La lista de las temporeras (Las desaparecidas de la vendimia 2) CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

En el fondo de la tercera caja había una bolsa de tela azul.

Lucas la reconoció antes de tocarla. Era de una tienda de música de Tarragona que ya no existía.

Rafa la llevaba a todas partes durante un verano, llena de cintas, papeles, tabaco y una libreta que no dejaba leer a nadie.

Lucas la había llamado bolso de vieja para picarlo.

La bolsa estaba cerrada con un nudo torpe.

Lucas tardó en deshacerlo porque los dedos no le obedecían bien.

Dentro había una cinta de casete con una pegatina blanca y una palabra escrita en mayúsculas: COCINA.

También había un ticket de revelado fotográfico, una llave pequeña sin llavero y una tira de fotomatón doblada por la mitad.

En la tira aparecían Rafa y Lucas de adolescentes.

Lucas llevaba el pelo demasiado corto y cara de querer parecer serio.

Rafa hacía una mueca en la primera foto, sacaba la lengua en la segunda, miraba a Lucas en la tercera y en la cuarta salía borroso porque se había movido.

Lucas no recordaba aquellas fotos. No recordaba haber entrado en una cabina con su hermano.

No recordaba estar tan cerca de él sin pelear.

Adela vio la tira desde la puerta.

—Eso no hace falta.

Lucas no levantó la cabeza.

—¿Qué parte?

—Las fotos. La ropa. Las tonterías.

—¿Quién decide qué parte de Rafa hace falta?

Adela no contestó. La casa vieja crujió encima de ellos. En la calle, alguien pasó arrastrando un carrito de la compra. Un ruido doméstico, pequeño, insultante dentro de aquella habitación que llevaba años fingiendo ser almacén.

Lucas guardó la tira en el bolsillo interior de la chaqueta, separada del cuaderno. No sabía por qué hacía esa separación. Quizá porque una cosa pertenecía al caso y la otra no. O quizá porque temía que Sara, con razón, acabara metiendo a su hermano entero en una carpeta.

—¿Qué es COCINA? —preguntó.

Adela apoyó una mano en el marco.

—No lo sé.

—No has mirado la cinta.

—No.

—Pero sabes que existe.

—Sé que había muchas cintas. Rafa grababa cosas. Conversaciones. La radio. La voz de tu padre cuando se enfadaba. Luego decía que no le creíamos porque no queríamos oírnos.

Lucas cogió la casete. El plástico estaba rayado y una esquina rota. La pegatina blanca se había despegado por un borde.

—¿Por qué no la tiraste?

Adela se pasó la lengua por los labios. Tenía un poco de carmín acumulado en una grieta. Ese detalle le molestó a Lucas de una manera absurda: el carmín, el pañuelo, la mujer todavía intentando parecer ordenada junto a las cajas de un muerto.

—Porque tirar algo de Rafa siempre parecía definitivo —dijo ella.

—Y guardarlo en una caja no.

—Guardar permite no decidir.

La respuesta fue sencilla. Fea. Verdadera. Lucas la odió porque no traía defensa posible.

En la bolsa azul también había una lista escrita en papel de libreta. Nombres sin apellido, casi todos de mujer: ¿Ana, S., Nadia?, la de Lleida, Leila no, D. cocina, Maribel sabe cerrar.

—Maribel —leyó en voz alta.

Adela se movió apenas.

—Rafa apuntaba cualquier cosa.

—Maribel sabe cerrar.

—Puede significar mil cosas.

—Claro. En esta familia todo puede significar mil cosas hasta que alguien muere.

Lucas dobló la hoja y la guardó con el cuaderno.

No llamó a Sara todavía. Antes sacó el ticket de revelado.

Fecha: una semana antes del accidente. Número de copias: dos.

Establecimiento: Foto Martí, cerrado desde hacía años.

En el reverso, Rafa había escrito una dirección parcial: Rasa / higuera / piedra blanca.

La palabra piedra le recordó el objeto marcado con una R. Miró la piedra en su mano y entendió que quizá Rafa no guardaba supersticiones.

—¿Qué hay en la Rasa? —preguntó.

Adela tardó un segundo de más.

—Nada.

Lucas sonrió sin alegría.

—Otra vez nada.

—Lucas, hay cosas que no se pueden arreglar entrando tarde y haciendo mucho ruido.

—Entonces entraré tarde y haré el ruido que pueda.

Adela se apartó de la puerta. Por primera vez desde que habían subido, pareció dejarle paso de verdad. No como permiso. Más bien como una rendición parcial.

—Tu hermano también decía eso.

Lucas bajó con la bolsa azul bajo el brazo.

Al llegar al recibidor, se detuvo delante del espejo antiguo.

La luna estaba picada y le cortaba la cara en manchas.

Durante un segundo vio a Don Ricardo en la línea de la mandíbula, a Rafa en la forma de apretar los ojos, a sí mismo en ninguna parte clara.

Metió la tira de fotomatón más adentro del bolsillo.

Aquello no iba a enseñárselo a Sara todavía. No porque no confiara en ella. Porque necesitaba conservar una prueba de que Rafa también había sido un chico idiota que sacaba la lengua en una cabina. Si el caso le quitaba eso, entonces los que lo habían matado volverían a ganar una parte.

Antes de subir al coche, miró la fachada de la casa vieja. En una ventana del segundo piso, Adela había apartado un visillo. No saludó. No hizo gesto. Lucas levantó la caja del cuaderno lo justo para que ella entendiera que ya no estaba custodiando nada. Estaba reteniendo.

El visillo volvió a caer.

Lucas condujo sin encender la radio. En cada curva las cajas se movían en el maletero con golpes secos.

Rafa no viajaba ordenado ni muerto, pensó Lucas.

Qué estupidez. Y aun así no pudo quitárselo de encima.

Ahora lo llevaba en tres cajas de cartón, sujeto con una manta vieja para que no se abrieran los papeles en las curvas.

A mitad de camino se detuvo junto a una fuente seca. No tenía sed. Bajó, abrió el maletero y revisó que el cuaderno seguía allí. También la piedra, la grabadora, la camiseta que ya no olía a Rafa. Un ciclista pasó y saludó sin detenerse. Lucas respondió tarde.

No llamó a Sara. La habría llamado por impulso, para convertir el hallazgo en procedimiento antes de que le entrara en el cuerpo.

Se obligó a esperar. Aquello no era madurez; era apenas una forma torpe de no entregarle a nadie a Rafa antes de mirarlo un minuto más como hermano.

Cerró el maletero con cuidado y apoyó la frente en la chapa caliente del coche.

Nadie contestó. Eso fue justo lo que merecía.