La lista de las temporeras (Las desaparecidas de la vendimia 2) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

La casa vieja llevaba cerrada desde antes de que Lucas aceptara que cerrarla no era lo mismo que vaciarla.

Lucas había evitado aquella casa con la excusa de la humedad, de las obras pendientes, de que Adela prefería encargarse.

En realidad, la casa le obligaba a ser hijo.

En la bodega podía ser administrador, heredero, culpable funcional.

En la casa vieja volvía a ser el niño que escuchaba discusiones desde el pasillo, el adolescente que veía a Rafa entrar con barro en las botas, el hombre que había firmado papeles después del entierro sin preguntar por las cajas que nadie mencionaba.

La llave entró dura. Durante un segundo tuvo la tentación absurda de no forzarla. Irse. Decir que volvería con más tiempo, con Sara, con un abogado, con cualquier excusa que aplazara el momento de tocar lo que Rafa había dejado.

En el buzón todavía aparecía el apellido Montiel en una placa dorada que nadie se había atrevido a retirar.

Lucas metió la llave y la puerta cedió con ese sonido húmedo de las casas que han respirado poco.

Dentro olía a cera vieja, a armarios cerrados y a una colonia masculina que ya no pertenecía a ningún cuerpo.

Le molestó reconocerla. Su padre no estaba allí, pero algunas cosas seguían trabajando para él.

Adela caminaba delante sin encender las luces del pasillo.

Sabía dónde crujía cada tabla. Lucas recordó verla de niño atravesar esa misma casa con bandejas de café cuando venían hombres a hablar de campañas, de precios, de favores.

Ella entraba y salía de las habitaciones sin sentarse. Nadie la llamaba poderosa.

En la pared de la escalera había un hueco claro donde había colgado el retrato de Rafa durante un año. Después lo quitaron porque Adela decía que daba pena verlo cada vez que se subía. Lucas no preguntó entonces dónde lo habían puesto.

Estaba en una calle estrecha, cerca de la iglesia, con una fachada de piedra que había aprendido a parecer noble incluso cuando se caía a pedazos por dentro.

Adela lo esperaba en el recibidor. No había encendido todas las luces.

En las casas familiares, pensó Lucas, la gente no ahorraba electricidad: administraba fantasmas.

—Están arriba.

—¿Cuántas?

—Tres cajas.

—¿Desde cuándo las tienes?

Adela empezó a subir las escaleras sin responder.

Lucas la siguió. La madera crujía bajo los pies. En el rellano seguía el perchero donde Rafa colgaba la chaqueta de cuero que su padre odiaba. Lucas había olvidado ese detalle hasta verlo.

El cuarto de Rafa estaba al final del pasillo. No era un cuarto intacto. Eso habría sido más fácil. Lo habían vaciado a medias, convertido en almacén de sábanas, cajas de navidad y una lámpara sin pantalla. Sobre la cama había tres cajas de cartón. Una tenía escrito con rotulador: R.

Lucas se quedó en la puerta.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Adela cruzó los brazos.

—Porque cuando murió no querías saber.

—Mentira.

—Querías que todo acabara.

La respuesta le pegó porque no era mentira del todo.

Entró. La primera caja tenía ropa, un cinturón, una cartera vacía, entradas de conciertos, una navaja pequeña sin filo.

La segunda, papeles mezclados: facturas, multas, recortes, hojas arrancadas de libretas.

La tercera olía a humedad. Lucas encontró una grabadora vieja, una cinta sin etiqueta, mapas doblados y un cuaderno de tapas marrones.

Tardó en abrirlo.

Adela habló desde la puerta.

—Tu hermano se obsesionó.

—No.

—Sí.

—No uses esa palabra para no decir que vio algo.

—Veía demasiadas cosas.

Lucas abrió el cuaderno. Las primeras páginas eran basura: teléfonos sin nombre, cuentas, frases cortadas. Después aparecieron iniciales. A.B. S.H. T.B. V.M. J.

J.

La letra de Rafa era dura, inclinada hacia abajo. En una página había dibujado una carretera secundaria y una curva. Al lado, una hora: 23:40. Debajo, otra hora: 00:15. Luego una frase.

Si pasa algo, Lucas no va a creerme.

Aquello no estaba escrito para dolerle después. Habría sido más fácil. Rafa lo había puesto como una anotación de trabajo. Camino cortado. Higuera partida. Mi hermano no va a creerme.

Aquella línea lo llevó a una noche concreta.

Rafa en el porche de la casa vieja, con la camiseta pegada al cuerpo y un arañazo en la ceja.

Lucas había llegado de Barcelona con sueño, con una maleta pequeña y la voluntad de pasar el fin de semana sin discusiones.

Rafa lo esperaba sentado en el escalón, fumando un cigarro que no sabía fumar bien.

—Hay una casa donde meten a las chicas —le dijo.

Lucas recordó su propia respuesta con una nitidez que le dio asco: mañana hablamos.

Dos palabras educadas, razonables, criminales por cansancio.

Al día siguiente Rafa ya no estaba en la casa y Lucas agradeció no tener que escuchar otra teoría.

Ahora veía que aquel alivio había sido una forma diminuta de colaboración.

Lucas pasó el dedo por debajo de la línea sin tocar la tinta.

Se preguntó cuántas veces Rafa habría calculado sus reacciones igual que calculaba rutas.

Lucas dirá que estoy borracho. Lucas mirará a papá antes de contestar.

Lucas querrá pruebas limpias. Lucas llegará cuando todo se pueda explicar de otra manera.

La vergüenza no entró de golpe. Fue peor: se acomodó. Le ocupó la garganta, el estómago, las manos.

Lucas leyó la línea varias veces, buscando una variante menos sucia entre las letras. No la había. Rafa no había escrito “no me creerán”. Había escrito su nombre. Lucas.

Pasó la página con cuidado. Había otra anotación, casi escondida entre números: L. siempre llega cuando ya no hay incendio, solo humo. Lucas cerró los ojos.

Adela seguía en la puerta. Lucas notó su respiración antes que su voz.

—No todo lo que escribió era verdad.

—No necesito que todo sea verdad —dijo él—. Con que una parte lo sea, ya nos condena.

Lucas cerró el cuaderno.

La habitación se inclinó apenas. No se cayó porque no tenía ese derecho.

Adela se acercó.

—¿Qué pone?

—Nada.

—Lucas.

—He dicho que nada.

Guardó el cuaderno bajo el brazo y siguió revisando. Encontró una fotografía igual a la de la cooperativa, pero no era una copia; era original. Rafa había marcado con un círculo la cara de Ana y, más atrás, una silueta de Julián hablando con un hombre que Lucas reconoció tarde: Tomàs Brull.

No fue la única.

Lucas se sentó en la cama.

Durante años había recordado a Rafa como una suma de problemas. Llegadas tarde. Botellas. Peleas. Puertas cerradas. La llamada no respondida dos días antes del accidente. El mensaje que escuchó de madrugada y borró sin contestar porque estaba harto de que Rafa hiciera saltar todo por los aires.

Lucas, cógelo. Esta vez no estoy borracho.

No lo había vuelto a oír. No porque el mensaje hubiera desaparecido. Porque él había cambiado de teléfono, de casa, de versión.

—¿Tú escuchaste sus mensajes? —preguntó.

Adela no contestó.

Lucas levantó la cabeza.

—¿Los escuchaste?

—Tu padre sí.

—¿Y?

—Dijo que Rafa volvía a lo mismo. Que, si le seguíamos el juego, no iba a parar.

Lucas se puso de pie.

—¿Qué juego?

—No lo sé.

—No lo sabes o no quieres saberlo.

Adela apretó la boca. Por primera vez parecía vieja de verdad.

—Rafa estaba rompiendo la familia.

—No. Rafa estaba señalando dónde ya estaba rota.

Bajó con las tres cajas. Adela no intentó detenerlo hasta que llegaron al recibidor.

—Si entregas eso, no vas a salvar a tu hermano.

Lucas se detuvo con una caja en los brazos.

—No estoy intentando salvarlo.

—¿Entonces qué?

No supo responder enseguida. Miró el perchero, la escalera, la puerta cerrada de una casa donde habían guardado a Rafa como se guardan los trastos que no se sabe si tirar.

—Estoy intentando no volver a matarlo.

Adela se llevó una mano al cuello.

—Tu padre no habría permitido esto.

Lucas abrió la puerta.

—Mi padre permitió demasiadas cosas.

En la calle, el aire olía a piedra caliente y comida de otras casas. Lucas metió las cajas en el maletero. Antes de cerrar, volvió a abrir el cuaderno por la página de la carretera.

En la esquina inferior había una anotación que no había visto.

Les Comes. No entrar solo.

Lucas no cerró el maletero enseguida. Revisó las tres cajas con la vista, por miedo a que algo se escapara si dejaba caer la tapa demasiado pronto.

La ropa de Rafa estaba arriba, mal doblada por manos que no eran las suyas.

Una camiseta gris, un jersey con un agujero en el codo, una bufanda que Lucas no recordaba.

Sacó la camiseta y la sostuvo un segundo. Ya no olía a Rafa. Olía a cartón, a humedad, a casa cerrada.

Dentro de la segunda caja encontró un paquete de tabaco abierto y una piedra pequeña, lisa, blanca.

La habría tirado si no hubiera visto una R marcada con bolígrafo en un lado.

Rafa había guardado una piedra como quien guarda una prueba o una superstición.

Lucas la dejó en la palma de la mano. No pesaba casi nada.

Luego recordó que, de niños, Rafa recogía piedras de caminos y decía que cada finca tenía las suyas, que las buenas tierras no sonaban igual cuando las tirabas contra una pared.

Su padre le llamaba tonterías de crío. Lucas se reía porque era más fácil reírse con su padre que entender a Rafa.

Ahora la piedra estaba allí, veinte años después, dentro de una caja que Adela había escondido.

No sabía si era de Les Comes, de la curva o de cualquier camino.

Aun así, la guardó en una bolsa pequeña.

Sara se habría burlado de la falta de método o le habría dado la razón con esa seriedad suya que a veces lo enfadaba más.

Lucas no la llamó. Necesitaba quedarse un minuto sin convertir la piedra en indicio.