La lista de las temporeras (Las desaparecidas de la vendimia 2) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

El robo no fue limpio. Eso tranquilizó a Sara durante los primeros diez segundos.

Había imaginado un robo silencioso, quirúrgico, casi elegante, como en las series. Aquello era más feo. La puerta mordida, los tornillos en el suelo, las carpetas abiertas con violencia barata. Le dio rabia notar alivio.

La sede, además, daba pena. Esa fue otra herida inesperada.

Nadie había destruido una oficina sólida, con alarma, mesas buenas y armarios cerrados.

Habían reventado un bajo prestado, la cafetera que fallaba, las sillas distintas, los folios comprados con una colecta.

La precariedad no los había protegido. Solo había hecho que el ataque pareciera más sucio.

Había papeles por el suelo, pero no todos.

Eso fue lo que empezó a molestarle por debajo del susto.

El desorden tenía dibujo. Los cajones abiertos eran los de la mesa donde habían dejado la copia de la carretera.

Los archivadores golpeados eran los que Laia había rotulado a mano con una R provisional, porque todavía no sabían si Rafa debía tener carpeta propia.

El resto estaba maltratado por encima, como cuando un niño revuelve la habitación para que parezca que buscaba cualquier cosa.

Sara se puso de rodillas y recogió una hoja pisada.

Era una lista de voluntarias para el acto del sábado.

Alguien había dejado marcadas dos huellas de barro.

No era barro reciente. Tenía pequeñas piedrecitas blancas, de camino seco.

La guardó en una bolsa sin decirlo. Decir “esto puede servir” era una forma de invitar al mundo a quitárselo.

Laia apareció en la puerta y se quedó quieta. Entrar era aceptar que aquello había pasado de verdad.

—No pises —dijo Sara.

Laia bajó la vista a sus zapatillas. Ya había pisado.

La cerradura estaba forzada de forma torpe, la persiana torcida, una silla volcada y dos archivadores abiertos a golpes.

Luego vio que el dinero de la caja seguía en su sitio, que el portátil viejo estaba sobre la mesa y que la impresora, inútil pero vendible, no se había movido. Entonces dejó de tranquilizarla.

Lucas llegó antes que Laia. Entró con una linterna, aunque las luces estaban encendidas.

—No toques nada.

Sara levantó las manos.

—No soy idiota.

—Hoy no tengo claro quién lo es.

—Bonita forma de ayudar.

Él no contestó. Revisó la puerta, la mesa, los cajones abiertos. Se movía con rabia contenida, no con método. Sara entendió que no estaba mirando la sede. Estaba buscando el sobre de Rafa.

No estaba.

La fotocopia de la carretera había desaparecido. También la copia digital impresa de la foto de la cooperativa donde aparecía Rafa al fondo. El sobre de Samira seguía allí. La foto de Ana también. Las listas de nombres, intactas. La caja pequeña con monedas de la colecta, intacta.

Laia apareció con Elena y Maribel. Detrás venía Teresa, que no había sido avisada por nadie y aun así parecía haberlo sabido.

—¿Qué falta? —preguntó Elena.

Sara miró a Lucas.

—Lo de Rafa.

Elena cerró los ojos un segundo.

—Claro.

Lucas se giró.

—¿Qué significa eso?

—Que cuando el muerto es de los vuestros, la cosa corre más.

—Elena, basta —dijo Sara.

—No. Basta no. A mi hermana la tuvieron veinte años guardada en una caja de galletas. Tu hermano aparece en una foto y alguien revienta una puerta.

Lucas dio un paso hacia ella. No llegó a acercarse. Se detuvo a tiempo.

—No sabes nada de mi hermano.

—Sé que por él se mueven.

Laia estaba mirando el móvil con la cara pálida.

—Chicas.

Sara se volvió.

—¿Qué?

—Han creado una cuenta.

Le enseñó la pantalla. Una cuenta anónima, sin foto. Primer mensaje: No se Fueron miente. Debajo, una imagen de la pared de la sede con los nombres pegados. La foto estaba tomada desde dentro.

Maribel se llevó una mano a la boca.

—Eso no es de hoy.

Sara le quitó el móvil a Laia. Amplió la imagen. En la pared todavía no estaba el nombre de Nadia. Tampoco la foto de Ana. Era de hacía días.

—Alguien entró antes.

Revisaron las llaves una por una sobre la mesa.

Había seis copias oficiales y, según Maribel, eso ya era una fantasía optimista.

La antigua dueña del local quizá tenía otra.

El hijo del propietario había venido una tarde a arreglar un enchufe.

Laia había dejado la suya a una chica que ayudó a ordenar carteles.

Elena dijo que su madre nunca había entrado, pero que sabía dónde estaba la sede y a qué hora abrían.

—Nosotras mismas les hemos dejado la puerta medio abierta —dijo Sara.

Laia se defendió al instante. Luego se detuvo. Guardó la llave en el bolsillo. De pronto pesaba más.

—O alguien de aquí la hizo —dijo Lucas.

Cayó mal.

Laia levantó la barbilla.

—¿Me estás acusando?

—Estoy diciendo que esa foto la hizo alguien con acceso.

—Yo hago fotos de todo porque si no se pierde.

—Pues quizá alguien usa eso.

—O quizá a ti te viene bien que dudemos de nosotras.

Lucas se pasó una mano por la cara.

—No me viene bien nada de esto.

Sara devolvió el móvil.

—Paramos. Nadie publica, nadie responde, nadie discute aquí.

—Ya están respondiendo por nosotras —dijo Laia.

En la cuenta empezaron a aparecer comentarios.

Algunos de perfiles falsos, otros de vecinos reconocibles.

Remover mierda. Buscan dinero. Las familias de bien también tienen muertos.

Basta ya de hundir la comarca. Una mujer escribió: Mi tía trabajó allí y nunca tuvo problemas.

Otra puso: Preguntad por Ana antes de convertirla en santa.

Elena leyó ese comentario y se quedó quieta. No dijo nada. Eso fue peor.

Teresa se acercó a la pared. Su hija Nadia estaba escrita en un folio blanco, sin foto. Pasó un dedo por el papel sin tocarlo.

—¿También van a decir que mi hija era una puta?

Nadie respondió.

Maribel fue hasta la cafetera. Hacer café no tenía sentido entre una puerta forzada y un ataque público, pero era una tarea. La enchufó. La máquina hizo un ruido seco y no salió nada.

—Esta mierda tampoco funciona —dijo.

Sara casi se rio. No lo hizo.

La policía local tardó cuarenta minutos en llegar.

Dos agentes jóvenes. Tomaron nota, fotografiaron la cerradura y preguntaron si podían faltar más cosas.

Sara dijo que sí, que faltaba una prueba vinculada a una muerte antigua.

El agente escribió “documentación personal” en el informe. Lucas lo vio.

—No ponga eso.

El agente levantó la vista.

—¿Perdone?

—No es documentación personal. Es una posible prueba.

—Eso tendrá que decirlo un juez.

—Entonces escriba que podría ser una posible prueba.

—Yo escribo lo que veo.

Lucas miró la puerta rota, los archivadores abiertos, las paredes llenas de nombres.

—No. Usted escribe lo que le permite no ver.

El agente cerró la libreta.

Sara intervino antes de que aquello se rompiera más.

—Necesitamos copia del informe.

—Ya les avisarán.

Cuando se fueron, la sede quedó peor que antes. No por el desorden. Por la sospecha.

Laia recogía papeles sin mirar a nadie. Elena había vuelto a doblar la foto de Ana. Teresa seguía junto al nombre de Nadia. Maribel preparaba café instantáneo con agua del grifo porque la cafetera se había rendido.

Lucas encontró un trozo de papel detrás de la mesa. Lo levantó con cuidado. Era una esquina arrancada de una etiqueta de mensajería. Solo se leía una palabra impresa: Arasa.

Sara la reconoció antes de decirlo.

—Miquel Arasa.

—¿Quién es? —preguntó Laia.

Lucas sostuvo el papel entre dos dedos.

—El gestor de las familias que nunca firman nada con su nombre.

Esa noche no habían robado solo una fotocopia.

Cuando todos se fueron, Sara se quedó con Lucas a colocar una tabla provisional detrás de la puerta. Él sujetaba, ella atornillaba. Cada golpe del destornillador sonaba demasiado alto en el bajo vacío.

—Esto no lo hizo alguien con miedo —dijo Lucas.

—No. Lo hizo alguien con prisa o alguien que quiere que pensemos que tenía prisa.

—Siempre dos opciones.

—Mínimo. Si solo hay una, suele ser trampa.

Lucas soltó una exhalación que no llegó a risa. Sara lo miró de lado. Tenía polvo en la manga y una astilla clavada en el pulgar. No se la quitaba.

—Mañana iré a la casa vieja —dijo.

—No vayas solo.

—Es mi casa.

Sara apretó el tornillo hasta pasarse de fuerza. La madera crujió.

—Esa manera de decirlo ya no significa nada bueno.

Habían dejado una firma por error, o una trampa con apellido administrativo.

Las dos posibilidades eran igual de útiles e igual de peligrosas.

Antes de cerrar, Sara hizo una cosa que no quería hacer delante de Lucas: contó las carpetas.

Una por una. Ana, Samira, Rafa, Nadia, testimonios vivos, amenazas, prensa.

No faltaba nada más, o al menos nada que pudiera demostrarse.

Aun así, la sensación era la de haber perdido más que una fotocopia.

La sede ya no era un lugar pobre y expuesto; era un lugar violado.

Había una diferencia fea entre saber que podían entrar y ver la marca de sus dedos en tus papeles.

Laia encontró una cinta de carrocero pegada a la suela de su zapato. Se la quitó despacio y la dejó en la mesa, al descubrir que también ella había movido algo sin permiso. Sara no la reprendió. No hacía falta. Laia estaba empezando a entender que el daño no siempre venía con intención de dañar.

Elena se marchó la última. En la puerta, con la foto de Ana guardada bajo el brazo, miró la tabla que Lucas acababa de atornillar.

No dio las gracias. Dijo algo peor: “Ahora sí parece una sede”.

Luego se fue sin esperar respuesta. Sara miró los tornillos torcidos.

Al día siguiente tendrían que volver a abrir.

Laia encontró la fotografía tomada desde dentro porque buscaba insultos.

Lo reconoció con una vergüenza seca, sin adornarse.

Había entrado en la cuenta falsa para ver si alguien del pueblo había caído en el cebo y acabó ampliando la imagen hasta que pudo distinguir el borde del calendario de turnos.

En la foto aparecía una esquina de su propia letra.

Eso la dejó pálida. Era que alguien había estado lo bastante cerca de su caligrafía como para convertirla en prueba contra ellas.

—Yo dejé entrar a Mireia el martes —dijo al fin.

Sara levantó la cabeza.

—¿Quién es Mireia?

—Una chica que vino a ayudar con los carteles. La conocía de Instagram. Dijo que su abuela había trabajado en una finca. Parecía… no sé. Parecía de las nuestras.

Teresa soltó una risa breve, sin alegría.

—De las nuestras. Qué fácil hacéis grupos con las hijas de otras.

Laia no respondió. Aquello era nuevo. Antes habría sacado una defensa, un argumento, una urgencia.

Ahora se quedó con la llave en la palma de la mano, mirando los dientes metálicos, entendiendo por fin que la confianza también dejaba marcas.

Sara quiso decirle que todas se equivocaban. No lo hizo. No todavía.

Maribel, que llevaba media hora fingiendo ordenar vasos, dijo entonces que el hijo del propietario tenía copia desde hacía años.

Nadie se giró con sorpresa suficiente. En los pueblos, las llaves antiguas eran una forma de parentesco.

El hijo del propietario podía entrar porque una vez arregló un enchufe, porque su madre conocía a la antigua dueña, porque todos se conocían, porque nadie quería ser desagradable.

Así se abrían muchas puertas antes de que nadie necesitara forzarlas.

Sara escribió una lista de accesos posibles.

Le salió larga, vulgar y demoledora. Ningún gran enemigo.

Ninguna infiltración brillante. Solo hábitos: llaves prestadas, puertas mal cerradas, buena fe mal administrada, una persiana que no llegaba al suelo y una comunidad entera convencida de que mirar no era entrar.