CAPÍTULO 6 #2
—Todavía no me has hecho nada a mí. No empieces a perdonarte antes de tiempo.
Laia se puso roja.
La llamada terminó poco después. Leila prometió enviar fotos de las etiquetas, no las etiquetas.
Dijo que quizá un día iría al bajo, pero que, si veía la cara de su hermana pegada en una pared sin haberlo decidido ella, se llevaría todo y no volverían a saber de ella.
Sara dijo que lo entendía. Leila respondió que no, que lo iría entendiendo.
Cuando la pantalla se apagó, Laia se quedó quieta.
—Me ha caído mal —dijo.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí. Así quizá no la conviertes en santa antes de escucharla.
Laia se levantó de la silla y empezó a caminar por el bajo con las manos en los bolsillos.
Por una vez no tocó el móvil. Sara guardó el pendrive de Samira en el sobre físico y añadió una nota al margen: no publicar voz sin autorización directa de Leila.
Luego escribió otra debajo, menos profesional: no pedir autorización cuando esté llorando, enfadada o sola.
Laia lo leyó por encima.
—Eso no es protocolo.
—No.
—¿Entonces?
Sara cerró el archivador.
—Es una forma de no ser imbéciles.
Laia no discutió. Fue hasta la puerta y miró la cerradura vieja. De repente, todo en el bajo parecía demasiado fácil de abrir.
Leila pidió que no repitieran el audio delante de nadie más.
No dijo por favor. Lo dijo como una orden cansada, aprendida a base de que otras personas tomaran decisiones con la voz de su hermana.
Sara aceptó y luego tuvo que explicárselo a Laia, que durante media hora caminó por el bajo como si llevara una cerilla encendida entre los dedos.
—Es la voz de Samira —insistió Laia—. No una descripción. Su voz. Eso cambia a la gente.
—También la desnuda.
Laia no contestó. Sara vio que estaba pensando en números, en alcance, en comentarios, en la posibilidad de que mil personas escucharan a Samira decir que no quería ir de noche.
No era exactamente maldad, y por eso era más peligroso.
Las buenas intenciones con una herramienta rápida podían hacer el mismo ruido que una traición.
Por la tarde, Sara llevó el audio a la sede en un pendrive. No lo subió a ninguna carpeta. Lo guardó en un archivador físico, dentro de un sobre con el nombre Samira Haddou escrito por primera vez completo.
Cuando cerraba el cajón, vio que la puerta del bajo tenía una marca nueva junto a la cerradura.
Se agachó. La raya era fina, vertical, casi elegante. No había restos en el suelo. Alguien había probado una herramienta y se había detenido antes de forzar. O había querido que ella viera que podía hacerlo.
Sara apoyó los dedos cerca de la marca sin tocarla. Pensó en todas las veces que había escrito la palabra amenaza y en lo distinta que resultaba cuando era una línea en tu puerta.
Miró la calle a través del cristal con el pato borrado. Una mujer pasó con una bolsa de la compra y no miró hacia dentro. Un niño en patinete frenó junto a la acera y siguió.
Una raya fina. Metal contra metal.
Llamó a Lucas antes de pensar si debía hacerlo.
—Han tocado la puerta.
—¿Estás dentro?
—Sí.
—Sal por detrás.
—No hay detrás.
Al otro lado, Lucas respiró hondo.
—Entonces no abras.
Sara miró el sobre de Samira, la foto de Ana y el hueco donde había dejado la fotocopia de Rafa.
—Ya está abierto —dijo.
Lucas llegó doce minutos después. No tocó la puerta; empujó con el hombro y la madera protestó alrededor de la cerradura. Venía sin chaqueta, con las llaves en la mano y una expresión que Sara había empezado a reconocer: no era protección, era pánico buscando una forma socialmente aceptable.
—¿Qué han tocado?
—La cerradura. Nada más.
—Eso no es nada más.
Sara se apartó para dejarlo mirar. Lucas revisó el marco, la ranura inferior, el cristal. En algún momento sus dedos rozaron el dibujo del pato medio borrado. Se quedó ahí un segundo, absurdo, con la yema sobre una mancha amarilla infantil.
—Esto es ridículo —dijo.
—¿El pato?
—Que ataquen este sitio.
Sara miró los archivadores, las sillas, la impresora mala.
—No atacan el sitio. Atacan lo que empieza a ordenarse dentro.
Lucas dejó caer la mano. No discutió. Esa falta de discusión la inquietó más que sus frases de mando.
Antes de que Lucas llegara, Sara había apagado el fluorescente y lo había vuelto a encender tres veces.
No por superstición. Por comprobar si desde la calle se veía demasiado el interior.
El bajo, con la luz blanca encendida, parecía una pecera triste: archivadores, sillas, nombres pegados con cinta, una cafetera rota y una mujer sola inclinada sobre sobres que no sabía proteger.
Desde fuera cualquiera podía contar cuántas eran, a qué hora cerraban, quién se quedaba la última.
La marca junto a la cerradura le devolvió una escena sin importancia del día anterior.
Un hombre parado frente al cristal, mirando el pato amarillo medio borrado.
Sara había pensado que era un curioso, uno más, quizá alguien que había comprado ropa para sus hijos cuando aquello era una tienda.
Ahora recordaba el detalle que entonces no quiso retener: llevaba una bolsa de herramientas demasiado limpia para alguien que venía de trabajar.
No había comprado nada en el bar de enfrente.
No esperaba a nadie. Solo miraba la puerta, la ranura inferior, la persiana que se atascaba siempre en el mismo punto.
Apuntó el recuerdo en una hoja y se sintió ridícula por escribir ‘hombre, bolsa, martes’. Aquello no era una pista; era una sombra intentando hacerse útil. Sara guardó la nota en la carpeta gris, la de riesgos. Luego la sacó. Luego la volvió a guardar.
Cuando Lucas entró, el gesto de revisar la puerta le pareció excesivo y necesario a la vez. Él tocaba el marco, buscando en la madera algo que la policía local no leería nunca. Sara estuvo a punto de decirle que no hacía falta hacer de hombre útil en cada habitación rota. Se mordió la lengua.