—¿Y?
Elena cerró el grifo.
—Y aquí estoy. Mi hermana también estuvo en sitios donde no tenía que estar, según todos. Esa frase siempre cae del mismo lado.
Lucas apoyó las manos en el borde de una jardinera.
—Lo ha dicho para que perdiera el control.
—Sí.
—Y aun sabiendo eso, he querido romperle la cara.
Sara se puso a su lado, no demasiado cerca.
—También lo sabía.
Lucas soltó una risa seca.
—Claro. Todo el mundo sabía mejor que yo lo que iba a hacer.
—Rafa quizá también.
Le salió mal. Sara lo supo antes de que Lucas se girara.
—No metas a mi hermano en cada hueco.
—No quería…
—Sí querías. Lo haces todo el tiempo. Cada gesto mío acaba midiendo si me parezco o no al hombre que no le creyó.
Sara no encontró defensa inmediata. Porque una parte de eso era cierta. Y porque, si lo decía, se abriría otra discusión en un patio donde dentro seguían sirviendo vino.
Lucas se apartó de la jardinera.
—Consigue la foto. Yo voy a conseguir que alguien me diga por qué esa imagen estaba en la presentación.
—¿Cómo?
—Usando lo único que todos dicen que ya no tengo.
—¿El apellido?
—La vergüenza que les da que el apellido empiece a preguntar.
Clara no se fue después de avisar. Se quedó cerca del expositor de vinos blancos, fingiendo leer una ficha técnica. Sara la vio tomar una copa, olerla sin beber y dejarla intacta sobre una mesa alta.
—Tú también podrías publicar esa foto —le dijo Sara cuando se cruzaron junto al pasillo de servicio.
Clara se pasó la lengua por un diente, gesto mínimo, casi de niña pillada en falta.
—Y tú podrías dejar de pedirme valentía con sueldo ajeno.
No fue noble, pero fue exacto. Sara había aprendido a despreciar a los medios locales con demasiada facilidad.
Clara pagaba alquiler allí, compraba pan allí, se encontraba con Julián en el dentista, con Joan en el banco, con las primas de Ana en la cola de la farmacia.
Sara podía irse en coche cuando todo ardiera. Clara no.
—Si no publicas nada, también eliges —dijo Sara.
—Lo sé. Por eso duermo mal.
Antes de volver a la sala, Clara le entregó una tarjeta de memoria pequeña, escondida dentro de una servilleta doblada. No miró a Sara al hacerlo.
—No es la presentación completa. Es lo que he podido copiar de la mesa técnica antes de que Julián se acercara.
—¿Por qué?
Clara sonrió de lado. Cansada, no cómplice.
—Porque estoy harta de escribir piezas que mi madre pueda leer sin preocuparse por mí.
Sara cerró la mano sobre la servilleta. Dentro, la tarjeta pesaba casi nada.
En el baño de mujeres, Sara abrió la servilleta con los dedos todavía húmedos.
No quería hacerlo allí, entre espejos con marco dorado y olor a jabón caro, pero tampoco quería salir con una prueba en la mano sin saber si era una prueba o una trampa.
La tarjeta era negra, sin etiqueta. Clara había elegido un envoltorio ridículo: una servilleta con el logotipo del acto, Raíces de Futuro escrito en tinta verde.
Sara casi se rio. Había algo obsceno en llevar una posible fotografía de Ana y Samira envuelta en marketing institucional.
Elena entró mientras ella la guardaba en el forro interior del bolso.
—¿Qué es?
Sara dudó. Esa duda fue nueva. Antes habría contestado con una media verdad rápida. Ahora miró a Elena y entendió que no tenía derecho a administrar sola otra imagen de su hermana.
—Puede que la foto de la presentación.
Elena cerró los ojos un segundo. No parecía aliviada. “Primero la miro yo”, dijo. Sara asintió. Lo habría decidido igual, quizá. Pero esa vez dejó que la orden llegara de donde tenía que llegar.