CAPÍTULO 9
Inés aceptó hablar con Sara en un lavadero antiguo a las afueras, no en la sede.
La ubicación llegó por mensaje: lavadero viejo, cinco y media, sola. Sara leyó la palabra sola dos veces. Después llamó a Laia para decirle dónde iba y le pidió que no apareciera. Laia protestó tres segundos.
Sara llegó veinte minutos antes. No por prudencia, sino porque no soportaba llegar detrás de alguien que llevaba décadas llegando tarde a sí misma.
Había humedad en las piedras, aunque no quedara agua.
En una pared, alguien había escrito un nombre de chico dentro de un corazón. La pintura estaba desconchada.
—Allí hay demasiadas paredes —dijo por teléfono.
Sara no le preguntó qué significaba eso. Algunas frases no querían ser aclaradas; querían comprobar si una sabía escuchar.
El lavadero estaba seco desde hacía años.
Quedaban las pilas de piedra, una techumbre baja y grafitis pequeños en una pared.
A esa hora, la tarde empezaba a bajar, pero el calor seguía atrapado en las piedras.
Inés llegó con una bolsa de supermercado y zapatos cómodos.
No saludó con beso. Se sentó en el borde de una pila vacía y sacó una botella de agua.
Quedaban restos de jabón endurecido en una esquina, como una costra blanca.
Sara se fijó en eso porque Inés aún no llegaba y porque mirar detalles inútiles le evitaba ensayar preguntas.
El lavadero había sido construido para lavar ropa ajena y ahora servía para hablar de mujeres a las que nadie había querido limpiar el nombre.
En la carretera cercana pasaban pocos coches. Cada vez que se acercaba un motor, Sara levantaba la cabeza. Había escrito tres palabras en la página: Les Comes. Llave. Rafa. Debajo, una cuarta, entre paréntesis: no presionar. La había subrayado dos veces. Ya sabía que no bastaría.
Inés apareció por el camino sin mirar hacia atrás. Caminaba rápido, pero no como quien llega tarde; caminaba como quien no quiere que el trayecto le dé tiempo a arrepentirse.
—No voy a declarar.
—No te lo he pedido.
—Lo vas a pedir.
Sara se sentó a distancia.
—Quiero entender Les Comes.
Inés bebió. Tenía las manos llenas de pequeñas marcas, cortes viejos, piel seca alrededor de las uñas.
—Era un alojamiento.
—Eso ya lo sé.
—Entonces ya sabes bastante.
—Sé que Samira dijo que no quería dormir allí. Sé que Ana estuvo vinculada a una campaña con Tomàs Brull. Sé que Rafa tenía un mapa.
Inés la miró por primera vez.
—Rafa no sabía callar.
—¿Lo conocías?
—Todo el mundo conocía a Rafa. No era de los que pasan sin hacer ruido.
—¿Qué viste?
Inés se levantó. Caminó hasta la entrada del lavadero y miró hacia el camino. Sara esperó. Había aprendido tarde que llenar los huecos con preguntas era una forma de violencia pequeña.
—Vi una furgoneta —dijo Inés—. Una noche. No sé el año.
—¿En Les Comes?
—Cerca.
—¿Con mujeres?
—Con gente.
—Inés.
—No me aprietes.
Sara cerró la boca.
Inés volvió a sentarse.
—Yo trabajaba entonces donde salía trabajo.
Vendimia, cocina, limpiar habitaciones. En Les Comes no había habitaciones.
Había colchones. Las puertas no cerraban.
Las ventanas tampoco bien. Si una chica se quejaba, al día siguiente la cambiaban de finca.
Eso decían. Cambiar. Cajas, decían. O eso parecían.
Sara tomó notas en una libreta. No en el móvil.
—¿Samira estaba allí?
—Puede.
—¿Ana?
Inés negó con la cabeza, pero el gesto no convenció ni a ella.
—Ana venía a veces. No dormía allí siempre.
—¿Por qué?
—Porque discutía.
—¿Con Tomàs?
—Con cualquiera que le tocara lo suyo.
Sara pensó en la servilleta de Elena, en las cantidades pequeñas, en la palabra Tomàs.
—¿Y Rafa?
Inés apretó la botella hasta arrugarla.
—A Rafa lo vi la noche antes de que dijeran que se mató.
Sara no se movió.
—¿Dónde?
—En la curva antes del camino.
—¿La de la foto?
—No sé qué foto tienes.
—Inés.
—Lo vi.
—¿A qué hora?
—Tarde.
—Necesito más.
—Pues no tengo más.
—Sí tienes.
La mujer la miró con rabia.
—Tú no necesitas más. Tú quieres más.
Sara no bajó la vista.
—Tienes razón.
—No me des la razón como a una loca.
—No lo hago.
—Sí. Lo hacéis todos cuando queréis que una siga hablando.
Sara cerró la libreta.
—Perdona.
Inés soltó una risa sin fuerza.
—Eso tampoco sirve.
Un coche pasó por el camino. Las dos callaron. No era nada. Precisamente por eso tardaron en volver a respirar normal.
—Rafa estaba con las manos manchadas —dijo Inés.
—¿De sangre?
—No. De tierra. Tierra oscura, pegada en los dedos. Como cuando escarbas donde no debes.
Sara sintió que aquello abría una imagen peor que cualquier cuerpo.
—¿Iba solo?
—No.
—¿Con quién?
—Había otro coche.
—¿Lo reconociste?
Inés se tapó la cara un segundo. Cuando habló, la voz le salió más baja.
—Yo no he sobrevivido para acabar diciendo nombres.
—Alguien robó pruebas de la sede.
—Ya.
—Alguien está moviéndose.
—Siempre se movieron.
—Ahora también pueden ir a por ti.
Inés la miró con una mezcla de desprecio y tristeza.
—¿Crees que eso empieza ahora? Yo llevo veinte años mirando matrículas antes de cruzar una calle.
Sara no encontró frase.
Inés sacó de la bolsa una cajita de metal. La dejó en la piedra entre las dos.
—No la abras aquí.
—¿Qué es?
—Una llave.
—¿De dónde?
—De Les Comes. O de lo que queda.
Sara miró la caja.
—¿Por qué la tienes?
—Porque una chica me la puso en el bolsillo antes de subir a una furgoneta.
—¿Samira?
Inés no respondió.
—¿Ana?
Tampoco.
—¿Quién?
La mujer se levantó.
—No todas las muertas tienen que darte su nombre el primer día.
Sara sintió el impulso de defenderse y lo dejó pasar. Inés no estaba hablando solo de nombres. Hablaba de ritmo. De propiedad.
—A veces ni siquiera quieren que lo tenga —dijo Inés, ya de espaldas.
—¿Quiénes?
—Las vivas.
Sara no abrió la caja en el lavadero. La llevó dentro del bolso, envuelta en una bolsa de farmacia, y durante todo el camino de vuelta notó el golpe pequeño del metal contra la cadera.
En casa la dejó sobre la mesa de la cocina y preparó café antes de tocarla.
Aplazaba con gestos normales. Lavar una taza, encender una lámpara, contestar un mensaje sin importancia.
Cualquier cosa antes de aceptar que una llave puede pesar más que un testimonio.
Cuando por fin levantó la tapa, encontró un llavero de plástico blanco, partido en una esquina.
No había etiqueta. Solo una mancha azul, quizá de rotulador, quizá de pintura vieja.
Sara no sintió revelación. Sintió una tristeza práctica: alguien había conservado durante años un objeto inútil porque tirarlo habría sido otra manera de admitir que nadie volvía a por él.
Aquello quedó entre las pilas del lavadero. Sara pensó en Leila, en Teresa, en Elena, en la mujer que quizá había metido una llave en un bolsillo ajeno porque no podía conservarla ella. Las vivas sí. Y no siempre decían que sí.
Sara dejó la caja cerrada.
Inés caminó hacia el camino. Antes de irse, se volvió.
—Rafa no murió a la hora que dijeron.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque a la hora que dijeron que ya estaba muerto, me pidió que me fuera a casa.
Inés encendió un cigarro a medias y lo apagó antes de llevárselo a la boca.
Sara no sabía si había dejado de fumar o si acababa de recordar que no quería dejar su ADN en una colilla.
Había supervivientes que pensaban así: no como detectives, sino como mujeres que habían aprendido a no regalar nada de su cuerpo.
El gesto le dio vergüenza. Ella había tardado semanas en ponerse guantes para tocar sobres; Inés llevaba veinte años sin apoyar los dedos donde no debía.
—No eras la única en Les Comes —dijo Sara, cuidando la voz.
—No me hables con tono de haber descubierto algo difícil.
Inés miró las pilas vacías del lavadero.
Una vez, dijo, había lavado allí una chaqueta de hombre que no era suya.
No por dinero. Por miedo. Se la dieron en una bolsa y le dijeron que quitara el barro del bajo.
No sangre, barro. Ella lo repitió dos veces porque le parecía importante no inventar horror donde no hacía falta.
El barro estaba en la parte de atrás, igual que alguien sentado en el suelo, o alguien arrastrando peso.
La chaqueta olía a vino rancio y a humo frío.
—¿De quién era?
—No lo sé.
Sara no preguntó si estaba segura. La advertencia de Inés todavía seguía entre las piedras.
—La manga tenía un botón bueno —añadió Inés—. De esos que no llevan los hombres que descargan cajas. Lo recuerdo porque pensé: este no se ensucia nunca y hoy se ha ensuciado.
El dato era pequeño y por eso dolía. No acusaba a nadie, pero apartaba a los jornaleros de una culpa cómoda.
Alguien de camisa buena había estado cerca de la tierra mala.
Inés había lavado la prenda y después había devuelto la bolsa sin mirar a la cara de quien la recogió.
Durante años se había dicho que no sabía nada.
La guardaba en botones, olores y gestos que volvían cuando una ya no podía usarlos sin pagar.
—No te lo he contado para que lo escribas bonito —dijo Inés.
—No sé escribir bonito esto.
—Aprende a no intentarlo.
Inés no se fue enseguida. Caminó hasta el borde del camino y allí se quedó, de espaldas a Sara, esperando quizá que el cuerpo le diera permiso para volver a ser anónima. Sara no la siguió.
—No digas que fui valiente —dijo Inés, sin girarse.
—No iba a decirlo.
—Sí ibas. Todas las que venís de fuera lo decís cuando una por fin suelta algo que os sirve. Valiente. Fuerte. Superviviente. Tres palabras no pagan veinte años mirando debajo del coche antes de meter la llave.
Sara cerró la libreta. El gesto sonó pequeño en el lavadero, una tapa contra otra. Inés se giró entonces. Tenía la cara seca y los ojos irritados, quizá por el polvo, quizá por una rabia sin salida. “Yo no sobreviví bien”, añadió. “Sobreviví como pude. Que es bastante más feo”.
Sara no supo qué hacer con aquello hasta llegar al coche. La escribió en una hoja aparte y luego la arrancó. Se la guardó en el bolsillo del abrigo, arrugada, como quien guarda algo que todavía no sabe si tiene derecho a conservar.
Esa noche, cuando Laia preguntó cómo había ido, Sara dijo: “Ha hablado”.
Nada más. Laia entendió que no debía pedir detalles, o tal vez estuvo a punto de pedirlos y se acordó de Leila.
Ese segundo de contención fue pequeño, pero Sara lo registró.
Mejoraba cuando alguien no hacía la siguiente pregunta.
Inés mandó un mensaje a las once y cuarenta: no escribas superviviente.
Sara lo leyó en la cama, con los zapatos todavía puestos.
Contestó solo: entendido. Después borró de una nota del ordenador tres veces la misma palabra.
Superviviente. Fuente. Testigo. Ninguna servía del todo.
Inés seguía siendo Inés, y eso, por fin, le pareció suficiente y difícil.